sábado, 30 de agosto de 2008

Antes de la borrasca

Antón Pavlovich Chéjov es uno de esos escritores que merecen el título de “ilustradores”. Y son estos los que generalmente llegan a convertirse en clásicos, ya que tuvieron la fortuna de retratar su época, no basándose en simples descripciones detalladas, sino en sacar a la luz el alma de sus personajes, esos seres que habitaron la Rusia imperial ahora completamente extinta.

He terminado de leer su colección de relatos La dama del perrito y otros cuentos, en una edición de tapa dura que adquirí por una cantidad con la que no se podría conseguir ni un libro de chistes de Condorito. Suerte que existen los mercados de segunda; mientras las nuevas plastas de papel producidas por los gurues de la autoayuda atiborran las estanterías con consejos para “amar mejor”, los clásicos de la literatura occidental pasan a ser material únicamente tratado por los viejos libreros que viven entre nidos de literatura pura y acaso revistas pasadas de temporada.

Siempre se puede contar con los clásicos, ese es mi lema. Así fue como llegué a este libro, y con él, a descubrir una visión distinta del relato moderno.

A diferencia de otros autores de cuentos, cuyas historias buscan ser simplemente sorprendentes, basando su estrategia en argumentos complejos o con giros finales inesperados, Chéjov prefirió relatar a la burguesía rusa, más interesante y divertida que la realeza, y un poco menos triste que los siervos de la gleba. Entre esta colección que tuve el placer de despachar en poco menos de una semana, me crucé con alcaldes, médicos, boticarios, parteras, bomberos, hombres infieles, y estudiantes mediocres.

En esta sociedad faltan héroes y abunda la infelicidad, las postales monocordes, la obesidad y la falta de estímulos. Chéjov no nos cuenta aquí nada de grandes guerras o amores imposibles. Sus instantáneas nos enseñan un mundo, no muy diferente del nuestro, o de otros mundos en otros continentes; aunque en el caso de los rusos chejovianos, las historias resaltan la hipocresía de la época, el arribismo general, la torpeza de algunos y las bufonadas de otros.

Una pregunta me surgió al terminar de leer este volumen de cuentos: ¿quiénes, de la actual narrativa colombiana, serán los que ilustren a las generaciones futuras sobre ese mundo que ahora conocemos y que para entonces estará extinto? Nadie puede saberlo. Cada generación, se dice, produce su cuota de genios, pero se necesitan decenas o incluso centenares de años para señalar a un autor y decir que fue un genio. Nos inclinamos respetosamente hacia ciertas figuras, pero ni siquiera su relevancia actual puede determinar una presencia constante en la memoria colectiva de los que habiten este planeta dentro de cien años. Es cierto que hay personas más eruditas, capaces de mencionar un listado de nombres para el resto de nosotros sean desconocidos, pero creo que muy poca gente puede avocarse a leer a un noruego del siglo XVI, ni a un chino del siglo tercero antes de cristo, y sentirlos actuales, tal como al menos yo he sentido a Chéjov.

A pesar que una revolución y más de medio siglo de comunismo hayan pasado por Rusia, tal vez hoy en día, si viviésemos allí, veríamos las mismas historias, y los mismos personajes paseándose entre Yalta, Moscú y San Petersburgo, porque en últimas son las mismas personas que pasean por nuestros barrios, y a quienes saludamos —algunas veces de forma hipócrita— cada día.

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