viernes, 22 de agosto de 2008

El legado de Bellow

Conocí a Saul Bellow a través de escritos sueltos, llegados a mí gracias a la bondad de una revista en línea —Hermano Cerdo— y empezó a agradarme aquel sujeto. Para entonces ya estaba muerto —falleció en 2005 sin que los medios de aquí lo mencionaran siquiera—, pero su eficacia y lógica para expresar un punto me hizo saber que allí había un nuevo maestro, otro gran estilista del lenguaje y una mente prodigiosa.

Ninguna de las personas de mi círculo próximo lo conoce; en cuanto les menciono su nombre me veo obligado a narrarles una breve biografía del sujeto. Como es posible que el lector ande por esa misma vera de ignorancia, la añado aquí:

Saul Bellow. Lachine Quebec, 1915. Chicago 2005. Escritor y ensayista; galardonado con el Nobel en 1976.

Ah… dicen mis compañeros.

El problema de este desconocimiento se extiende, para desgracia de muchos amantes de la literatura estadounidense, a lo difícil que es hallar sus libros. A parte de Random House creo que nadie lo ha publicado en español, aunque los interesados pueden conseguir quizá Herzog en su idioma original publicado por la prestigiosa Penguin, aunque a un precio un poco elevado.

Pude, por fortuna, hacerme a El legado de Humboldt (1976), obra con la que ganó el Pulitzer. En este largo relato, Charles Citrine, un exitoso escritor con una vida privada llena de tropiezos, narra su relación con el atormentado poeta Von Humboldt Fleisher. Este es un relato totalmente desprovisto de esquemas argumentales, o por lo menos se encuentran en lo profundo que pasan desapercibidos. Pero el milagro de la buena literatura se repite aquí una vez más: tenemos personajes reales, vivos, llenos de errores y desprovistos de clichés. Aquí no hay una biografía, ni unas memorias; simplemente, Charles Citrine, o quizá el propio Bellow, narran, como en el más breve de los cuentos, un hecho, una cosa: la herencia que le ha dejado el poeta Humboldt, y todo lo que Citrine ha tenido que pasar para llegar a ella y descubrir el precioso valor que guarda.

Podría parecer difícil navegar por una novela donde ignoramos totalmente a dónde vamos. Humboldt’s Gift no tiene capítulos, es el río de la conciencia de su narrador por donde viajamos, saltando de un momento a otro de su prodigiosa mente. Bellow ha dejado mucho de sí en esta obra: allí vemos de nuevo a estos personajes de ciudad, sumamente ilustrados, de vidas complicadas y mentes complejas, cuya enorme erudición parece enloquecerles la brújula interna, que da vueltas y vueltas sin encontrar un norte. Y contrario a lo que podríamos pensar, nada fluye más veloz que la voz de Citrine, pese a su gusto por entregarse a profundas cavilaciones acerca de los muertos, el alma y la conciencia.

Chicago, ciudad a la que Bellow se aferró con uñas y dientes, se nos presenta de nuevo como el escenario principal; aunque uno termina preguntándose qué hace, o qué aferra a Citrine a esta ciudad mohosa y gris que duerme a orillas del lago Michigan en un sopor que nada tiene de intelectual.

Esta novela, al igual que Herzog, presenta personajes y temas que se escapan del conocimiento, a veces limitado, del norteamericano promedio, que llegó a ver a Bellow como un escritor del viejo continente. Las críticas que cayeron sobre él son las mismas que se suelen ganar todos los judíos, esta vez apuntadas a declarar que Bellow era un pedante completo tratando de demostrar su superioridad de conocimiento. En uno de aquellos artículos que leí en Hermano Cerdo, Bellow mismo explica que sus novelas son, generalmente, comedias de amplia lectura; no me pregunten qué significa eso, pero puedo llegar a entenderlo parcialmente: Bellow, un hombre erudito como pocos, buscaba burlarse de los intelectuales que tienden a encerrarse demasiado en sí mismos, o que parecen disfrutar de convertir cualquier elemento cultural en un artículo de uso restringido para mentes dotadas.

Y ese es el legado que al menos dejó para mí. Llega un momento en que el hombre sediento de conocimiento se transforma en un ser no-humano, carente de toda estética, quien siente flotar a dos centímetros del suelo cada vez que se enzarza en una charla cultural. Terminar así, lleno de erudición pero completamente incapaz de solucionar sus propios asuntos domésticos, o siquiera de reír un poco, ha sido siempre la maldición que recae sobre aquellos que procuran atragantarse de cultura para sentirse más voluptuosos que los demás. Una moraleja indirecta, creo yo.

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