miércoles, 20 de agosto de 2008

Razonamiento y esfuerzo

Me pregunto, por que soy un completo ignorante para algunas cosas, si habrá en la historia de los pensadores algún filósofo, sociólogo, matemático o cosa parecida que haya intentado demostrar qué patrón rige a determinada sociedad para la producción de intelectuales. Es decir, cada cuántos albañiles, cada cuántos panaderos, cada cuántos abogados sale un pensador que, desde el punto de vista técnico o de las artes, se dedique a analizar el mundo.

Las personas que se hacen llamar a sí mismas prácticas afirman que las necesidades del hombre son simples: comida, agua, techo. Y que lo demás es, a fin de cuentas, una pérdida de tiempo. No sólo yo, sino otros, han declarado que las artes no sirven para nada; no al menos en el sentido “práctico” de la vida moderna. Es decir, a parte del directamente involucrado, el arte no lleva a los demás solución alguna de sus necesidades diarias. Lo que contradice, por su puesto, este punto de vista tan limitado es la cultura misma: si a alguien le gusta una chica y quiere sorprenderla con algo enternecedor contratará a un trío de cuerda, comportamiento que al día de hoy aún se considera muy romántico entre algunas personas. Mas es seguro que nuestros ancestros de hace once mil años no lo entenderían; para el hombre primitivo que navegaba por el globo con su familia, huyéndole a las estaciones, el arte, y su peso actual, no tenían sentido.

Se dice que los bárbaros son aquellos que no aprecian la cultura. Recuerdo esa charla a la que asistí hace unos meses sobre poesía; un escritor, cuyo nombre me reservo, hacía una comparación en la que, palabras más palabras menos, decía que leerle poemas de Rimbaud a un mecánico de automóviles era una completa pérdida del tiempo. Hubo risas, recuerdo. Tal vez yo reí también, pero el primer pensamiento coherente que se me pasó por la cabeza tras escuchar aquello fue el siguiente: primero las afirmaciones universales, como que todos los mecánicos sean incultos —en la forma que generalmente se entiende como cultura—, o todas las modelos sean estúpidas, pertenecen al orden de la filosofía racista, machista y feminista. Ahora bien, yo tampoco aprecio a Rimbaud, no me impresiona, al menos al nivel de un Poe o una Dickinson. Y, por cierto, hace unos años me vi obligado a trabajar en un taller de mecánica, lavando autos, ya que ni siquiera tengo los conocimientos acerca de las complejidades de un automóvil.

Inculto, entonces, sigue siendo una forma de insulto hoy en día. Pero, realmente, ¿cuánto es el interés de la persona común por “culturizarse”? Yo diría que es muy bajo. Más bien esa apreciación apunta hacia las experiencias educativas del individuo. Conozco a cierta persona que tiende a inclinarse hacia aquellos que tienen un título, o una obra impresa, o han recibido el elogio por parte de un tercero. Tiene lógica el asunto, claro; de la misma manera esta persona suele despotricar de aquellos que nada tienen —hablamos de cantidad de conocimiento—, a menos que sean sus amigos. Les cuento: cierta vez, ella —sí es una mujer— y yo recordábamos a algunos asistentes a un taller de redacción de crónicas; mencioné, de pasada, a cierta chica rubia de quien luego supe trabajaba como modelo. Dicha persona apenas había asistido a una sesión del taller. “Claro, debe ser una estúpida” dijo mi amiga, pero creo que su observación cargaba el siempre pesado lastre del prejuicio: que fuera una modelo la hacía alguien completamente ajena al trabajo con el intelecto.

Nunca hablé con la chica rubia, ni he leído sus escritos, o ignoro sus calificaciones de la universidad, lo que sí sé es que durante los últimos diez años me he topado con aprendices de escritores que no saben redactar un párrafo conciso; filósofos que basan todo su conocimiento en la Biblia, publicistas sin imaginación, editores de torpeza simiesca, profesores ignorantes y médicos cuyo rango de conocimiento queda por debajo de cualquier simple farmaceuta de barrio. ¿Qué los hace tan malos? La falta de necesidad o de deseo de aprender más sobre su propio mundo; les ha bastado adquirir un cartón universitario para creer que lo saben todo, exhiben sus credenciales a los que no han tenido una educación superior, y les llaman “incultos”, pero claro, como personas prácticas que son, ese cuento de la cultura, las artes y el pensamiento les llama menos la atención que la telenovela de turno, el partido de fútbol, almorzar en un restaurante fino o asistir a fiestas.

Entonces borremos esa pregunta que puse al principio y troquémosla por esta: ¿cada cuántos escritores, filósofos, periodistas y sociólogos sale un verdadero intelectual? Muchos de ellos van por la vida contentándose con hacer su trabajo. Son personas prácticas que una vez se quitan el overol de trabajo al llegar a casa dejan sus libros y meditaciones atrás. No les interesa buscar el color que es más oscuro que el negro, y no digamos ya el misterio del Universo; ir más allá del conocimiento que les afecta directamente les parece una completa necedad.

Señoras y señores, el conocimiento es algo muy bello, por qué no desearlo con la avidez con la que anhelamos el cuerpo de esa persona que ocupa nuestra mente, o siquiera con el gusto infantil que hace que un niño corra al dispensador de caramelos. Hay gente capaz de darle la vuelta al mundo por amor, pero muy pocos que se dirijan al diccionario para buscar el origen fisiológico del amor mismo, sólo, dicen ellos, por evitarse la fatiga.

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