jueves, 25 de septiembre de 2008

Postal italiana.

No muy impresionado quedé al terminar hace unas horas la lectura de La cartuja de Parma, novela de Stendhal que transcurre al norte de Italia y es bien conocida entre los fanáticos de la literatura francesa. No siendo uno de estos, quizá haya profundidades del texto a las que mi mente no tuvo acceso. No sería extraño, sobre todo con un libro que carece de una trama organizada y lógica.

La vida y desgracias de Fabricio del Dongo, la duquesa Sanseverina y el resto de la corte, no tienen un punto fijo al que se dirija la trama. Pasamos de un reino a otro, pasando por una batalla y una serie de incidentes que no guardan una relación directa con la trama, si es que hay alguna.

Otra cosa debe ser leerlo en francés, pero pasar 436 páginas de sucesos apiñados sin más orden que el que impone el calendario, me resultó un proceso tedioso.

Suelo tener por lema “siempre se puede contar con los clásicos”, pero, ¿qué puedo realmente aprovechar de esta novela? Ni siquiera el tiempo que he gastado leyéndolo, y que pude ocupar en la lectura de otras tantas obras. La edición que tengo, debo anotar, cuenta con tantas fallas, y es de por sí tan vieja, que el libro, como objeto, ni siquiera guarda un aspecto atractivo.

Para los estudiosos, La cartuja del Parma debe guardar diversos tesoros; repito que no soy un analista de la prosa francesa decimonónica; siempre me he inclinado a la literatura estadounidense y británica. Las traducciones, en todo caso, suprimen las joyas de estilo que aplique un autor particular a su trabajo.

Dos puntos que suelen ver estos analistas como el valor de esta obra son, por un lado, el aspecto sicológico de los personajes. Sobre esto diré que ese es uno de los aspectos de la ficción en los que cada vez creo menos. A menos que uno esté retratando a seres de la vida real —caso de la no ficción, cuando se hace bien, digo—, las siluetas que engendre el escritor, por mucha tridimensionalidad que a veces demuestren, estarán siempre supeditadas a los prejuicios del autor. Hay casos, por supuesto, como el de Shakespeare, y otros que por ahora, en este momento, no me atrevo a mencionar por miedo a estar cometiendo un error, en que un escritor se torna creador —creo que ya he mencionado esto antes—: dibuja seres que caminan, a los que podemos medir su peso, el tamaño de su sombra o la forma única que tienen de suspirar. El otro punto, ese valor anexo que señalan siempre los ilustrados comentaristas de Stendhal es su capacidad para reproducir las intrigas de la corte, tema manido si hay uno. Tanto en este aspecto, como en el de la descripción de sentimientos, Marie Henry Beyle se queda corto, o las tramas que narra pasan, a mi juicio, carecer de mayor complejidad.

Como esta no es una novela histórica, es decir, escrita, por ejemplo, por un autor moderno viendo a sus personajes y problemas a través del lente y el análisis que dan los años y los estudios, creo que Stendhal pasó por alto muchos de los asuntos en los que pudo haber añadido más detalles. Pero en fin, nadie tiene la capacidad de ver hasta donde llegan los universos que crea en la soledad de su escritorio. Tienen que ser esos analistas de los que he hablado, los que, con el paso de los tiempos se sienten, como yo, a aplicar sus puntos de vista sobre la obra.

Aunque en este caso, como algunos lo habrán notado, puedo estar cometiendo errores.

Para la feliz minoría.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Menos extraño que la ficción.


Mientras leía el artículo escrito por la siempre brillante Marianne Ponsford en la última edición de la Revista Arcadia, ciertos pensamientos han emergido y, como hace tanto tiempo ya que no escribía en el blog, he decidido ponerlos en consideración de los lectores. El texto al que hago referencia se llama Cualquier parecido con la realidad… y, a manera de análisis, se muestra la inclinación que sufre la literatura colombiana de querer exhibir fragmentos de la historia mezclados con ficción. Ponsford no nos dice que esto sea incorrecto o correcto —dejemos eso al futuro—, sino que sus palabras apuntan a revelar esta tendencia en auge. Las novelas citadas son: Happy birthday, capo de José Libardo Porras; Lara de Nahum Montt, y Líbranos del bien de Alonso Sánchez Baute.

Primero, pienso que redactar novelas acerca de hechos reales es el fracaso de la imaginación, como dijo Norman Mailer acerca de A sangre fría, de Truman Capote. Aunque este no es el caso: esta así llamada “novela de no-ficción” es ciertamente una crónica periodística sobre una serie de hechos, donde el escritor se tomó la libertad de darles un tono novelesco. Pero, ¿por qué digo yo que es un fracaso de la imaginación? Porque en las tres novelas arriba mencionadas —si es que he entendido bien— sus autores apenas tomaron de la realidad lo que consideraron más importante y le agregaron elementos ficticios. O se es blanco o se es negro, digo yo. Si no tienes capacidad mental para inventarte una historia mejor no escribas nada; y si quieres escribir sobre un acontecimiento histórico, pues no inventes, que si la realidad del suceso aquel carece de valor para que el resto del mundo lo lea, entonces busca otra cosa.

Contrario a esta postura diré lo siguiente: tal vez las novelas de Sánchez Baute y de Montt lleguen a más personas, y generen más discusiones que otros libros, “más serios”, pero cuyo carácter de análisis profundo no atraiga a esa mayoría que, en todo caso, está obligada a no olvidar su historia patria. Además, la ficción en un término absoluto no existe: toda historia que yo o cualquiera conciba deberá basarse en cosas reales, o al menos en la interpretación subjetiva que nosotros tengamos de otros mundos nacidos en nuestra imaginación.

Algo sí me hizo dudar de toda esta publicidad contra el olvido: las respuestas de los escritores a la clásica pregunta de “¿por qué escribió esto?”. Ninguno se paró a decir que lo hacía por dinero, o porque le dio la gana, o porque leyó la noticia en algún lado y le picó el interés de averiguar más, sumergiéndose así en un proceso cuya única culminación sería la redacción de un texto. No, todos hablan de buenas intenciones, análisis de motivos, realizar homenajes, etcétera. Yo no creo que eso deba impulsar a un escritor, porque al hacerlo está sacrificando al arte mismo, eso si descontamos que está quitándole el trabajo a los historiadores o periodistas, cuyo trabajo debería ser el de escribir esta clase de libros.

Supongo que si me sumerjo en una de estas historias, me encontraré con las descripciones novelísticas, los sentimientos expresados en fórmulas retóricas o los finales de capítulo con intenciones de generar curiosidad en lo que vendrá. Técnicas de novela aplicadas a hechos de la vida real. Posible resultado: ni chicha ni limonada. Pero estoy prejuzgando, querido lector, como siempre, pero téngase en cuenta el gran peligro que corre la literatura colombiana: si estos libros se venden bien, y nada evita que así sea, los editores empezarán a pedir más y más. Estudiantes o comunicadores sociales ya formados, amen de veteranos periodistas o profesores de Historia se lanzaran a golpear las teclas de sus computadoras para llenar las estanterías de realidades noveladas. El que quiera presentar entonces ficción a la antigua usanza será rechazado de plano; “¿algo de esto pasó realmente?” Preguntará el editor. Si el escritor dice que no, será echado de una patada fuera de la editorial. Entonces llega el egresado de Sociología o Historia con un texto de 500 páginas sobre el Proceso 8000, la Guerra de los Mil Días, u otro acontecimiento histórico; el editor revisa un rato el manuscrito, mira por encima de sus antiparras y pregunta: “¿dónde están los diálogos? ¿Dónde están las descripciones? ¿Dónde está el personaje macondiano? ¿Quién es el malo? ¿Hay algún romance al menos?” Atribulado y un tanto enfurecido el estudioso dirá que aquello no es una novela, sino un escrito analítico sobre un hecho, y entonces “¡A la calle con este mamerto!” Gritará el editor.

Lo anterior es una caricatura bastante burda, lo sé, pero recordemos que las tendencias fijan la pauta de los mercados y estos dan los números a las empresas las cuales terminan por dar de comer a los autores. La proliferación de homólogos de Dan Brown le ha hecho un gran daño al mercado literario; si así fue en Estados Unidos, Colombia —que arremeda en casi todo al Tío Sam— podría enfrentar la misma crisis. Pero, una vez más, solo el tiempo lo dirá.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Seudónimos

Saludos. He decidido cambiar mi seudónimo. No, he decidido eliminar o dejar de usar ese nombre de John Carvajal. Mi nombre es Juan Pablo Bonilla. Esto se debe a que he empezado a firmar todos mis textos con ese nombre, y no con el de J.C.