lunes, 8 de septiembre de 2008

Menos extraño que la ficción.


Mientras leía el artículo escrito por la siempre brillante Marianne Ponsford en la última edición de la Revista Arcadia, ciertos pensamientos han emergido y, como hace tanto tiempo ya que no escribía en el blog, he decidido ponerlos en consideración de los lectores. El texto al que hago referencia se llama Cualquier parecido con la realidad… y, a manera de análisis, se muestra la inclinación que sufre la literatura colombiana de querer exhibir fragmentos de la historia mezclados con ficción. Ponsford no nos dice que esto sea incorrecto o correcto —dejemos eso al futuro—, sino que sus palabras apuntan a revelar esta tendencia en auge. Las novelas citadas son: Happy birthday, capo de José Libardo Porras; Lara de Nahum Montt, y Líbranos del bien de Alonso Sánchez Baute.

Primero, pienso que redactar novelas acerca de hechos reales es el fracaso de la imaginación, como dijo Norman Mailer acerca de A sangre fría, de Truman Capote. Aunque este no es el caso: esta así llamada “novela de no-ficción” es ciertamente una crónica periodística sobre una serie de hechos, donde el escritor se tomó la libertad de darles un tono novelesco. Pero, ¿por qué digo yo que es un fracaso de la imaginación? Porque en las tres novelas arriba mencionadas —si es que he entendido bien— sus autores apenas tomaron de la realidad lo que consideraron más importante y le agregaron elementos ficticios. O se es blanco o se es negro, digo yo. Si no tienes capacidad mental para inventarte una historia mejor no escribas nada; y si quieres escribir sobre un acontecimiento histórico, pues no inventes, que si la realidad del suceso aquel carece de valor para que el resto del mundo lo lea, entonces busca otra cosa.

Contrario a esta postura diré lo siguiente: tal vez las novelas de Sánchez Baute y de Montt lleguen a más personas, y generen más discusiones que otros libros, “más serios”, pero cuyo carácter de análisis profundo no atraiga a esa mayoría que, en todo caso, está obligada a no olvidar su historia patria. Además, la ficción en un término absoluto no existe: toda historia que yo o cualquiera conciba deberá basarse en cosas reales, o al menos en la interpretación subjetiva que nosotros tengamos de otros mundos nacidos en nuestra imaginación.

Algo sí me hizo dudar de toda esta publicidad contra el olvido: las respuestas de los escritores a la clásica pregunta de “¿por qué escribió esto?”. Ninguno se paró a decir que lo hacía por dinero, o porque le dio la gana, o porque leyó la noticia en algún lado y le picó el interés de averiguar más, sumergiéndose así en un proceso cuya única culminación sería la redacción de un texto. No, todos hablan de buenas intenciones, análisis de motivos, realizar homenajes, etcétera. Yo no creo que eso deba impulsar a un escritor, porque al hacerlo está sacrificando al arte mismo, eso si descontamos que está quitándole el trabajo a los historiadores o periodistas, cuyo trabajo debería ser el de escribir esta clase de libros.

Supongo que si me sumerjo en una de estas historias, me encontraré con las descripciones novelísticas, los sentimientos expresados en fórmulas retóricas o los finales de capítulo con intenciones de generar curiosidad en lo que vendrá. Técnicas de novela aplicadas a hechos de la vida real. Posible resultado: ni chicha ni limonada. Pero estoy prejuzgando, querido lector, como siempre, pero téngase en cuenta el gran peligro que corre la literatura colombiana: si estos libros se venden bien, y nada evita que así sea, los editores empezarán a pedir más y más. Estudiantes o comunicadores sociales ya formados, amen de veteranos periodistas o profesores de Historia se lanzaran a golpear las teclas de sus computadoras para llenar las estanterías de realidades noveladas. El que quiera presentar entonces ficción a la antigua usanza será rechazado de plano; “¿algo de esto pasó realmente?” Preguntará el editor. Si el escritor dice que no, será echado de una patada fuera de la editorial. Entonces llega el egresado de Sociología o Historia con un texto de 500 páginas sobre el Proceso 8000, la Guerra de los Mil Días, u otro acontecimiento histórico; el editor revisa un rato el manuscrito, mira por encima de sus antiparras y pregunta: “¿dónde están los diálogos? ¿Dónde están las descripciones? ¿Dónde está el personaje macondiano? ¿Quién es el malo? ¿Hay algún romance al menos?” Atribulado y un tanto enfurecido el estudioso dirá que aquello no es una novela, sino un escrito analítico sobre un hecho, y entonces “¡A la calle con este mamerto!” Gritará el editor.

Lo anterior es una caricatura bastante burda, lo sé, pero recordemos que las tendencias fijan la pauta de los mercados y estos dan los números a las empresas las cuales terminan por dar de comer a los autores. La proliferación de homólogos de Dan Brown le ha hecho un gran daño al mercado literario; si así fue en Estados Unidos, Colombia —que arremeda en casi todo al Tío Sam— podría enfrentar la misma crisis. Pero, una vez más, solo el tiempo lo dirá.

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