jueves, 16 de octubre de 2008

Sortilegio británico

Se llamaba Harry, de cabello oscuro, gafas, con una cicatriz en la frente y una infancia transcurrida entre una alacena llena de arañas. Esta fue la visión de una mujer divorciada mientras viajaba en tren. Visión que puso por escrito en un cálido café de Edimburgo, allí donde su pequeña hija no tenía que soportar el frío del estrecho apartamento.


Ahora Joanne Rowling es, para usar una expresión americana, asquerosamente rica; tiene más dinero que Su Majestad la Reina Isabel II, y eso ya es mucho para una escritora de libros para niños.


El mundo entero ha visto correr por sus librerías las siete partes de una novela río acerca de un joven aprendiz de mago, su escuela, sus amigos y las temibles fuerzas de la oscuridad que buscan acabar con él y todo lo que ama. Ha causado impresiones distintas: desde aquellos fanáticos impensables como Stephen King, pasando por miles de niños que, ya sean en Nueva York, ya sea en Londres, hicieron fila para adquirir, a primera hora, una nueva pieza de la historia. Ha habido también críticos; algunos serios, por el orden de Harold Bloom, exegeta del canon occidental, así como muchos mediocres, entre escritoras sudamericanas de libros infantiles atragantadas con envidia, así como los incurables talibanes de la Franja Bíblica estadounidense, con sus sueños de conspiraciones diabólicas tras las inocentes oraciones de la literatura infantil.


Nunca busqué tener una posición fija con respecto a Potter. Había mucho de mí que variaba con cada nueva pizca de información. Así pasé de considerar a miss Rowling como una simple mujer con suerte, ha inclinar ligeramente la cabeza ante ella con un claro respeto: pocos seres humanos son capaces de crear tan vastos universos, manteniendo un sobrio equilibrio; hablo de 3.419 páginas donde la historia no sufrió los quiebres argumentales que suelen afectar a algunas novelas mal compuestas. Pero debo confesar algo, no he leído cabalmente toda la saga de Harry Potter; me alimento de los comentarios, críticas, reseñas y ensayos captados al vuelo durante los últimos ocho años.


Algunos se preguntaban, ¿es gratuita la fama de Harry Potter? ¿Es todo cuestión de mercadeo? ¿Hay algo de brujería en todo el asunto? Olvidemos por ahora los sortilegios. En efecto hay mucha labor de mercadeo en torno a la figura de la autora y su obra, pero nadie se llame a engaño considerando que tras los millones de libros vendidos apenas hay un puñado de astutos vendedores británicos; no habrá editorial que tras sus productos no procure hacer toda una campaña para impulsar las ventas; si lo vemos con los autos, porqué no con los libros. Ahora, ¿se habría mantenido Potter en el pináculo sin toda la parafernalia de las ventas? Sí, es muy posible, y lo digo porque las competencias directas que han surgido como respuesta al fenómeno Harry Potter no han alcanzado la popularidad del joven mago: Tunnels, Una serie de encuentros desafortunados, Twiligth. Venden bien, en algunos casos muy bien, pero no llegan a ser fenómenos.


¿Qué es un fenómeno? En este contexto “media-popular-literario”, algo que cambia la manera de pensar en referencia a determinado asunto. Ejemplo, el fenómeno de la Guerra de las Galaxias, cambiando la cosmovisión relativa a viajes interplanetarios, combates, duelos, amores y creaturas de otros planetas. Es más fácil ver la relación entre el cine y la cultura popular que entre esta y la literatura; es quizá porque los libros llegan a menos personas, o porque su influencia actúa de modos distintos. Es difícil, tras leerse completa esta saga, imaginar el mundo de magos y brujas separado del tono académico que se desprende de los pasillos de Hogwarts.


Quedan algunos puntos por discutir, pero esos se los dejaré a los analistas de los años por venir. Tengo pocas dudas respecto al hecho de que Harry Potter se convertirá en un clásico. He leído ya Harry Potter y la piedra filosofal, primera parte de la saga; y honestamente no me siento con deseos de leer otra, a menos que caiga, como esta, en forma de regalo. Pero por ahora mi curiosidad se ha saciado: sí, es un buen libro. De llegar a tener hijos no dudaría en regalárselos. Su sencilla trama contiene los ingredientes esenciales de las novelas de aventuras: un héroe, un villano, aliados, enemigos, viajes, poderes, retos, riesgos. Y sí, me vi muchas veces obligado a abandonar mis actuales tareas para retomar la lectura; es adictivo. ¿Cuántos autores pueden vanagloriarse de gestar novelas que lleven a sus lectores a un consumo compulsivo? Entonces, el primer punto a discutir sería ese: ¿hasta qué punto una novela atrapa a un lector? Y no quiero aquí emplear un vano verbo; hablo de “atrapar” en el sentido en que un amor, un narcótico, el trabajo o el alcohol pueden hacerlo. Segundo, ¿qué características de Harry Potter lo convierten en clásico? Muchas novelas hablan de amor, muerte, amistad, venganza y aventuras, pero pocos se recuerdan, al menos por una masa tan numerosa como la que conoce ahora al engendro de miss Rowling.


Por suerte no soy el único que tengo esas preguntas en mente, y estoy seguro que habrán muchos, con mayor erudición, que se encargarán de hallar las respuestas.

Bibliotecas

Afortunados, pienso, cuando veo a escritores, periodistas, intelectuales y en raros casos a profesores sentados y, a sus espaldas, una enorme colección de libros, de todos los colores y tamaños, elevándose del suelo hasta el techo. En comparación mi biblioteca personal es raquítica; confieso que no llega a los cien volúmenes. Buena parte de los libros que he leído en mi vida los he perdido, y otros han sido prestamos de la biblioteca pública. Para dejarlo más claro: mi colección de libros abarca los últimos ocho años de mi vida, y hay que considerar que he durado meses sin empleo, o no he siempre gastado mis ingresos en libros. Pero sí, es una colección escasa, paupérrima y casi diríamos intolerable para alguien que se considera escritor.

No obstante quiero que los lectores de mi blog, y los interesados en mi obra literaria, puedan echar un vistazo virtual a mi, por ahora, escueta colección de novelas: aquí van los volúmenes por mí más queridos, los que no aprecio tanto, y los que verdaderamente sobran, pero de los cuales no pienso deshacerme:

El arte de la guerra – Sun Tzu

El día del chacal – Frederick Forsyth

El manifiesto negro – Frederick Forsyth

El puño de Dios – Frederick Forsyth

Los perros de la guerra – Frederick Forsyth

La alternativa del diablo – Frederick Forsyth

El negociador – Frederick Forsyth

Odessa – Frederick Forsyth

El cuarto protocolo – Frederyck Forsyth

El cardenal del Kremlin – Tom Clancy

Sin remordimiento – Tom Clancy

Peligro inminente – Tom Clancy

Op Center – Tom Clancy

Op Center: Juegos de estado – Tom Clancy

Rainbow Six – Tom Clancy

Clave Red Rabbit – Tom Clancy

The Shrapnell Academy – Fay Weldon

La Guerra de las Galaxias – George Lucas

El imperio contraataca – Donald F. Glut

El regreso del Jedy – James Khan

Sarah – J. T. LeRoy

El sastre de Panamá – John le Carré

La canción de los misioneros – John le Carré

El espejo de los espías – John le Carré

¿El traidor del siglo? (crónica) – John le Carré

El infiltrado – John le Carré

La gente de Smiley – John le Carré

Lolita – Vladimir Nabokov

62 modelo para armar – Julio Cortázar

Alguien que anda por ahí – Julio Cortázar

Todos los fuegos el fuego – Julio Cortázar

Las armas secretas – Julio Cortazar

Color Local – Truman Capote

Crucero de Verano – Truman Capote

Otras voces, otros ámbitos – Truman Capote

Harry Potter y la piedra filosofal – J. K. Rowling

Técnicas de masturbación entre Batman y Robin – Efraín Medina Reyes

Dr. No – Ian Fleming

Goldfinger – Ian Fleming

From Russia with love – Ian Fleming

El legado de Humboldt – Saul Bellow

La metamorfosis (y otros relatos) – Franz Kafka

La caída – Tomas Mann

El castillo – Franz Kafka

Cartago en llamas – Emilio Salgari

El quinto jinete – Dominique Lapierre y Larry Collins

Los doce del patíbulo – E. M. Nathanson

La cartuja de Parma – Stendhal

Una rosa para Emily y otros relatos – William Faulkner

El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde

El perfume – Patrick Süskind

Acorralado – David Morell

El americano impasible – Graham Greene

Love Story – Erich Seagal

Juntacadáveres – Juan Carlos Onetti

El rescate – René Delgado

Honor entre ladrones – Jeffrey Archer

Soy Charlote Simmons – Tom Wolfe

El vengador – J. M. Quinell

Los pecados de Inés de Hinojosa – Próspero Morales Padilla

La máquina de escribir – Juan Martini

La identidad de Bourne – Robert Ludlum

El ultimátum de Bourne – Robert Ludlum

La dama del perrito – Antón Chejóv

Las aventuras de Sherlock Holmes – Arthur Conan Doyle

Operación Cóndor – John Dinges

Cosas que hacen BUM – Kiko Amat

Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante

El beso de la mujer araña – Manuel Puig

Dormir al sol – Adolfo Bioy Casares

Mar gruesa – Martin Amis

Entre paréntesis – Roberto Bolaño

Miguel Strogoff – Jules Verne

Stalingrado – Antony Beevor

Napoleón – André Mauris

La mujer de mi hermano – Jaime Bayly

Lord Jim – Joseph Conrad

1984 – George Orwell

Si te dicen que caí – Juan Marsé

Drácula – Bram Stocker

Los talibán – Ahmed Rashid

domingo, 5 de octubre de 2008

Notas al duelo

Notas al duelo.

Cierta vez escribí un cuento sobre dos francotiradores en medio de la batalla de Stalingrado. El protagonista, un chico de la resistencia rusa en aquella ciudad sobre el Volga quien en el cuento se hace llamar Ratón, acompaña a un noble francotirador de los Urales llamado Liebre. Sobra aclarar que “Liebre” es el gran Vasili Zaitzev, y “Ratón” su marcador.

Meses más tarde, tras ver a Jude Law y a Ed Harris en Enemy at the Gates, eliminé el cuento de mi computadora. La razón fue que no sentí que podía darle a la narración el calibre emocional que entraña un verdadero duelo; no al menos como lo hace esta película. No he pensado más en ello pero cito esta anécdota como introducción a estas notas breves.

Es que el duelo es algo que pocas personas de la actualidad entienden. Es un asunto, primero, de honor, segundo, de hombría. Así no creo que mujer alguna llegue a entender jamás qué significa realmente un duelo.

Olviden que es un mero juego trivial entre el ego de dos machos. Es el juego de dos mentes. Dos puntos de vista, uno frente al otro, mirándose a los ojos esperando una respuesta.

Es el ajedrez, por encima de cualquier otro juego, el que ilustra y enconiza el duelo: blanco y negro, lados opuestos; movimientos que apuntan a un fin: vencer.

El Quijote contra el bachiller Sansón Carrasco. Este último se sumerge en el universo virtual y mágico del Hidalgo para enfrentarlo y traerlo de vuelta a la realidad.

Clare Quilty tras la Lolita de Humbert Humbert. H.H tras el cadáver C.Q.

Ahab y la Ballena, Sherlock Holmes y Moriarty… puedo seguir enumerando otros tantos si tuviera el tiempo o la mente para ello. Creo, sin embargo, que ya le he dado a este texto la introducción necesaria. A lo que voy es a la importancia de los rivales, de las caras opuestas, en la creación de un mundo ficticio. Ya que no hay mejor manera de definir los contornos de un personaje que detallando las características de su opuesto.

Por otra parte, los retos que plantea la creación de un némesis causan siempre un placer técnico a quienes, como yo, gustamos de trabajar con el músculo de la imaginación. En este caso, he creado al archienemigo de Leonardo Katz, el agente secreto y escritor fracasado que protagoniza la novela Flores para Irma y otros títulos que estoy preparando. El nombre del rival es Paul Booth.

Ambos llevan el mismo nombre —recuérdese que el nombre verdadero de Leo Katz es Paul Fields—, pero sus orígenes son distintos: Katz nació en Reno, Nevada, aunque creció en Anchorage, Alaska. Booth nació en Concord, New Hampshire (al otro extremo de los Estados Unidos). Allí tenía una vida cómoda con una hermana menor, sus padres y un perro en un cálido hogar republicano. Aunque sus padres ansiaban verlo llegar a una gran universidad, terminó enlistándose en la guerrilla urbana de los Cabeza de Martillo, donde conocería a Katz.

En Espadas en el viento, aparece este personaje por primera vez, y hará una que otra aparición fantasmal a lo largo del resto de la saga. En la obra ya mencionada, Katz y Booth se conocen formalmente, allí en el campo de adiestramiento para guerrilleros urbanos que dirige Dick Matson.

Katz es un escritor inseguro, enamorado de la literatura española y latinoamericana; su sueño, al menos en esta parte de su vida, era ser un nuevo Cortázar. Por entonces se dedicaba a escribir cuentos y uno que otro poema, más ensayos y novelas que siempre quedaban inconclusas. Booth no es tan soñador, y de hecho ha tenido una carrera literaria más firme: en la secundaria privada de Concord dirigía el diario local y, guiado por uno de sus maestros más iluminados, devoraba toneladas de política y filosofía. Ambos estaban dedicados a la ficción; pero mientras que para Leonardo su obra debía estar basada en el estilo y las historias sencillas, Paul prefiere redactar historias crudas en las que analice las variables que rigen la mente humana, singular y colectiva.

Ambos son ateos, y de izquierda, pero han llegado a esto por vías distintas. Katz ha chocado involuntariamente con la violencia. Se ha convertido en un colombiano más que de un día para otro se ve arrastrado en una espiral de acciones que no le gustan, pero de las que tiene que ser parte para seguir con vida. En El aprendiz de escritor, Leonardo conoció a “Candy” la temible asesina a sueldo rusa que lo lleva al camino del estoicismo y el escepticismo. Ha sido inducido a ser quien es. Paul, por su parte, ha encontrado que su vida alegre, de sit-com de horario central, es una realidad falsa, creada por alguien, fuera de los límites de su mundo. Al llegar a este pensamiento, por los caminos sinuosos de la lógica más fría, cree que no podrá siquiera respirar hasta vivir en la vida real, la cual solo se puede alcanzar generando un cambio en el mundo: derribar el sistema existente de “castas” y creando un planeta sin religiones o espiritualidad.

Leonardo se convierte en un escritor mediocre latinoamericano, de esos que vemos en una que otra revista, en el colofón del noticiero de la noche, o la delgada columna de noticias culturales del periódico del domingo. Algunos leen sus novelas, otros no; a casi nadie le interesa realmente quién es; siempre será un sombra. Pero en su otra vida, es un eficaz agente de la CIA —y un mercenario luego— que logra, no lo que se propone, sino lo que sus superiores le ordenan.

Paul llega a escribir para las grandes revistas literarias norteamericanas; publica dos novelas cortas que dejan boquiabiertos a los críticos, mas una obra teatral que, desde la noche de su estreno, los más celosos críticos tildan de “clásica”. Pero una tarde apila sus libros, echa llave a su casa, abandona a su esposa —rubia y republicana— y se marcha a las montañas de Europa para dirigir su propia guerrilla revolucionaria: el Ejército Materealista, (contracción de materia + realidad).

Durante una cena en el campamento de entrenamiento, Leonardo y Segismund Hegel (su mejor amigo) charlan sobre literatura. A la conversación se une Dan Walford, poeta y francotirador de los Cabeza de Martillo, y luego, Paul Booth. Pero pronto tanto Dan como Hegel quedan por fuera de la conversación, que parece ahora un combate de espadas: Paul le pregunta a Leonardo qué clase de cosas escribe. “Ficción” responde, y añade: “Pero busco narrar sobre historias sencillas; pero con un estilo que realmente pueda gustarle a los lectores. Como esos muebles exclusivos, que no por ser simplemente muebles dejan de ser bellos.”. Booth asiente aburrido, y replica: “Yo busco escribir cosas que le provoquen una erección al Papa”. Jaque mate. Tanto Hegel como Walford ríen y miran respetuosamente a Booth; saben que ahí, frente a ellos, tienen sentado a un verdadero escritor.

Este será solo el primer round entre dos mentes. Una lucha que terminará muchos años después, cuando ambos personajes, ya en el umbral de la madurez, diriman el asunto a la antigua.

PD: Espero vivir lo suficiente para escribir todas las demás novelas que me faltan de la saga.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dos novelas de Truman Capote

Creo que ya he hecho patente otras veces mi admiración por Truman Capote, el pequeño escritor de voz gangosa que, nacido en el sur de los Estados Unidos, logró en Nueva York irradiar una de las prosas más precisas de la historia de la literatura.

Según confesó en un escrito, su inclinación hacia la escritura le surgió siendo apenas un escolar. La posibilidad está fuera de toda duda: en la adolescencia envió cuentos a diarios y revistas donde su estilo no pasó desapercibido y fueron prontamente publicados.

Parte de su método de trabajo incluía la destrucción de un cuento, o una novela, si esta no resultaba tan satisfactoria como había planeado, o si carecía de la belleza que el crítico interior del autor siempre busca en el contenido de su trabajo.

En entrevista con Pati Hili, Capote comentaba que se había deshecho de varios cuentos y de una novela entera. Contrario a lo que le sucede a otros autores —a otros tantos muchos autores—, obstinados con publicar sus mediocres trabajos, por el simple hecho de que estos, al menos, están completos, a diferencia de esa maravillosa obra siempre en eterna preparación; a diferencia, entonces, de esos tantos hombres y mujeres, Truman consideró que Crucero de verano debería ser relegada a un cajón y, una vez extendió sus alas para salir de Brooklyn, tanto la novela, como el cajón, debían esperar al camión de la basura. Ahora todos sabes que la historia tuvo otro final: en 2004 Summer Crossing se publicó. Cuatro años más tarde, cayó en mis manos.

Por la misma época compré Otras voces, otros ámbitos, título que recibió en español la primera novela oficial de Capote. Other voices, other rooms fue publicada en 1948 y al año siguiente empezaría a redactar Crucero… que nunca vería la imprenta sino hasta veinte años después de la muerte de Truman. Tras leerme ambas novelas, casi al mismo tiempo, empiezo a entender porqué:

Capote, alumno indirecto de William Faulkner, tiene en sus recuerdos de infancia la materia prima para sus relatos y obras posteriores. Es el Sur caluroso, lleno de fango, mosquitos y serpientes donde es completamente libre para invencionar, alucinar incluso, y por supuesto, explayarse en descripciones.

El protagonista de Otras voces, otros ámbitos le recuerda a cualquier lector juicioso al propio Capote en su juventud: pequeño, delgado, rubio, de finas facciones, impresionable por las maravillas diarias y siempre pendiente de la gramática, así como de coleccionar cosas que saliesen al paso. Aquí el personaje se llama Joel Knox; ha dejado la gran Nueva Orleans tras la muerte de su madre, y se traslada a un punto indeterminado del mapa de Missouri llamado Noon City. A unos kilómetros de allí está su padre de quien ahora debe cuidar; este no pasa de ser una figura fantasmal quien convive con dos amigos: la solterona Amy y el carismático primo Randolph.

Distinto al deslumbrante Nueva York, en este recodo del río a donde va a pasar Joel sus últimos días de infancia, no hay luces, ni comercio, ni bellas mujeres; tampoco cultura o autos, ni siquiera un atisbo de riqueza material. En esta casa donde se ve recluido el muchacho no hay energía eléctrica, ni agua corriente. Podría uno, como turista literario, asumir que allí se vive de forma no muy distinta a los tiempos de la Guerra Civil. Es el anverso, sí, de esa América comercial e industrial del Norte, mas su valor es de otra especie: allí no hay artificios. Capote se esmera en narrar las impresiones que causa este mundo derruido donde los personajes no son simples figuras bidimensionales sino complejos caracteres que cargan con una vida de amarguras.

Me ocurre constantemente que olvido a los personajes de las novelas que he leído, con la misma facilidad con la que borramos inconcientemente de nuestra memoria las fachadas menos vistosas que hemos visto en un paseo. No sucedió así con Otras voces…: el estilo trabajado del autor rinde aquí uno de sus más jugosos frutos; Miss Amy, Randolph, Zoo, Jesus Fever, Little Sunshine y las gemelas Thompkins —en especial Idabel; de lejos mi personaje favorito—, todos ellos quedan retenidos en la memoria, quizá por su singular estética.

Capote llevaba ya años entregado al oficio diario de la escritura cuando culminó Otras voces…, aunque por su edad los críticos lo recibieron con cierto escepticismo. La precisión en el orden de las ideas de esta ópera prima demuestra que, en muchos casos, la calidad desciende de la práctica, no solo en cuanto al manejo narrativo o del lenguaje, sino en el empleo de argumentos abstractos: de visiones fuera de la realidad, elaborados pensamientos, ensueños y demás.

Por todo lo anterior, como dije ya más atrás, Otras voces…, otros ámbitos vio la luz, cosa que no ocurrió con su siguiente novela: Crucero de verano; un cuento largo desprovisto del estilo gramático y detallado de la obra anterior.

Crucero… es Nueva York puro: Manhattan, el puerto, Central Park, Brooklyn; familias acaudaladas y judíos de clase trabajadora. Pero aquí Capote dejó la pasión a un lado y se limitó a exponer un recuento de hechos.

Una novela como esta pudo haber dado para múltiples análisis; a pesar de su trama telenovelesca, el tiempo, los lugares y los protagonistas podrían haber sido material de estudio para un autor que gustase de los contenidos clínicos. Truman Capote no era de estos; su naturaleza es de cuentista y quizá por ello la mayoría de su obra se componga de piezas breves: Los perros ladran, Un árbol de noche, Color local, Música para camaleones… Allí, creo yo, podía practicar el estilismo sin agotarse o asfixiar al lector.

La trama es simple, y a mi parecer inacababa: Grady McNeil es una muchacha de familia acaudalada, Clyde Manzer es un judío que trabaja aparcando coches sostienen un romance secreto que podría no ser bien visto por la sociedad. En un verano de los años cuarenta, Grady decide evitar lo que podría promete ser un placentero viaje a Europa, por quedarse en compañía del irascible Clyde.

No es solo la diferencia de clases lo que los separa. Entre ellos no se entienden siquiera; saben que su relación no se dirige a ningún lado, mas no se separan, porque, como lo deja ver el narrador omnisciente una y otra vez, se aman profundamente, y ese es un vínculo que le permite a la gente, continuamente, cometer errores monumentales.

Hace calor en la Gran Manzana; pero si esta historia transcurriera en el lluvioso otoño no habría mayor diferencia. La estación es una escusa para que los McNeil viajen de crucero por el Atlántico, y allí está la oportunidad para que los amantes se encuentren y pretendan incluso una convivencia juntos que, como se al final de la historia, se pierde hacia las tinieblas de una avenida desocupada, dejándole al lector la posibilidad de ser él quien decida qué rumbo deben seguir estos aventureros.

Estas dos novelas, Crucero… y Otras voces… que parecen tan distintas si leemos sus sinopsis, lucen, tras una lectura completa, hermanarse de cierto modo: como una imagen reflejada en un espejo, y cada lector, de acuerdo con sus gustos particulares, decidirá cuál está más próxima a ser una visión definida, brillante y realista.