miércoles, 1 de octubre de 2008

Dos novelas de Truman Capote

Creo que ya he hecho patente otras veces mi admiración por Truman Capote, el pequeño escritor de voz gangosa que, nacido en el sur de los Estados Unidos, logró en Nueva York irradiar una de las prosas más precisas de la historia de la literatura.

Según confesó en un escrito, su inclinación hacia la escritura le surgió siendo apenas un escolar. La posibilidad está fuera de toda duda: en la adolescencia envió cuentos a diarios y revistas donde su estilo no pasó desapercibido y fueron prontamente publicados.

Parte de su método de trabajo incluía la destrucción de un cuento, o una novela, si esta no resultaba tan satisfactoria como había planeado, o si carecía de la belleza que el crítico interior del autor siempre busca en el contenido de su trabajo.

En entrevista con Pati Hili, Capote comentaba que se había deshecho de varios cuentos y de una novela entera. Contrario a lo que le sucede a otros autores —a otros tantos muchos autores—, obstinados con publicar sus mediocres trabajos, por el simple hecho de que estos, al menos, están completos, a diferencia de esa maravillosa obra siempre en eterna preparación; a diferencia, entonces, de esos tantos hombres y mujeres, Truman consideró que Crucero de verano debería ser relegada a un cajón y, una vez extendió sus alas para salir de Brooklyn, tanto la novela, como el cajón, debían esperar al camión de la basura. Ahora todos sabes que la historia tuvo otro final: en 2004 Summer Crossing se publicó. Cuatro años más tarde, cayó en mis manos.

Por la misma época compré Otras voces, otros ámbitos, título que recibió en español la primera novela oficial de Capote. Other voices, other rooms fue publicada en 1948 y al año siguiente empezaría a redactar Crucero… que nunca vería la imprenta sino hasta veinte años después de la muerte de Truman. Tras leerme ambas novelas, casi al mismo tiempo, empiezo a entender porqué:

Capote, alumno indirecto de William Faulkner, tiene en sus recuerdos de infancia la materia prima para sus relatos y obras posteriores. Es el Sur caluroso, lleno de fango, mosquitos y serpientes donde es completamente libre para invencionar, alucinar incluso, y por supuesto, explayarse en descripciones.

El protagonista de Otras voces, otros ámbitos le recuerda a cualquier lector juicioso al propio Capote en su juventud: pequeño, delgado, rubio, de finas facciones, impresionable por las maravillas diarias y siempre pendiente de la gramática, así como de coleccionar cosas que saliesen al paso. Aquí el personaje se llama Joel Knox; ha dejado la gran Nueva Orleans tras la muerte de su madre, y se traslada a un punto indeterminado del mapa de Missouri llamado Noon City. A unos kilómetros de allí está su padre de quien ahora debe cuidar; este no pasa de ser una figura fantasmal quien convive con dos amigos: la solterona Amy y el carismático primo Randolph.

Distinto al deslumbrante Nueva York, en este recodo del río a donde va a pasar Joel sus últimos días de infancia, no hay luces, ni comercio, ni bellas mujeres; tampoco cultura o autos, ni siquiera un atisbo de riqueza material. En esta casa donde se ve recluido el muchacho no hay energía eléctrica, ni agua corriente. Podría uno, como turista literario, asumir que allí se vive de forma no muy distinta a los tiempos de la Guerra Civil. Es el anverso, sí, de esa América comercial e industrial del Norte, mas su valor es de otra especie: allí no hay artificios. Capote se esmera en narrar las impresiones que causa este mundo derruido donde los personajes no son simples figuras bidimensionales sino complejos caracteres que cargan con una vida de amarguras.

Me ocurre constantemente que olvido a los personajes de las novelas que he leído, con la misma facilidad con la que borramos inconcientemente de nuestra memoria las fachadas menos vistosas que hemos visto en un paseo. No sucedió así con Otras voces…: el estilo trabajado del autor rinde aquí uno de sus más jugosos frutos; Miss Amy, Randolph, Zoo, Jesus Fever, Little Sunshine y las gemelas Thompkins —en especial Idabel; de lejos mi personaje favorito—, todos ellos quedan retenidos en la memoria, quizá por su singular estética.

Capote llevaba ya años entregado al oficio diario de la escritura cuando culminó Otras voces…, aunque por su edad los críticos lo recibieron con cierto escepticismo. La precisión en el orden de las ideas de esta ópera prima demuestra que, en muchos casos, la calidad desciende de la práctica, no solo en cuanto al manejo narrativo o del lenguaje, sino en el empleo de argumentos abstractos: de visiones fuera de la realidad, elaborados pensamientos, ensueños y demás.

Por todo lo anterior, como dije ya más atrás, Otras voces…, otros ámbitos vio la luz, cosa que no ocurrió con su siguiente novela: Crucero de verano; un cuento largo desprovisto del estilo gramático y detallado de la obra anterior.

Crucero… es Nueva York puro: Manhattan, el puerto, Central Park, Brooklyn; familias acaudaladas y judíos de clase trabajadora. Pero aquí Capote dejó la pasión a un lado y se limitó a exponer un recuento de hechos.

Una novela como esta pudo haber dado para múltiples análisis; a pesar de su trama telenovelesca, el tiempo, los lugares y los protagonistas podrían haber sido material de estudio para un autor que gustase de los contenidos clínicos. Truman Capote no era de estos; su naturaleza es de cuentista y quizá por ello la mayoría de su obra se componga de piezas breves: Los perros ladran, Un árbol de noche, Color local, Música para camaleones… Allí, creo yo, podía practicar el estilismo sin agotarse o asfixiar al lector.

La trama es simple, y a mi parecer inacababa: Grady McNeil es una muchacha de familia acaudalada, Clyde Manzer es un judío que trabaja aparcando coches sostienen un romance secreto que podría no ser bien visto por la sociedad. En un verano de los años cuarenta, Grady decide evitar lo que podría promete ser un placentero viaje a Europa, por quedarse en compañía del irascible Clyde.

No es solo la diferencia de clases lo que los separa. Entre ellos no se entienden siquiera; saben que su relación no se dirige a ningún lado, mas no se separan, porque, como lo deja ver el narrador omnisciente una y otra vez, se aman profundamente, y ese es un vínculo que le permite a la gente, continuamente, cometer errores monumentales.

Hace calor en la Gran Manzana; pero si esta historia transcurriera en el lluvioso otoño no habría mayor diferencia. La estación es una escusa para que los McNeil viajen de crucero por el Atlántico, y allí está la oportunidad para que los amantes se encuentren y pretendan incluso una convivencia juntos que, como se al final de la historia, se pierde hacia las tinieblas de una avenida desocupada, dejándole al lector la posibilidad de ser él quien decida qué rumbo deben seguir estos aventureros.

Estas dos novelas, Crucero… y Otras voces… que parecen tan distintas si leemos sus sinopsis, lucen, tras una lectura completa, hermanarse de cierto modo: como una imagen reflejada en un espejo, y cada lector, de acuerdo con sus gustos particulares, decidirá cuál está más próxima a ser una visión definida, brillante y realista.

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