domingo, 5 de octubre de 2008

Notas al duelo

Notas al duelo.

Cierta vez escribí un cuento sobre dos francotiradores en medio de la batalla de Stalingrado. El protagonista, un chico de la resistencia rusa en aquella ciudad sobre el Volga quien en el cuento se hace llamar Ratón, acompaña a un noble francotirador de los Urales llamado Liebre. Sobra aclarar que “Liebre” es el gran Vasili Zaitzev, y “Ratón” su marcador.

Meses más tarde, tras ver a Jude Law y a Ed Harris en Enemy at the Gates, eliminé el cuento de mi computadora. La razón fue que no sentí que podía darle a la narración el calibre emocional que entraña un verdadero duelo; no al menos como lo hace esta película. No he pensado más en ello pero cito esta anécdota como introducción a estas notas breves.

Es que el duelo es algo que pocas personas de la actualidad entienden. Es un asunto, primero, de honor, segundo, de hombría. Así no creo que mujer alguna llegue a entender jamás qué significa realmente un duelo.

Olviden que es un mero juego trivial entre el ego de dos machos. Es el juego de dos mentes. Dos puntos de vista, uno frente al otro, mirándose a los ojos esperando una respuesta.

Es el ajedrez, por encima de cualquier otro juego, el que ilustra y enconiza el duelo: blanco y negro, lados opuestos; movimientos que apuntan a un fin: vencer.

El Quijote contra el bachiller Sansón Carrasco. Este último se sumerge en el universo virtual y mágico del Hidalgo para enfrentarlo y traerlo de vuelta a la realidad.

Clare Quilty tras la Lolita de Humbert Humbert. H.H tras el cadáver C.Q.

Ahab y la Ballena, Sherlock Holmes y Moriarty… puedo seguir enumerando otros tantos si tuviera el tiempo o la mente para ello. Creo, sin embargo, que ya le he dado a este texto la introducción necesaria. A lo que voy es a la importancia de los rivales, de las caras opuestas, en la creación de un mundo ficticio. Ya que no hay mejor manera de definir los contornos de un personaje que detallando las características de su opuesto.

Por otra parte, los retos que plantea la creación de un némesis causan siempre un placer técnico a quienes, como yo, gustamos de trabajar con el músculo de la imaginación. En este caso, he creado al archienemigo de Leonardo Katz, el agente secreto y escritor fracasado que protagoniza la novela Flores para Irma y otros títulos que estoy preparando. El nombre del rival es Paul Booth.

Ambos llevan el mismo nombre —recuérdese que el nombre verdadero de Leo Katz es Paul Fields—, pero sus orígenes son distintos: Katz nació en Reno, Nevada, aunque creció en Anchorage, Alaska. Booth nació en Concord, New Hampshire (al otro extremo de los Estados Unidos). Allí tenía una vida cómoda con una hermana menor, sus padres y un perro en un cálido hogar republicano. Aunque sus padres ansiaban verlo llegar a una gran universidad, terminó enlistándose en la guerrilla urbana de los Cabeza de Martillo, donde conocería a Katz.

En Espadas en el viento, aparece este personaje por primera vez, y hará una que otra aparición fantasmal a lo largo del resto de la saga. En la obra ya mencionada, Katz y Booth se conocen formalmente, allí en el campo de adiestramiento para guerrilleros urbanos que dirige Dick Matson.

Katz es un escritor inseguro, enamorado de la literatura española y latinoamericana; su sueño, al menos en esta parte de su vida, era ser un nuevo Cortázar. Por entonces se dedicaba a escribir cuentos y uno que otro poema, más ensayos y novelas que siempre quedaban inconclusas. Booth no es tan soñador, y de hecho ha tenido una carrera literaria más firme: en la secundaria privada de Concord dirigía el diario local y, guiado por uno de sus maestros más iluminados, devoraba toneladas de política y filosofía. Ambos estaban dedicados a la ficción; pero mientras que para Leonardo su obra debía estar basada en el estilo y las historias sencillas, Paul prefiere redactar historias crudas en las que analice las variables que rigen la mente humana, singular y colectiva.

Ambos son ateos, y de izquierda, pero han llegado a esto por vías distintas. Katz ha chocado involuntariamente con la violencia. Se ha convertido en un colombiano más que de un día para otro se ve arrastrado en una espiral de acciones que no le gustan, pero de las que tiene que ser parte para seguir con vida. En El aprendiz de escritor, Leonardo conoció a “Candy” la temible asesina a sueldo rusa que lo lleva al camino del estoicismo y el escepticismo. Ha sido inducido a ser quien es. Paul, por su parte, ha encontrado que su vida alegre, de sit-com de horario central, es una realidad falsa, creada por alguien, fuera de los límites de su mundo. Al llegar a este pensamiento, por los caminos sinuosos de la lógica más fría, cree que no podrá siquiera respirar hasta vivir en la vida real, la cual solo se puede alcanzar generando un cambio en el mundo: derribar el sistema existente de “castas” y creando un planeta sin religiones o espiritualidad.

Leonardo se convierte en un escritor mediocre latinoamericano, de esos que vemos en una que otra revista, en el colofón del noticiero de la noche, o la delgada columna de noticias culturales del periódico del domingo. Algunos leen sus novelas, otros no; a casi nadie le interesa realmente quién es; siempre será un sombra. Pero en su otra vida, es un eficaz agente de la CIA —y un mercenario luego— que logra, no lo que se propone, sino lo que sus superiores le ordenan.

Paul llega a escribir para las grandes revistas literarias norteamericanas; publica dos novelas cortas que dejan boquiabiertos a los críticos, mas una obra teatral que, desde la noche de su estreno, los más celosos críticos tildan de “clásica”. Pero una tarde apila sus libros, echa llave a su casa, abandona a su esposa —rubia y republicana— y se marcha a las montañas de Europa para dirigir su propia guerrilla revolucionaria: el Ejército Materealista, (contracción de materia + realidad).

Durante una cena en el campamento de entrenamiento, Leonardo y Segismund Hegel (su mejor amigo) charlan sobre literatura. A la conversación se une Dan Walford, poeta y francotirador de los Cabeza de Martillo, y luego, Paul Booth. Pero pronto tanto Dan como Hegel quedan por fuera de la conversación, que parece ahora un combate de espadas: Paul le pregunta a Leonardo qué clase de cosas escribe. “Ficción” responde, y añade: “Pero busco narrar sobre historias sencillas; pero con un estilo que realmente pueda gustarle a los lectores. Como esos muebles exclusivos, que no por ser simplemente muebles dejan de ser bellos.”. Booth asiente aburrido, y replica: “Yo busco escribir cosas que le provoquen una erección al Papa”. Jaque mate. Tanto Hegel como Walford ríen y miran respetuosamente a Booth; saben que ahí, frente a ellos, tienen sentado a un verdadero escritor.

Este será solo el primer round entre dos mentes. Una lucha que terminará muchos años después, cuando ambos personajes, ya en el umbral de la madurez, diriman el asunto a la antigua.

PD: Espero vivir lo suficiente para escribir todas las demás novelas que me faltan de la saga.

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