miércoles, 5 de noviembre de 2008

De chismes y otros

Veamos; hay libros y hay libros. Títulos que compras y obras que desearías comprar. Cuando se es posible, como en mi caso, se desean algunas novelas pero se compran solo aquellas que están a nuestro alcance. Pero los términos de ese deseo consumidor resultan imprecisos. Hace algunos años —pongo esto a manera de ejemplo— vi en la vitrina de una librería Soy Charlote Simmons de Tom Wolfe; mil y tantas páginas, un tema interesante, muy distinto a cuanto he leído hasta ahora, la firma de un autor reconocido… en fin, tenía verdaderos deseos de comprarla. Su costo, claro, la hacía inaccesible; pero pasaron los años; esta novela dejó de llamar la atención y el precio cayó drásticamente. Como consecuencia, una tarde en que me dirigía al trabajo compré la novela por el mismo precio por el que se puede adquirir un almuerzo corriente. Han pasado los meses y sigo sin leer aquel mamotreto. Confieso que la pereza ataca mis células motoras una vez empiezo a sopesar la idea de hincarle el diente, pero hay otras causas. Como no quiero seguir desviándome del tema, lo retomo de la siguiente forma: el interés que despiertan ciertos libros es tan relativo como el que despiertan algunas mujeres.

Hoy en día tengo la mira puesta en distintos temas: completar mi colección de obras de Truman Capote; leer sobre la historia de Roma; hacerme a algunos clásicos del siglo XX… pero entre estos intereses tan cultos como dirían las señoras, de tanto en tanto hay libritos que me pican el nervio de la curiosidad. Hace unos meses leí en New Yorker un análisis breve de Gossip Girl. Una novela sobre las niñas bien de una escuela privada en el sector más exclusivo de Manhattan; es de hecho un viaje —para quienes esa atmósfera nos es tan extraña como la superficie de Júpiter— al mundo de la Nueva York opulenta. La introducción, en este sentido, es bastante clara: “Bienvenidos a Upper East Side, Nueva York, donde vivimos mis amigos y yo, vamos a la escuela, jugamos y dormimos —algunas veces juntos—. Todos vivimos en enormes apartamentos con nuestros propios dormitorios y líneas telefónicas. Tenemos acceso ilimitado a dinero, bebida o lo que deseemos; nuestros padres rara vez están en casa, así que tenemos toneladas de privacidad. Somos inteligentes, hemos heredado buenas y clásicas apariencias, usamos ropa fantástica y sabemos cómo divertirnos”. La traducción es mía y es bastante torpe, pero espero que les de cierta idea de lo que estoy queriendo decir.

Gossip Girl es una serie de novelas creadas y escritas por Cecily von Ziegesar, ex alumna de una escuela privada femenina uniformada de clase alta, exactamente la clase de sitio donde esta autora estadounidense sitúa a sus personajes, chicas y chicos atractivos, adinerados y dueños de buena parte de sus vidas. La crítica, o más bien, las críticas que han caído sobre esta franquicia —seguida con menor éxito por otras autoras y una serie de televisión— hablan de libros ligeros, banales, que no aportan nada bueno a las jóvenes lectoras. En mi opinión este tipo de acercamientos a un trabajo escrito sobran. Siempre he detestado a los críticos que basan sus opiniones en juicios sin mayor transfondo: se es bueno o se es malo, se es rico o se es pobre. No pretendo tampoco defender la serie creada por von Ziegesar, sino dirigir mi análisis a otro extremo.

Primero, adentrarse en estas lecturas, como ya lo he dicho, equivale a un viaje de placer a un mundo que pocos conocen. Siendo yo un hombre pobre que vive en una ciudad del tercer mundo, leer las narraciones de restaurantes franceses, yates sobre East River, fiestas en lujosos penthouses y cenas en el Plaza, equivale a descubrir un mundo de maravillas, más brillantes e interesantes que las lóbregas haciendas y tristes pueblos de viejos y fantasmas que llenan la literatura colombiana. Si hay lectores que, tras un carraspeo de la garganta se sientan, con mirada severa, en una gran poltrona y abren, cual si fuese un libro de rezos, las crónicas o relatos de mundos exóticos más allá de su conocimiento: el Sahara, la tundra de Siberia, el rocoso mundo de los navajos, o la fría calle donde trabajan las prostitutas holandesas, ¿por qué no puede haber lectores —entiéndase lectores serios, cultivados— que deseen saber más de este mundo de príncipes y princesas del Nuevo Mundo?

Eso no es todo, vamos a la parte seca del asunto. Gossip Girl no es única en su género; la ficción para jóvenes adolescentes abarca a un gran grupo de escritores. Estados Unidos es una fábrica arrolladora de libros que vomita millones de volúmenes al año y los chicos llegan a ser un gran mercado, eso sí, cuando alguien les da en la vena del gusto. A quien le fascine creer que el estadounidense promedio es un traga hamburguesas adicto a la tele —no vayamos más lejos: Homer Simpson—, está restringiendo su imaginación al marginal que no llegó a formar su mente más allá del libro de texto de la secundaria pública. Pero volvamos con el joven lector que busca la narrativa que le ponga a trabajar la imaginación. Harry Potter logró demostrar que siempre se puede poner a niños y a adolescentes a leer, siempre y cuando se desarrolle el lenguaje correcto. Slaughterhouse Five de Kurt Vonnegut sigue siendo uno de los preferidos de los menores de treinta, y sigue siendo mal visto por los comisarios culturales dada su “ligereza” estructural. Pero Vonnegut entendía la dificultad que entraña comprender una historia escrita, así que ¿para qué hacerlo más complicado?; lo mismo podría decir miss von Ziegesar acerca de sus libros, los encajes y nudos del lenguaje van para quienes buscan lo complicado de lo simple, y no estoy parafraseando una canción, hablo de quienes escriben sobre cosas tales como el límite entre alma y cuerpo, el transfondo de la sonrisa del político, el batir de alas de una mariposa o las palabras finales de un amante que se va.

Pero, ¿es buena esta serie de novelas para las jovencitas? Preguntará la madre, preocupada porque su hijita no leyó más que el abreviado resumen del catecismo que exigen para la primera comunión. Bueno, diré yo, para un lector en formación nunca habrá cosas como buenas o malas lecturas. Que desarrolle la capacidad de devorarse una novela en un par de días o un par de horas es suficiente. La lectura es gusto, pero también hábito; hábito de sentarse, de permanecer en silencio, de concentrarse, de seguir el hilo de una historia sin perder los detalles ni el cuadro general del asunto. En lo que se refiere a literatura, mejor llévela a un taller sobre este tema, los libros de por sí no dan claves sobre teoría literaria. Allí, de la mano de un maestro, podrá llegar a saber qué libros conforman los pilares del canon. Gossip Girl en sus varios tomos representa la lectura diseñada para consumir en el metro, en el avión, camino a casa, en el cuarto, durante una noche de lluvia, incluso a hurtadillas en medio de la aburrida clase de Literatura Occidental 101.

Puede que nunca llegue yo a leer por completo ni una sola de aquellas novelas creadas por von Ziegesar. Como dije al principio, mi atracción hacia estas obras no la genera tanto la calidad artística —si es que tiene alguna—, o el tema, sino su potencial, sus capacidades. Algunos llegan a entender las vacilaciones y abismos del alma mejor mediante la telenovela de la noche que mediante las obras de Shakespeare.

Moda, chismes, humor negro, sexo, alcohol, Nueva York, más moda, y referencias constantes a la cultura popular, así como a las artes y las letras, conforman la serie de historias que rodean a Blair Waldorf, la protagonista (o lo más cercano a ello) de Gossip Girl; la clase de trabajos escritos que, al fin y al cabo, mantienen viva la industria editorial donde no todos pueden darse el lujo de ser un Auster, un Amis, un Roth…

Cuento largo, novela corta

Un tema que suele crear largas discusiones entre los teóricos literarios: la diferencia entre el cuento largo y la novela corta. Y, gracias a Martin Amis, creo haber encontrado la solución al acertijo. Terminé hace unos días Mar gruesa, una compilación de nueve cuentos largos que se mezclan y confunden con novelas cortas.

Los nueve relatos que componen Mar gruesa varían tanto en sus temáticas como en su calidad. Aunque, salvo el último llamado Lo que me sucedió en vacaciones, los escritos tienen una calidad sobresaliente, especialmente en el manejo de la estructura general, hay algunos como El estado de Inglaterra donde hay menos ideas brillantes que en el descrestánte y original El portero de Marte, donde Amis relata una, hasta cierto punto falsa, historia del Universo que para el lector inteligente no dejará de inspirar largas reflexiones.

Conozco poco de Amis; ahora que está en el podio de la fama, que sus comentarios sobre la interculturalidad británica han traído quebraderos de cabeza a unos cuantos, sus novelas se han convertido en comida de muchos. Yo no he estado entre los afortunados, debo decirlo, debido a los precios de sus libros, siempre fuera del alcance de mi mano. No obstante la impresión de su claridad mental e imaginación fogosa dan buenas señales. Debo añadir, en honor a la verdad, que estas novelas breves pertenecen a un joven Amis —uno de estos relatos apareció en Granta—, y es posible que los años hayan causado mellas en su cerebro; espero estar equivocado.

Ahora volvamos sobre el tema: cuentos largos o novelas cortas.

Podría ser un asunto de extensión, pero va más allá de eso; va del tema a su tratamiento. En el caso de un cuento, la narración, es decir, cada fragmento desde la primera letra hasta el punto final, están circunscritas a describir el desarrollo del asunto tratado en el relato. No es posible, como en una novela, salirse del círculo que traza el autor y que encierra los elementos necesarios para que el lector comprenda la historia. La extensión entonces dependerá de cuántos de estos elementos tenemos que enumerar para que la idea haya sido explicada por completo.

Aquí un ejemplo para ponerlo todo más claro: en un libro de cocina —que podemos considerar una antología de formas de alimentarse— cada receta es presentada de la misma forma: nombre del plato (título), ingredientes (introducción) y la preparación (contenido). Los redactores de estos libros no suelen gastar tiempo mencionando aspectos al margen de los platillos que proponen, mencionan lo esencial, paso a paso. Lo mismo ocurre en un cuento bien escrito. En la novela las reglas son distintas, casi inexistentes; el autor va narrando su historia aplicando cortes y añadiduras según su criterio, según su experiencia lo decida.

Considerando lo anterior, el cuento largo conservaría estas características, faltando muy pocas veces a las reglas, pero tanto su eje como los límites de lo que debe ser agregado a la historia se mantienen. Pongamos otro ejemplo: Bola de sebo, famoso cuento de Guy de Maupassant. Tras una introducción de las condiciones del escenario, vemos a los personajes, incluida la protagonista subir a un coche para luego ser interceptados y puestos a disposición del oficial prusiano, llevando a una situación que, una vez resuelta, culmina la historia.
La extensión del relato es superior a la de otros dos relatos del propio Maupassant: Una vendetta y Sobre el agua, o los cuentos de la mayoría de escritores modernos. Diré en este sentido, que el cuento largo es la técnica narrativa que más ha caído en desuso.

Por último tenemos la novela corta, la novela comprimida. Allí tenemos unos personajes y una historia que no gira en torno a un simple eje temático, que en el caso del cuento antes mencionado sería la entrega de Bola de Sebo al oficial prusiano. En una novela común vemos una evolución de los hechos. Si lo notan bien, en la mayoría de novelas se aprecia un tono más simple al principio que en la que llamaríamos “parte alta de la narración”, donde todos los elementos confluyen a un tiempo. Y en las novelas breves la diferencia no es mucha: el clímax aparece en un punto del medio, y no al final.

Volviendo a Mar gruesa de Amis, podemos encontrar que relatos como Deja que cuente las veces, La coincidencia de las artes y Narrativa hetero son ejemplos magníficos de lo descrito anteriormente. En Narrativa hetero asistimos al trastorno y cambios que sufre un gay desde que entra en contacto con una mujer en una librería. Entramos al mundo del personaje, lo seguimos y asistimos a la conclusión del relato sin que el hecho que se presenta al final represente alguna clase de eje.

En definitiva diremos que la novela corta está más cerca del viaje que de la anécdota. No obstante los lectores podrán disentir de mis apreciaciones: las opiniones, como lo aclaré al principio, son múltiples; hay quienes creen que una novela es una suma de cuentos relacionados por un argumento general. Los menos originales, y siempre proclives a esgrimir argumentos fuera de toda lógica, dirán que todas las novelas no pasan de ser cuentos largos divididos en capítulos. Siguiendo esa lógica de literato de dos pesos, Cien años de soledad y El legado de Humboldt son cuentos largos; aquellos que hayan leído alguna de estas dos grandes obras entenderá el absurdo de tal afirmación.

Hoy en día, que pareciera que el cuento corre la suerte de convertirse en un formato que apenas encaja en revistas, sin que la atención de los editores se fijen en ellos, como no sea en forma de antologías compuestas por la obra de una vida literaria reconocida, es hora, digo yo, de apuntar nuestra mirada, y tal vez la sangre de nuestras plumas, hacia la novela corta; no la novela breve, de ciento cincuenta páginas, sino el relato organizado en argumentos que se sucedan uno a otro sobre una historia que de más que para un simple cuento.