viernes, 26 de diciembre de 2008

Las víctimas del poder




Donde no llega la luz de los hechos conocidos florecen las semillas de la imaginación. Así que cuanto más secreto se forma alrededor de un hecho, más narradores y más historias habrá. Durante la época de la Guerra Fría, tiempo de esplendor para las conspiraciones y los servicios secretos, los escritores de ficción podían inventar las tramas más inverosímiles, vendiendo cientos de miles de copias de cada ejemplar.

Aquellos más cercanos al asunto, los ex espías, periodistas o ex militares, tenían la ventaja al momento de inventar historias, héroes, villanos y finales felices donde el mundo occidental quedaba a salvo del enemigo, quien quiera que fuese. Grandes autores de esta época son Tom Clancy, Frederick Forsyth, Graham Greene, Robert Ludlum y John le Carré. Pero solo uno sobrevivió al cambio de los tiempos, la muerte del gran oso soviético, la relativa paz de los años noventa y la guerra sin frentes contra el “terrorismo”, y ese es John le Carré.

Sin el enfrentamiento entre superpotencias, modelos económicos y conceptos políticos, la literatura de conspiraciones se quedó sin material. Una nueva luz se encendió con El código Da Vinci de Dan Brown: los conspiradores no necesitaban ser precisamente gobiernos, sin que tras las muertes, las fugas, el robo de información y los chantajes podía estar la Iglesia o una secta religiosa, dañina, poderosa y, como lo manda la ley de la narrativa de ficción, amparada en el secreto absoluto. Los códigos se sucedieron y se suceden, al momento de redactar estas líneas, en las librerías: el código de Jesús, el de María Magdalena, el de Judas, el de Poncio Pilato. Como resultado las estanterías se llenan de material mediocre, producto de la masiva industria editorial americana y europea; sus universidades formadoras de redactores y los talleres de guionistas.

Pero entre esta tendencia editorial —no literaria— y la del pasado, hablo de la Guerra Fría, no hay grandes diferencias. Los autores aparecen, publican un best seller, publican otro librito menos popular y desaparecen. Entonces, ¿porqué sobrevive John le Carré? Porque no escribe sobre conspiraciones y titiriteros del orden mundial, sino sobre sus víctimas.

Despojando sus narraciones de los gadgets, los asesinos implacables, los héroes a ultranza y los políticos o militares ultrapatriotas, las novelas de le Carré hacen que el lector se desplace a tres pasos de quienes sufren las consecuencias directas de la acción por parte de los organismos de inteligencia británicos. Y mientras un autor como Forsyth se empeña en darnos visitas guiadas por los pasillos del SIS o el MI-5, le Carré prefiere ignorar los nombres y los títulos, o apenas ocultarlos bajo rótulos que despistan.

Los hombres sencillos y las mujeres sencillas buscan paz, estabilidad y un futuro cómodo. Para ello evitan el conflicto y no miran al pasado; es entonces cuando aparecen los organismos de inteligencia, quienes buscan algo de ellos, y mediante algún tipo de coerción los envían a enfrentar lo desconocido, a favor del Reino Unido pero sin su escudo que les sirva de protección. Independientemente de lo bien o mal que concluyan las operaciones, las vidas de los involucrados en ellas terminan girando por completo.

En La canción de los misioneros (2006), la víctima es un intérprete mestizo llamado Bruno Salvador. Joven, exitoso en su campo y casado con una bella y moderna periodista, Bruno cree tener su mundo entre las manos. Nacido en lo profundo del Congo, hijo de un misionero católico, lo que lo hace técnicamente huérfano, tiene, antes de los treinta, su futuro asegurado dentro del agitado Londres de la época contra el terrorismo.

Los siempre misteriosos órganos de inteligencia lo contactan para que sirva de intérprete en una reunión secreta que se lleva a cabo en una isla sin nombre entre los señores de la guerra del Congo. Este tipo de labores no le es extraña a Salvo, cuyos clientes pueden estar en congresos realizados sobre temas africanos, o los controladores del tráfico de diamantes. Sin embargo es obvio que ha entrado en otro mundo, el de los micrófonos ocultos y los intereses por debajo de la mesa. Esto es algo también muy propio de le Carré, hacerle ver al lector que el mundo del espionaje es una dimensión paralela en donde nada es lo que parece y el engaño es la ley.

A diferencia de sus demás trabajos, La canción de los misioneros está escrita en primera persona. Ignoro en este momento si ya ha escrito otras novelas en igual forma, pero la sola introducción del primer capítulo le resultará sorprendente a cualquier lector acostumbrado al estilo analítico y en tercera persona de este novelista inglés. El efecto es totalmente distinto: Bruno nos narra su experiencia como peón en el juego de los intereses neocolonialistas de Gran Bretaña: su paso de prestigioso intérprete nacionalizado inglés a la destrucción completa de esa identidad que, de todos modos, no le pertenece más que un traje prestado.

Los juegos de poder no son el tema central de esta u otras novelas de le Carré; son acaso el tablero donde conocemos a las piezas y descubrimos el drama particular de ser fichas controladas por un poder superior siempre al margen de la narración. Por eso las obras de este autor no mueren, o al menos tienen una lenta descomposición. Aunque pase el tiempo, la tecnología cambie, los gobiernos cambien y sus espías varíen de fórmula, los dramas elementales que viven estas víctimas son tan imperecederos como los buenos libros.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Volver al futuro


Hace cosa de dos meses me prestaron Siete Noches, libro que compila las nueve cátedras que dictó Jorge Luís Borges, el grande, en el teatro Coliseo de Buenos Aires. El texto prueba que Borges conocía a fondo los temas allí expuestos debido a la pasión que en él despertaban. Pero lo más increíble para mí de leer este libro, fue encontrar que el gran Borges y yo llegamos, aunque supongo que por caminos diferentes, a una misma idea, un concepto que además pocos autores conocen o sienten como verdadero. Hablo de la creación literaria como una forma de recordar el futuro.

Lo siguiente es del libro anteriormente mencionado, Siete Noches:

“Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy descubriendo las partes intermedias; pero no tengo la sensación de inventarlas, no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.”

Magníficamente expresado. Ahí pueden ver la diferencia entre un escritor como yo y un maestro de la narrativa, como Borges. La síntesis de lo dicho.

Hace unos años pude ver una película llamada Memento en la que un hombre, interpretado por Guy Pearce, padece de una especie de amnesia que afecta su memoria de corto plazo. El método narrativo, por demás extraordinario, es contar la historia desde el final y regresar hasta el principio, evitando que el espectador se desinterese por la trama. Tras esto comprendí que en parte los escritores somos así, o algunos al menos: podemos ver el principio de nuestra historia y su final, o a veces tan solo el final. En mi caso, la mayoría de historias que he escrito, o que pienso poner por escrito, van apareciendo en mi vida como una serie de flashes de un pasado que no ocurrió.

De hecho la historia que el novelista de ficción pretende contar no existe. Existirá una vez la haya escrito, y esta, en la mayoría de los casos, suele estar narrada en pasado. Así que es necesario que en la memoria del autor esté grabada una sucesión de hechos que no han ocurrido; hablamos de ver en el futuro eventos del pasado.

Todo puede empezar por una imagen sin mayor sentido: un paisaje, el rostro de una persona, la clase de impresiones que pasan por nuestra mente minuto a minuto, hora tras hora durante toda nuestra existencia. La mayoría de las personas, hablo de una vasta mayoría, no repara en esos collages armados por el inconciente. Y dentro de este grupo podemos también contar a muchos autores, al menos aquellos que se devanan los sesos frente a las hojas en blanco sin saber qué escribir. La falta de imaginación no es un mal moderno, sino que viene con la edad, y se genera en la parte alta de la adolescencia, cuando el hombre cree que dará un paso adelante en su vida si suprime su instinto infantil de visualizar lo que no existe. De hecho, los profesores siempre le dicen a los chicos dos cosas, uno, que no vivan en las nubes; dos, que lo más importante en la vida no es ser feliz, sino madurar, cambiar los juguetes por el trabajo, los juegos por el alcohol, el sexo y la música, y las fantasías de aventuras por las depresiones y el estrés.

Pero para algunos esos juegos de la mente llegan a ser revelaciones. ¿Qué sería de la labor de muchos científicos, si no hicieran caso de las ideas transitorias? Todo aquel que está realmente metido en un trabajo creativo está pendiente de esos ligeros tips que suelta la mente de forma impredecible. A ello debe aferrarse un autor, pero eso sí, sin cometer la idiotez de sentarse en la terraza de un café para esperar a que le llegue la inspiración; el mundo está lleno de librerías o bibliotecas; el consumo constante de datos es parte del proceso de creación.

En este momento tengo muchas novelas en mente, y son historias sobre las que no he escrito una sola palabra, aún. Pero los argumentos corren por mi sistema cerebral como si fuesen anécdotas de mi propia vida. Cuando empiezo la redacción no tengo todos los datos, o las ideas que se relacionan con el hecho pueden estar erradas por completo. Hace falta investigación, reescribir, leer a los grandes autores y meditar por largo tiempo si las acciones ejercidas por el personaje X resultan verosímiles o no.

Hay buenas novelas que sin importar la fantasía que las envuelve se presentan al lector sumamente realistas, y en algunos casos —hablo, por ejemplo, de 1984 de Orwell—, angustiantemente realistas. Todo depende de la capacidad que haya tenido el autor de viajar mentalmente a ese pasado que nunca ha ocurrido, y extraer de allí la esencia del momento.
Sobre el post anterior, esa es simplemente una imagen que monté sobre cómo se vería mi novela Flores para Irma si fuera editada por Anagrama, cosa que no ha pasado... aún.

martes, 16 de diciembre de 2008

jueves, 11 de diciembre de 2008

El arte de la composición

Todo el arte es composición. Una película, una novela, una sinfonía o una fotografía. Es un hecho simple que encapsula una enorme complejidad.

El artista debe tener los elementos para ejecutar su acto, pero primero debe conocerlos; y esa es quizá la mayor debilidad de muchos que se consideran a sí mismos escritores, cineastas, pintores, o músicos: un título adquirido en una universidad o academia no da los elementos para la composición. Si acaso vende mapas que indican dónde encontrarlos y cómo solucionar los problemas técnicos que pueda presentar el trabajo. Más allá de eso solo queda el talento y la concentración absoluta.

Componer no es juntar piezas, o limitarse a ensamblar lo que cae en nuestras manos. Se trata, en primera instancia, de distinguir esos elementos del resto del entorno y saber si caben entre sí. Voy a ponerlo de esta manera: supongamos que tenemos veinte juegos de rompecabezas, cada uno con una imagen distinta. Mezclamos todas las piezas y al final, si queremos completar una imagen vamos a tener que primero separar las partes útiles del resto. Ese es el primer paso en el campo de la concepción de una idea para una futura obra; y aunque parezca muy lógico, o totalmente carente de sentido —usted, lector, tendrá sus propias ideas—, a muchos ni siquiera eso les pasa por la cabeza. Hay escritores que se asoman a la terraza de sus bellos apartamentos a buscar una buena historia, y generalmente se decantan por la más llamativa del momento, olvidando que la literatura no está llena de anécdotas desconcertantes o divertidas, sino de agudas apreciaciones al respecto.

Y esto también ocurre con la fotografía. No es extraño que si entramos en una galería donde exponen jóvenes y “prometedores” estudiantes de fotografía nos encontremos con fotos de perros, vagabundos dormidos —y generalmente con títulos de ingenio modesto como “Sueño profundo” u “hogar dulce hogar”—, travestis, o peor, paisajes urbanos donde la pobreza pierde toda poesía. ¿Qué diferencia una foto de Henri Cartier Bresson de la de una fotógrafa aprendiz que estudia cinematografía o comunicación social? Bueno, cualquiera podría verlo, es una cuestión de belleza y ahí es cuando el alma se convierte en crítico. Sabemos —y esto va cambiando a medida en que crecemos— qué es la belleza. Habrá diferencias de opinión, pero la mente rara vez se equivoca. Ahora, los buenos compositores, de cualquier rama de la expresión humana, pocas veces dejan que el azar juegue un papel demasiado importante en su trabajo. Me explico: puede que muchos artistas hablen de “la musa”, pero detrás de esa nube misteriosa llamada inspiración hay un cerebro trabajador, lleno de ideas, buenas y malas, que solo quiere gritar y dejar escapar un poco de toda esa tempestad de impresiones. Para lograrlo tendrá que someterse a las reglas, a veces la tiranía misma, del oficio: si eres escritor necesitarás de las palabras, del alfabeto; si eres pintor, de los colores, o de la ausencia de ellos; y si eres cineasta… de un millón de cosas. Pero en el plan no hay espacio, o no debe haberlo, al menos en una primera instancia, para el azar. Muchos se sentirán indignados al leer esto, dirán que no son matemáticos, y que prefieren entregar el pincel al vaivén de la inconciencia. Lo que olvidan, queridos amigos, es que el cerebro humano no funciona de esa manera. Toda acción que ejecutamos está basada en un plan, una línea de comportamientos bien definida. Por tanto lo que creemos es el abstracto parecer de un artista —hablo de una pintura— es un conjunto de ideas almacenadas en el inconciente de aquel que ha tomado los pinceles.

Pero me he alejado de la idea principal de este escrito. Necesitamos conocer los elementos y luego tener el buen gusto de darles un orden. Y no importa, repito, qué creas o no que tu arte puede escapar de la disciplina; y es que muchos toman el camino de hacerse artistas solo porque lo consideran lo contrario al trabajo técnico del médico o del ingeniero. Se equivocan. Muchas horas de silencio y una observación constante darán más pautas para crear grandes obras que estirarse en un sillón, con un cigarrillo en la mano, y mirar al cielorraso hasta que la musa te visite, o tus padres dejen de pagar el alquiler y el casero de eche de una patada en el trasero. Las obras deben ser pensadas. Por cada hora de trabajo, calculo yo, de estar alineando palabras en la computadora o en la hoja de papel, debe haber al menos cuatro horas de trabajo mental, que incluyen lectura y meditación.

Pensar en lo que se va a hacer; eso es lo que trato de decir. Luego pensar en dónde se va a poner cada fragmento. Recuerden: en el rompecabezas que armamos de nuestra próxima historia, no todas las piezas pertenecen al mismo juego, algunas pertenecen a otras imágenes, y de ninguna manera tienen cabida en lo que hacemos.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Los piratas de Salgari

De Verona, aquella ciudad que tanto llama la atención de los fanáticos de Shakespeare, salió quien yo considero uno de los más grandes escritores de la Historia Universal; ese hall de la fama donde solo están presentes aquellos cuyas obras, como el sol mismo, han irradiado su luz por todas las caras del globo. Estoy hablando de Emilio Salgari.

Sus seguidores han sido miles y variados, desde el director Sergio Leone, pasando por Jorge Luis Borges, hasta Ernesto “Che” Guevara, quien encontró en las obras de Salgari un tono antiimperialista que resultó inspirador. Me cuento igualmente entre los fanáticos de este gran escritor, aunque la suerte para hacerme a sus obras me ha sido esquiva, y por tanto a parte de las aventuras del Corsario Negro, la capitana del Yucatán y Cartago en llamas no he podido leer mucho más.

Terminé hace un rato esta última novela, Cartago en llamas y el sabor que dejó en mente es el mismo que hallé años atrás al degustar las aventuras de los piratas del caribe. Historias con héroes o heroínas, grandes diálogos, acción a raudales y emociones llevadas al borde. Pocos autores de entonces, y menos de ahora, han corrido el riesgo de escribir novelas de aventuras; siempre resulta más fácil —y de esto ya he hablando bastante— entregarse a narrar dramas familiares o recuerdos de infancia que complejas tramas de vida o muerte.

Cierto es que cada quien a su tema, pero si bien han sido muchos los que se han solazado con las aventuras narradas por Salgari, la crítica ha sido bastante dura con él: se le considera un escritor menor, ligero, y claro, apropiado para los jóvenes; ya que tal parece que es un crimen, o al menos un crimen literario, hacerse querer de un público determinado, más cuando ese público son las mujeres, los niños o los adolescentes. Precisamente el otro día, de pie haciendo la fila en la caja del supermercado, pensaba que, es mejor fin para mis obras yacer junto a las chocolatinas, las revistas y otros productos de impulso que ir a parar a las lóbregas oscuridades de una librería, allí refundido entre los más doctos autores que, a menos que la universidad o el trabajo obliguen, nadie lee.

No hablo de impulsar el aumento de trillers y otras novelas sin mucha profundidad, sino de cambiar nuestro punto de vista sobre estas. Salgari es un buen regalo para la juventud, para los niños, y también para los ocupados hombres y mujeres que entre los anuncios del metro y las novelas costumbristas optan por cerrar los ojos o enchufarse al iPod.

Ahora unas palabras sobre Cartago en llamas. La historia, como queda evidenciado en el título, ocurre en Cartago en vísperas de su aniquilación por parte de Roma, unos dos mil seiscientos años atrás. Un guerrero cartaginés, quien combatió junto a Aníbal el grande, regresa de su destierro para recuperar a su amada, cosa que no le será fácil, ya que es la hija de un poderoso mercader quien está dispuesto a casarla con el hijo de otro acaudalado antes que con un guerrero. Mientras Hiram, el capitán del difunto Aníbal, busca recuperar a su querida Ofir, el mundo que ama, aunque le haya tratado tan mal, se cae a pedazos y queda envuelto en llamas.

Como puede observar el lector, la trama es redondamente sencilla; y si echa una mirada a las últimas producciones editoriales del viejo mundo, encontrará complejísimas historias que más parecen rompecabezas que novelas. El punto es que la Literatura es un mundo, y en este podemos ser turistas por unos pocos pesos; radica entonces en nosotros la decisión de qué lugar visitar primero, o cuales poner en nuestra guía de viaje. Y, desde la perspectiva de un lector que sobrepasa al promedio en cuanto a consumo de novelas —al menos al promedio nacional—, les digo que las historias de aquel italiano genial son, mejor que una visita obligada, un punto perfecto para encontrar descanso y placer.

Quién es el hombre

En días pasados fui entrevistado para una publicación universitaria. El asunto se desarrolló de manera civilizada entre una chica que conocía su trabajo como periodista y un tipo que, con toda la torpeza que les propia, trata de salir bien librado. Mi experiencia siendo entrevistado se resume a las decenas de ocasiones en las que he debido sentarme frente a los examinadores de personal de aquellas empresas con las cuales busco trabajar.

Ella empezó por lo esencial: familia, educación, vida actual; y cuando llegamos al punto central, mi trabajo como escritor, empecé a darme cuenta de mis propias fallas, de los asuntos que no había considerado en el pasado, y de las debilidades de mi obra. Y al momento en que la periodista me preguntó qué clase de persona era Leonardo Katz, no pude responderle más que con una lamentable divagación entre dientes.

Así que en los días que han transcurrido desde este evento, me he dedicado a preguntarme por la personalidad del personaje que he creado como protagonista de mis novelas.

Empecemos con un breve repaso a los datos que ya sabemos: nació en Reno, Nevada, a principios de los años ochenta; su padre es de ascendencia escocesa y su madre una nativa americana. Tiene un hermano mayor y dos menores. Terminada la secundaria partió a Chile con el deseo de estudiar Literatura Hispanoamericana, pero nunca terminó los estudios y terminó por casarse con una joven colombiana, Ángela Katherine Katz, y con ella se fue a vivir a Bogotá. El resto es prólogo: trabaja para el Mossad, trabaja para la CIA, se hace mercenario, y al final muere.

Ahora lo que no está muy claro: primero, recibe una educación de centro izquierda, con un padre demócrata y ecologista, y una madre conservadora que vende armas. Culturalmente recibe una influencia global en materia de artes, ya que su padre, un músico de vocación, entiende tanto de plástica como de literatura, de dramaturgia y de cine. Así que crece en la clase media acomodada del centro de Anchorage, Alaska, pero asiste, gracias a los favores de un político local, a una escuela privada británica junto a su hermano John. Allí nunca se sintió cómodo, pero tenía más libertad de acceder a libros e idiomas. Aquí tenemos un joven que, con toda la energía de la adolescencia, quiere ilustrarse; desarrolla una mentalidad liberal, alejada tanto del anglicanismo local como del romanticismo europeo. Luego, tras la muerte de su esposa conoce a una asesina a sueldo rusa, Natasha, quien no cree en Dios y le enseña a fundamentar todo en la lógica. A medida en que pasa el tiempo y se enfrenta a la muerte y la perversidad humana, descubre que la filosofía espiritual es inservible, y que tanto su punto de vista como su obra (recuérdese que ante todo Katz es un escritor), deben estar supeditados a la lógica y el razonamiento más desapasionado.

En resumen, Katz no cree en Dios, ni en el alma, ni en otra vida, ni en términos absolutos. Vive, al menos mentalmente, distanciado del resto de la humanidad, a la que mira como a través de la lente del microscopio. En parte, creo, los buenos escritores tienen que abandonar el ruedo, al menos de vez en cuando, y mirar la corrida desde la barrera, no solo para que la perspectiva les ayude a juzgar mejor —o de forma menos equivocada—, sino para evitar ser embestidos por los acontecimientos mismos.