jueves, 11 de diciembre de 2008

El arte de la composición

Todo el arte es composición. Una película, una novela, una sinfonía o una fotografía. Es un hecho simple que encapsula una enorme complejidad.

El artista debe tener los elementos para ejecutar su acto, pero primero debe conocerlos; y esa es quizá la mayor debilidad de muchos que se consideran a sí mismos escritores, cineastas, pintores, o músicos: un título adquirido en una universidad o academia no da los elementos para la composición. Si acaso vende mapas que indican dónde encontrarlos y cómo solucionar los problemas técnicos que pueda presentar el trabajo. Más allá de eso solo queda el talento y la concentración absoluta.

Componer no es juntar piezas, o limitarse a ensamblar lo que cae en nuestras manos. Se trata, en primera instancia, de distinguir esos elementos del resto del entorno y saber si caben entre sí. Voy a ponerlo de esta manera: supongamos que tenemos veinte juegos de rompecabezas, cada uno con una imagen distinta. Mezclamos todas las piezas y al final, si queremos completar una imagen vamos a tener que primero separar las partes útiles del resto. Ese es el primer paso en el campo de la concepción de una idea para una futura obra; y aunque parezca muy lógico, o totalmente carente de sentido —usted, lector, tendrá sus propias ideas—, a muchos ni siquiera eso les pasa por la cabeza. Hay escritores que se asoman a la terraza de sus bellos apartamentos a buscar una buena historia, y generalmente se decantan por la más llamativa del momento, olvidando que la literatura no está llena de anécdotas desconcertantes o divertidas, sino de agudas apreciaciones al respecto.

Y esto también ocurre con la fotografía. No es extraño que si entramos en una galería donde exponen jóvenes y “prometedores” estudiantes de fotografía nos encontremos con fotos de perros, vagabundos dormidos —y generalmente con títulos de ingenio modesto como “Sueño profundo” u “hogar dulce hogar”—, travestis, o peor, paisajes urbanos donde la pobreza pierde toda poesía. ¿Qué diferencia una foto de Henri Cartier Bresson de la de una fotógrafa aprendiz que estudia cinematografía o comunicación social? Bueno, cualquiera podría verlo, es una cuestión de belleza y ahí es cuando el alma se convierte en crítico. Sabemos —y esto va cambiando a medida en que crecemos— qué es la belleza. Habrá diferencias de opinión, pero la mente rara vez se equivoca. Ahora, los buenos compositores, de cualquier rama de la expresión humana, pocas veces dejan que el azar juegue un papel demasiado importante en su trabajo. Me explico: puede que muchos artistas hablen de “la musa”, pero detrás de esa nube misteriosa llamada inspiración hay un cerebro trabajador, lleno de ideas, buenas y malas, que solo quiere gritar y dejar escapar un poco de toda esa tempestad de impresiones. Para lograrlo tendrá que someterse a las reglas, a veces la tiranía misma, del oficio: si eres escritor necesitarás de las palabras, del alfabeto; si eres pintor, de los colores, o de la ausencia de ellos; y si eres cineasta… de un millón de cosas. Pero en el plan no hay espacio, o no debe haberlo, al menos en una primera instancia, para el azar. Muchos se sentirán indignados al leer esto, dirán que no son matemáticos, y que prefieren entregar el pincel al vaivén de la inconciencia. Lo que olvidan, queridos amigos, es que el cerebro humano no funciona de esa manera. Toda acción que ejecutamos está basada en un plan, una línea de comportamientos bien definida. Por tanto lo que creemos es el abstracto parecer de un artista —hablo de una pintura— es un conjunto de ideas almacenadas en el inconciente de aquel que ha tomado los pinceles.

Pero me he alejado de la idea principal de este escrito. Necesitamos conocer los elementos y luego tener el buen gusto de darles un orden. Y no importa, repito, qué creas o no que tu arte puede escapar de la disciplina; y es que muchos toman el camino de hacerse artistas solo porque lo consideran lo contrario al trabajo técnico del médico o del ingeniero. Se equivocan. Muchas horas de silencio y una observación constante darán más pautas para crear grandes obras que estirarse en un sillón, con un cigarrillo en la mano, y mirar al cielorraso hasta que la musa te visite, o tus padres dejen de pagar el alquiler y el casero de eche de una patada en el trasero. Las obras deben ser pensadas. Por cada hora de trabajo, calculo yo, de estar alineando palabras en la computadora o en la hoja de papel, debe haber al menos cuatro horas de trabajo mental, que incluyen lectura y meditación.

Pensar en lo que se va a hacer; eso es lo que trato de decir. Luego pensar en dónde se va a poner cada fragmento. Recuerden: en el rompecabezas que armamos de nuestra próxima historia, no todas las piezas pertenecen al mismo juego, algunas pertenecen a otras imágenes, y de ninguna manera tienen cabida en lo que hacemos.

No hay comentarios: