viernes, 5 de diciembre de 2008

Quién es el hombre

En días pasados fui entrevistado para una publicación universitaria. El asunto se desarrolló de manera civilizada entre una chica que conocía su trabajo como periodista y un tipo que, con toda la torpeza que les propia, trata de salir bien librado. Mi experiencia siendo entrevistado se resume a las decenas de ocasiones en las que he debido sentarme frente a los examinadores de personal de aquellas empresas con las cuales busco trabajar.

Ella empezó por lo esencial: familia, educación, vida actual; y cuando llegamos al punto central, mi trabajo como escritor, empecé a darme cuenta de mis propias fallas, de los asuntos que no había considerado en el pasado, y de las debilidades de mi obra. Y al momento en que la periodista me preguntó qué clase de persona era Leonardo Katz, no pude responderle más que con una lamentable divagación entre dientes.

Así que en los días que han transcurrido desde este evento, me he dedicado a preguntarme por la personalidad del personaje que he creado como protagonista de mis novelas.

Empecemos con un breve repaso a los datos que ya sabemos: nació en Reno, Nevada, a principios de los años ochenta; su padre es de ascendencia escocesa y su madre una nativa americana. Tiene un hermano mayor y dos menores. Terminada la secundaria partió a Chile con el deseo de estudiar Literatura Hispanoamericana, pero nunca terminó los estudios y terminó por casarse con una joven colombiana, Ángela Katherine Katz, y con ella se fue a vivir a Bogotá. El resto es prólogo: trabaja para el Mossad, trabaja para la CIA, se hace mercenario, y al final muere.

Ahora lo que no está muy claro: primero, recibe una educación de centro izquierda, con un padre demócrata y ecologista, y una madre conservadora que vende armas. Culturalmente recibe una influencia global en materia de artes, ya que su padre, un músico de vocación, entiende tanto de plástica como de literatura, de dramaturgia y de cine. Así que crece en la clase media acomodada del centro de Anchorage, Alaska, pero asiste, gracias a los favores de un político local, a una escuela privada británica junto a su hermano John. Allí nunca se sintió cómodo, pero tenía más libertad de acceder a libros e idiomas. Aquí tenemos un joven que, con toda la energía de la adolescencia, quiere ilustrarse; desarrolla una mentalidad liberal, alejada tanto del anglicanismo local como del romanticismo europeo. Luego, tras la muerte de su esposa conoce a una asesina a sueldo rusa, Natasha, quien no cree en Dios y le enseña a fundamentar todo en la lógica. A medida en que pasa el tiempo y se enfrenta a la muerte y la perversidad humana, descubre que la filosofía espiritual es inservible, y que tanto su punto de vista como su obra (recuérdese que ante todo Katz es un escritor), deben estar supeditados a la lógica y el razonamiento más desapasionado.

En resumen, Katz no cree en Dios, ni en el alma, ni en otra vida, ni en términos absolutos. Vive, al menos mentalmente, distanciado del resto de la humanidad, a la que mira como a través de la lente del microscopio. En parte, creo, los buenos escritores tienen que abandonar el ruedo, al menos de vez en cuando, y mirar la corrida desde la barrera, no solo para que la perspectiva les ayude a juzgar mejor —o de forma menos equivocada—, sino para evitar ser embestidos por los acontecimientos mismos.

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