miércoles, 17 de diciembre de 2008

Volver al futuro


Hace cosa de dos meses me prestaron Siete Noches, libro que compila las nueve cátedras que dictó Jorge Luís Borges, el grande, en el teatro Coliseo de Buenos Aires. El texto prueba que Borges conocía a fondo los temas allí expuestos debido a la pasión que en él despertaban. Pero lo más increíble para mí de leer este libro, fue encontrar que el gran Borges y yo llegamos, aunque supongo que por caminos diferentes, a una misma idea, un concepto que además pocos autores conocen o sienten como verdadero. Hablo de la creación literaria como una forma de recordar el futuro.

Lo siguiente es del libro anteriormente mencionado, Siete Noches:

“Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy descubriendo las partes intermedias; pero no tengo la sensación de inventarlas, no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.”

Magníficamente expresado. Ahí pueden ver la diferencia entre un escritor como yo y un maestro de la narrativa, como Borges. La síntesis de lo dicho.

Hace unos años pude ver una película llamada Memento en la que un hombre, interpretado por Guy Pearce, padece de una especie de amnesia que afecta su memoria de corto plazo. El método narrativo, por demás extraordinario, es contar la historia desde el final y regresar hasta el principio, evitando que el espectador se desinterese por la trama. Tras esto comprendí que en parte los escritores somos así, o algunos al menos: podemos ver el principio de nuestra historia y su final, o a veces tan solo el final. En mi caso, la mayoría de historias que he escrito, o que pienso poner por escrito, van apareciendo en mi vida como una serie de flashes de un pasado que no ocurrió.

De hecho la historia que el novelista de ficción pretende contar no existe. Existirá una vez la haya escrito, y esta, en la mayoría de los casos, suele estar narrada en pasado. Así que es necesario que en la memoria del autor esté grabada una sucesión de hechos que no han ocurrido; hablamos de ver en el futuro eventos del pasado.

Todo puede empezar por una imagen sin mayor sentido: un paisaje, el rostro de una persona, la clase de impresiones que pasan por nuestra mente minuto a minuto, hora tras hora durante toda nuestra existencia. La mayoría de las personas, hablo de una vasta mayoría, no repara en esos collages armados por el inconciente. Y dentro de este grupo podemos también contar a muchos autores, al menos aquellos que se devanan los sesos frente a las hojas en blanco sin saber qué escribir. La falta de imaginación no es un mal moderno, sino que viene con la edad, y se genera en la parte alta de la adolescencia, cuando el hombre cree que dará un paso adelante en su vida si suprime su instinto infantil de visualizar lo que no existe. De hecho, los profesores siempre le dicen a los chicos dos cosas, uno, que no vivan en las nubes; dos, que lo más importante en la vida no es ser feliz, sino madurar, cambiar los juguetes por el trabajo, los juegos por el alcohol, el sexo y la música, y las fantasías de aventuras por las depresiones y el estrés.

Pero para algunos esos juegos de la mente llegan a ser revelaciones. ¿Qué sería de la labor de muchos científicos, si no hicieran caso de las ideas transitorias? Todo aquel que está realmente metido en un trabajo creativo está pendiente de esos ligeros tips que suelta la mente de forma impredecible. A ello debe aferrarse un autor, pero eso sí, sin cometer la idiotez de sentarse en la terraza de un café para esperar a que le llegue la inspiración; el mundo está lleno de librerías o bibliotecas; el consumo constante de datos es parte del proceso de creación.

En este momento tengo muchas novelas en mente, y son historias sobre las que no he escrito una sola palabra, aún. Pero los argumentos corren por mi sistema cerebral como si fuesen anécdotas de mi propia vida. Cuando empiezo la redacción no tengo todos los datos, o las ideas que se relacionan con el hecho pueden estar erradas por completo. Hace falta investigación, reescribir, leer a los grandes autores y meditar por largo tiempo si las acciones ejercidas por el personaje X resultan verosímiles o no.

Hay buenas novelas que sin importar la fantasía que las envuelve se presentan al lector sumamente realistas, y en algunos casos —hablo, por ejemplo, de 1984 de Orwell—, angustiantemente realistas. Todo depende de la capacidad que haya tenido el autor de viajar mentalmente a ese pasado que nunca ha ocurrido, y extraer de allí la esencia del momento.

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