sábado, 5 de diciembre de 2009

El pegajoso taca-taca



Uno de los escritores contemporáneos que más admiro, Cormac McCarthy, le hizo el “pequeño” favor a la Santa Fe Fundation de poner en subasta su vieja Olivetti Lettera 32 y donarles los $254.500 dólares que alcanzó en la subasta de Christie’s. McCarthy ya tiene una nueva máquina y en esta producirá sus siguientes novelas; pero la noticia, más allá de ser otra de esas notas relativas al dinero y la literatura, está en el hecho de que este norteamericano, y otros autores —Will Self, Don DeLillo y Frederick Forsyth, como lo menciona el blog de The Guardian—, siguen componiendo en estos aparatos. Y, me temo, no están tan solos como podría pensarlo los fanáticos de la informática.

De hecho, debo comentar, yo también empleo una máquina de escribir. Es una Remington portátil color hueso y teclas negras a la cual le falta más de una pieza, y, que sin embargo, aún me es sumamente útil. ¿La razón? Es más rápida que la mano y produce resultados instantáneos que se pueden revisar y releer tan pronto extraigo la hoja del rollo. A diferencia de la computadora, es menos factible que me distraiga; verán, en ocasiones siento la tentación de revisar algún dato en la Wikipedia o en el Google Earth, y esto me envía a darme todo un paseo por cualquier cantidad de páginas, y posponiendo el trabajo de redacción. Con la máquina no ocurre ello: te sientas y te decides a escribir cinco páginas y no te detienes hasta que las completas; si cometes un error, tachas con una serie de equis, o simplemente pasas una raya de tinta roja; nada de echarse para atrás y reescribir todo de nuevo. Algunos escritores que conozco duran todo un día para redactar un párrafo, y, en algunos casos, una simple línea, debido a su tendencia a reescribir una y otra vez. Las hojas mecanografiadas son de más fácil acceso que los archivos digitales, ya que si bien a estos últimos se puede ingresar con un par de clics en la carpeta, para ello debemos tener la computadora encendida.

Con todo la computadora tiene sus ventajas a cualquier otro medio, pero yo sostengo que uno no debe de entregarse a un solo mecanismo de redacción, sino probarlos todos y decidir qué le es más conveniente.

Mi maestro Truman Capote redactaba dos borradores en hojas blancas empleando algunos de los quinientos lápices que afilaba, para luego redactar un tercer borrador a máquina sobre papel amarillo. Tales métodos pueden verse como extravagantes para la persona promedio, pero para el escritor todo lo relativo a su trabajo resulta de alguna manera ritual. Por mi parte, ahora estoy dedicado más a escribir a mano; ya sea en viejas hojas recicladas unidas por clips, o cuadernos de páginas en blanco que mando a hacer en una papelería cercana, y escribo empleando un micropunta Pelikan Plus 157 negro y corrijo con un esfero rojo regular. Los cuadernos, en este sentido, tienen la ventaja logística de que se pueden transportar a todos lados, no ocupan mucho espacio ni requieren de energía, de tal forma que siempre están disponibles para añadir a ella algún apunte, corregir lo ya escrito, o continuar el trabajo de redacción en cualquier lugar.

La máquina de escribir, como ya he mencionado, tiene la ventaja de la velocidad: la puedo poner en cualquier lugar de mi apartamento, inserto la hoja —también reciclada de algún borrador de otra novela— y comienzo a golpear las teclas, siguiendo mis acostumbrados patrones narrativos, pero sin proponerme rígidamente párrafos con sentido, o estructuras fijas; tan solo me suelto a teclear como si estuviera bailando, solo, con una música que me abrasara el alma, que, dicho sea de paso, no existe. El resultado es ese “magma”, tan escaso de valor literario, pero muy útil para comenzar a trabajar en un verdadero borrador.

El computador, por su parte, cumple su función, y posee las ventajas del acceso a Internet, la posibilidad de acceder a cientos de datos de forma fácil, de hacer todas las correcciones necesarias para entregar un producto limpio, y ponerlo en el correo, a salvo en el mundo digital.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Fetichismo



“Imagínese cargar toda la biblioteca en la mochila, viejo”, me dice un amigo sintetizando su exposición sobre las ventajas de los lectores electrónicos. Asiento, como suelo hacerlo siempre que escucho las opiniones de alguien a quien respeto o aprecio. Y sí, tal vez tiene razón: todo apunta al libro electrónico; a que se dejen de cortar árboles para imprimir toneladas de libros, en su mayoría basura, o trabajos que, pasado un tiempo, se vuelven obsoletos —y pienso ahora en todos esos volúmenes de QBasic, Logo, Fortran y demás—. Eso sin contar en la posibilidad de usar, al fin, aquellas vastas bibliotecas electrónicas, de las cuales me he mantenido alejado, debido al tedio que me produce leer en una pantalla de computador.

El libro impreso, por supuesto, tiene sus ventajas: no requiere energía, no puede dañarse si se cae al piso —aunque depende de la altura— y es, en esencia, más barato. Pero no son aquellas características las que generan mi favoritismo por la obra impresa; está, ante todo, la atracción física de las obras impresas, en aspectos completamente independientes al contenido de las obras.

Todo empieza en el lugar de compra. Puedo pasar horas en una librería, viendo títulos, leyendo sinopsis o, cuando es posible, paladeando los primeros párrafos de una obra recién salida al mercado. Sí, además, está en mis posibilidades hacerme con un título, genial; pero siempre me tomo mi tiempo, situación distinta a cuando debo comprarme algo de ropa, proceso que detesto como nada, y que si no fuera por el natural degeneramiento de los tejidos, no haría nunca. ¿Qué puede tener de divertido comprar en línea? Dar clic en un ícono y descargar el archivo como se baja una canción. Nada mejor que el impulso de llevarse un buen libro cuando nos atrae la portada, o su contenido.

Comprar un libro siempre es un placer: entraña tantas promesas, y aunque algunas se rompan más tarde, el placer de ese primer momento ya hace valer la pena haberlos adquirido. En últimas, nunca se tiene un libro de más en la biblioteca; siempre hacen falta más, aunque el espacio —ese tiránico enemigo del coleccionista incurable— siempre nos dé lucha.

Y no hay nada como destapar un libro nuevo; retirar su empaque plástico, dejar correr las hojas inmaculadas y disfrutar el aroma a papel nuevo y tinta. Hay editores, por supuesto, que les interesa menos un libro bien diseñado que un título provocador, o una banda roja del tipo “¡La mejor h.p novela que he leído!”, firmada por alguna celebridad. Por eso se ven “cajas” descuadradas, errores ortográficos, hojas de más, tipografías ordinarias —como la detestable Arial— en tamaños ilegibles. De ahí mi respeto hacia Acantilado, Anagrama, Bruguera, Siruela y otras, donde sus editores saben que no es suficiente un buen producto escrito, sino que este debe venir en la presentación adecuada. Constantemente me veo deshaciéndome de ediciones de bolsillo, libros de segunda y viejas ediciones, para comprar clásicos reeditados.

No sé que piensen las feministas de lo que voy a decir, pero para mí tratar con un libro es como tratar con una mujer bella sobre la que tengo intenciones sexuales muy claras: hallarla, tomarla en mis manos, recorrerla. El papel debe ser suave, de blanco encendido, caracteres en negro abisal, y una trama suave al tacto. Pero no basta con la belleza producida por el contenido, ya sea en forma de un cuerpo saludable o de una historia narrada con gracia; también está el gusto por los objetos. Una falda amoldada a unas caderas perfectas; unos zapatos que den pie a unas piernas bien torneadas; el maquillaje que resalta los rasgos de un rostro perfecto. Entonces no basta que un autor sea un excelente escritor. Sinceramente creo que una obra puede ser afectada por una mala edición.


El libro es un objeto casi artesanal; vale por sí mismo y por ello le damos un espacio en nuestros hogares.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Las cinco artes




Es una de esas discusiones que se oyen de cuando en cuando, que no tienen, al parecer, solución, porque el debate se extiende eternamente; me refiero a cuáles son los campos de la literatura. ¿Qué es Literatura? En espera de desentrañar ese misterio, agrego mi propia idea acerca de los campos que abarca la producción literaria; son los que yo denomino, Las Cinco Artes: novela, cuento, poesía, ensayo, dramaturgia. Y, por demás, quien quiera ser realmente considerado un escritor, deberá, al menos una vez en su vida, practicar todos estos campos con seriedad, esto es, poner todo su empeño en escribir una novela, un cuento, un poema, una obra y un ensayo.

A veces me encuentro con reseñas de autores así: “Fulano de Tal. 19XX, escritor, poeta y ensayista”. O bien: “escritor y dramaturgo”. ¿Qué diablos significa eso? ¿Que se es escritor si se escribe en prosa y no en verso?

Según el diccionario de la Real Academia, escritor es el que escribe, en primer término, y en segundo “Autor de obras escritas o impresas”. Bueno, eso último hace de los editores escritores; pero dejémoslo por ahora. Según Wikipedia, “un escritor es cualquiera quien haga un trabajo escrito, aunque la palabra usualmente designa aquellos quienes escriben de forma creativa o profesional, así como aquellos quienes han escrito en diferentes formas”. En últimas, el todo es escribir, no decir que se escribe. En tal sentido, además, muchos son escritores, pero se quitan de encima el título, señalando que “no lo merecen”, que escritores son aquellos hombres y mujeres que publican ficción, a ritmo de una novela cada tanto tiempo.

En mi persecución de establecer con claridad los términos sobreentendidos como “arte”, “literatura” y “escritor”, he decidido comenzar por lanzar esta idea al ruedo: escritor —y, por supuesto, escritora—, no es aquel, o aquella, quienes cada que muere un obispo componen un poema y lo envían a la revista de algún amigo; tampoco lo son las personas que cada semana componen tres mil a cinco mil palabras para un diario o cualquier otra publicación. No; lo dejaré claro: escritor es el que escribe FICCIÓN; y los demás que se vayan a la porra. Pero para hacer más complejo el asunto, añadiré que el verdadero escritor, es aquel quien practica las ya mencionadas cinco artes, a las que espero referirme en próximos posts.


No quiero decir con esto último que, para ser escritor, el artista deba transformarse en un malabarista de los géneros. Como ya he mencionado, el asunto es, al menos, haberlo intentado, haber aprendido de los errores, y haberse enriquecido con la experiencia.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Portadas para una exposición




Solo unas cuantas líneas para referirme a que he terminado otra novela. La cuarta de mi breve carrera como escritor. Abadía en un bosque de robles. Sí, inspirado en un cuadro de Caspar David Friederich, Abtei im Eichwald. El argumento, sin embargo, está inspirado en algunos relatos que he leído de la Segunda Guerra Mundial, como algunas peliculas italianas dirigidas por Mario Salieri, que el pornófilo comprometido hallará en la red sin dificultad.

Espero que en un futuro pueda darles la noticia de que mi pequeño relato sobre un convento en los bosques de Europa Oriental durante la "Gran Guerra Patriótica" verá la imprenta. Hasta entonces, como en mis demás proyectos, esperar.

Nota: empleo el formato de portadas de Anagrama, ya que sigue siendo mi editorial favorita. Espero que esto no cause un disgusto allá en Barcelona...

lunes, 26 de octubre de 2009

You know you love it




Debo reconocer que me he hecho fan de la serie Gossip Girl. Logro acceder a esta gracias a los gentiles servicios de quienes suben sus episodios completos a la red; de otro modo, debido a mi falta de recursos, quedaría imposibilitado para divertirme viendo la tragicómica vida de los aristócratas de Upper East Side.

Quienes ya han leído este blog tal vez sepan que mi interés por este fenómeno pop empezó con un artículo del New Yorker acerca de las novelas escritas por la norteamericana Cecily von Ziegesar. La saga de Gossip Girl, dirigida especialmente al público femenino en temprana adolescencia (las maravillas de vivir en un país donde la industria editorial publica realmente literatura [buena o mala] para todas las edades), se desarrolla en los empinados condominios del oeste norte de Manhattan, donde los jóvenes y atractivos chicos y chicas son el centro de los chismes de una página llamada, sí, Gossip Girl.

Debido a que, como ya he mencionado y no me harto de repetir, vivo en la ruina, no puedo hacerme a las novelas —que se deben vender por ahí a precios astronómicos—, pero sí puedo divertirme viendo la adaptación televisiva. De las falencias que pueda tener el paso de una historia de un medio a otro hablaré tal vez en un futuro, por ahora me interesa contarles por qué yo, un tipo ya adulto, desperdicia sus horas con la tele que producen los yanquis, en vez de, por ejemplo, leer algo de Jane Austen.

La respuesta es simple: la construcción de personajes.

Lamentablemente pocas personas que conozco, y que dicen dedicarse a la literatura de ficción, parecen comprender este concepto tan simple, y, a un tiempo, tan complejo. La construcción de personajes es, si me permiten decirlo con simplicidad, el alfa y omega de la verosimilitud de una historia. Así, no importa si la acción toma lugar en el siglo XXXIII en una nave de esclavos humanos que se dirige a una base controlada por simios mutantes, si, a lo largo del relato, el lector encuentra a los protagonistas tan reales como a las personas que conoce en la vida real, creerá toda la historia como si la conociera por experiencia propia. Esa es al menos la lógica; mientras que muchos narradores modernos se concentran en tramas rocambolescas o detalladas descripciones, cuando no apilar datos técnicos unos sobre otros, su verdadera tarea debería apuntar a crear protagonistas, antagonistas y demás miembros de la trama tan reales que nos lleguen a interesar sus destinos.

Los personajes de Gossip Girl tienen vida; van más allá de ser caras bonitas y cuerpos delgados empacados en trajes costosos. Los libretistas han tomado las características generales que la autora dio a sus criaturas y de estos perfiles extraen algunos de los más divertidos diálogos que haya visto yo en años en televisión. Los perfiles son claros, sus acciones y modos de actuar no se traicionan entre un capítulo y otro, ni entre una temporada y otra. Serena es siempre la princesa, Blair la bruja, Dan el outsider, Chuck el pillo con suerte, Nate el galán sin gracia, Vanessa la amiga perfecta y Jenny la directa heredera de todo el resto del circo. La trama se centra en las patéticas aventuras de estos siete jóvenes, durante el penúltimo grado de secundaria hasta su primer año en la universidad. Dramas familiares, intercambios de parejas, malentendidos románticos y una que otra visita a la cárcel. Una hora de entretenimiento fácil cada semana, pero no por ello menos trabajado. ¿Y qué? No solo de libros se alimentan los escritores, por favor.

Lo que la televisión comercial debería enseñar a todos los que pretendan escribir novelas o cuentos es que, a pesar de toda la carga emocional que pretendan introducir a sus obras, siempre, siempre, siempre hay que tener al lector en cuenta, y no andar creyendo que solo lo que te cause regocijo es lo que vale la pena poner por escrito. Gossip Girl me divierte, logra que durante cuarenta minutos realmente me importe el destino de sus protagonistas; ¿logran esto todas las novelas? Rara vez, y cuando las hacen las ponemos en un lugar privilegiado del estante. Lugar a donde todo escritor debería pretender llegar.

XOXO

viernes, 23 de octubre de 2009

Ein Reich, Ein Kunst!



Imaginemos lo siguiente:


Estamos en Alemania Occidental (u Oriental, pero para no complicarnos quedémonos con la capitalista), es mediados de los años cincuenta, se aproximan los sesenta, la cultura de riqueza y estabilidad americana está contagiando a la burguesía alemana de las grandes ciudades, opacando el clima de destrucción del último disgusto mundial. La televisión empieza a trasmitir seriados yanquis y algunos nacionales. Series de policías y ladrones, soup operas, y miniseries de espías y adaptaciones literarias. En algún punto, por consejo o presión de fuerzas oscuras, salen al aire series y melodramas ambientados en la Alemania de entre guerras bajo el yugo nazi. Historias de amores, de aventuras, relatos rimbombantes, incluso comedias, donde los uniformes negros de las SS y los hombres grises de la Gestapo son los protagonistas. Todo en una gran banalización de la época durante la cual los judíos iban perdiendo sus derechos, sus tierras, sus vidas, junto a otros indeseados por el partido. En últimas, qué podrían pensar los televidentes germanos, ¿qué pensaría el resto del mundo?


Bueno, lo anteriormente descrito no ocurrió; al menos eso creo. No, pero parece que está ocurriendo en Colombia.


En este país, donde el gobierno ha decidido considerar terrorista a toda oposición; donde la corrupción se ha desbordado y las maniobras de picaros y filibusteros de corbata aparece descaradamente en horario triple A, no era de extrañar que el entretenimiento televisivo —con su natural mediocridad— lleve a los televidentes las súper aventuras de narcos y traquetos.


Gustavo Bolívar, novelista y libretista respetado por agudos periodistas como Julio Sánchez Cristo, sigue su línea de “Sin tetas no hay paraíso” y el ya épico “Pandillas: guerra y paz”. Las telenovelas sobre narcos atrapan a toda la familia cada viernes en la noche. Por mucho tiempo pensé que la inclinación de los colombianos a ver la bazofia de los canales públicos y privados se debía al alto costo de la televisión de pago. Falso. Más de un reciclador puede acceder mediante el pulgar tanto a CNN como a Discovery Channel, y, no faltará quien pueda incluso ver C-SPAN. No, a la gente le gustan los melodramas llenos de clichés que mezclan la comedia con la tragedia de la vida: niño rico, niña pobre; la niña rica y el taxista. Pero no nos desviemos del tema.


Algunos pensarán que todo ese asunto de mafias y capos murió con el desplome de los carteles de Medellín, Cali y Norte del Valle. Falso también. Los carteles de la droga han hallado en el actual gobierno un caldo de cultivo que les ha dado un poder increíble. Situación similar a la que se presentó en Rusia con la caída del sistema comunista: de la noche a la mañana, miembros de la Duma, jefes del KGB y quizá algunos generales de tanques aparecieron con dachas de ensueño sobre los Urales, en los alrededores de Moscú y apartamentos en Kiev o Budapest, donde se les ve bien acompañados por ex modelos que en las deprimidas economías de sus países se dedican a servir de prepagos. Aquí en Colombia la guerra contra las drogas, nos dicen, cambió de frente, ahora los únicos narcos son “los terroristas”, y los demás son salteadores de caminos y pillos de baja estofa. Los jefes paramilitares cambiaron los cuarteles generales de casa de campo con ventiladores de techo y mosquiteros en las camas por espaciosas oficinas en las principales ciudades. Antes andaban con el sombrero y el rifle al lado mientras recorrían sus vastos terrenos en sus camionetas blindadas. Ahora van a los mejores restaurantes de Bogotá, Cali, Medellín y Cartagena en veloces autos japoneses escuchando vallenatos a todo volumen, y ordenan aguardiente con su salmón ahumado al camarero, y luego con un gesto saludan al alcalde, al ministro, al senador, y al aristócrata de apellido y escudo de armas con el que juega golf los domingos.


¿Me siguen?


Cuando Alemania cayó en manos de Patton y Zukov los jefazos de la SS corrieron como liebres hacia Medio Oriente y Latinoamérica, mientras las cabezas del partido se volaban la cabeza en sus cuarteles. Situaciones similares se presentaron en naciones donde el sistema del Terror, rojo o blanco, cayó de un golpe fulminante. En Colombia, no. En Colombia los grandes del hampa se han adaptado a los tiempos; nada entonces ha cambiado desde los días de los Rodríguez Orejuela y Escobar, mucho menos ahora que el enemigo, dentro de la mentalidad colectiva del Estado, ya no es la inequidad, la pobreza, la injusticia o la falta de gobierno en algunas regiones. Ahora el némesis es “las Farc” —ni idea qué pasó con el ELN—; pero no las del monte, replegadas en las tierras donde los consorcios internacionales no tienen intereses, sino las de película (por ejemplo, La Milagrosa). Una guerrilla a la que se le puede acusar de todo, que aparece en todas partes cuando se le necesita, que se infiltra donde un organismo estatal empieza a cuestionar al Ejecutivo, y cuyos agentes son todos los opositores juntos, los que marchan cada día hacia la Plaza de Bolívar exigiendo algo distinto —dignidad, tierra, comida.


He llegado a pensar en estos días que Colombia, al fin y al cabo, es un país rico. Y mucho. Si fuera esta una tierra devastada donde no asomara ni ápice de nada sobre la arena muerta, nadie tendría porqué luchar. Aquí los recursos abundan, y los explotan. Al Gobierno no le faltan recursos. Evita, eso sí, destinarlos a nada que no le reporte ganancias directas; pero plata hay, ¡y cuánta! Suficiente para mantener a novelistas, productores de televisión, guionistas de cine y de seriados que se comprometan con la Narrativa de Propaganda.



miércoles, 23 de septiembre de 2009

El observador y la novela




Hace algún tiempo en el taller de novela al que asisto surgió el asunto del “tono” narrativo. Realmente creo que es difícil determinar qué es el tono; fácilmente lo podemos confundir con “ritmo”, y aún más con el “estilo”. He llegado a creer que pasa de ser, en algunos casos, un asunto relativo a la forma en como sea leído el texto. Pero en el taller se insiste en la existencia de un “narrador”, fuera de un personaje que, en primera persona, narre los acontecimientos. Este personaje, en un texto de tercera persona, tiene una identidad propia —sobre la cual se nos ha instado a visualizarla incluso físicamente—, y una voz particular reconocible a lo largo de todo el texto. Debo decir sobre eso que muchas novelas que he leído no tiene tal voz.

Pero sí me preocupan otros aspectos sobre la existencia de un narrador, pasivo o activo. Y se refiere al tiempo. La mayor parte de las novelas han sido y se escriben en tercera persona. La razón, técnica: es mucho más fácil, y además, ¿acaso no contamos sobre lo que hemos vivido? Y con ello voy a que, si escribimos sobre lo que conocemos, o al menos escribimos un relato que conocemos, ¿no sería importante determinar la distancia, en términos de tiempo, que existe entre el narrador y esos eventos? En mi opinión, sí.

Será posiblemente algo difícil de comprender para quien no ha lidiado ya con estos asuntos de la narrativa; y, como lo noté en el taller, pasará desapercibido, o le restará importancia, más de un escritor, aunque se crea este dueño de todas las herramientas sobre el oficio. Pero el tema es de importancia capital si queremos concebir un relato creíble. Si existe ese narrador, que, dicho sea de paso, no es el autor, vale la pena tomarse unos minutos para decidir qué tanta importancia le da al relato, o qué tanto sabe sobre él.

Actualmente preparo una novela corta. La trama no importa, pero ocurre en las postrimerías de la guerra en el frente oriental —un tema que siempre me ha apasionado—. Ahora bien, ¿quién narra esta pequeña historia? Respuesta: quien la conoce; uno de los protagonistas, un testigo casual, alguien que se enteró de la historia en un bar, un historiador, o incluso, un escritor del otro lado del mundo, como yo, que considera su deber contar lo que ocurrió allá. Cualquiera que sea la elección que se tome se deben considerar estos aspectos:

1. ¿Ese narrador conoce toda la historia?
2. ¿Se involucró de alguna manera con la situación?
3. ¿Qué tanto sabe sobre lo que ocurrió?
4. ¿Qué tanto le importa lo que pasó?
5. ¿Qué tanto le importan aquellos que vivieron los eventos narrados?

Y así se pueden seguir elaborando preguntas de forma casi indefinida, y uno deberá ser capaz de responderlas. Si mi novela, por ejemplo, se construye a partir de testimonios de los involucrados, mi narrador podrá hablar, por ejemplo, de los pensamientos y sensaciones de esos testigos; de lo que veían, de lo que hablaban en privado, etcétera. Si, por el contrario, parto del testimonio de un solo testigo, el narrador tendrá que seguir a este personaje, nunca abandonarlo y jamás mencionar aspectos o situaciones que ese testigo no pudo haber conocido.

Por otra parte, volviendo a mi historia, es muy distinto si mi narrador de ficción está contando su relato ahora, sesenta y tantos años después del fin de las hostilidades, a si lo está contando a unos meses de concluido el conflicto. Personalmente he decidido, en virtud de la credibilidad, y de sostener un solo tono narrativo, suprimir toda información técnica sobre armas, municiones y vehículos: no hay Mark V, ni I-34, ni King Tiger, solo “tanques”. Ni fechas, ni lugar concretos; el contexto argumental de mi novela, de carácter secreto, obliga a guardar silencio sobre ciertos aspectos.

Así, como si habláramos de nuestras propias experiencias de vida, debemos encarar el arte de componer nuestros relatos, cortos o largos. Hay que apropiarse de la historia y narrarla como si también nos hubiese lastimado. Eso es al menos lo que yo entiendo por “escribir sobre lo que se conoce”.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

De vuelta a las andadas



Ha pasado tiempo, es cierto. Meses, dirá el lector atento a este blog; de existir. Ahora bien, no tengo que presentar excusas, salvo a aquellos que puedan haber accedido a este sitio esperando leer algo nuevo y no encontrarlo. De nuevo: de existir tales personas.

Superado ese asunto añado una nueva discusión. Hace algunos días las tareas universitarias me empujaron a buscar los gruesos tomos de la Historia de la Literatura, de Riquer; una obra genial, además. Al repasar sus páginas, buscando un tema que no encontré, me deleité imaginándome cómo sería poseer toda la erudición contenida en esos diez tomos. Poder mencionar, con conocimiento de causa, la vida, obra y tendencias de cualquier escritor de los últimos cinco mil años; o al menos de los más representativos. Un bello sueño; común a todos los que se interesan en la literatura. Pero esto me llevó a otro punto y era mi propia formación: me estoy adiestrando como literato, mas ¿para qué? ¿Acaso no me interesa ya ser escritor?

Todo lo contrario; más que nunca, especialmente durante las largas horas de clase, me corre por el cuerpo la imperiosa necesidad de crear ficción. ¿De qué me sirve entonces, pienso, tratar de memorizar la historia de la Literatura, o dedicarme a descomponer las obras de otros y buscar en ellas sus elementos esenciales? Como escritor, no para mucho; como editor en formación, bueno, el tiempo lo dirá.

Razonamientos como el expuesto arriba me llevaron a una conclusión: no todos los escritores deben ser literatos y no todos los literatos deben ser escritores. Aclararé a la regla que no tomo escritor (o escritora) simplemente al que redacta, sino al que compone ficción por escrito: cuento, poesía, dramaturgia o novela. Bien puedes ser Harold Bloom y no acercarte ni a millas, como artista, a Shakespeare —el propio Bloom lo reconocería—. E, igualmente, ser un gran escritor sin poseer la erudición de un profesor de Literatura de Yale.

Algunos, especialmente los académicos, refutarán mis palabras. Dirán que, autor que se precie —y me presentarán una lista— conoce a fondo la historia, autores y tendencias universales. Puede ser. Pero los casos, para la lógica, no representan una regla: ¿cuál es la formación, me pregunto, en materia de Literatura Universal, que tuvo Truman Capote? Muchas horas sentado leyendo, gracias a su privilegiada mente capaz de consumir una novela en dos horas. El hombre nunca terminó la secundaria y siempre fue mediocre en clase, lo que se debe, proporcionalmente, a los libros, la escritura y el alcohol. Y como este habrán otros casos. El verdadero escritor debe dedicar, de serle posible, todo su tiempo a la escritura; si quiere convertirse en un estudioso de las letras, adelante, pero no espere que consumir miles de libros, uno tras otro, le den la clave para transformarse en un gran prosista.

Porque ese es un error común de muchos, especialmente de los no literatos. Me explicaré mejor: mientras los estudiosos de la literatura pueden, al menos hipotéticamente, llegar a entender, tras años de leer a los genios de la prosa y el verso, que acercarse a ello es solo de unos pocos, las personas con unas cuantas lecturas y escrituras en su haber suelen pensar que hacerse escritor es tan fácil como hacerse hincha de un equipo de fútbol. Sí; hablo de periodistas, profesores de literatura y poetas de café. Manejar nueve décimas partes del diccionario y sentir algún disfrute al leer no hacen a nadie novelista ni cuentista —ya la poesía me parece un royo bien raro—. Estas personas, me parece, aman, realmente, más el glamour que rodea al artista de las letras que el trabajo de escritor en sí. Solo ven a los novelistas bajo los flashes de la prensa y frente a la multitud en los conversatorios y lanzamientos; pero olvidan que por cada hora que se pasa de fama el autor debe invertir quinientas de soledad y silencio; y ese es un precio muy caro para algunos.

Así que, amigo de la teoría literaria, empuña la pluma para estudiar a los grandes autores o quienes les van a la saga, y no contamines el río de los libros con historias mediocres, redactadas a punta de imitar a esos creadores que estudias con ahínco. Y los escritores… no se preocupen si no pueden mencionar de golpe a todos los postestructuralistas, futuristas, los argumentos de los cantares de gesta o los nombres de todos los protagonistas de la tradición novelística rusa. No importa, preocúpense por hacer bien lo mejor que saben hacer.

domingo, 5 de julio de 2009

30 y 2


Es algo en lo que he estado pensando en los últimos días. La escritura de una novela, que es a lo que me dedico la mayor parte del tiempo, a veces, se hace deprimente, y tan tediosa como llevar a cabo la limpieza de la casa; algo necesario pero rutinario. Como creo firmemente que no se puede escribir nada bueno sin disfrutar realmente el proceso de la redacción, he pensado que tomarme algo de tiempo, y concentrarme en cumplir pequeñas metas (entiéndase aquí escribir cuentos), es la mejor manera de no abandonar la escritura por completo, aunque a ratos desee no ver esos proyectos de novela estancados en mi escritorio.


La composición de cuentos y de novelas son dos asuntos tan distintos como la pesca y la natación (cada quien decidirá cuál es cual). Poca gente entiende esto, al parecer, ya que en los últimos meses, al verme frente a borradores de primeros capítulos de novelas, descubro las similitudes entre las estructuras de estos y la narraciones breves conocidas como cuentos. Alguien, alguna vez, afirmo, con muy poca razón, creo, que una novela era un montón de cuentos juntos. Ridículo. Quien compone un cuento, al menos si lo está haciendo como debe hacerlo, no ve la relación entre este y otro, ya escrito, o uno por escribir en un tiempo futuro. El cuento tiene sus propias reglas, tan distintas a las de la novela, que lo hacen un género narrativo mucho más complejo, en algunos aspectos, que aquella.


Sin embargo yo empecé escribiendo novelas, y siempre ha sido mi deseo convertirme en un novelista. Pero, desde hace un par de años, los retos de la redacción de historias cortas han llamado mi atención poderosamente. Ahora bien, como la pasión aquí no es suficiente para crear bellas obras, terminé redactando algunos de los peores escritos concebidos por alguien. Por un tiempo desistí, mas ahora creo haber hallado, al menos en el campo puramente teórico, un sistema más eficiente para escribir cuentos. Lo llamo el “30 + 2”: treinta segundos de planificación y dos horas de trabajo.


El origen de esta idea, que de principio muchos considerarán nada más que un chiste, me surgió hace unos días cuando, por ir distraído, me fui de narices contra el suelo, lo cual habría sido una pequeña tragedia, salvo que recordé, durante la caída, rodar al chocar contra el suelo, disparando la inercia en todas direcciones, sin sufrir más daño que la deshonra de hallarme, de repente, en el suelo, observado por una docena de personas. Y lo realmente importante fue que, al quedar con los ojos puestos en el cielo, una boba se acercó y dijo, de la forma más plana y retórica que pueda haber, “¿qué le pasó?”. Entonces la parte izquierda de mi cerebro me hizo notar que, si yo hubiera muerto mientras caminaba, y al caer ya mi cuerpo hubiera dejado de servir, la estúpida chica no habría recibido como respuesta el “nada, gracias”, sino que ante sí tendría un cadáver con los ojos abiertos y la lengua colgando. Fueron segundos, menos de treinta, para que la historia de alguien que muere de repente en plena calle, y se transforma en todo un problema, se formara en mi mente. Seguramente en el momento tuve incluso la resolución de la trama en mi mente, mas aquello no era lo importante, sino darme cuenta que, en medio minuto, o en menos, se puede concebir el primer borrador mental de un cuento. El resto es trabajo.


Treinta segundos para pensar algo como “un hombre soltero conoce a una chica por los anuncios personales de una revista, la invita a salir, queda deslumbrado por su belleza, así como ella fascinada con su forma de ser, hasta que descubre, mientras más tarde su álbum de fotos, que la chica es su hija, a quien abandonó cuando era una niña”. No es la mejor idea, pero el punto es que a cualquier podría ocurrírsele algo así; es simplemente tomarse ese medio minuto para imaginar, para soñar que algo, fuera de lo ordinario, le ocurre a sí mismo o alguien más.


Entonces viene la parte difícil, las dos horas de trabajo. Primero, asegúrese que va a tener esas dos horas; consulte su agenda, consulte su reloj, aíslese de todo cuanto pueda distraerlo, y emplee cada uno de esos ciento veinte minutos, en poner por escrito, paso a paso, el origen, desarrollo y desenlace de esa historia.


Podría ser más de dos horas, o una sola, o acaso treinta minutos; el asunto es tener un tiempo estimado de trabajo, no pasarse de ello, y emplear el tiempo sobrante, de haberlo, en aplicar algunos retoques, aunque el verdadero trabajo de corrección es mejor dejarlo para unos días, o semanas (lo que ustedes prefieran), más tarde. Cuando uno se pone un límite de tiempo empieza a planear mejor las cosas, a apreciar realmente cada momento y no ir dándole vueltas a un asunto, o, peor, esperando la musa. Dos horas, los días que prefiera, o pueda, para poner por escrito un cuento; el resto es corregir y desechar.


Por su puesto estos consejos, no deben tomarse al pie estricto de la letra. No todo el mundo tiene esas dos horas, o acaso piensan que necesitan más. Pero muchos gastamos ese tiempo en otras cosas; viendo, por ejemplo, una película en la tele que ya hemos visto media docena de veces pero que nos encanta, o algo parecido. La moraleja es: planificar rápido y luego echarse a la mar. Si se falla, lo cual se hará, al menos una de cada diez veces, quedarán esas valiosas lecciones que no pueden aprenderse de libro o manual alguno. Así fue como llegué a esta teoría del “30 y 2”.

jueves, 2 de julio de 2009

Revista Palabrero Virtual 14




Un nuevo ejemplar de la revista en línea Palabrero Virtual.

NÚMERO 14

Crónica: DE LOS CAMPOS DE LENGUAZAQUE A LA PRESENCIA DEL REY DE ESPAÑA. Sonia Naranjo

Cuento: ACERCA DE CORTAR CARNE. Ingrid P. González
DOS ALAS ROTAS Y UNA VOLUNTAD TRANSEÚNTE. María Carolina Ochoa
PANDEMIA. Myriam Buitrago Arcila

Ensayo: LOS 100 LIBROS MÁS INFLUYENTES DESDE 1940.

Poesía: ENTRE ROJOS, BLANCOS Y NEGROS. Giovanny M. Ramírez
CAYENDO. Ingrid P. González
CAFETÍN. Juan Andrés Gutiérrez
NECROFILIA. Kelly Rocio Mendieta
AURORA BOREAL. Joel Cruz

Opinión: ABAJO EL "ORDENO Y MANDO". Viviana Barreto Molina
LA BÚSQUEDA DE UN CAMINO. Ingrid P. González

Reseñas: TREN NOCTURNO. Juan Pablo Bonilla

Noticias: mes junio

Novela: LAS PROPIEDADES DE LA MATERIA, CAP 3. Ingrid P. González y Juan P. Bonilla.

jueves, 11 de junio de 2009

Sobre la novela infantil




Ignoro por qué del giro que está tomando la literatura, o más bien, para no ofender ese campo tan brillante de las artes, digamos que la tendencia actual de las novelas colombianas —aunque esto bien puede ser una pandemia a todos los niveles— esa la de redactar historias de infancia; relatos de recuerdos donde, por lo general el protagonista es un niño o un adolescente. Ahora bien, ni es algo novedoso ni brillante, sino el más simplón remedio para la falta de ideas nuevas.

Es ciertamente lamentable ver a autores que en el pasado produjeron excelentes novelas, fruto de la investigación y paciencia por encontrar un buen ángulo narrativo, caer ahora en historietas sobre su propia niñez, que a nadie le importa, salvo a sus amigos, si es que están interesados, o a sus fanáticos, si es que alguno tienen; y esto cuando no se inventan un personajillo cuya mayor tragedia no es tener una vida lamentable, o un negro futuro, sino haber visto u oído algo en su tierna infancia o veraniega adolescencia.

No citaré nombres porque no se trata del argumento de algunas novelas, ya que todas son distintas y realmente no considero posible que sus autores se hayan reunido y determinado la tendencia para esta temporada. Basta escuchar las sinopsis de media docena de relatos contemporáneos para preocuparse porque el buque de la literatura se está escorando peligrosamente a un mar de mediocridad.

La novela infantil fácilmente se puede definir de esta manera:

El protagonista es un niño o un adolescente, nunca un mayor de edad o alguien que haya sido madurado a la fuerza. Es puro y casto al comienzo de la novela.

Vive la vida alegre, quizá en una casa de campo con naranjales y perros amistosos, o corre por las mullidas alfombras de un elegante edificio de la ciudad.

Sus padres y demás familiares componen un clan dechado de virtudes, pero que en determinado momento (por lo general el primer capítulo hacia los últimos párrafos), se quiebra en pedazos por alguna tragedia inesperada, o la maldad de alguien.

En algunos casos el narrador, o el personaje principal, son ya adultos y viven en condiciones deplorables o flotan en una clase media con diversos vacíos económicos o sentimentales. Como sea ese pasado, hasta aquel punto de quiebre ya mencionado, el tipo o la mujer vivían felices, mejor que el presente.

Para atraer a esa clase de lectores quienes gustan de sentir hinchárseles el pecho de nostalgia, los autores acumulan en sus relatos detalles y objetos propios de esa época pasada: la música de entonces, la publicidad de la televisión, la ropa, el cine, los políticos muertos de entonces, etcétera.

La novela, cuando es en primera persona, presenta un tono que pretende caricaturizar el hablado de un niño, las expresiones de un adolescente, o en el peor de los casos pretenden que esos infantes o jóvenes hablaban como novelistas maduros lectores de J. M. Coetzee graduados en Comunicación Social de alguna universidad bogotana.

A la manera de otros que una vaga sombra insinúa en la vaga historia, estas novelas están destinadas al olvido. Y bien que sea así. Ya nadie corre riesgos inventando una historia, y quienes lo hacen son duramente criticados cuando sus textos salen al mercado de la mano de una editorial de tercera. Sé que todo lo anterior suena crudamente despreciativo de lo que, sin duda para algunos lectores, es el arte verdadero de la novela, pero me aterra pensar que algunos en este país —y repito, este fenómeno puede estarse dando afuera igualmente— se crean el ombligo del mundo y su infancia el epítome de la tragedia contemporánea.

Si en algún punto de la lectura se han preguntado por qué diablos me preocupo por estas cosas —sabia pregunta— es porque hay todavía algunos que me instan a comprar novelas colombianas contemporáneas, y rara vez encuentro los argumentos para negarme, salvo que prefiero invertir en clásicos universales, que por lo general son más baratos y con los que se va a la fija en materia de calidad literaria.

lunes, 8 de junio de 2009

Revista Palabrero Virtual 13




Nueva edición de la Revista Palabrero Virtual. Disfruten.

ESPECIAL SOBRE GUERRA

Crónica: FONDOBLANCO. Sergio Ricardo Peñaranda Castro

Cuento: DESDE EL INFIERNO. Viviana Barreto Molina
UNA BUENA SEMANA. Juan Pablo Bonilla

Ensayo: LA NOVELA DEL CAMPO DE BATALLA. Juan Pablo Bonilla

Poesía: DOS NATURALEZAS. Juan Andrés Gutiérrez
ANÓNIMO. Arturo de Gules
ODA A LA PACIFICACIÓN. Mario Benedetti
VÍCTIMAS DE LA GUERRA. Jisseth Fierro Cárdenas
WOMAN DOWN. Juan Pablo Bonilla

Opinión: LA GUERRA: UN NEGOCIO LUCRATIVO. Viviana Barreto Molina

Reseñas: CHE, EL ARGENTINO. Viviana Barreto Molina
FAHREINHEIT 9/11. Viviana Barreto Molina

Noticias: mes mayo

Novela: LAS PROPIEDADES DE LA MATERIA, CAP 2. Ingrid P. González y Juan P. Bonilla.

viernes, 5 de junio de 2009

No darás consejos




Tómelo el lector como un mandamiento más, una regla de cortesía o una forma de evitar meterse en problemas a futuro. Dar consejos sobre un oficio solamente es útil en el campo técnico, donde uno puede decirle al menos experimentado: “la mejor forma de envasar el producto es así…” y pasa a explicar cómo aplicar una técnica. De esta manera no se está realmente aconsejando: se está explicando, o en el mejor caso enseñando.

Estoy desde este día en contra de los consejos a los escritores. Cuando estos los encuentro en Internet, en las páginas de algún libro sobre el tema, o inclusive escapados de la viva voz de un autor, bien puedo tomarlos o dejarlos correr. Pero como no puedo esperar a que todo el mundo siga esta lógica, dejaré de dar consejos sobre el arte literario. Es posible que en el futuro pueda ayudar a otros a envasar productos, pero no sobre cómo escribir mejor, componer novelas, resolver cuentos o esas otras tantas interrogantes que siempre le surgen a los redactores en formación.

¿Por qué? Lo explicaré citando al gran Wittgenstein: de lo que no se puede hablar mejor es callarse. Hasta la fecha realmente no sé que es una buena novela, un bueno cuento o un poema excelente. Lo puedo intuir; algo en mis tripas me hace sentir que esto es bueno, que aquello sabe bien, que eso otro es hermoso, y así y así.

Hace unos días, en el taller de novela al que estoy asistiendo, tuve una extraña sensación, seguida de cerca por una revelación: todos los presentes estaban dedicados a analizar y criticar los textos de otros participantes. Esta dinámica es muy útil y es uno de los valores esenciales de los talleres de escritura creativa. Pero ocurrió que entre el ir y venir de afirmaciones, más o menos precisas, más o menos apropiadas, más o menos puntuales, estuve varias veces tentado a agregar mis opiniones; pero eran solo eso, opiniones. Quién soy yo para decir cuál es la forma correcta en que puede funcionar una novela. ¿Que pensaría usted, mi querido lector, si se encontrara en a una persona del montón disertando sobre cómo debió haberse escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha? Llegando a conclusiones como “la estructura adecuada debió ser esta”, “este pasaje sobra; aburre al lector”, “con este principio la gente abandonaría el libro”, “ese personaje es muy acartonado”. ¿Qué pensaría?

Algunos dirán, no sin cierta razón, que cada quien es libre de criticar, si es de una forma ordenada y respetuosa, cualquier obra, aunque esta sea un clásico universal. Y otros dirán que es la forma más patética de sabihondez.

En todo caso casi nadie pierde su tiempo de esta manera. ¿Por qué habría yo de hacerlo? Tratar de indicarle a alguien, basado más en mi gusto que en cualquier otra cosa, de qué debe tratar una novela, cómo debe redactarse y qué elementos deben componerla.

No me molestan los apuntes que han hecho en el taller sobre los textos que yo he presentado. Entiendo que cada persona tiene maneras distintas de ver la novela. Para mí los relatos intimistas en primera persona son tediosos y rara vez son imaginativos. Pero de nuevo soy yo, y cómo estoy conciente de el limitado espectro artístico de mi visión —que por mucho que amplíe con otras lecturas será siempre limitado— dejaré de decirle a los demás cómo narrar algo que al fin de cuentas viene de un pozo muy en el fondo de su ser. Una de las razones que me mantienen alejado de la poesía es que los poemas que constantemente me muestran por ahí sufren mucho de subjetivismo, un defecto difícil de acabar ya que, al fin de cuentas, es eso lo que separa al arte de la ciencia.

viernes, 15 de mayo de 2009

El discurso del método




No he venido a hablarles de Descartes; la filosofía está al margen de la presente opinión: hace unos días, en el taller de novela al que asisto, descubrí un fenómeno que tal vez sea inherente a la dinámica de estas “escuelas de novelistas”. La búsqueda del “método”.

Explicaré brevemente lo que es el método. Aunque la literatura, a nivel general, y la novela como caso específico, son arte y por lo tanto no llevan las correas de la técnica ni están supeditadas al arbitrio de una mecánica científica, la redacción emplea estructuras que buscan tanto la fácil comprensión del lector, como causar determinados efectos en el mismo. La estructura general de toda narración sería inicio, nudo y desenlace, y dentro de cada uno de estos campos encontramos los géneros elocutivos a los que se aplican otros esquemas dependiendo tanto del estilo del autor como del género que trabaja como del efecto que busca.

El arte de toda la narración sería el poder aplicar estas estructuras y esquemas de una forma natural, y al mismo tiempo prescindir de ellas cuando la narración lo exija.

Entonces estaba yo en una revisión general de primeros capítulos, tanto de mi novela como las de otros. Las revisiones aplicadas a mi texto no despertaron en mí objeción alguna, al menos en detalles donde la narración se debilita por detalles que obstaculizan la historia. Pero a medida en que todos iban lanzando sus opiniones descubrí que, desde el tallerista hasta algunos compañeros bien entrados en lecturas, existe la creencia —o así al menos lo dejaron ver— de que la novela es la extensión mayor de un comercial de televisión, donde la prioridad es vender una historia; atraer al lector —quizá con un título sugerente o pegajoso—, arrojarle una carnada desde la primera página —recuérdese el famoso “El día que lo iban a matar…” y luego arrastrarlo de acción en acción, como los bufones nos entretienen pasando de una broma a otra, hasta un final sorpresivo, siempre tratando de ser lo más escueto en detalles posible, de tal forma que la presa no se nos aburra porque, pobrecito, el lector es siempre una persona ocupada a la que si no se le mima desde el primer renglón va a arrojar nuestro libro al olvido.

Creo que toda esta visión acerca del arte de la novela existe debido a la mala influencia de las escuelas norteamericanas de producción masiva de escritores. En los Estados Unidos, debe saber el lector, desde las más grandes universidades, hasta las escuelas locales de educación para adultos mayores, tienen talleres y cursos de “escritura creativa”, y si aplico esas comillas es porque no buscan la creatividad —requerimiento obligatorio de quien piense ser escritor—, sino formar redactores de bestsellers aferrados a las normas inamovibles que han demostrado vender miles de libros.

Aunque crecí leyendo novelas de espías de Tom Clancy y Frederick Forsyth, y estoy seguro que el apego a esas reglas de la narrativa plana me ayudarían a vender, especialmente en Colombia donde se cree que importarlo todo de “América” es la norma del progreso, prefiero seguir en la búsqueda de un estilo propio.

Una de las razones por las que “La vorágine” es una de mis novelas favoritas es que, a pesar de su barroquismo, su autor tiene un estilo bastante poderoso y, si mi permiten emplear tan ambigua palabra, bello. Las escuelas de formación de escritores en este país no parecen estar preparando estilistas, como Conrad o Capote, sino una línea de John Grisham o Dan Brown.

Delicado, ciertamente delicado, no hay campo donde la industralización, la comercialización y el simplismo no puedan ser aplicados.

jueves, 7 de mayo de 2009

Revista Palabrero Virtual 12




La revista de literatura, cuento, poesía y ensayo, que comenzó como una forma de llevar a todo el mundo los escritos del Grupo Rémington, ha llegado a su número 12. Conservamos el estilo pero esperamos añadir nuevas secciones conforme se unan nuevos grupos. Ahora bien, en este número presento el primer capítulo de la novela que estoy trabajando junto a Ingrid P. González, Las propiedades de la materia; texto del que ya les contaré algo más.

Por lo pronto disfruten de este nuevo ejemplar, dando clic aquí

viernes, 1 de mayo de 2009

Lenguajes propios




Constantemente se está discutiendo cuáles han de ser los deberes del escritor. Esto se debe, pienso yo, a que los autores, o bien no pueden hallar otro tema de conversación, o que a quienes hacen tales preguntas se les han acabado las ideas, y vuelven sobre los mismos tópicos una y otra vez.

Sin embargo no negaré que la pregunta, cuando me la hago a mí mismo, genera en cada oportunidad una respuesta distinta, y en estos días esa respuesta ha llegado a mí en forma tal que sorprendió realmente y, como este es mi blog, he querido ponerla aquí por escrito:

Algunos han dicho que el deber del escritor es con su tiempo, su realidad social y cosas como esa; otros, con los que me hayo más de acuerdo, aseguran que el deber del escritor es con su arte. Y nada más cierto, si vemos que muchas obras manejan temas e historias al parecer irrelevantes, y que no por ello carecen de valor artístico. Ahora bien, ¿cuál es ese otro deber del escritor? Es con la formación y la posesión de ideas propias.

Cuando me preguntan por qué no leo a los autores contemporáneos de mi país suelo responder que es por falta de dinero para adquirir sus libros. Y es así, mas si tuviera ese dinero preferiría gastarlo en reediciones de grandes clásicos, o en autores extranjeros que a mi parecer tienen ideas más interesantes. Lo que sucede con esos colombianos contemporáneos es que no parecen tener ideas propias, ni una opinión racional ante el mundo que los rodea. Yo podría tomar a cualquiera de los colombianos más vendedores del momento —autores jóvenes, debo aclarar— y hacerles una serie de preguntas acerca de las condiciones actuales del mundo. Las respuestas no serían muy distintas a las que podrían darme otros tantos colombianos en edades similares, bien informados y, en términos generales, cultos.

¿Por qué creo eso? No hay más que ver los argumentos de las novelas actuales: historias de amor, o conflictos familiares, mezclados con la situación actual de la nación o por la que pasó en años anteriores. Infortunadamente los argumentos de fondo de la literatura universal son muy pocos y hay que aprender a vivir con ello, a inventar historias con ellos, pero el autor de verdad debe, mediante el estudio y el trabajo constante desarrollar un punto de vista que sea único.

Últimamente, a raíz de mi ingreso al taller de novela de RENATA, he estado analizando fríamente los escritos de otros tantos potenciales novelistas. Lo que me encuentro en la mayoría de los casos es el de escritores que no han podido despojarse del cordón umbilical que los conecta con sus lecturas anteriores. Tienen una idea de qué debe ser una novela, pero no una idea concreta de qué van a escribir; arrojan las palabras de manera experimental y los resultados son totalmente predecibles. Muy seguramente ellos, o cualquiera, diría lo mismo de mi trabajo, pero con la diferencia de que mis juicios se deben a un razonamiento y no a la crítica basada en la más simple apreciación.

¿Por qué, si alguien quiere solo contar historias, le resultaría importante tener una mentalidad propia? Quiero decir, si alguien maneja las herramientas de la redacción, es hábil narrador y conoce relatos, cortos o largos, de los que vale la pena enterarse, qué tiene de malo que tan solo se dedique a ello, sin ser necesariamente un intelectual. La respuesta es simple: para escribir bien se necesita saber escribir, pero para ser un verdadero artista de la literatura se requiere ser inteligente; el arte por principio no acepta mentes mediocres. Se pueden aprender todos los métodos y claves para la composición de novelas y cuentos efectivos, pero esto tomaría una vida y media de tiempo, lo que explica, si vamos a ello, por que la mayoría de autores reconocidos eran viejos cuando tocaron la fama y el reconocimiento.

Hoy en día no hay tanto tiempo para formarse como escritor, o al menos uno no debe pensar que, quizá cuando tenga cincuenta, podrá realmente sentarse a escribir esa apasionante historia sobre todo que lleva atenazada desde la adolescencia. Resulta entonces necesario formarse, tanto en la lectura de obras maestras, como en temas relativos al pensamiento, la filosofía, la historia y otros. Aún quedan escritores capaces de discernir sobre temas universales, pero cada día son menos. La inteligencia y la Ilustración pasan por una época de crisis: a los escritores sus editoriales les piden cada vez menos, y cuando el libro sale a la venta la crítica ya no puede hacer nada ya que se ha desprestigiado a sí misma.

Nadie va a mandar a la cárcel a un escritor de la editorial Planeta por ser un mediocre que cuenta una y otra vez la misma historia cambiando tan solo los nombres de sus personajes. No. Pero este autor no puede esperar que alguien le diga que su trabajo es trascendente, que realmente es literatura, que tengan alguna compasión o valoren su trabajo. Hay autores, como Ángela Becerra, concientes de lo efímeras que son sus obras. Murió Corín Tellado tras redactar cuatro mil novelas; en las librerías no se consiguen y nadie recuerda uno solo de sus títulos.

Entiendo que haya algunos metidos en esto por la plata; redactan a velocidad industrial y venden como traficantes de droga. Pero, por favor, no esperen que les llamemos artistas o que corramos como locos a besarles el trasero, ni mucho menos que tengamos que llamarles “maestro”. Si por ahí hay gansos que los leen considérense satisfechos, por demás, aprendan a aguantar a los críticos y a los intelectuales que se deleitarán haciéndolos puré.

Y suerte.

domingo, 19 de abril de 2009

Lógica-filosófica-literaria. (O cómo no sentir que se está perdiendo el tiempo en clase)

Creo sinceramente que todo puede ser empleado en la literatura, y ese todo lo determino como la suma de las ciencias, las técnicas y las artes; es, quizá, ya que puedo estar equivocado, la única rama del arte de la que puede decirse lo anterior. Desde la fabricación de tartas hasta las teorías económicas, el escritor puede aprovecharlo todo para generar nuevos mundos, comprender estos o reinterpretar toda la realidad en forma de ficción. La ventaja que tiene la literatura sobre las demás artes es una muy clara: al emplear el lenguaje como principio y fin de sí misma, y siendo el lenguaje la codificación más precisa de toda la realidad, las posibilidades del texto son infinitas.

Llegué a esta conclusión —que a muchos les sonará rimbombante o pedante— tras meditar sobre el valor verdadero que podría tener mi actual carrera en el campo al que pienso dedicar toda mi vida: la ficción en prosa. La Literatura, así con mayúscula, es un campo que se suele tomar de dos formas: teóricamente, y solo se relee y se relee las novelas, los poemas, los cuentos y las obras dramáticas con una mirada de frío especialista, o bien se le toma de forma empírica, y esta relación está determinada por interpretaciones muy subjetivas, comenzando con lo que es el arte y si la obra que se está desarrollando logra entrar en el canon.

En cuanto a mi carrera, Estudios Literarios, estoy actualmente lidiando con una serie de cursos tan desconectados entre sí que llega uno, especialmente esos días fríos en los que preferiría uno quedarse en cama, a preguntarse si no estará allí perdiendo el tiempo, como le dijeron los conocidos que se formaron en otros campos del conocimiento, que en mi caso serían taxistas, cocineras y fracasados ingenieros de sistemas. Y, en últimas, lo que me permite relajarme y tomarlo todo con cierto gusto y algo de humor es comprender que todo lo puedo tragar y procesar por mi estómago literario; el sistema excretor expulsará lo que no sirva a su tiempo.

Primero, la filosofía; filosofía clásica para ser más exactos; filosofía griega para ser precisos; la filosofía de Platón en La República, si queremos ser claros. Leer aquel clásico de las letras y el pensamiento occidental es toda una labor de paciencia que no conduce a más que a comprender lo que Wittgenstein trataba de decir con aquello de que la Filosofía, en últimas, no trata sino de solucionar los problemas del lenguaje. Casi quinientas páginas para definir “justicia”, lo demuestran. Claro que Platón es mucho más, y antes que me caigan tomates o piedras, aclaro que no desprecio la filosofía clásica —aunque encuentro la contemporánea mucho más atractiva—, sino que uno llega a preocuparse cuando debe redactar un ensayo y, tras luchar con el tema por dos horas, me encabrono porque en últimas lo que quiero es escribir novelas y no darle vueltas al viejo Platón.

Aprendizaje: el pensamiento genera ideas, la idea es el todo del concepto,

Luego literatura clásica, pero no debe uno dejarse llevar por el nombre. Lean esto, dice el profesor, lean lo otro, preparen un breve escrito acerca del autor y nos vemos la semana que viene. Si bien es cierto que las obras grecolatinas son el fundamento de la Literatura Occidental, repasarlos apenas sirve para no quedar como un ignorante cuando en una reunión todos lleguen a comentar las tan mentadas obras homéricas.

Aprendizaje: la erudición sirve… para dar una buena impresión.

Sociología: pregunta, ¿de qué diablos puede servirle a uno una ciencia que en algunos casos no se llega a sustentar a sí misma? La pregunta es improcedente, me explicaré mejor: la sicología y la geología le sirven solo a una pequeña parte de la población; las artes están, por el contrario, al servicio de la mayoría, o al menos de una mayoría suficientemente educada como para apreciarla. Durante los últimos meses he asistido a las interesantes charlas dadas por nuestro profesor de sociología acerca de las teorías que procuran demostrar que, en últimas, algo sí se puede hacer con el apilar reportes de encuestas y diagramas de flujo.

Aprendizaje: he escrito poemas nada despreciables durante la clase de sociología.

Y hay otras, pero no me gastaré explicándolas; espero que hasta ahora me hayan seguido; no hay más conocimiento que el que uno se da a sí mismo. Para lograr aquello hay que desarrollar un detector, no de mierda, sino de oro; saber qué se quiere y por ende qué se debe buscar. Gastarle demasiada cabeza a cosas que finalmente no llegarán nunca a tener una relación directa con esos aspectos de la vida realmente importantes para el desarrollo de esa obra resulta ser un desperdicio de vida. Solo los idiotas creen en la vida eterna; muchos de los más grandes novelistas de la historia murieron aún pudiendo dar mucho de sí, y si viven en algún lugar del otro mundo, aunque este sea ese cielo soñado por los paganos, no dudo que lo darían todo por volver a la tierra y seguir escribiendo. Y si estoy seguro de eso, es porque el escritor se alimenta de teorías, así como de experiencias, y ¿qué experiencia puede ser más impresionante que la muerte misma?

miércoles, 8 de abril de 2009

Habla el maestro



Constantemente me preguntan por mis lecturas, y, al enterarse de mi predilección por los clásicos, mis interlocutores me preguntan si hay tras este rechazo a los contemporáneos prejuicios, o el instinto de no querer “contaminar” el estilo. Las razones son dos: falta de dinero y falta de tiempo. Si, como una película, las novelas se pudieran consumir en un par de horas, y además tuviese yo el capital para hacerme a nuevos títulos, de seguro visitaría la librería cada mes, o cada quincena, para hacerme con tres o cuatro ejemplares de literatura actual. No es así, por lo tanto prefiero seguir gastando poco en obras inmortales de las que se puede aprender algo.

Tomando en consideración lo anteriormente expuesto, considero que tengo la suerte de que uno de mis maestros literarios sea un contemporáneo: John Le Carré. Esta satisfacción se renovó en mí esta mañana al encontrarme en el excelente blog de Iván Thays una entrevista al autor de La chica del tambor, La gente de Smiley y la nueva y prometedora El hombre más buscado.

Entre tantos “artistas” modernos que gustan de la extravagancia para hacerse notar en el competido mundo de las artes globalizadas, Le Carré conserva la sencillez y el buen gusto de los británicos mayores, quienes no tratan de competir con la extravagancia americana. Su casa es su templo de trabajo —algo que envidio profundamente—, junto a la costa del sur de Inglaterra, llena de luz y ambiente pacífico. Vive al pendiente de todo lo que ocurre en el mundo, comportamiento muy juicioso que no siguen otros tantos que dicen no ver ni leer mucho menos escuchar las noticias porque “les da jaqueca”. Tiene una visión crítica liberal e independiente; casi, digamos, la clase de voz que como columnista de opinión daría a los lectores buenas pistas de lo que realmente está pasando.

No tiene Internet, y parece estar aislado del mundo agitado mundo moderno; como un monje que en la soledad ha hallado alguna clase de iluminación espiritual. Vive, eso sí, con su esposa y, como explica Guillermo Altares, redactor en jefe de Babelia, da un trato exquisito a quienes visitan su hogar, cosa rara, añade Altares, en los entrevistados. No me extraña que lo diga: a la mayoría de escritores les gusta el encierro y no tratar con periodistas; en unos es algo natural: debe entender el lector que para escribir se necesita estar solo y concentrado, y que los verdaderos escritores pasan buena parte de su día ordenando palabras, por lo tanto el trato con otros humanos resulta muy circunstancial. No ignoro, sin embargo, que en algunos autores esta pseudomisantropía no pasa de ser una pose que pretende atraer.

A sus 78 años luce saludable y relajado. Otros autores que rondan esa edad parecen momias o viven con la tragedia a flor de labios. Trabaja actualmente en otra novela, lo que es también un ejemplo de amor por el oficio; no niega que los libros le han llenado los bolsillos de dinero —sigue siendo considerado ante todo como un “autor best-seller”—, pero aquí nos queda claro que su entrega a la literatura se debe al placer que le causa narrar, y este es el gesto del artista, cosa que no tienen los muchos periodistas que inventan thrillers para compensar sus pobres sueldos o redondear sus pingües ganancias.

Liberal, como ya he dicho, parece entender mejor que el resto la situación actual. Su última novela El hombre más buscado, trata el asunto de la Era del Terror, posiblemente la mayor catástrofe de orden sicológico y político que podía surgir en un siglo tan joven, y que por estos lados está lejos de concluir. Ya anteriormente he mencionado una de las capacidades de Le Carré y es la de emplear la ficción de espionaje para narrar los conflictos profundos de la sociedad. En esta entrevista, que insto de nuevo a los lectores para que la lean, el asunto queda zanjado de inmediato: “la lucha de un hombre moral en un mundo inmoral”. Para todos los despiertos que no creemos en santos ni en demonios, las novelas de este autor resultan siempre un placer, no solo estético, ya que Le Carré es un estilista consumado, sino argumental.

La entrevista completa y el primero capítulo de El hombre más buscado en El País.com