martes, 27 de enero de 2009

El sonido, la furia y el tono




Hay algo que nunca podrán hacer los traductores, traernos la sensación que produce en el oído la música inherente a un acento. Hay algo en los dialectos regionales que carga con el sabor de una tierra, de un pueblo y de las costumbres de sus habitantes. De todo lo demás podemos enterarnos: quién, cómo, cuándo, dónde… ustedes me entienden. Pero es difícil imaginar el ambiente, húmedo o seco, frío o cálido de un lugar sin el habla de sus habitantes. Por tanto, las novelas que reflejan costumbres solo pueden ser apreciadas en su idioma original.

Acabo de terminar El sonido y la furia, del célebre William Faulkner. Mi relación con este escritor sureño se parece un poco a esos matrimonios donde las parejas se pelean, se hieren, se reconcilian y luego vuelven a pelear. Cada vez que tengo acceso a una novela de Faulkner hago lo posible por leerla de cabo a rabo; el asunto se transforma tras las cuatro primeras páginas en un tour de force, las últimas ya me sacan sangre, y al final, tras arrojarlo con desprecio de vuelta al cajón, descubro las bellezas de su prosa.

Hay en sus páginas más de un narrador, y son estos autores que están lejos de ser prosistas. Los tonos, los argumentos, los hechos y todo el conjunto de acciones se entremezclan o se pierden en un caos terrible. No vale la pena, tras un rato, tratar de buscarle sentido a tal desconcierto; es mejor callarse y escuchar. No opinar, ni pensar, mucho menos intervenir en la vida privada de los Compson y los eventos de abril de 1928, que son el centro de la trama, si es que hay una trama central, o solo estamos presenciando parte de la Biblia Faulkneriana que va de Sartoris a Absalom, Absalom!

Pero retomo mi punto inicial. No habrá un verdadero entendimiento por parte del lector del ambiente en el que se desarrolla la novela si no se puede apreciar el habla de sus personajes, y es apenas posible cuando se lee la obra en su idioma original. Parece obvio, y más de se preguntará por qué insisto en este punto; pero cuando uno trata con una novela, por ejemplo, de Borges, o de Jules Verne, el valor de estos recae en las estructura de sus párrafos, de acción o descriptivos, por encima de los diálogos. Siendo así, en cualquier idioma esto puede ser entendido, y apreciado. Pero cuando la narración proviene de la voz interna de un hombre cualquiera, que no espera transmitir a nadie más que así mismo, resulta útil llenarnos el oído con los modismos, los términos, el acento y el timbre natural de su voz, así como de las gargantas de los demás personajes.

Es algo que corregirá el tiempo, o el interés de cada lector. He leído poco de Faulkner en inglés, en buena parte por que el costo supera la ganancia (el precio de los libros aquí está por las nubes), pero, leyéndolo en esta manera entiendo porqué alguna vez dijo que, ante todo, no era un hombre de letras, sino un granjero al que le gustaba contar historias. Más bien diría yo, grabar y reproducir las realidades de su mente y su entorno.

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