viernes, 20 de marzo de 2009

Ríase, es saludable




Leyendo el libro de Stephen King, On writing, encuentro que este, como todo buen americano que se dedique a escribir, tiene un buen sentido del humor, expresado aquí en las rememoraciones desenfadadas de su infancia y juventud, mientras envía sus primeros cuentos a revistas pulp.

Creo que ya había escrito sobre el sentido del humor, o acerca de los sentidos del escrito en general. En todo caso no sobran siempre unas líneas para recordarle a los escritores en formación y a los redactores profesionales que, aquel que no puede reír, ciertamente debería dedicarse a cualquier otra industria a parte de la creación literaria. Para ser administrador, o jefe en un sentido general, no se necesita sentido del humor, sino sentido del castigo y de la hipocresía: al gerente no le importa realmente si su cajera está en el octavo mes de embarazo y ha decido cambiarle el nombre a su hija de Betsy a Petsy; le importa un bledo, pero sonreirá, incluso enseñará los dientes frontales y algunas muelas en una risa controlada. Pero al escritor la hipocresía solo le puede servir para lidiar con los editores y sus parientes de oficio: “oh sí, he leído tu cuento; y déjame decirte: no es bello… ES HERMOSO”. Aquí todo se refiere al delicado arte de objetivar. Con los lectores, es decir, ante el texto, no se puede ser así; lo que va de la primera letra hasta el punto final es una declaración que es válida por sí misma y absolutamente cierta dentro de su contexto. Hablo de ficción, claro, aunque algunos —hablo en especial del Gobierno— suelen adaptar esa regla a sus informes.

Reírse mientras se escribe es un buen signo, pero parece contrariar la mentalidad popular alrededor de la figura del escritor. A buena parte de los jóvenes parece gustarles la idea de que el artista vive, primero, encerrado entre el caos de su cuarto; segundo, vistiendo mal y oliendo a león; tercero, bebiendo café —o algo más fuerte— y consumiendo un cigarrillo tras otro; y todo, claro, con el espíritu de la tragedia entre los ojos y el convulso movimiento de sus manos. El tiempo y los arqueólogos literarios terminan por romper aquellos mitos alrededor de artistas como Kafka y Proust: débiles, llorones, enfermos, endeudados, etcétera, etcétera, etcétera. Los que viven envueltos en una miseria constante no suelen escribir; yacen entre sus trincheras esperando a la muerte, o del amanecer al ocaso le dan vueltas a la muela, anclados en la esclavitud. No, no escriben.

Uno de mis grandes maestros, Roberto Fontanarrosa, dijo en una entrevista que “el que se divierte escribiendo, divierte”. Hay que quitar el peso de sus propios problemas que, por descuido, se descarga en los párrafos. Habrá siempre egocéntricos que piensan en sus dolores de alma como realidades de todo el género humano. Escribir es un ejercicio libre, sí, pero hay cuadernos públicos y cuadernos privados; todos los tenemos y no esperamos que, al menos en vida, salgan a la luz.

Hay tal vez demasiada sequedad o angustia en los escritos que emergen continuamente en blogs y revistas, así como en textos académicos o de carácter de exposición pública. La rigidez es fatal para el arte, esa debería ser el principio; escribir sentado en un taburete con puntillas generará escritos rotos y sin gracia; sé que a muchos redactores esto está fuera de su interés, o su mera compresión, pero a quienes aspiren a dedicarse al oficio les será mejor rumiar bien este comentario y, si su estilo lo permite, ponerlo en práctica.

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