domingo, 19 de abril de 2009

Lógica-filosófica-literaria. (O cómo no sentir que se está perdiendo el tiempo en clase)

Creo sinceramente que todo puede ser empleado en la literatura, y ese todo lo determino como la suma de las ciencias, las técnicas y las artes; es, quizá, ya que puedo estar equivocado, la única rama del arte de la que puede decirse lo anterior. Desde la fabricación de tartas hasta las teorías económicas, el escritor puede aprovecharlo todo para generar nuevos mundos, comprender estos o reinterpretar toda la realidad en forma de ficción. La ventaja que tiene la literatura sobre las demás artes es una muy clara: al emplear el lenguaje como principio y fin de sí misma, y siendo el lenguaje la codificación más precisa de toda la realidad, las posibilidades del texto son infinitas.

Llegué a esta conclusión —que a muchos les sonará rimbombante o pedante— tras meditar sobre el valor verdadero que podría tener mi actual carrera en el campo al que pienso dedicar toda mi vida: la ficción en prosa. La Literatura, así con mayúscula, es un campo que se suele tomar de dos formas: teóricamente, y solo se relee y se relee las novelas, los poemas, los cuentos y las obras dramáticas con una mirada de frío especialista, o bien se le toma de forma empírica, y esta relación está determinada por interpretaciones muy subjetivas, comenzando con lo que es el arte y si la obra que se está desarrollando logra entrar en el canon.

En cuanto a mi carrera, Estudios Literarios, estoy actualmente lidiando con una serie de cursos tan desconectados entre sí que llega uno, especialmente esos días fríos en los que preferiría uno quedarse en cama, a preguntarse si no estará allí perdiendo el tiempo, como le dijeron los conocidos que se formaron en otros campos del conocimiento, que en mi caso serían taxistas, cocineras y fracasados ingenieros de sistemas. Y, en últimas, lo que me permite relajarme y tomarlo todo con cierto gusto y algo de humor es comprender que todo lo puedo tragar y procesar por mi estómago literario; el sistema excretor expulsará lo que no sirva a su tiempo.

Primero, la filosofía; filosofía clásica para ser más exactos; filosofía griega para ser precisos; la filosofía de Platón en La República, si queremos ser claros. Leer aquel clásico de las letras y el pensamiento occidental es toda una labor de paciencia que no conduce a más que a comprender lo que Wittgenstein trataba de decir con aquello de que la Filosofía, en últimas, no trata sino de solucionar los problemas del lenguaje. Casi quinientas páginas para definir “justicia”, lo demuestran. Claro que Platón es mucho más, y antes que me caigan tomates o piedras, aclaro que no desprecio la filosofía clásica —aunque encuentro la contemporánea mucho más atractiva—, sino que uno llega a preocuparse cuando debe redactar un ensayo y, tras luchar con el tema por dos horas, me encabrono porque en últimas lo que quiero es escribir novelas y no darle vueltas al viejo Platón.

Aprendizaje: el pensamiento genera ideas, la idea es el todo del concepto,

Luego literatura clásica, pero no debe uno dejarse llevar por el nombre. Lean esto, dice el profesor, lean lo otro, preparen un breve escrito acerca del autor y nos vemos la semana que viene. Si bien es cierto que las obras grecolatinas son el fundamento de la Literatura Occidental, repasarlos apenas sirve para no quedar como un ignorante cuando en una reunión todos lleguen a comentar las tan mentadas obras homéricas.

Aprendizaje: la erudición sirve… para dar una buena impresión.

Sociología: pregunta, ¿de qué diablos puede servirle a uno una ciencia que en algunos casos no se llega a sustentar a sí misma? La pregunta es improcedente, me explicaré mejor: la sicología y la geología le sirven solo a una pequeña parte de la población; las artes están, por el contrario, al servicio de la mayoría, o al menos de una mayoría suficientemente educada como para apreciarla. Durante los últimos meses he asistido a las interesantes charlas dadas por nuestro profesor de sociología acerca de las teorías que procuran demostrar que, en últimas, algo sí se puede hacer con el apilar reportes de encuestas y diagramas de flujo.

Aprendizaje: he escrito poemas nada despreciables durante la clase de sociología.

Y hay otras, pero no me gastaré explicándolas; espero que hasta ahora me hayan seguido; no hay más conocimiento que el que uno se da a sí mismo. Para lograr aquello hay que desarrollar un detector, no de mierda, sino de oro; saber qué se quiere y por ende qué se debe buscar. Gastarle demasiada cabeza a cosas que finalmente no llegarán nunca a tener una relación directa con esos aspectos de la vida realmente importantes para el desarrollo de esa obra resulta ser un desperdicio de vida. Solo los idiotas creen en la vida eterna; muchos de los más grandes novelistas de la historia murieron aún pudiendo dar mucho de sí, y si viven en algún lugar del otro mundo, aunque este sea ese cielo soñado por los paganos, no dudo que lo darían todo por volver a la tierra y seguir escribiendo. Y si estoy seguro de eso, es porque el escritor se alimenta de teorías, así como de experiencias, y ¿qué experiencia puede ser más impresionante que la muerte misma?

miércoles, 8 de abril de 2009

Habla el maestro



Constantemente me preguntan por mis lecturas, y, al enterarse de mi predilección por los clásicos, mis interlocutores me preguntan si hay tras este rechazo a los contemporáneos prejuicios, o el instinto de no querer “contaminar” el estilo. Las razones son dos: falta de dinero y falta de tiempo. Si, como una película, las novelas se pudieran consumir en un par de horas, y además tuviese yo el capital para hacerme a nuevos títulos, de seguro visitaría la librería cada mes, o cada quincena, para hacerme con tres o cuatro ejemplares de literatura actual. No es así, por lo tanto prefiero seguir gastando poco en obras inmortales de las que se puede aprender algo.

Tomando en consideración lo anteriormente expuesto, considero que tengo la suerte de que uno de mis maestros literarios sea un contemporáneo: John Le Carré. Esta satisfacción se renovó en mí esta mañana al encontrarme en el excelente blog de Iván Thays una entrevista al autor de La chica del tambor, La gente de Smiley y la nueva y prometedora El hombre más buscado.

Entre tantos “artistas” modernos que gustan de la extravagancia para hacerse notar en el competido mundo de las artes globalizadas, Le Carré conserva la sencillez y el buen gusto de los británicos mayores, quienes no tratan de competir con la extravagancia americana. Su casa es su templo de trabajo —algo que envidio profundamente—, junto a la costa del sur de Inglaterra, llena de luz y ambiente pacífico. Vive al pendiente de todo lo que ocurre en el mundo, comportamiento muy juicioso que no siguen otros tantos que dicen no ver ni leer mucho menos escuchar las noticias porque “les da jaqueca”. Tiene una visión crítica liberal e independiente; casi, digamos, la clase de voz que como columnista de opinión daría a los lectores buenas pistas de lo que realmente está pasando.

No tiene Internet, y parece estar aislado del mundo agitado mundo moderno; como un monje que en la soledad ha hallado alguna clase de iluminación espiritual. Vive, eso sí, con su esposa y, como explica Guillermo Altares, redactor en jefe de Babelia, da un trato exquisito a quienes visitan su hogar, cosa rara, añade Altares, en los entrevistados. No me extraña que lo diga: a la mayoría de escritores les gusta el encierro y no tratar con periodistas; en unos es algo natural: debe entender el lector que para escribir se necesita estar solo y concentrado, y que los verdaderos escritores pasan buena parte de su día ordenando palabras, por lo tanto el trato con otros humanos resulta muy circunstancial. No ignoro, sin embargo, que en algunos autores esta pseudomisantropía no pasa de ser una pose que pretende atraer.

A sus 78 años luce saludable y relajado. Otros autores que rondan esa edad parecen momias o viven con la tragedia a flor de labios. Trabaja actualmente en otra novela, lo que es también un ejemplo de amor por el oficio; no niega que los libros le han llenado los bolsillos de dinero —sigue siendo considerado ante todo como un “autor best-seller”—, pero aquí nos queda claro que su entrega a la literatura se debe al placer que le causa narrar, y este es el gesto del artista, cosa que no tienen los muchos periodistas que inventan thrillers para compensar sus pobres sueldos o redondear sus pingües ganancias.

Liberal, como ya he dicho, parece entender mejor que el resto la situación actual. Su última novela El hombre más buscado, trata el asunto de la Era del Terror, posiblemente la mayor catástrofe de orden sicológico y político que podía surgir en un siglo tan joven, y que por estos lados está lejos de concluir. Ya anteriormente he mencionado una de las capacidades de Le Carré y es la de emplear la ficción de espionaje para narrar los conflictos profundos de la sociedad. En esta entrevista, que insto de nuevo a los lectores para que la lean, el asunto queda zanjado de inmediato: “la lucha de un hombre moral en un mundo inmoral”. Para todos los despiertos que no creemos en santos ni en demonios, las novelas de este autor resultan siempre un placer, no solo estético, ya que Le Carré es un estilista consumado, sino argumental.

La entrevista completa y el primero capítulo de El hombre más buscado en El País.com