viernes, 15 de mayo de 2009

El discurso del método




No he venido a hablarles de Descartes; la filosofía está al margen de la presente opinión: hace unos días, en el taller de novela al que asisto, descubrí un fenómeno que tal vez sea inherente a la dinámica de estas “escuelas de novelistas”. La búsqueda del “método”.

Explicaré brevemente lo que es el método. Aunque la literatura, a nivel general, y la novela como caso específico, son arte y por lo tanto no llevan las correas de la técnica ni están supeditadas al arbitrio de una mecánica científica, la redacción emplea estructuras que buscan tanto la fácil comprensión del lector, como causar determinados efectos en el mismo. La estructura general de toda narración sería inicio, nudo y desenlace, y dentro de cada uno de estos campos encontramos los géneros elocutivos a los que se aplican otros esquemas dependiendo tanto del estilo del autor como del género que trabaja como del efecto que busca.

El arte de toda la narración sería el poder aplicar estas estructuras y esquemas de una forma natural, y al mismo tiempo prescindir de ellas cuando la narración lo exija.

Entonces estaba yo en una revisión general de primeros capítulos, tanto de mi novela como las de otros. Las revisiones aplicadas a mi texto no despertaron en mí objeción alguna, al menos en detalles donde la narración se debilita por detalles que obstaculizan la historia. Pero a medida en que todos iban lanzando sus opiniones descubrí que, desde el tallerista hasta algunos compañeros bien entrados en lecturas, existe la creencia —o así al menos lo dejaron ver— de que la novela es la extensión mayor de un comercial de televisión, donde la prioridad es vender una historia; atraer al lector —quizá con un título sugerente o pegajoso—, arrojarle una carnada desde la primera página —recuérdese el famoso “El día que lo iban a matar…” y luego arrastrarlo de acción en acción, como los bufones nos entretienen pasando de una broma a otra, hasta un final sorpresivo, siempre tratando de ser lo más escueto en detalles posible, de tal forma que la presa no se nos aburra porque, pobrecito, el lector es siempre una persona ocupada a la que si no se le mima desde el primer renglón va a arrojar nuestro libro al olvido.

Creo que toda esta visión acerca del arte de la novela existe debido a la mala influencia de las escuelas norteamericanas de producción masiva de escritores. En los Estados Unidos, debe saber el lector, desde las más grandes universidades, hasta las escuelas locales de educación para adultos mayores, tienen talleres y cursos de “escritura creativa”, y si aplico esas comillas es porque no buscan la creatividad —requerimiento obligatorio de quien piense ser escritor—, sino formar redactores de bestsellers aferrados a las normas inamovibles que han demostrado vender miles de libros.

Aunque crecí leyendo novelas de espías de Tom Clancy y Frederick Forsyth, y estoy seguro que el apego a esas reglas de la narrativa plana me ayudarían a vender, especialmente en Colombia donde se cree que importarlo todo de “América” es la norma del progreso, prefiero seguir en la búsqueda de un estilo propio.

Una de las razones por las que “La vorágine” es una de mis novelas favoritas es que, a pesar de su barroquismo, su autor tiene un estilo bastante poderoso y, si mi permiten emplear tan ambigua palabra, bello. Las escuelas de formación de escritores en este país no parecen estar preparando estilistas, como Conrad o Capote, sino una línea de John Grisham o Dan Brown.

Delicado, ciertamente delicado, no hay campo donde la industralización, la comercialización y el simplismo no puedan ser aplicados.

jueves, 7 de mayo de 2009

Revista Palabrero Virtual 12




La revista de literatura, cuento, poesía y ensayo, que comenzó como una forma de llevar a todo el mundo los escritos del Grupo Rémington, ha llegado a su número 12. Conservamos el estilo pero esperamos añadir nuevas secciones conforme se unan nuevos grupos. Ahora bien, en este número presento el primer capítulo de la novela que estoy trabajando junto a Ingrid P. González, Las propiedades de la materia; texto del que ya les contaré algo más.

Por lo pronto disfruten de este nuevo ejemplar, dando clic aquí

viernes, 1 de mayo de 2009

Lenguajes propios




Constantemente se está discutiendo cuáles han de ser los deberes del escritor. Esto se debe, pienso yo, a que los autores, o bien no pueden hallar otro tema de conversación, o que a quienes hacen tales preguntas se les han acabado las ideas, y vuelven sobre los mismos tópicos una y otra vez.

Sin embargo no negaré que la pregunta, cuando me la hago a mí mismo, genera en cada oportunidad una respuesta distinta, y en estos días esa respuesta ha llegado a mí en forma tal que sorprendió realmente y, como este es mi blog, he querido ponerla aquí por escrito:

Algunos han dicho que el deber del escritor es con su tiempo, su realidad social y cosas como esa; otros, con los que me hayo más de acuerdo, aseguran que el deber del escritor es con su arte. Y nada más cierto, si vemos que muchas obras manejan temas e historias al parecer irrelevantes, y que no por ello carecen de valor artístico. Ahora bien, ¿cuál es ese otro deber del escritor? Es con la formación y la posesión de ideas propias.

Cuando me preguntan por qué no leo a los autores contemporáneos de mi país suelo responder que es por falta de dinero para adquirir sus libros. Y es así, mas si tuviera ese dinero preferiría gastarlo en reediciones de grandes clásicos, o en autores extranjeros que a mi parecer tienen ideas más interesantes. Lo que sucede con esos colombianos contemporáneos es que no parecen tener ideas propias, ni una opinión racional ante el mundo que los rodea. Yo podría tomar a cualquiera de los colombianos más vendedores del momento —autores jóvenes, debo aclarar— y hacerles una serie de preguntas acerca de las condiciones actuales del mundo. Las respuestas no serían muy distintas a las que podrían darme otros tantos colombianos en edades similares, bien informados y, en términos generales, cultos.

¿Por qué creo eso? No hay más que ver los argumentos de las novelas actuales: historias de amor, o conflictos familiares, mezclados con la situación actual de la nación o por la que pasó en años anteriores. Infortunadamente los argumentos de fondo de la literatura universal son muy pocos y hay que aprender a vivir con ello, a inventar historias con ellos, pero el autor de verdad debe, mediante el estudio y el trabajo constante desarrollar un punto de vista que sea único.

Últimamente, a raíz de mi ingreso al taller de novela de RENATA, he estado analizando fríamente los escritos de otros tantos potenciales novelistas. Lo que me encuentro en la mayoría de los casos es el de escritores que no han podido despojarse del cordón umbilical que los conecta con sus lecturas anteriores. Tienen una idea de qué debe ser una novela, pero no una idea concreta de qué van a escribir; arrojan las palabras de manera experimental y los resultados son totalmente predecibles. Muy seguramente ellos, o cualquiera, diría lo mismo de mi trabajo, pero con la diferencia de que mis juicios se deben a un razonamiento y no a la crítica basada en la más simple apreciación.

¿Por qué, si alguien quiere solo contar historias, le resultaría importante tener una mentalidad propia? Quiero decir, si alguien maneja las herramientas de la redacción, es hábil narrador y conoce relatos, cortos o largos, de los que vale la pena enterarse, qué tiene de malo que tan solo se dedique a ello, sin ser necesariamente un intelectual. La respuesta es simple: para escribir bien se necesita saber escribir, pero para ser un verdadero artista de la literatura se requiere ser inteligente; el arte por principio no acepta mentes mediocres. Se pueden aprender todos los métodos y claves para la composición de novelas y cuentos efectivos, pero esto tomaría una vida y media de tiempo, lo que explica, si vamos a ello, por que la mayoría de autores reconocidos eran viejos cuando tocaron la fama y el reconocimiento.

Hoy en día no hay tanto tiempo para formarse como escritor, o al menos uno no debe pensar que, quizá cuando tenga cincuenta, podrá realmente sentarse a escribir esa apasionante historia sobre todo que lleva atenazada desde la adolescencia. Resulta entonces necesario formarse, tanto en la lectura de obras maestras, como en temas relativos al pensamiento, la filosofía, la historia y otros. Aún quedan escritores capaces de discernir sobre temas universales, pero cada día son menos. La inteligencia y la Ilustración pasan por una época de crisis: a los escritores sus editoriales les piden cada vez menos, y cuando el libro sale a la venta la crítica ya no puede hacer nada ya que se ha desprestigiado a sí misma.

Nadie va a mandar a la cárcel a un escritor de la editorial Planeta por ser un mediocre que cuenta una y otra vez la misma historia cambiando tan solo los nombres de sus personajes. No. Pero este autor no puede esperar que alguien le diga que su trabajo es trascendente, que realmente es literatura, que tengan alguna compasión o valoren su trabajo. Hay autores, como Ángela Becerra, concientes de lo efímeras que son sus obras. Murió Corín Tellado tras redactar cuatro mil novelas; en las librerías no se consiguen y nadie recuerda uno solo de sus títulos.

Entiendo que haya algunos metidos en esto por la plata; redactan a velocidad industrial y venden como traficantes de droga. Pero, por favor, no esperen que les llamemos artistas o que corramos como locos a besarles el trasero, ni mucho menos que tengamos que llamarles “maestro”. Si por ahí hay gansos que los leen considérense satisfechos, por demás, aprendan a aguantar a los críticos y a los intelectuales que se deleitarán haciéndolos puré.

Y suerte.