viernes, 1 de mayo de 2009

Lenguajes propios




Constantemente se está discutiendo cuáles han de ser los deberes del escritor. Esto se debe, pienso yo, a que los autores, o bien no pueden hallar otro tema de conversación, o que a quienes hacen tales preguntas se les han acabado las ideas, y vuelven sobre los mismos tópicos una y otra vez.

Sin embargo no negaré que la pregunta, cuando me la hago a mí mismo, genera en cada oportunidad una respuesta distinta, y en estos días esa respuesta ha llegado a mí en forma tal que sorprendió realmente y, como este es mi blog, he querido ponerla aquí por escrito:

Algunos han dicho que el deber del escritor es con su tiempo, su realidad social y cosas como esa; otros, con los que me hayo más de acuerdo, aseguran que el deber del escritor es con su arte. Y nada más cierto, si vemos que muchas obras manejan temas e historias al parecer irrelevantes, y que no por ello carecen de valor artístico. Ahora bien, ¿cuál es ese otro deber del escritor? Es con la formación y la posesión de ideas propias.

Cuando me preguntan por qué no leo a los autores contemporáneos de mi país suelo responder que es por falta de dinero para adquirir sus libros. Y es así, mas si tuviera ese dinero preferiría gastarlo en reediciones de grandes clásicos, o en autores extranjeros que a mi parecer tienen ideas más interesantes. Lo que sucede con esos colombianos contemporáneos es que no parecen tener ideas propias, ni una opinión racional ante el mundo que los rodea. Yo podría tomar a cualquiera de los colombianos más vendedores del momento —autores jóvenes, debo aclarar— y hacerles una serie de preguntas acerca de las condiciones actuales del mundo. Las respuestas no serían muy distintas a las que podrían darme otros tantos colombianos en edades similares, bien informados y, en términos generales, cultos.

¿Por qué creo eso? No hay más que ver los argumentos de las novelas actuales: historias de amor, o conflictos familiares, mezclados con la situación actual de la nación o por la que pasó en años anteriores. Infortunadamente los argumentos de fondo de la literatura universal son muy pocos y hay que aprender a vivir con ello, a inventar historias con ellos, pero el autor de verdad debe, mediante el estudio y el trabajo constante desarrollar un punto de vista que sea único.

Últimamente, a raíz de mi ingreso al taller de novela de RENATA, he estado analizando fríamente los escritos de otros tantos potenciales novelistas. Lo que me encuentro en la mayoría de los casos es el de escritores que no han podido despojarse del cordón umbilical que los conecta con sus lecturas anteriores. Tienen una idea de qué debe ser una novela, pero no una idea concreta de qué van a escribir; arrojan las palabras de manera experimental y los resultados son totalmente predecibles. Muy seguramente ellos, o cualquiera, diría lo mismo de mi trabajo, pero con la diferencia de que mis juicios se deben a un razonamiento y no a la crítica basada en la más simple apreciación.

¿Por qué, si alguien quiere solo contar historias, le resultaría importante tener una mentalidad propia? Quiero decir, si alguien maneja las herramientas de la redacción, es hábil narrador y conoce relatos, cortos o largos, de los que vale la pena enterarse, qué tiene de malo que tan solo se dedique a ello, sin ser necesariamente un intelectual. La respuesta es simple: para escribir bien se necesita saber escribir, pero para ser un verdadero artista de la literatura se requiere ser inteligente; el arte por principio no acepta mentes mediocres. Se pueden aprender todos los métodos y claves para la composición de novelas y cuentos efectivos, pero esto tomaría una vida y media de tiempo, lo que explica, si vamos a ello, por que la mayoría de autores reconocidos eran viejos cuando tocaron la fama y el reconocimiento.

Hoy en día no hay tanto tiempo para formarse como escritor, o al menos uno no debe pensar que, quizá cuando tenga cincuenta, podrá realmente sentarse a escribir esa apasionante historia sobre todo que lleva atenazada desde la adolescencia. Resulta entonces necesario formarse, tanto en la lectura de obras maestras, como en temas relativos al pensamiento, la filosofía, la historia y otros. Aún quedan escritores capaces de discernir sobre temas universales, pero cada día son menos. La inteligencia y la Ilustración pasan por una época de crisis: a los escritores sus editoriales les piden cada vez menos, y cuando el libro sale a la venta la crítica ya no puede hacer nada ya que se ha desprestigiado a sí misma.

Nadie va a mandar a la cárcel a un escritor de la editorial Planeta por ser un mediocre que cuenta una y otra vez la misma historia cambiando tan solo los nombres de sus personajes. No. Pero este autor no puede esperar que alguien le diga que su trabajo es trascendente, que realmente es literatura, que tengan alguna compasión o valoren su trabajo. Hay autores, como Ángela Becerra, concientes de lo efímeras que son sus obras. Murió Corín Tellado tras redactar cuatro mil novelas; en las librerías no se consiguen y nadie recuerda uno solo de sus títulos.

Entiendo que haya algunos metidos en esto por la plata; redactan a velocidad industrial y venden como traficantes de droga. Pero, por favor, no esperen que les llamemos artistas o que corramos como locos a besarles el trasero, ni mucho menos que tengamos que llamarles “maestro”. Si por ahí hay gansos que los leen considérense satisfechos, por demás, aprendan a aguantar a los críticos y a los intelectuales que se deleitarán haciéndolos puré.

Y suerte.

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