viernes, 5 de junio de 2009

No darás consejos




Tómelo el lector como un mandamiento más, una regla de cortesía o una forma de evitar meterse en problemas a futuro. Dar consejos sobre un oficio solamente es útil en el campo técnico, donde uno puede decirle al menos experimentado: “la mejor forma de envasar el producto es así…” y pasa a explicar cómo aplicar una técnica. De esta manera no se está realmente aconsejando: se está explicando, o en el mejor caso enseñando.

Estoy desde este día en contra de los consejos a los escritores. Cuando estos los encuentro en Internet, en las páginas de algún libro sobre el tema, o inclusive escapados de la viva voz de un autor, bien puedo tomarlos o dejarlos correr. Pero como no puedo esperar a que todo el mundo siga esta lógica, dejaré de dar consejos sobre el arte literario. Es posible que en el futuro pueda ayudar a otros a envasar productos, pero no sobre cómo escribir mejor, componer novelas, resolver cuentos o esas otras tantas interrogantes que siempre le surgen a los redactores en formación.

¿Por qué? Lo explicaré citando al gran Wittgenstein: de lo que no se puede hablar mejor es callarse. Hasta la fecha realmente no sé que es una buena novela, un bueno cuento o un poema excelente. Lo puedo intuir; algo en mis tripas me hace sentir que esto es bueno, que aquello sabe bien, que eso otro es hermoso, y así y así.

Hace unos días, en el taller de novela al que estoy asistiendo, tuve una extraña sensación, seguida de cerca por una revelación: todos los presentes estaban dedicados a analizar y criticar los textos de otros participantes. Esta dinámica es muy útil y es uno de los valores esenciales de los talleres de escritura creativa. Pero ocurrió que entre el ir y venir de afirmaciones, más o menos precisas, más o menos apropiadas, más o menos puntuales, estuve varias veces tentado a agregar mis opiniones; pero eran solo eso, opiniones. Quién soy yo para decir cuál es la forma correcta en que puede funcionar una novela. ¿Que pensaría usted, mi querido lector, si se encontrara en a una persona del montón disertando sobre cómo debió haberse escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha? Llegando a conclusiones como “la estructura adecuada debió ser esta”, “este pasaje sobra; aburre al lector”, “con este principio la gente abandonaría el libro”, “ese personaje es muy acartonado”. ¿Qué pensaría?

Algunos dirán, no sin cierta razón, que cada quien es libre de criticar, si es de una forma ordenada y respetuosa, cualquier obra, aunque esta sea un clásico universal. Y otros dirán que es la forma más patética de sabihondez.

En todo caso casi nadie pierde su tiempo de esta manera. ¿Por qué habría yo de hacerlo? Tratar de indicarle a alguien, basado más en mi gusto que en cualquier otra cosa, de qué debe tratar una novela, cómo debe redactarse y qué elementos deben componerla.

No me molestan los apuntes que han hecho en el taller sobre los textos que yo he presentado. Entiendo que cada persona tiene maneras distintas de ver la novela. Para mí los relatos intimistas en primera persona son tediosos y rara vez son imaginativos. Pero de nuevo soy yo, y cómo estoy conciente de el limitado espectro artístico de mi visión —que por mucho que amplíe con otras lecturas será siempre limitado— dejaré de decirle a los demás cómo narrar algo que al fin de cuentas viene de un pozo muy en el fondo de su ser. Una de las razones que me mantienen alejado de la poesía es que los poemas que constantemente me muestran por ahí sufren mucho de subjetivismo, un defecto difícil de acabar ya que, al fin de cuentas, es eso lo que separa al arte de la ciencia.

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