jueves, 11 de junio de 2009

Sobre la novela infantil




Ignoro por qué del giro que está tomando la literatura, o más bien, para no ofender ese campo tan brillante de las artes, digamos que la tendencia actual de las novelas colombianas —aunque esto bien puede ser una pandemia a todos los niveles— esa la de redactar historias de infancia; relatos de recuerdos donde, por lo general el protagonista es un niño o un adolescente. Ahora bien, ni es algo novedoso ni brillante, sino el más simplón remedio para la falta de ideas nuevas.

Es ciertamente lamentable ver a autores que en el pasado produjeron excelentes novelas, fruto de la investigación y paciencia por encontrar un buen ángulo narrativo, caer ahora en historietas sobre su propia niñez, que a nadie le importa, salvo a sus amigos, si es que están interesados, o a sus fanáticos, si es que alguno tienen; y esto cuando no se inventan un personajillo cuya mayor tragedia no es tener una vida lamentable, o un negro futuro, sino haber visto u oído algo en su tierna infancia o veraniega adolescencia.

No citaré nombres porque no se trata del argumento de algunas novelas, ya que todas son distintas y realmente no considero posible que sus autores se hayan reunido y determinado la tendencia para esta temporada. Basta escuchar las sinopsis de media docena de relatos contemporáneos para preocuparse porque el buque de la literatura se está escorando peligrosamente a un mar de mediocridad.

La novela infantil fácilmente se puede definir de esta manera:

El protagonista es un niño o un adolescente, nunca un mayor de edad o alguien que haya sido madurado a la fuerza. Es puro y casto al comienzo de la novela.

Vive la vida alegre, quizá en una casa de campo con naranjales y perros amistosos, o corre por las mullidas alfombras de un elegante edificio de la ciudad.

Sus padres y demás familiares componen un clan dechado de virtudes, pero que en determinado momento (por lo general el primer capítulo hacia los últimos párrafos), se quiebra en pedazos por alguna tragedia inesperada, o la maldad de alguien.

En algunos casos el narrador, o el personaje principal, son ya adultos y viven en condiciones deplorables o flotan en una clase media con diversos vacíos económicos o sentimentales. Como sea ese pasado, hasta aquel punto de quiebre ya mencionado, el tipo o la mujer vivían felices, mejor que el presente.

Para atraer a esa clase de lectores quienes gustan de sentir hinchárseles el pecho de nostalgia, los autores acumulan en sus relatos detalles y objetos propios de esa época pasada: la música de entonces, la publicidad de la televisión, la ropa, el cine, los políticos muertos de entonces, etcétera.

La novela, cuando es en primera persona, presenta un tono que pretende caricaturizar el hablado de un niño, las expresiones de un adolescente, o en el peor de los casos pretenden que esos infantes o jóvenes hablaban como novelistas maduros lectores de J. M. Coetzee graduados en Comunicación Social de alguna universidad bogotana.

A la manera de otros que una vaga sombra insinúa en la vaga historia, estas novelas están destinadas al olvido. Y bien que sea así. Ya nadie corre riesgos inventando una historia, y quienes lo hacen son duramente criticados cuando sus textos salen al mercado de la mano de una editorial de tercera. Sé que todo lo anterior suena crudamente despreciativo de lo que, sin duda para algunos lectores, es el arte verdadero de la novela, pero me aterra pensar que algunos en este país —y repito, este fenómeno puede estarse dando afuera igualmente— se crean el ombligo del mundo y su infancia el epítome de la tragedia contemporánea.

Si en algún punto de la lectura se han preguntado por qué diablos me preocupo por estas cosas —sabia pregunta— es porque hay todavía algunos que me instan a comprar novelas colombianas contemporáneas, y rara vez encuentro los argumentos para negarme, salvo que prefiero invertir en clásicos universales, que por lo general son más baratos y con los que se va a la fija en materia de calidad literaria.

1 comentario:

Inmates dijo...

Cierto, hace poco estaba realizando un par de notas acerca del problema literario.

Parece que las "modas" no han sido ajenas en este lugar.

Pero a su vez hay algo bueno: Los escritores comienzan a encontrar una salida a la presencia macondiana: antes todos gustaban de escribir a lo garciamarquiano, hoy todos escriben de manera "electronica" vendiendo sus propias vidas sobre esa filosofia de:

"No vendemos arte, vendemos una historia."

En fin, muy interesante el tema y vale la pena discutirlo y releerlo varias veces.

Saludos