domingo, 5 de julio de 2009

30 y 2


Es algo en lo que he estado pensando en los últimos días. La escritura de una novela, que es a lo que me dedico la mayor parte del tiempo, a veces, se hace deprimente, y tan tediosa como llevar a cabo la limpieza de la casa; algo necesario pero rutinario. Como creo firmemente que no se puede escribir nada bueno sin disfrutar realmente el proceso de la redacción, he pensado que tomarme algo de tiempo, y concentrarme en cumplir pequeñas metas (entiéndase aquí escribir cuentos), es la mejor manera de no abandonar la escritura por completo, aunque a ratos desee no ver esos proyectos de novela estancados en mi escritorio.


La composición de cuentos y de novelas son dos asuntos tan distintos como la pesca y la natación (cada quien decidirá cuál es cual). Poca gente entiende esto, al parecer, ya que en los últimos meses, al verme frente a borradores de primeros capítulos de novelas, descubro las similitudes entre las estructuras de estos y la narraciones breves conocidas como cuentos. Alguien, alguna vez, afirmo, con muy poca razón, creo, que una novela era un montón de cuentos juntos. Ridículo. Quien compone un cuento, al menos si lo está haciendo como debe hacerlo, no ve la relación entre este y otro, ya escrito, o uno por escribir en un tiempo futuro. El cuento tiene sus propias reglas, tan distintas a las de la novela, que lo hacen un género narrativo mucho más complejo, en algunos aspectos, que aquella.


Sin embargo yo empecé escribiendo novelas, y siempre ha sido mi deseo convertirme en un novelista. Pero, desde hace un par de años, los retos de la redacción de historias cortas han llamado mi atención poderosamente. Ahora bien, como la pasión aquí no es suficiente para crear bellas obras, terminé redactando algunos de los peores escritos concebidos por alguien. Por un tiempo desistí, mas ahora creo haber hallado, al menos en el campo puramente teórico, un sistema más eficiente para escribir cuentos. Lo llamo el “30 + 2”: treinta segundos de planificación y dos horas de trabajo.


El origen de esta idea, que de principio muchos considerarán nada más que un chiste, me surgió hace unos días cuando, por ir distraído, me fui de narices contra el suelo, lo cual habría sido una pequeña tragedia, salvo que recordé, durante la caída, rodar al chocar contra el suelo, disparando la inercia en todas direcciones, sin sufrir más daño que la deshonra de hallarme, de repente, en el suelo, observado por una docena de personas. Y lo realmente importante fue que, al quedar con los ojos puestos en el cielo, una boba se acercó y dijo, de la forma más plana y retórica que pueda haber, “¿qué le pasó?”. Entonces la parte izquierda de mi cerebro me hizo notar que, si yo hubiera muerto mientras caminaba, y al caer ya mi cuerpo hubiera dejado de servir, la estúpida chica no habría recibido como respuesta el “nada, gracias”, sino que ante sí tendría un cadáver con los ojos abiertos y la lengua colgando. Fueron segundos, menos de treinta, para que la historia de alguien que muere de repente en plena calle, y se transforma en todo un problema, se formara en mi mente. Seguramente en el momento tuve incluso la resolución de la trama en mi mente, mas aquello no era lo importante, sino darme cuenta que, en medio minuto, o en menos, se puede concebir el primer borrador mental de un cuento. El resto es trabajo.


Treinta segundos para pensar algo como “un hombre soltero conoce a una chica por los anuncios personales de una revista, la invita a salir, queda deslumbrado por su belleza, así como ella fascinada con su forma de ser, hasta que descubre, mientras más tarde su álbum de fotos, que la chica es su hija, a quien abandonó cuando era una niña”. No es la mejor idea, pero el punto es que a cualquier podría ocurrírsele algo así; es simplemente tomarse ese medio minuto para imaginar, para soñar que algo, fuera de lo ordinario, le ocurre a sí mismo o alguien más.


Entonces viene la parte difícil, las dos horas de trabajo. Primero, asegúrese que va a tener esas dos horas; consulte su agenda, consulte su reloj, aíslese de todo cuanto pueda distraerlo, y emplee cada uno de esos ciento veinte minutos, en poner por escrito, paso a paso, el origen, desarrollo y desenlace de esa historia.


Podría ser más de dos horas, o una sola, o acaso treinta minutos; el asunto es tener un tiempo estimado de trabajo, no pasarse de ello, y emplear el tiempo sobrante, de haberlo, en aplicar algunos retoques, aunque el verdadero trabajo de corrección es mejor dejarlo para unos días, o semanas (lo que ustedes prefieran), más tarde. Cuando uno se pone un límite de tiempo empieza a planear mejor las cosas, a apreciar realmente cada momento y no ir dándole vueltas a un asunto, o, peor, esperando la musa. Dos horas, los días que prefiera, o pueda, para poner por escrito un cuento; el resto es corregir y desechar.


Por su puesto estos consejos, no deben tomarse al pie estricto de la letra. No todo el mundo tiene esas dos horas, o acaso piensan que necesitan más. Pero muchos gastamos ese tiempo en otras cosas; viendo, por ejemplo, una película en la tele que ya hemos visto media docena de veces pero que nos encanta, o algo parecido. La moraleja es: planificar rápido y luego echarse a la mar. Si se falla, lo cual se hará, al menos una de cada diez veces, quedarán esas valiosas lecciones que no pueden aprenderse de libro o manual alguno. Así fue como llegué a esta teoría del “30 y 2”.

1 comentario:

Matías Sorel, a.k.a. Fabián Buelvas dijo...

Topé con el blog por casualidad, buscando cosas en internet sobre cuentos.
De acuerdo, la novela y el cuento son dos cosas muy distintas, y no porque sea el cuento más corto es fácil de escribir.
Lo que sí pongo en duda es tu método; el sólo pensarlo me hace creer que el asunto sería 3+20. Ojalá te de resultado. Pasaré seguido.