miércoles, 23 de septiembre de 2009

El observador y la novela




Hace algún tiempo en el taller de novela al que asisto surgió el asunto del “tono” narrativo. Realmente creo que es difícil determinar qué es el tono; fácilmente lo podemos confundir con “ritmo”, y aún más con el “estilo”. He llegado a creer que pasa de ser, en algunos casos, un asunto relativo a la forma en como sea leído el texto. Pero en el taller se insiste en la existencia de un “narrador”, fuera de un personaje que, en primera persona, narre los acontecimientos. Este personaje, en un texto de tercera persona, tiene una identidad propia —sobre la cual se nos ha instado a visualizarla incluso físicamente—, y una voz particular reconocible a lo largo de todo el texto. Debo decir sobre eso que muchas novelas que he leído no tiene tal voz.

Pero sí me preocupan otros aspectos sobre la existencia de un narrador, pasivo o activo. Y se refiere al tiempo. La mayor parte de las novelas han sido y se escriben en tercera persona. La razón, técnica: es mucho más fácil, y además, ¿acaso no contamos sobre lo que hemos vivido? Y con ello voy a que, si escribimos sobre lo que conocemos, o al menos escribimos un relato que conocemos, ¿no sería importante determinar la distancia, en términos de tiempo, que existe entre el narrador y esos eventos? En mi opinión, sí.

Será posiblemente algo difícil de comprender para quien no ha lidiado ya con estos asuntos de la narrativa; y, como lo noté en el taller, pasará desapercibido, o le restará importancia, más de un escritor, aunque se crea este dueño de todas las herramientas sobre el oficio. Pero el tema es de importancia capital si queremos concebir un relato creíble. Si existe ese narrador, que, dicho sea de paso, no es el autor, vale la pena tomarse unos minutos para decidir qué tanta importancia le da al relato, o qué tanto sabe sobre él.

Actualmente preparo una novela corta. La trama no importa, pero ocurre en las postrimerías de la guerra en el frente oriental —un tema que siempre me ha apasionado—. Ahora bien, ¿quién narra esta pequeña historia? Respuesta: quien la conoce; uno de los protagonistas, un testigo casual, alguien que se enteró de la historia en un bar, un historiador, o incluso, un escritor del otro lado del mundo, como yo, que considera su deber contar lo que ocurrió allá. Cualquiera que sea la elección que se tome se deben considerar estos aspectos:

1. ¿Ese narrador conoce toda la historia?
2. ¿Se involucró de alguna manera con la situación?
3. ¿Qué tanto sabe sobre lo que ocurrió?
4. ¿Qué tanto le importa lo que pasó?
5. ¿Qué tanto le importan aquellos que vivieron los eventos narrados?

Y así se pueden seguir elaborando preguntas de forma casi indefinida, y uno deberá ser capaz de responderlas. Si mi novela, por ejemplo, se construye a partir de testimonios de los involucrados, mi narrador podrá hablar, por ejemplo, de los pensamientos y sensaciones de esos testigos; de lo que veían, de lo que hablaban en privado, etcétera. Si, por el contrario, parto del testimonio de un solo testigo, el narrador tendrá que seguir a este personaje, nunca abandonarlo y jamás mencionar aspectos o situaciones que ese testigo no pudo haber conocido.

Por otra parte, volviendo a mi historia, es muy distinto si mi narrador de ficción está contando su relato ahora, sesenta y tantos años después del fin de las hostilidades, a si lo está contando a unos meses de concluido el conflicto. Personalmente he decidido, en virtud de la credibilidad, y de sostener un solo tono narrativo, suprimir toda información técnica sobre armas, municiones y vehículos: no hay Mark V, ni I-34, ni King Tiger, solo “tanques”. Ni fechas, ni lugar concretos; el contexto argumental de mi novela, de carácter secreto, obliga a guardar silencio sobre ciertos aspectos.

Así, como si habláramos de nuestras propias experiencias de vida, debemos encarar el arte de componer nuestros relatos, cortos o largos. Hay que apropiarse de la historia y narrarla como si también nos hubiese lastimado. Eso es al menos lo que yo entiendo por “escribir sobre lo que se conoce”.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

De vuelta a las andadas



Ha pasado tiempo, es cierto. Meses, dirá el lector atento a este blog; de existir. Ahora bien, no tengo que presentar excusas, salvo a aquellos que puedan haber accedido a este sitio esperando leer algo nuevo y no encontrarlo. De nuevo: de existir tales personas.

Superado ese asunto añado una nueva discusión. Hace algunos días las tareas universitarias me empujaron a buscar los gruesos tomos de la Historia de la Literatura, de Riquer; una obra genial, además. Al repasar sus páginas, buscando un tema que no encontré, me deleité imaginándome cómo sería poseer toda la erudición contenida en esos diez tomos. Poder mencionar, con conocimiento de causa, la vida, obra y tendencias de cualquier escritor de los últimos cinco mil años; o al menos de los más representativos. Un bello sueño; común a todos los que se interesan en la literatura. Pero esto me llevó a otro punto y era mi propia formación: me estoy adiestrando como literato, mas ¿para qué? ¿Acaso no me interesa ya ser escritor?

Todo lo contrario; más que nunca, especialmente durante las largas horas de clase, me corre por el cuerpo la imperiosa necesidad de crear ficción. ¿De qué me sirve entonces, pienso, tratar de memorizar la historia de la Literatura, o dedicarme a descomponer las obras de otros y buscar en ellas sus elementos esenciales? Como escritor, no para mucho; como editor en formación, bueno, el tiempo lo dirá.

Razonamientos como el expuesto arriba me llevaron a una conclusión: no todos los escritores deben ser literatos y no todos los literatos deben ser escritores. Aclararé a la regla que no tomo escritor (o escritora) simplemente al que redacta, sino al que compone ficción por escrito: cuento, poesía, dramaturgia o novela. Bien puedes ser Harold Bloom y no acercarte ni a millas, como artista, a Shakespeare —el propio Bloom lo reconocería—. E, igualmente, ser un gran escritor sin poseer la erudición de un profesor de Literatura de Yale.

Algunos, especialmente los académicos, refutarán mis palabras. Dirán que, autor que se precie —y me presentarán una lista— conoce a fondo la historia, autores y tendencias universales. Puede ser. Pero los casos, para la lógica, no representan una regla: ¿cuál es la formación, me pregunto, en materia de Literatura Universal, que tuvo Truman Capote? Muchas horas sentado leyendo, gracias a su privilegiada mente capaz de consumir una novela en dos horas. El hombre nunca terminó la secundaria y siempre fue mediocre en clase, lo que se debe, proporcionalmente, a los libros, la escritura y el alcohol. Y como este habrán otros casos. El verdadero escritor debe dedicar, de serle posible, todo su tiempo a la escritura; si quiere convertirse en un estudioso de las letras, adelante, pero no espere que consumir miles de libros, uno tras otro, le den la clave para transformarse en un gran prosista.

Porque ese es un error común de muchos, especialmente de los no literatos. Me explicaré mejor: mientras los estudiosos de la literatura pueden, al menos hipotéticamente, llegar a entender, tras años de leer a los genios de la prosa y el verso, que acercarse a ello es solo de unos pocos, las personas con unas cuantas lecturas y escrituras en su haber suelen pensar que hacerse escritor es tan fácil como hacerse hincha de un equipo de fútbol. Sí; hablo de periodistas, profesores de literatura y poetas de café. Manejar nueve décimas partes del diccionario y sentir algún disfrute al leer no hacen a nadie novelista ni cuentista —ya la poesía me parece un royo bien raro—. Estas personas, me parece, aman, realmente, más el glamour que rodea al artista de las letras que el trabajo de escritor en sí. Solo ven a los novelistas bajo los flashes de la prensa y frente a la multitud en los conversatorios y lanzamientos; pero olvidan que por cada hora que se pasa de fama el autor debe invertir quinientas de soledad y silencio; y ese es un precio muy caro para algunos.

Así que, amigo de la teoría literaria, empuña la pluma para estudiar a los grandes autores o quienes les van a la saga, y no contamines el río de los libros con historias mediocres, redactadas a punta de imitar a esos creadores que estudias con ahínco. Y los escritores… no se preocupen si no pueden mencionar de golpe a todos los postestructuralistas, futuristas, los argumentos de los cantares de gesta o los nombres de todos los protagonistas de la tradición novelística rusa. No importa, preocúpense por hacer bien lo mejor que saben hacer.