miércoles, 16 de septiembre de 2009

De vuelta a las andadas



Ha pasado tiempo, es cierto. Meses, dirá el lector atento a este blog; de existir. Ahora bien, no tengo que presentar excusas, salvo a aquellos que puedan haber accedido a este sitio esperando leer algo nuevo y no encontrarlo. De nuevo: de existir tales personas.

Superado ese asunto añado una nueva discusión. Hace algunos días las tareas universitarias me empujaron a buscar los gruesos tomos de la Historia de la Literatura, de Riquer; una obra genial, además. Al repasar sus páginas, buscando un tema que no encontré, me deleité imaginándome cómo sería poseer toda la erudición contenida en esos diez tomos. Poder mencionar, con conocimiento de causa, la vida, obra y tendencias de cualquier escritor de los últimos cinco mil años; o al menos de los más representativos. Un bello sueño; común a todos los que se interesan en la literatura. Pero esto me llevó a otro punto y era mi propia formación: me estoy adiestrando como literato, mas ¿para qué? ¿Acaso no me interesa ya ser escritor?

Todo lo contrario; más que nunca, especialmente durante las largas horas de clase, me corre por el cuerpo la imperiosa necesidad de crear ficción. ¿De qué me sirve entonces, pienso, tratar de memorizar la historia de la Literatura, o dedicarme a descomponer las obras de otros y buscar en ellas sus elementos esenciales? Como escritor, no para mucho; como editor en formación, bueno, el tiempo lo dirá.

Razonamientos como el expuesto arriba me llevaron a una conclusión: no todos los escritores deben ser literatos y no todos los literatos deben ser escritores. Aclararé a la regla que no tomo escritor (o escritora) simplemente al que redacta, sino al que compone ficción por escrito: cuento, poesía, dramaturgia o novela. Bien puedes ser Harold Bloom y no acercarte ni a millas, como artista, a Shakespeare —el propio Bloom lo reconocería—. E, igualmente, ser un gran escritor sin poseer la erudición de un profesor de Literatura de Yale.

Algunos, especialmente los académicos, refutarán mis palabras. Dirán que, autor que se precie —y me presentarán una lista— conoce a fondo la historia, autores y tendencias universales. Puede ser. Pero los casos, para la lógica, no representan una regla: ¿cuál es la formación, me pregunto, en materia de Literatura Universal, que tuvo Truman Capote? Muchas horas sentado leyendo, gracias a su privilegiada mente capaz de consumir una novela en dos horas. El hombre nunca terminó la secundaria y siempre fue mediocre en clase, lo que se debe, proporcionalmente, a los libros, la escritura y el alcohol. Y como este habrán otros casos. El verdadero escritor debe dedicar, de serle posible, todo su tiempo a la escritura; si quiere convertirse en un estudioso de las letras, adelante, pero no espere que consumir miles de libros, uno tras otro, le den la clave para transformarse en un gran prosista.

Porque ese es un error común de muchos, especialmente de los no literatos. Me explicaré mejor: mientras los estudiosos de la literatura pueden, al menos hipotéticamente, llegar a entender, tras años de leer a los genios de la prosa y el verso, que acercarse a ello es solo de unos pocos, las personas con unas cuantas lecturas y escrituras en su haber suelen pensar que hacerse escritor es tan fácil como hacerse hincha de un equipo de fútbol. Sí; hablo de periodistas, profesores de literatura y poetas de café. Manejar nueve décimas partes del diccionario y sentir algún disfrute al leer no hacen a nadie novelista ni cuentista —ya la poesía me parece un royo bien raro—. Estas personas, me parece, aman, realmente, más el glamour que rodea al artista de las letras que el trabajo de escritor en sí. Solo ven a los novelistas bajo los flashes de la prensa y frente a la multitud en los conversatorios y lanzamientos; pero olvidan que por cada hora que se pasa de fama el autor debe invertir quinientas de soledad y silencio; y ese es un precio muy caro para algunos.

Así que, amigo de la teoría literaria, empuña la pluma para estudiar a los grandes autores o quienes les van a la saga, y no contamines el río de los libros con historias mediocres, redactadas a punta de imitar a esos creadores que estudias con ahínco. Y los escritores… no se preocupen si no pueden mencionar de golpe a todos los postestructuralistas, futuristas, los argumentos de los cantares de gesta o los nombres de todos los protagonistas de la tradición novelística rusa. No importa, preocúpense por hacer bien lo mejor que saben hacer.

No hay comentarios: