lunes, 26 de octubre de 2009

You know you love it




Debo reconocer que me he hecho fan de la serie Gossip Girl. Logro acceder a esta gracias a los gentiles servicios de quienes suben sus episodios completos a la red; de otro modo, debido a mi falta de recursos, quedaría imposibilitado para divertirme viendo la tragicómica vida de los aristócratas de Upper East Side.

Quienes ya han leído este blog tal vez sepan que mi interés por este fenómeno pop empezó con un artículo del New Yorker acerca de las novelas escritas por la norteamericana Cecily von Ziegesar. La saga de Gossip Girl, dirigida especialmente al público femenino en temprana adolescencia (las maravillas de vivir en un país donde la industria editorial publica realmente literatura [buena o mala] para todas las edades), se desarrolla en los empinados condominios del oeste norte de Manhattan, donde los jóvenes y atractivos chicos y chicas son el centro de los chismes de una página llamada, sí, Gossip Girl.

Debido a que, como ya he mencionado y no me harto de repetir, vivo en la ruina, no puedo hacerme a las novelas —que se deben vender por ahí a precios astronómicos—, pero sí puedo divertirme viendo la adaptación televisiva. De las falencias que pueda tener el paso de una historia de un medio a otro hablaré tal vez en un futuro, por ahora me interesa contarles por qué yo, un tipo ya adulto, desperdicia sus horas con la tele que producen los yanquis, en vez de, por ejemplo, leer algo de Jane Austen.

La respuesta es simple: la construcción de personajes.

Lamentablemente pocas personas que conozco, y que dicen dedicarse a la literatura de ficción, parecen comprender este concepto tan simple, y, a un tiempo, tan complejo. La construcción de personajes es, si me permiten decirlo con simplicidad, el alfa y omega de la verosimilitud de una historia. Así, no importa si la acción toma lugar en el siglo XXXIII en una nave de esclavos humanos que se dirige a una base controlada por simios mutantes, si, a lo largo del relato, el lector encuentra a los protagonistas tan reales como a las personas que conoce en la vida real, creerá toda la historia como si la conociera por experiencia propia. Esa es al menos la lógica; mientras que muchos narradores modernos se concentran en tramas rocambolescas o detalladas descripciones, cuando no apilar datos técnicos unos sobre otros, su verdadera tarea debería apuntar a crear protagonistas, antagonistas y demás miembros de la trama tan reales que nos lleguen a interesar sus destinos.

Los personajes de Gossip Girl tienen vida; van más allá de ser caras bonitas y cuerpos delgados empacados en trajes costosos. Los libretistas han tomado las características generales que la autora dio a sus criaturas y de estos perfiles extraen algunos de los más divertidos diálogos que haya visto yo en años en televisión. Los perfiles son claros, sus acciones y modos de actuar no se traicionan entre un capítulo y otro, ni entre una temporada y otra. Serena es siempre la princesa, Blair la bruja, Dan el outsider, Chuck el pillo con suerte, Nate el galán sin gracia, Vanessa la amiga perfecta y Jenny la directa heredera de todo el resto del circo. La trama se centra en las patéticas aventuras de estos siete jóvenes, durante el penúltimo grado de secundaria hasta su primer año en la universidad. Dramas familiares, intercambios de parejas, malentendidos románticos y una que otra visita a la cárcel. Una hora de entretenimiento fácil cada semana, pero no por ello menos trabajado. ¿Y qué? No solo de libros se alimentan los escritores, por favor.

Lo que la televisión comercial debería enseñar a todos los que pretendan escribir novelas o cuentos es que, a pesar de toda la carga emocional que pretendan introducir a sus obras, siempre, siempre, siempre hay que tener al lector en cuenta, y no andar creyendo que solo lo que te cause regocijo es lo que vale la pena poner por escrito. Gossip Girl me divierte, logra que durante cuarenta minutos realmente me importe el destino de sus protagonistas; ¿logran esto todas las novelas? Rara vez, y cuando las hacen las ponemos en un lugar privilegiado del estante. Lugar a donde todo escritor debería pretender llegar.

XOXO

viernes, 23 de octubre de 2009

Ein Reich, Ein Kunst!



Imaginemos lo siguiente:


Estamos en Alemania Occidental (u Oriental, pero para no complicarnos quedémonos con la capitalista), es mediados de los años cincuenta, se aproximan los sesenta, la cultura de riqueza y estabilidad americana está contagiando a la burguesía alemana de las grandes ciudades, opacando el clima de destrucción del último disgusto mundial. La televisión empieza a trasmitir seriados yanquis y algunos nacionales. Series de policías y ladrones, soup operas, y miniseries de espías y adaptaciones literarias. En algún punto, por consejo o presión de fuerzas oscuras, salen al aire series y melodramas ambientados en la Alemania de entre guerras bajo el yugo nazi. Historias de amores, de aventuras, relatos rimbombantes, incluso comedias, donde los uniformes negros de las SS y los hombres grises de la Gestapo son los protagonistas. Todo en una gran banalización de la época durante la cual los judíos iban perdiendo sus derechos, sus tierras, sus vidas, junto a otros indeseados por el partido. En últimas, qué podrían pensar los televidentes germanos, ¿qué pensaría el resto del mundo?


Bueno, lo anteriormente descrito no ocurrió; al menos eso creo. No, pero parece que está ocurriendo en Colombia.


En este país, donde el gobierno ha decidido considerar terrorista a toda oposición; donde la corrupción se ha desbordado y las maniobras de picaros y filibusteros de corbata aparece descaradamente en horario triple A, no era de extrañar que el entretenimiento televisivo —con su natural mediocridad— lleve a los televidentes las súper aventuras de narcos y traquetos.


Gustavo Bolívar, novelista y libretista respetado por agudos periodistas como Julio Sánchez Cristo, sigue su línea de “Sin tetas no hay paraíso” y el ya épico “Pandillas: guerra y paz”. Las telenovelas sobre narcos atrapan a toda la familia cada viernes en la noche. Por mucho tiempo pensé que la inclinación de los colombianos a ver la bazofia de los canales públicos y privados se debía al alto costo de la televisión de pago. Falso. Más de un reciclador puede acceder mediante el pulgar tanto a CNN como a Discovery Channel, y, no faltará quien pueda incluso ver C-SPAN. No, a la gente le gustan los melodramas llenos de clichés que mezclan la comedia con la tragedia de la vida: niño rico, niña pobre; la niña rica y el taxista. Pero no nos desviemos del tema.


Algunos pensarán que todo ese asunto de mafias y capos murió con el desplome de los carteles de Medellín, Cali y Norte del Valle. Falso también. Los carteles de la droga han hallado en el actual gobierno un caldo de cultivo que les ha dado un poder increíble. Situación similar a la que se presentó en Rusia con la caída del sistema comunista: de la noche a la mañana, miembros de la Duma, jefes del KGB y quizá algunos generales de tanques aparecieron con dachas de ensueño sobre los Urales, en los alrededores de Moscú y apartamentos en Kiev o Budapest, donde se les ve bien acompañados por ex modelos que en las deprimidas economías de sus países se dedican a servir de prepagos. Aquí en Colombia la guerra contra las drogas, nos dicen, cambió de frente, ahora los únicos narcos son “los terroristas”, y los demás son salteadores de caminos y pillos de baja estofa. Los jefes paramilitares cambiaron los cuarteles generales de casa de campo con ventiladores de techo y mosquiteros en las camas por espaciosas oficinas en las principales ciudades. Antes andaban con el sombrero y el rifle al lado mientras recorrían sus vastos terrenos en sus camionetas blindadas. Ahora van a los mejores restaurantes de Bogotá, Cali, Medellín y Cartagena en veloces autos japoneses escuchando vallenatos a todo volumen, y ordenan aguardiente con su salmón ahumado al camarero, y luego con un gesto saludan al alcalde, al ministro, al senador, y al aristócrata de apellido y escudo de armas con el que juega golf los domingos.


¿Me siguen?


Cuando Alemania cayó en manos de Patton y Zukov los jefazos de la SS corrieron como liebres hacia Medio Oriente y Latinoamérica, mientras las cabezas del partido se volaban la cabeza en sus cuarteles. Situaciones similares se presentaron en naciones donde el sistema del Terror, rojo o blanco, cayó de un golpe fulminante. En Colombia, no. En Colombia los grandes del hampa se han adaptado a los tiempos; nada entonces ha cambiado desde los días de los Rodríguez Orejuela y Escobar, mucho menos ahora que el enemigo, dentro de la mentalidad colectiva del Estado, ya no es la inequidad, la pobreza, la injusticia o la falta de gobierno en algunas regiones. Ahora el némesis es “las Farc” —ni idea qué pasó con el ELN—; pero no las del monte, replegadas en las tierras donde los consorcios internacionales no tienen intereses, sino las de película (por ejemplo, La Milagrosa). Una guerrilla a la que se le puede acusar de todo, que aparece en todas partes cuando se le necesita, que se infiltra donde un organismo estatal empieza a cuestionar al Ejecutivo, y cuyos agentes son todos los opositores juntos, los que marchan cada día hacia la Plaza de Bolívar exigiendo algo distinto —dignidad, tierra, comida.


He llegado a pensar en estos días que Colombia, al fin y al cabo, es un país rico. Y mucho. Si fuera esta una tierra devastada donde no asomara ni ápice de nada sobre la arena muerta, nadie tendría porqué luchar. Aquí los recursos abundan, y los explotan. Al Gobierno no le faltan recursos. Evita, eso sí, destinarlos a nada que no le reporte ganancias directas; pero plata hay, ¡y cuánta! Suficiente para mantener a novelistas, productores de televisión, guionistas de cine y de seriados que se comprometan con la Narrativa de Propaganda.