sábado, 21 de noviembre de 2009

Fetichismo



“Imagínese cargar toda la biblioteca en la mochila, viejo”, me dice un amigo sintetizando su exposición sobre las ventajas de los lectores electrónicos. Asiento, como suelo hacerlo siempre que escucho las opiniones de alguien a quien respeto o aprecio. Y sí, tal vez tiene razón: todo apunta al libro electrónico; a que se dejen de cortar árboles para imprimir toneladas de libros, en su mayoría basura, o trabajos que, pasado un tiempo, se vuelven obsoletos —y pienso ahora en todos esos volúmenes de QBasic, Logo, Fortran y demás—. Eso sin contar en la posibilidad de usar, al fin, aquellas vastas bibliotecas electrónicas, de las cuales me he mantenido alejado, debido al tedio que me produce leer en una pantalla de computador.

El libro impreso, por supuesto, tiene sus ventajas: no requiere energía, no puede dañarse si se cae al piso —aunque depende de la altura— y es, en esencia, más barato. Pero no son aquellas características las que generan mi favoritismo por la obra impresa; está, ante todo, la atracción física de las obras impresas, en aspectos completamente independientes al contenido de las obras.

Todo empieza en el lugar de compra. Puedo pasar horas en una librería, viendo títulos, leyendo sinopsis o, cuando es posible, paladeando los primeros párrafos de una obra recién salida al mercado. Sí, además, está en mis posibilidades hacerme con un título, genial; pero siempre me tomo mi tiempo, situación distinta a cuando debo comprarme algo de ropa, proceso que detesto como nada, y que si no fuera por el natural degeneramiento de los tejidos, no haría nunca. ¿Qué puede tener de divertido comprar en línea? Dar clic en un ícono y descargar el archivo como se baja una canción. Nada mejor que el impulso de llevarse un buen libro cuando nos atrae la portada, o su contenido.

Comprar un libro siempre es un placer: entraña tantas promesas, y aunque algunas se rompan más tarde, el placer de ese primer momento ya hace valer la pena haberlos adquirido. En últimas, nunca se tiene un libro de más en la biblioteca; siempre hacen falta más, aunque el espacio —ese tiránico enemigo del coleccionista incurable— siempre nos dé lucha.

Y no hay nada como destapar un libro nuevo; retirar su empaque plástico, dejar correr las hojas inmaculadas y disfrutar el aroma a papel nuevo y tinta. Hay editores, por supuesto, que les interesa menos un libro bien diseñado que un título provocador, o una banda roja del tipo “¡La mejor h.p novela que he leído!”, firmada por alguna celebridad. Por eso se ven “cajas” descuadradas, errores ortográficos, hojas de más, tipografías ordinarias —como la detestable Arial— en tamaños ilegibles. De ahí mi respeto hacia Acantilado, Anagrama, Bruguera, Siruela y otras, donde sus editores saben que no es suficiente un buen producto escrito, sino que este debe venir en la presentación adecuada. Constantemente me veo deshaciéndome de ediciones de bolsillo, libros de segunda y viejas ediciones, para comprar clásicos reeditados.

No sé que piensen las feministas de lo que voy a decir, pero para mí tratar con un libro es como tratar con una mujer bella sobre la que tengo intenciones sexuales muy claras: hallarla, tomarla en mis manos, recorrerla. El papel debe ser suave, de blanco encendido, caracteres en negro abisal, y una trama suave al tacto. Pero no basta con la belleza producida por el contenido, ya sea en forma de un cuerpo saludable o de una historia narrada con gracia; también está el gusto por los objetos. Una falda amoldada a unas caderas perfectas; unos zapatos que den pie a unas piernas bien torneadas; el maquillaje que resalta los rasgos de un rostro perfecto. Entonces no basta que un autor sea un excelente escritor. Sinceramente creo que una obra puede ser afectada por una mala edición.


El libro es un objeto casi artesanal; vale por sí mismo y por ello le damos un espacio en nuestros hogares.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Las cinco artes




Es una de esas discusiones que se oyen de cuando en cuando, que no tienen, al parecer, solución, porque el debate se extiende eternamente; me refiero a cuáles son los campos de la literatura. ¿Qué es Literatura? En espera de desentrañar ese misterio, agrego mi propia idea acerca de los campos que abarca la producción literaria; son los que yo denomino, Las Cinco Artes: novela, cuento, poesía, ensayo, dramaturgia. Y, por demás, quien quiera ser realmente considerado un escritor, deberá, al menos una vez en su vida, practicar todos estos campos con seriedad, esto es, poner todo su empeño en escribir una novela, un cuento, un poema, una obra y un ensayo.

A veces me encuentro con reseñas de autores así: “Fulano de Tal. 19XX, escritor, poeta y ensayista”. O bien: “escritor y dramaturgo”. ¿Qué diablos significa eso? ¿Que se es escritor si se escribe en prosa y no en verso?

Según el diccionario de la Real Academia, escritor es el que escribe, en primer término, y en segundo “Autor de obras escritas o impresas”. Bueno, eso último hace de los editores escritores; pero dejémoslo por ahora. Según Wikipedia, “un escritor es cualquiera quien haga un trabajo escrito, aunque la palabra usualmente designa aquellos quienes escriben de forma creativa o profesional, así como aquellos quienes han escrito en diferentes formas”. En últimas, el todo es escribir, no decir que se escribe. En tal sentido, además, muchos son escritores, pero se quitan de encima el título, señalando que “no lo merecen”, que escritores son aquellos hombres y mujeres que publican ficción, a ritmo de una novela cada tanto tiempo.

En mi persecución de establecer con claridad los términos sobreentendidos como “arte”, “literatura” y “escritor”, he decidido comenzar por lanzar esta idea al ruedo: escritor —y, por supuesto, escritora—, no es aquel, o aquella, quienes cada que muere un obispo componen un poema y lo envían a la revista de algún amigo; tampoco lo son las personas que cada semana componen tres mil a cinco mil palabras para un diario o cualquier otra publicación. No; lo dejaré claro: escritor es el que escribe FICCIÓN; y los demás que se vayan a la porra. Pero para hacer más complejo el asunto, añadiré que el verdadero escritor, es aquel quien practica las ya mencionadas cinco artes, a las que espero referirme en próximos posts.


No quiero decir con esto último que, para ser escritor, el artista deba transformarse en un malabarista de los géneros. Como ya he mencionado, el asunto es, al menos, haberlo intentado, haber aprendido de los errores, y haberse enriquecido con la experiencia.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Portadas para una exposición




Solo unas cuantas líneas para referirme a que he terminado otra novela. La cuarta de mi breve carrera como escritor. Abadía en un bosque de robles. Sí, inspirado en un cuadro de Caspar David Friederich, Abtei im Eichwald. El argumento, sin embargo, está inspirado en algunos relatos que he leído de la Segunda Guerra Mundial, como algunas peliculas italianas dirigidas por Mario Salieri, que el pornófilo comprometido hallará en la red sin dificultad.

Espero que en un futuro pueda darles la noticia de que mi pequeño relato sobre un convento en los bosques de Europa Oriental durante la "Gran Guerra Patriótica" verá la imprenta. Hasta entonces, como en mis demás proyectos, esperar.

Nota: empleo el formato de portadas de Anagrama, ya que sigue siendo mi editorial favorita. Espero que esto no cause un disgusto allá en Barcelona...