sábado, 5 de diciembre de 2009

El pegajoso taca-taca



Uno de los escritores contemporáneos que más admiro, Cormac McCarthy, le hizo el “pequeño” favor a la Santa Fe Fundation de poner en subasta su vieja Olivetti Lettera 32 y donarles los $254.500 dólares que alcanzó en la subasta de Christie’s. McCarthy ya tiene una nueva máquina y en esta producirá sus siguientes novelas; pero la noticia, más allá de ser otra de esas notas relativas al dinero y la literatura, está en el hecho de que este norteamericano, y otros autores —Will Self, Don DeLillo y Frederick Forsyth, como lo menciona el blog de The Guardian—, siguen componiendo en estos aparatos. Y, me temo, no están tan solos como podría pensarlo los fanáticos de la informática.

De hecho, debo comentar, yo también empleo una máquina de escribir. Es una Remington portátil color hueso y teclas negras a la cual le falta más de una pieza, y, que sin embargo, aún me es sumamente útil. ¿La razón? Es más rápida que la mano y produce resultados instantáneos que se pueden revisar y releer tan pronto extraigo la hoja del rollo. A diferencia de la computadora, es menos factible que me distraiga; verán, en ocasiones siento la tentación de revisar algún dato en la Wikipedia o en el Google Earth, y esto me envía a darme todo un paseo por cualquier cantidad de páginas, y posponiendo el trabajo de redacción. Con la máquina no ocurre ello: te sientas y te decides a escribir cinco páginas y no te detienes hasta que las completas; si cometes un error, tachas con una serie de equis, o simplemente pasas una raya de tinta roja; nada de echarse para atrás y reescribir todo de nuevo. Algunos escritores que conozco duran todo un día para redactar un párrafo, y, en algunos casos, una simple línea, debido a su tendencia a reescribir una y otra vez. Las hojas mecanografiadas son de más fácil acceso que los archivos digitales, ya que si bien a estos últimos se puede ingresar con un par de clics en la carpeta, para ello debemos tener la computadora encendida.

Con todo la computadora tiene sus ventajas a cualquier otro medio, pero yo sostengo que uno no debe de entregarse a un solo mecanismo de redacción, sino probarlos todos y decidir qué le es más conveniente.

Mi maestro Truman Capote redactaba dos borradores en hojas blancas empleando algunos de los quinientos lápices que afilaba, para luego redactar un tercer borrador a máquina sobre papel amarillo. Tales métodos pueden verse como extravagantes para la persona promedio, pero para el escritor todo lo relativo a su trabajo resulta de alguna manera ritual. Por mi parte, ahora estoy dedicado más a escribir a mano; ya sea en viejas hojas recicladas unidas por clips, o cuadernos de páginas en blanco que mando a hacer en una papelería cercana, y escribo empleando un micropunta Pelikan Plus 157 negro y corrijo con un esfero rojo regular. Los cuadernos, en este sentido, tienen la ventaja logística de que se pueden transportar a todos lados, no ocupan mucho espacio ni requieren de energía, de tal forma que siempre están disponibles para añadir a ella algún apunte, corregir lo ya escrito, o continuar el trabajo de redacción en cualquier lugar.

La máquina de escribir, como ya he mencionado, tiene la ventaja de la velocidad: la puedo poner en cualquier lugar de mi apartamento, inserto la hoja —también reciclada de algún borrador de otra novela— y comienzo a golpear las teclas, siguiendo mis acostumbrados patrones narrativos, pero sin proponerme rígidamente párrafos con sentido, o estructuras fijas; tan solo me suelto a teclear como si estuviera bailando, solo, con una música que me abrasara el alma, que, dicho sea de paso, no existe. El resultado es ese “magma”, tan escaso de valor literario, pero muy útil para comenzar a trabajar en un verdadero borrador.

El computador, por su parte, cumple su función, y posee las ventajas del acceso a Internet, la posibilidad de acceder a cientos de datos de forma fácil, de hacer todas las correcciones necesarias para entregar un producto limpio, y ponerlo en el correo, a salvo en el mundo digital.