viernes, 10 de diciembre de 2010

Todas las cosas pequeñas







Es sabido, al menos por los escritores de carrera, que el cuento es el género más complejo de la literatura. ¿Por qué, y por qué no, la poesía, por ejemplo? Porque la narrativa tiene una dimensión que la poesía no pretende abarcar, primero, y, segundo, porque, en comparación con la novela, donde el autor puede introducir el universo entero ―constelaciones, galaxias y esponjas marinas incluidas―, en el cuento, la idea, la esencia de lo que es contar un cuento (y perdóneseme la redundancia) es, lo instantáneo, la brevedad del momento que es como ningún otro y cuyo peso es tal, que vale la pena registrarlo en palabras.

Hay muchas definiciones y loas hacia el cuento; la anterior es mía, y si no es muy buena, qué decir, a falta de una mejor, es la que se me ha venido a la mente tras leer, traducidos al español, los cuentos de Raymond Carver, tal y como Carver los escribió, antes que su editor, Gordon Lish, decidiera retocarlos hasta tornarlos algo completamente distinto. Sobre esto, también, hay una discusión larga y pendiente: ¿qué clase de escritor era, entonces, Carver, si, lo que ha sido de él avalado durante décadas, no era más que el trabajo de Lish?

No pienso entrar en tal debate; otros pueden hacerlo con mejores herramientas. Me encargaré de hacer una rápida revisión a este nuevo volumen de textos, del que es, sin duda, uno de los grandes de las letras norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.

Carver ha sido visto, por alumnos y fieles, como el maestro de la precisión y el minimalismo. En un mundo donde se le exige a los escritores ser novelistas antes que cualquier otra cosa, como si, desde la perspectiva de los editores, el cuento y la dramaturgia fueran las Ligas Menores, el buen Ray dejó su nombre en el Salón de la Fama sin haber compuesto una sola novela. Sus cuentos, además, tampoco pueden ser vistos como “novelas breves”, si es que, en un desatinado estudio, algún erudito pretende darlas por tales. Carver, al menos en este volumen editado por Anagrama, y traducido por Jesús Zulaika, entra con su cámara de escritor al interior de esas casas prefabricadas de una sola planta, porche, jardín y patio trasero, y toma instantáneas de la vida americana de las pequeñas ciudades. Sus personajes no son grandes magnates, ni aristócratas, ni espías, ni vaqueros, ni náufragos que, una mañana, despiertan como gigantes o enanos en una sátira del mundo moderno. Los caracteres aquí no son otros que Raymond Carver mismo en algún momento de su vida, despojado de nombre y otros elementos individuales, dejando solo una carcasa y un corazón similares al resto de los mortales. Mucha nota a esto estudiantes de escritura creativa.

A las generaciones futuras, a los nietos de nuestros nietos, quizá les será difícil imaginar los escenarios carverianos. Nada nos dicen sus cuentos sobre las paredes de yeso, los vehículos con alerones, y la escases, en suma, de los estadounidenses de clase media baja, esos tan poco radiografiados por la cultura pop, y que a los habitantes del resto del mundo les cuesta imaginar, ya que tienen la vista bloqueada por el poster de las grandes ciudades, el feliz ejército norteamericano, Coca-cola y Playboy. De hecho, y, permítaseme aquí introducir una revelación que he tenido a raíz de todo esto, creo que, fue a partir de los Simpsons, que el mundo empezó a darse cuenta que Estados Unidos era también un mundo de pequeñas ciudades, gente ignorante, gobernantes corruptos, policías ineptos, donde el hombre promedio, magíficamente iconizado por Homer Jay Simpson, es obeso, falto de cultura, intelecto y no lleva del todo bien el hogar. Y en esto, mucha gente se verá identificada. Este es el mundo de Ray Carver.

Como The Simpsons, los cuentos de Carver son crónicas de la América profunda, donde la gente no tiene ni el tiempo, ni el interés, de llegar a la luna, sino apenas sobrevivir al desempleo, el alcoholismo, la pérdida de un ser querido, una relación inestable o el indestructible pasado. Sobre esto, Carver no construye metáforas, ni hace filosofía o sociología: allí está cierto espectro tenue de la realidad que no queremos ver, pero por el que casi todos hemos pasado, o podríamos pasar: este es el baile de los que sobran (gracias Los Prisioneros), los que no conseguirán nada mejor que esa casa en los suburbios, un divorcio decente y conservar su cabello llegados a los cincuenta. Esta es la narrativa desprovista del héroe, y ahí es donde el aspecto literario, artístico, si que quiere elevar el nivel, tiene una verdadera trascendencia: esta es la vida impresa, despojada de puntos extremos, sin trasfondo político, sin argumento historiografista, sin ribetes morales, o susurros eróticos. Life as it is; la vida como es.

Siempre he dicho (y lo seguiré sosteniendo), que en la narrativa, el todo es contar una historia trascendente y contarla bien: el guerrero que se niega a pelear, poniendo en riesgo a todo su ejército; el hijo que desea vengar a su padre matando a su tío, el rey; el sabio quien, sediento de saberlo todo, vende su alma al diablo, y demás. Pero entonces tenemos a Ray; Ray y sus pequeños mundos de reyertas familiares y conflictos entre vecinos. Figuras e historias minúsculas; todas las cosas pequeñas que conforman el día a día y en la que no se repara más que cuando se es víctima o testigo directo. Hasta que alguien las lleva al papel, sin adornos ni grandes discursos, ofrecidas como el vaso del agua dado al sediento. Ahí es donde estas historias, por ser referentes universales, cobran valor. Porque esos dolores, esas pérdidas, que han sido sentidas por el autor, pueden ser entendidas por el lector; por cualquier lector.

Añadiré unas palabras relativas al estilo narrativo, ya que este suele ser el aspecto más estudiado, y alabado, de Carver.

Sus cuentos ―me limito a los diecisiete consignados en la edición de Anagrama, por estar libres de intromisiones― emplean en su mayoría la primera persona del singular; hombre, en algunos casos, y mujer en otros; como simple testigo sin papel relevante, como en La calma, o como un hombre que recuerda un instante de la infancia (Dummy). Solo en uno o dos casos empleó el narrador omnisciente.

Las atmósferas nos llevan a pueblos y ciudades pequeñas; a los suburbios y zonas rurales. La caza y la pesca están presentes en más de una ocasión. Y el eje temático de los relatos se enfoca menos en los personajes y más en la forma en como lidian con sus dramas domésticos. No hay, por ejemplo, un homicidio resuelto por un detective astuto, sino la tensión surgida entre una pareja la cual, por el azar, se ha visto próxima al crimen (Tanta agua tan cerca de casa).

El tono, y el conocido minimalismo carveriano, está compuesto a partir de una sucesión de oraciones cortas, lo que permitió al autor librarse del exceso de adjetivos, o cadenas de verbos + sustantivos que agobien a un lector. Oración, punto, oración. Lo necesario para expresar “lo que ocurre”, diría yo, casi, en tiempo real. Obsérvese (en inglés), el comienzo del famoso cuento Beginners:

My friend Herb McGinnis, a cardiologist, was talking.
The four of us were sitting around his kitchen table drinking gin.
It was Saturday afternoon.
Sunlight filled the kitchen from the big window behind the sink.
There were Herb and I and his second wife, Teresa—Terri, we called her—and my wife, Laura.
We lived in Albuquerque, but we were all from somewhere else.
There was an ice bucket on the table.
The gin and the tonic water kept going around, and we somehow got on the subject of love.

Lo he citado aquí en inglés, y así, separada cada oración, para que el lector entienda de lo que hablo, porque, y esto es una opinión meramente personal, en la traducción de Zulaika se pierde esta magistral concisión. Como se percibe, las oraciones son breves y cada una encierra unas pocas decenas de sílabas, todo un sentido. La proximidad de esto a un poema no es casual; amén de cuentista, Carver es reconocido en Norteamérica por haber sido un gran poeta. Estas primeras oraciones pueden verse como una enumeración de detalles exigidos para la comprensión del escenario: quién está hablando, quién lo escuchan, dónde, cuándo, qué clase de día era ―ese sunlight filled se interpreta de inmediato como una tarde soleada y calurosa―, la relación presente – pasado de los personajes ―ahora en Albuquerque, antes de cualquier otra parte―, el hielo y la bebida, y, para empezar a desarrollar el argumento central, el tema del amor. Nada sobra y nada falta. Este no es todo el primer párrafo, sí, pero mi interés es darles una muestra de la meticulosidad de la narrativa moderna norteamericana: Carver, como ya mencioné, es el maestro de toda una generación, y, si siguen saliendo al público sus cuentos, tal y con las piezas que los compuso, los narradores presentes y futuros tendrán un buen ejemplo a seguir.


lunes, 29 de noviembre de 2010

Apuntes a la teoría de recepción




Empezaré con una simplificación: la teoría de recepción estudia el papel del lector en la literatura (Eagleton, 1983: pág. 94); como señala Eagleton, la teoría literaria moderna se podría dividir en tres periodos: preocupación por el autor, interés por el texto y, en los últimos años, enfoque ahora dirigido al lector (Ibíd.) El mismo autor señala en su texto sobre teoría de recepción sobre la importancia del lector ―la importancia vital del lector―. Sin alguien que lea, es decir, que tenga la capacidad para interpretar el texto, este no pasa de ser tinta grabada en el papel. Y aunque parece tan simple, es un asunto que la teoría parece no haber considerado antes, o le ha restado espacio a este aspecto ante la importancia aparente de otros factores: biográficos, sociales, de forma o de significado. No obstante, el asunto presenta una dificultad de estudio dentro del campo de la teoría literaria: si la lectura de un texto varía de lector a lector, no en un sentido total, pero sí en algunos detalles, no podría aplicarse crítica alguna a los productos escritos.

Hay que empezar revisando algunos aspectos teóricos sobre la percepción y los objetos.

Primero hay que considerar el fenómeno de la percepción. Esta se inicia con los sentidos y de ahí se origina una relación entre el elemento percibido y el cerebro. Acerca de los objetos, estos obtienen un sentido una vez son introducidos en un discurso lógico, es decir, la relación que podemos establecer entre el objeto y nosotros, o entre el objeto y otros elementos. Al ingresar dentro de una lógica de significados, tenemos la esencia del objeto, lo cual lo hace distinguible de otros, aunque entre estos mismos aquel que estamos observando tenga aspectos distintos de otros similares. Trataré de explicar lo anterior de esta manera: sabemos qué es una silla y qué uso podemos darle; esa es la relación dentro del discurso lógico: “puedo sentarme en una silla”; y, si observamos una silla, en la que podemos estar sentados, o que ocupa un puesto junto a una mesa, sabemos que esta, por su diseño, por ejemplo, es distinta a otra vista antes, o a una que, sin un modelo que seguir, podemos dibujar de memoria. Esta es la relación entre el cerebro y los objetos.

Se puede ser objetivo ante elementos como la silla: nadie negará qué es una silla, o que la cuchara es una cuchara, así como la rosa no deja de ser rosa porque alguien no la tome como tal, o, siquiera, porque la llame de forma distinta. El texto escrito, en principio, se ciñe a esta lógica.

En principio, la capacidad del lenguaje permite una transferencia de ideas entre dos individuos, o entre un individuo y un grupo de proporción variable. El lenguaje, incluso cuando no se posee el habla, le permite a un ser humano indicar a otro dónde hay agua, o la presencia de una amenaza; de la misma manera, mediante la posesión de un lenguaje articulado, otro individuo puede transmitir una idea al resto del mundo. Los idiomas no son ya una barrera, debido a que, si bien las diferencias entre los dialectos llegan a ser considerables, los elementos dentro de las proposiciones pueden ser entendidos en cualquier lengua. Así, por ejemplo, la oración “Les hommes naissent et demeurent libres et égaux en droits”, no pierde su significado cuando se traduce al español como “Los hombres han nacido, y continúan siendo, libres e iguales en cuanto a sus derechos”, ni en inglés como “Men are born and remain free and equal in rights”; las traducciones pueden variar, suprimir un vocablo por otro, pero el sentido universal de la idea prevalece: igualdad y derechos. Sin embargo, en la medida en una oración se hace más compleja, o se une a otras, y las proposiciones se van sumando en un sentido general, las interpretaciones pueden variar, dependiendo de la cohesión y el sentido general, hasta un extremo en que cada persona pueda comprender un sentido general distinto de la lectura de un mismo texto. Algo común en la filosofía y la poesía.

En cuanto a la lectura, esta se basa en dos fenómenos, la percepción de las palabras, y lo que yo he llamado “el encadenamiento de ideas”. En narrativa, una historia solo puede ser comprendida si cada una de sus partes (personajes, lugares, diálogos etc.) son retenidos por la mente del lector, interconectadas entre sí y relacionadas con la realidad. Para esto, los autores se aferran ―u obedecen― a una serie de principios ya establecidos: lógica argumental y sintaxis. Cada cultura determina las reglas de su idioma, de manera tal que todos sus usuarios puedan comprender, sin que hagan presencia las dudas, el contenido de un texto. Ahora bien, el mensaje subyace en las palabras, y este, como ya mencioné, puede ser traducido de una lengua a otra; por tanto, el texto, incluso el texto literario, no es dependiente de las palabras.

Sin embargo, si esto es así, y el valor literario puede ser apreciado, y calificado, fuera de la composición original hecha por el autor, como es el caso de una traducción, ¿qué sentido tiene aplicar una crítica a partir de la forma del texto? Hoy día, y de seguro por siempre, se lee la Iliada de Homero; pocos ―una feliz minoría― leen la versión más próxima que se tiene a lo que pudieron ser los versos originales, esto es, en griego jónico. La mayoría, incluidos estudiosos de la literatura que hablan en cientos de idiomas distintos, emplean traducciones. ¿Qué se puede extraer de estas? ¿Hasta qué punto pueden ser consideradas aceptables para un estudio? Naturalmente, hoy se estudia poco a Homero, salvo que se haga sobre el texto en griego; pero, ¿qué hay de las obras contemporáneas? Y no ya en un nivel de estudio riguroso, sino de la simple lectura efectuada por una persona del montón.

Según Wolfgang Iser (citado por Selden, Widdowson y Brooker, 1985) la tarea del crítico no es explicar el texto en tanto objeto, sino examinar sus efectos sobre el lector. Aceptando esto, no se puede juzgar el carácter original de la obra, o la capacidad o incapacidad artística de su autor a partir de una mala lectura, como puede ser aquella cargada de prejuicios, o la que hace un lector sin las competencias intelectuales, ya sea el comprender una metáfora o pasar por alto, dada su ignorancia, un adjetivo, verbo o sustantivo. Y, volviendo a las diferencias entre versiones, los lectores contemporáneos que se acerquen a la obra de Shakespeare podrían tener otra lectura, dado que, o bien ignoran totalmente el inglés, y se ven sujetos a una traducción , o, siendo angloparlantes, se ven alejados del dialecto empleado por el bardo en el siglo XIV.

Podría hablarse entonces de una crítica a partir de “los posibles efectos”, o de unos efectos generales y apreciables por todos los lectores, o al menos por una mayoría. En términos de relato, estas comparten similitudes en cuanto a estructura general ―inicio, nudo, desenlace―, y dentro de esta, la narración la suelen componer descripciones, acciones y diálogos. Si, cada una de las oraciones que componen los párrafos están bien redactados, nada impide que la historia se comprenda, en un solo sentido, de principio a fin. Por ejemplo, el famoso cuento de Augusto Monterroso, El dinosaurio, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”, puede leerse estableciendo únicamente la situación y el acto: [dinosaurio] + [posición no especificada] + [despertar]. Del mismo modo podemos leer las instrucciones de para preparar sopa instantánea; no obstante, la literatura la leemos de una forma distinta: sabemos que el relato presenta una situación hipotética y nos induce a imaginarla y aplicar en esta las reglas de la realidad. De ese modo, a un lector de Monterroso podrían surgirle varias preguntas: ¿dónde estaba el dinosaurio? ¿Temía despertar en otra parte? ¿No despertar, acaso, y extinguirse sin darse cuenta?

Por supuesto, el texto citado es muy breve para entrar en análisis más profundos: tema, contexto cultural, cronológico, lenguaje, narrador, símbolos; cuanto más extensa es la obra, no tanto en cuanto al número de páginas, sino a la profundidad de su tema, las lecturas irán variando. La complejidad de los personajes, por ejemplo, puede establecer diferencias entre los lectores, quienes podrán encontrar en el supuesto villano, al héroe, en el valiente protagonista, un cobarde, y en la princesa, una bruja. Este tipo de lecturas, a las cuales se pueden aplicar diversos puntos de vista, o que requieren para su comprensión una lectura cuidadosa, una mente abierta, y unos referentes externos. Una lectura a la mayoría de los bestsellers hoy día, dará como resultado una serie de tramas donde no es difícil comprender quiénes es quién (buenos y malos), dónde ocurre cada cosa, y cuál es el final, apegada toda esta estructura a unos mecanismos comerciales ya generalizados. Y no es extraño entonces que las novelas de suspenso, romance y crimen sean tan mal vistas por la crítica.

Pero queda por definir el efecto de la perspectiva del lector en cuanto al texto literario. Hay ciertamente unos aspectos generales apreciables por parte de cualquier lector (un conjunto de personajes centrales o una localización espacio-temporal definida, por ejemplo), pero otros son solo visibles para ciertos lectores, o tras lecturas sucesivas del mismo texto. En Rojo y negro la escalera empleada por Julien Sorel para llegar a la ventana de su amante ―una mujer casada y de clase alta―, podría ser entendido como un símbolo de asenso social; y más tarde, cuando, al bajar a prisa por la escalera, Julien se lastima las manos, se entendería que el precio del asenso es la sangre, es decir, el sufrimiento o el sacrificio de alguien. Otros lectores podrían hacer apreciaciones similares a partir de elementos menos evidentes, o no ver aquellos puestos por el autor ha dispuesto de una manera clara. Todo el juego de valoración queda de nuevo en manos de la competencia del lector, pero aún habido un lector dotado de una visión penetrante podría, pecando por exceso, llegar a establecer que la novela, o el cuento, leído es una gran metáfora sobre algún complicado problema contemporáneo, cuando su autor no ha querido más que replantear de nuevo, en un entorno humano, la historia de los tres cerditos.

Por lo anterior, es difícil hablar de lectores perfectos, o lectores deseados; sin duda hay personas dotadas de más capacidades de lectura que otras, y entre estas, de reunirse, llegarán a conclusiones similares acerca de la novela, si, y solo si, hablan en términos de argumento e ideas principales; más allá, se abrirán las disensiones: empleo correcto o incorrecto del lenguaje, del punto de vista; la necesidad o la irrelevancia de un personaje, o un pasaje particular, entre otros.

¿En qué situación queda entonces el autor? Bueno, el autor, aunque suene brusco, hace lo mejor que puede: cuenta una historia, hace referencia a una serie de ideas, y todo, con las capacidades argumentales y narrativas con las que está dotado. Hay una intención y un desarrollo; y la primera puede abarcar aspectos temáticos y estéticos; de cumplirlos, el autor podrá darse por satisfecho, y, de ser apreciados en su magnitud, el lector, incluso el crítico ―visto como es, un lector más dotado que el individuo medio―, se encontrará igualmente satisfecho.


Aclaración final:

Para hacer este breve texto me enfoqué, como no habrá dejado de notar el lector, en la narrativa; la lírica tiene sus reglas de luz y perspectiva distintas, las cuales yo no comprendo y que, en cuanto a aspectos de recepción, podrían llevar a otras conclusiones.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Siete consejos del señor Simic



Gracias al Moleskine Literario, del novelista Iván Thays, he encontrado estos siete consejos para tener en cuenta al momento de escribir poesía… o, en mi opinión, trabajar en cualquier escrito. Fanático de los decálogos y los principios de los escritores ―aunque no siempre creo en ellos, ni tiendo a seguirlos a pie juntillas―, he decidido hacer una traducción de estos puntos y ofrecerla aquí.

La fuente original del dato es de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

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Algunas cosas para tener en mente al momento de sentarse a escribir un poema:

1. No le digas a los lectores lo que ya saben.

2. No asumas que eres el único que sufre en el mundo.

3. Algunos de los más grandes poemas son sonetos y poemas no mucho más largos que eso, así que no sobreescribas.

4. El uso de imágenes, símiles y metáforas, hacen concisos los poemas. Cierra tus ojos, y deja que tu imaginación te diga qué hacer.

5. Repite en voz alta lo que estás escribiendo, y deja que tu oído decida cuál es la siguiente palabra.

6. Lo que estás escribiendo es un borrador que necesitará pensarse, quizá durante meses, e incluso años.

7. Recuerda, un poema es una máquina del tiempo en construcción, un vehículo que le permitirá a alguien viajar dentro de su propia mente, así que no te sorprendas si pasan años mientras se tienen todas las piezas del motor trabajando apropiadamente.

domingo, 29 de agosto de 2010

Escribir con arpón



Hay que escribir con arpón; con cuchillo, puede ser también; mejor si es con arpón, como sea, un objeto puntiagudo más que afilado. En todo caso algo penetrante.

Hay que escribir con arpón porque penetra, y emplear la sangre que derrama como tinta. Tu propia tinta no servirá; al lector le será una sustancia inmunda, y no tocará las páginas bajo el riesgo de contagio. Si, en cambio, es su propia sangre la que baña los tipos que forman las letras, abrazará el texto como propio.

Al emplear el arpón se debe considerar la puntería; una sola oportunidad de dar en el corazón de la presa y no otra, obliga a tener un objetivo en mente, a no apresurarse, y saber que cuando se arriesga todo a un lanzamiento, se debe poner todo el corazón en la empuñadura.

No se escribe con saetas; sus heridas, poco profundas, desaparecen ante el hilo y la aguja del tiempo; mencionamos la cicatriz que dejan, como cualquier otro hecho banal. Traspasado de parte a parte por el arpón fallecemos, o simplemente ya no podemos ser los mismos.

Escribir con arpón, aclaro, exige forjar el arma, primero. Nunca emplees un arpón usado, ni lo compres hecho, ni lo hurtes; toma el hierro del idioma, cuécelo al fuego de los conceptos, aplica el martillo de la gramática y afila su punta hasta darle estilo.

Escribir con arpón es estar dispuesto a herir, y a lucir amenazante; el arpón puede ser agresivo o una forma legítima de defensa; o, desprovistos de romanticismo, una herramienta para conseguir el sustento.

Hay que escribir con arpón, dispuesto a ser cazador, un ser solitario, siempre al acecho del gran pez que es la constitución total de la obra.

Hay que tener todo esto en cuenta mientras se sostiene sobre el papel la pluma.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un oficio oscuro


Pocos oficios, hoy día, resultan menos vergonzosos que el de escritor fantasma, llamado negro en estas regiones, y que, como las amantes y los agentes secretos, no dejarán de ser una realidad tras las cortinas del escenario principal, mientras el mundo sea mundo. Los escritores fantasma rara vez, o en casos aislados y contables con las falanges de una mano, trabajan en grandes obras literarias; tenemos el caso de Alejandro Dumas, pero, como digo, su trabajo está enfocado a tareas un tanto más tediosas: memorias de dirigentes políticos, o figuras reconocidas; novelas de bajo impacto firmadas por alguna celebridad deseosa de darse a conocer por algo más que su arte pop, y tareas similares. Nunca recibirían las luces, ya que su deber, y su éxito, radican en que otros reciban los aplausos, y en ello debe cifrarse su orgullo. Algunos, claro, lamentarán que sea de esa forma como tengan que ganarse el sustento, ocultos como el jorobado que hace redoblar el carrillón; los demás aceptarán el hecho, seguirán adelante, y encontrarán su satisfacción en las buenas reseñas, sin importar a quien se dirija el crédito, o, en todo caso, su sonrisa se ensanchará, no con las medallas de la crítica profesional, sino con un jugoso cheque.

Mi experiencia como escritor fantasma, aunque ha sido en piezas breves, me ha dejado entender ciertos aspectos del tema. Primero, en una sociedad que exige información de manera constante, hay ciertas voces que deben ser oídas, o quieren ser escuchadas, o hay temas, también, que pueden llamar la atención, y no siempre quienes deben contar o explicar aquellas informaciones poseen el tiempo, o la menor capacidad intelectual para ponerlas por escrito. Esta dificultad se presenta en distintos círculos: desde los asistentes de gerencia, incapaces de producir un informe medianamente legible, pasando por los aspirantes a doctorados, demasiado ocupados para ensamblar una tesis, hasta escritores fracasados ―en el auténtico sentido del adjetivo― quienes, para cumplirle al editor, pasan unos billetes debajo de la mesa para que alguien les complete, o les redacte del todo, un manuscrito.

Una película, estrenada en marzo de este año, pero que solo hasta este viernes pasado pudo ser vista en las salas de este atrasado país, pone en escena esta profesión, desconocida por muchas personas, esta vez, situando al escritor fantasma como el héroe.

The Ghost Writer de Roman Polanski es la adaptación de la novela Robert Harris (The Ghost), con Ewan McGregor, Pierce Brosnan y Olivia Williams en los roles principales. El argumento, en esencia es simple: un primer ministro retirado (Brosnan) está por publicar sus memorias, se requiere a un escritor fantasma (McGregor) para que ayude en la tarea, y este termina descubriendo todo una oscura maquinación tras el poder británico.

El desarrollo no es realmente complicado; no asistimos a largos diálogos de carácter político, ni a complejos esquemas de complots entre gobiernos; la historia fluye de forma natural, develando paso a paso, hasta los últimos minutos, la profundidad del problema. Es, aunque no de forma total, una historia de espionaje, sino una de misterio. El fantasma, quien acepta el cuarto de millón de dólares ofrecido por la editorial, enfrenta en un momento la posibilidad de ir más allá e investigar qué se esconde tras la muerte del primer encargado de redactar las memorias, cuyo cuerpo, sin mayor explicación que una borrachera, aparece ahogado en la playa.

Dentro de la parte técnica de la película, destaca, tanto la cuidadosa selección de los elementos artísticos y estéticos, como es la selección de los escenarios, hasta el diseño moderno de los interiores. Los personajes obtienen su forma, no tanto por sus diálogos, sino por la fuerza de las actuaciones: Brosnan forma un político que, sin los clichés asociados a las figuras públicas, demuestra ser más imagen que ideas, y más convicciones dogmáticas que habilidades de mando. McGregor hace su parte como escritor profesional, muy seguro de su trabajo, quien, ajeno en principio a la política, se convierte en un agente dispuesto a descubrir qué tan involucrado está el ex primer ministro en una serie de violaciones de derechos humanos. La bellísima Olivia Williams complementa el triángulo, en más de un sentido: esta Lady Macbeth, asesora política de su esposo, demuestra, con su sola presencia, un poder y una inteligencia, amén de una sensualidad, por momentos, que le dificultan al espectador determinar qué tanto, o qué tan poco, está involucrada en los hechos; es, no lo dudo, el carácter más fuerte en el filme.

Las referencias políticas no faltan, esta vez en clave: la situación, ciudadanos británicos secuestrados en Pakistán y entregados la CIA para ser torturados, no es algo tan ajeno a la realidad de la llamada “guerra contra el terrorismo”; la “rendición incondicional” ha sido ya el tema de diversas películas, pero, como todo crimen, nunca dejará de ser del todo explotado, y siempre será útil denunciarlo.

domingo, 15 de agosto de 2010

¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza?


Un tópico literario bastante complejo de explicar es, sin duda, la belleza. No es lo mismo que la estética, aunque se relacionen, como el agua, y el concepto de líquido. Y si bien al ingerir un líquido, podemos estar bebiendo agua, también podríamos estar bebiendo vino, o plomo derretido. Así, el concepto encierra la idea; la belleza es un hecho, algo presente y diferenciable; tal vez se necesiten ojos para ello, pero una vez se desarrolla la sensibilidad es imposible ignorar la gracia que poseen los objetos.

Ese es el primer punto, si hemos de establecer una definición de la esencia de la belleza. Hablamos que es un hecho físico que se aplica a algo, a la materia; por ello, es hora de sacar del discurso frases como “la belleza interior” para referirse a la gracia de una persona. Puede ser bello un vaso, un ánfora griega, un edificio, un cuadro; no el alma, ni el sabor de un vino, y, fuera de la impresión visual, solo acepto que se juzgue la belleza cuando se habla de la música, siendo esta arte. Como no entiendo mucho de música ―nunca me importó, he de ser honesto―, me dedicaré a señalar las particularidades de la belleza en la narrativa.

Al hablar de narrativa estoy circunscribiendo la literatura al campo de la prosa, cuento y novela. No me interesan las posibles bellezas de la poesía por ahora, ya que el único fin de la poesía es señalar estados del ser, o replicar impresiones individuales, con el propósito de replicar estas percepciones en otros. Los poemas son floreros; muy decorativos, pero floreros al fin. La narrativa es la que cuenta la vida, la complejidad de la existencia humana. Ahora, hay dos formas de narrar: situar cronológicamente, del pasado al presente, una serie de hechos, enlazados por un marco común, limitándose a indicar las particularidades de esa serie de hechos. Algo así hacemos cuando, en casa, o en el trabajo, contamos una anécdota. Si el lector lo medita por un minuto, recordando estas breves historias, quizá contadas por usted mismo, o por uno de sus amigos, o un desconocido, a otro, detrás de usted en el autobús, se dará cuenta que, pese a que todos somos capaces, si contamos con algo de memoria, de referir una historia, algunos poseen mayores dotes narrativas.

Todos, digo, pueden contar una historia: ya sea la eventualidad que se le presentó unas horas antes de entrar al trabajo, y que relaciona, en una extraña mezcla, un café muy caliente, una mujer hermosa y un auto sin frenos, o bien sea el argumento de una película, que por mala, o buena, quedó fija en la memoria. No todos, sin embargo, están en capacidad de escribir un cuento, siquiera uno mediocre, y muchos menos, una novela, género que, aunque no es mayor que el relato breve, atemoriza a la mayoría de autores en formación. Tengo por conocido a más de un buen lector, y esforzado redactor, incapaz de escribir un cuento que no se despedace en la tercera oración. De seguro mi trabajo tiene incontables fallas, pero creo haber superado la barrera del patetismo que envuelve algunos textos sin maduración.

Repito, todos pueden contar, pero lo que hace que vendan los libros son dos cosas: la capacidad de entretener con ese relato, y el subtexto que yace tras las acciones narradas. De lo segundo no me ocuparé ahora; es tema que aborda la teoría literaria, y que puede ser semilla y combustible de interminables debates; ¿cuál es el sentido de este relato? ¿Qué pretendía decirnos el autor? ¿Acaso el cuento de Perrault pretende prevenir a los niños de los lobos? ¿O a las niñas de los peligros del camino? ¿O prevenir a las abuelitas de los peligros del retiro en los bosques? Consideramos que la literatura moderna se desprendió del ideal de la enseñanza moral como fin del arte escrito. La literatura, hoy día, no pretende, o no debería al menos, tratar de adoctrinar, ni desarrollar una postura política, aunque eso no implica que la narrativa tenga que desprenderse del todo de la realidad, cosa que no ha hecho: si se da un vistazo a las grandes obras de ciencia ficción del siglo XX, se verá en ellos más trasfondo filosófico y político que en las novelas de corte histórico o social.

Leemos, la mayoría, para divertirnos; y una minoría por deber, y otra minoría para impresionar a su allegados. Pero cuando se lee mucho, no bastan los buenos argumentos, la descripción detallada, los diálogos reveladores o los giros argumentales que mantengan alimentado nuestro interés por conocer el desenlace. Necesitamos un aliciente mayor, especialmente en las obras donde no perseguimos el fin, ni ver desenmascarado al asesino, ni a los amantes besarse, libres de todo tropiezo. Se necesita, a fin de hacer digestible un relato, largo o corto, el aliciente de una prosa estética, es decir, donde las oraciones se presenten en un orden mesurado, permitiéndonos captar su significado total al terminar el párrafo, y así, ir comprendiendo una historia a un nivel superior, incluso, que si hubiéramos sido parte de ella. La estética en la prosa es tan necesaria como el equilibrio de tonos en una imagen fotográfica: mucha luz, o muy poca, hará difícil de ver apreciar ese amanecer que con esfuerzo retratamos, con la pretensión de conservarlo. Orden y proporción son condiciones exigidas en un texto coherente; eso es lo que entiendo por estética.

Si esa condición, entonces, es algo técnico, como el equilibrio en la disposición de las partes de un automóvil, la belleza deberá pertenecer a otra forma de condición, algo no técnico, sino variable, así que no hablamos de una belleza, sino de múltiples; cada parte del todo, estando en las mejores condiciones, compondría una belleza al sumar una totalidad. Pero se corre un riesgo al dar esta afirmación ―como todas las afirmaciones definitivas alrededor de la belleza―, que, si bien cada parte puede ser, a su manera, perfecta, el conjunto no tiene que representar necesariamente esa belleza, ya que los atributos podrían enfrentarse entre sí, y lucir desproporcionados ante una mirada general.

Resulta más fácil definir la belleza a partir de algo que ya es bello de por sí: un amanecer, o un atardecer, o los picos nevados de una cadena montañosa, en un día soleado. Estas postales, exhibidas a un público de lectores de una revista de viajes, se ganarán, en consenso general, la definición de bellas. Las “maravillas de la creación” (diré yo, de la evolución), nos maravillan por su belleza. De la misma manera consideremos por un minuto la belleza humana, que, para mí, se restringe a la belleza femenina. ¿Qué es una mujer hermosa?

Primero, debe ser saludable. La salud es un requisito indispensable para que un ser vivo pueda procrear correctamente, sin poner en riesgo a su prole; un cuerpo saludable es siempre un cuerpo bello: delgado, proporcionado a su estatura y edad, de piel lozana, libre de deformaciones. Algunas áreas de la anatomía femenina despiertan mayor interés, especialmente cuando tienen un buen desarrollo: glúteos y mamas; las primeras son por lo general indicio de caderas amplias (otra ventaja para la reproducción en etapa de gestación), y las segundas indican capacidad de alimentar a la potencial cría. Esto suena bastante crudo, pero ya es tiempo que los seres humanos acepten su cuota de física animalidad, y dejen de considerarse serafines alados. En fin, sigamos.

Algo que complica esta reducción de las características por las cuales se puede juzgar a un ser humano, y considerarlo bello, aún si nos limitamos a la mujer, está en el rostro. Qué hace que una cara sea más bonita que otra; simetría, proporciones justas; mas una mirada a un conjunto aceptable de bellezas ―remítanse a un concurso de belleza común― permitirá apreciar una serie de condiciones que se repiten en todos los casos: labios bien formados, nariz recta, estrecha, ojos grandes, y estas formas pretenden, ante todo, la expresividad, una bonita sonrisa, algo que transmita un sentimiento positivo. La belleza, o lo que posee la condición de ser bello, es aquello que logra despertar una serie de sensaciones de bienestar, de equilibrio, incluso de placer. Reaccionamos ante los objetos tras la percepción que de ellos tenemos, y nuestro juicio se alimenta de la forma en como nuestro inconsciente relaciona las características de esos objetos con las predisposiciones que tenemos hacia los objetos mismos, o sus características: color, forma, tamaño y la relación que podamos hacer con otros elementos.

¿Cómo sería si aplicáramos este discurso a la literatura? ¿Qué sería la “belleza literaria”? Primero, como la Literatura abarca un amplísimo conjunto de artes alrededor del lenguaje, evitaré el término ya mencionado, y me enfocaré en la “belleza narrativa”; añado que la poesía, de momento, se queda por fuera, ya que, aunque no soy muy docto en el campo, considero que la esencia de la poesía es la expresión de uno o varios sentimientos a través de juegos de oraciones. Siendo la búsqueda de la belleza a través de la belleza misma, y es esta, o al menos debe ser, una condición inmanente del género, no vale la pena darle una vuelta al círculo.

La narración debe ir del punto A hasta un punto X, pasando por unos puntos B, C, D etc., en los cuales la trama gira ante la inferencia de nuevos elementos. Este modelo es difícil de romper, y quienes se atreven, por lo general caen en obras sin objeto; potenciales buenas novelas, abortadas ante insuficiencia de recursos. Miembros descartados y moldes vacíos. Los demás se transforman en grandes logros sí, o bien relatan una historia proverbial, que refleje bien los abismos y empinadas alturas de la geografía mental humana, o bien que su composición en prosa contenga una capacidad de imagen, y de sonidos, que causen placer durante la lectura. He ahí la belleza; mas esto exige ser discutido a fondo.

Cuando se escribe se pretende que el lector comprenda una serie de enunciados; estos se refieren a ideas, conceptos o imágenes. Generalmente la belleza en la prosa se encuentra en esta última parte, en las descripciones; desde pequeños objetos, situados, de pronto, en un escritorio, hasta las vastedades, montañosas, desérticas o selváticas, de algún paisaje natural. La descripción exige una ordenación de los elementos, y un ritmo, ágil, más no escueto, y la medida justa para no sobrecargar la mente del lector hasta hacerle perder la totalidad del cuadro. Buena parte de la prosa de los siglos XVIII y XIX se proveyó de descripciones, bien para servir de punto de fuga a autores ansiosos de mostrar sus habilidades descriptivas, o bien para traer a las ciudades postales de otros mundos, cuando no llevar al lector de a pie impresiones de primera mano de escenarios versallescos. Las letras modernas no han abandonado las descripciones, cierto, aunque ahora los autores ―y esto bien varía entre tendencias― las resumen a lo necesario para efectos de sus relatos, y esto, en parte, debido a una inclinación natural de estos tiempos a aligerar los textos, para hacerlos más accesibles al amplio público, y en parte porque, gracias a la televisión, el cine, y el internet, cada vez necesitamos menos detalles para imaginarnos un escenario, por lejano y exótico que este sea.

Como en un poema con limitantes métricas, el autor que pretenda hacer una descripción bella ha de tener en cuenta el significado, el sonido y la extensión de cada palabra que emplee; limitar todo conector y jamás emplear frases ya hechas. Además, debe considerar el ritmo que producirá la percusión de puntos, comas y puntos y comas: tanto es desastroso, e ilegible, un párrafo compuesto de larguísimas oraciones, como resulta tediosa uno que, por su sucesión de comas, resulte puntilloso. La belleza esta, aquí, en el punto intermedio. Las palabras, agrego, tienen, como los elementos de la tabla periódica, cada uno su peso atómico. No hablo de hechos físicos, sino sintagmáticos: cada palabra es única e irrepetible; como un diamante, no ha sido un producto en serie sino una formación que ha requerido mucho tiempo, por tanto, no pueden pensarse las palabras como accesorios, aplicables o dispensables; su significado es único, y si bien existen los sinónimos, dentro de un contexto determinado no siempre resulta posible intercambiar una palabra por otra, aunque puedan, de acuerdo al diccionario, tener similares acepciones. Además, entre las diferencias que se pueden considerar entre palabras, hay que tener en cuenta que estas, se haga como se haga la lectura, generan sonido, ya sea a través de nuestras cuerdas vocales o a través de nuestro pensamiento. La repetición de ciertas combinaciones de vocales y/o consonantes, da paso a aliteraciones, o bien degeneran en un efecto de ruido que, si no es algo premeditado, revelará la pobreza del lenguaje del autor, o en todo caso su falta de habilidad para aplicar las palabras.

Sonido, ritmo, significados. Aunque estemos tratando de la novela, o el cuento, más banal de todos los tiempos, el menos significativo en términos de argumento, en términos de expresar esos espacios donde todos hemos estado, o llegaremos a estar; a pesar de todo eso, pienso, la belleza puede resultar algo que salve una narración. No todos somos filósofos, ni grandes sicoanalistas capaces de sondear el alma, o pensadores que comprenden las delicadas tripas de un colosal conflicto político-económico-social; es cierto que algo de ello debe haber, y que la literatura hueca, como la juventud, tienen fecha de caducidad.

jueves, 22 de julio de 2010

Reescribiendo el tiempo perdido


Muchas personas, al ver entre mis libros, o en mis manos, alguna obra de Vladimir Nabokov, me preguntan si realmente es bueno, o es tan solo la fama de Lolita la que ha alimentado su buen nombre. Explicarlo en los términos en que yo lo siento sería una pérdida de tiempo; la mayor parte de las personas que me rodean ignoran casi todo sobre literatura; lo cual no es un crimen. Por eso escribo estos posts. El punto con el gran Vlad Nabokov es que no es, tan solo, un buen escritor, como sí lo son muchos otros publicados y reseñados, pese a que la muerte se ha llevado los huesos a una fría cavidad bajo tierra, años, decenas de años, o cientos de años atrás. El cazador de mariposas tenía en su labor de creador la capacidad, escasa siempre, de revelar la belleza presente en el cosmos, y hacerla sentir al lector, como si, por una vez, pudiéramos ver sin los filtros de los prejuicios, o con los ojos de un niño, que ante las variaciones de un cristal de hielo, los risos de una nube, o la mirada de una mujer, quedásemos hipnotizados.


Acabo de terminar la novela más importante de Nabokov, Ada o el ardor, editada por Anagrama de Barcelona. Cerca de quinientas páginas, en la colección de compactos, que, debo decir, presenta múltiples supresiones de puntos seguidos, errores de tipografía y tipos toscos, similares a las sobreentintadas letras de una máquina de escribir sin limpiar. Mas, adentrado ya en las sinuosidades de la prosa, esos detalles pueden perdonarse.

El argumento de Ada o el ardor puede encontrarse dentro de la novela misma, y, creo, las palabras del propio Nabokov lo explicarán mejor que las mías:


El castillo de Ardis ―los Ardores y los Árboles de Ardis―, tal es el leitmotiv que fluye ondulante a través de las páginas de ADA, vasta y deliciosa crónica que, en su mayor parte, tiene por escenario una América de brillantez onírica, porque, ¿no son estos recuerdos de infancia comparables a las carabelas que bogan hacia Vinelandia, indolentemente rodeadas por las aves blancas de los sueños? El protagonista, heredero de una de las más ilustres y opulentas familias de los Estados Unidos, es el doctor Van Veen, hijo del barón “Demon” Veen, famoso personaje de Reno y Manhattan. El final de una época extraordinaria coincide con la no menos extraordinaria infancia de Van. No hay nada en la literatura universal ―salvo, tal vez, las reminiscencias del conde Tolstoi― que pueda rivalizar con la alegría pura, en inocencia arcádica, con los capítulos de este libro que tratan de Ardis. En esta fabulosa propiedad rural del tipo de Van, Daniel Veen, gran coleccionista de arte, nace un ardiente amor infantil, que se desarrolla en una serie de escenas fascinantes, entre Van y la linda Ada, una muchachita verdaderamente excepcional, hija de Marina, esposa de Van, apasionada por el teatro. El hecho de que las relaciones de Van y Ada no consisten simplemente en un peligroso juego entre primos hermanos, sino que presentan además un aspecto especialmente prohibido, se sugiere desde las primeras páginas.


A pesar de las numerosas complicaciones de la intriga y de la psicología de los personajes, la narración avanza al galope. Incluso antes de que hayamos tenido tiempo de recuperar el aliento y de contemplar tranquilamente el nuevo escenario en que nos ha “vertido” la alfombra mágica del autor, otra chiquilla encantadora, Lucette Veen, la hermana menor de Ada, es arrebatada por la atracción de Van, el irresistible libertino. El trágico destino de Lucette representa uno de los momentos más notables de este delicioso libro.


Así explica N. la que fue la obra capital de su trabajo como escritor. Si bien Lolita, por su contenido, alcanzó el mayor reconocimiento, el tamaño y contenidos de Ada… rebasan los límites temáticos que apenas rasguña la historia de Humbert Humbert y Dolores Haze. Si, el motor inicial de esta novela es la pérdida de la infancia, en el pasado, y los intentos de recuperarla, mediante el contacto con una chica que le recuerda su primer amor, en Ada… ese periodo de feliz existencia no termina, sino que se extiende a través de toda una vida. El mundo y el tiempo en que se desarrolla esta historia no es precisamente el nuestro; Nabokov no ha pretendido, al poner el desarrollo de los acontecimientos entre finales del siglo XIX y mediados del XX, escribir una novela histórica. No debe extrañar al lector, entonces, toparse con aviones antes de 1903, o ver, antes de la segunda década del siglo pasado, filmes con audio y a color, donde la bella Adelaida se destaca. Los acontecimientos mundiales, con sus millones de muertos y caídas de imperios, tampoco hacen presencia, aunque se alcanzan a mencionar, en la parte final, como parte de la obra del propio Ivan Veen.


Siempre se tiende a considerar que una buena novela es, ante todo, una buena historia; este relato de Vladimir N. Ada, demuestra que lo contrario también es posible: todos los elementos de los que N. hace empleo en sus anteriores novelas, los juegos del lenguaje, el sentido del humor, el sentido de la belleza expresado en la calidad de los detalles y la forma en como se asegura que los apreciemos. Ningún argumento, así, que se dirija a un final inesperado, ni tramas complejas que nos arrastren a minutos de tensión para averiguar quién es el asesino, o el padre de un hijo abandonado. Ada o el ardor es un largo paseo a través de esa campiña del viejo mundo previo a la caída del Ancien regime que supuso el estallido de la Primera Guerra mundial.

lunes, 5 de julio de 2010

Ni tan ficción 3



Nuevo escándalo del mundo del espionaje recorre el mundo, llamando la atención, no tanto por sus consecuencias políticas internacionales, sino porque, al parecer, el mundo considera ya que los asuntos de espías son asunto del pasado. “Como una novela de John le Carré”, decía, en alguna parte del texto, la redacción del diario El Tiempo, acerca de los once sospechosos arrestados la semana pasada en Estados Unidos, acusados de trabajar para los servicios secretos rusos. “Una trama al estilo James Bond”, señalaba El Espectador, y, del mismo modo, para las agencias de noticias, telediarios, revistas y demás medios, el asunto se ha venido desarrollando “como un triller de misterio”. Tinta invisible, codificadores mecánicos, y todos los gadgets que hicieron las películas de Bond tan famosas, y alimentaron la imaginación de los fanáticos de la ficción durante la Guerra Fría. A mí, personalmente, me sorprenden dos aspectos de la noticia: primero, que el mundo, en verdad, vea algo de folclórico, de ficcional, de emocionante o, incluso, de divertido, en esta clase de negros asuntos, los cuales, como probaron a principio de año un grupo de agentes secretos en Dubai, no son cosa del pasado: “las operaciones de espías [se considera que], saboteadores y agentes secretos se hallan fuera de los límites de reprobación según las pautas de conducta aceptadas. Sin embargo, la historia enseña que ninguna nación dejará de realizar estas actividades si contribuyen a satisfacer sus intereses vitales”, escribió alguna vez el mariscal Montgomery. El espionaje es tan antiguo como la diplomacia, y, en algunos casos ambas se retroalimentan. Lo segundo, de lo que espero hablar más adelante, es del trasfondo de la noticia.

Déjenme contarles algo sobre operaciones.

El espionaje funciona, en el gran marco, así: un gobierno necesita información, la información se puede adquirir legalmente, mediante los medios dispuestos para ello (se denomina a esto “fuente abierta”), o ilegalmente, cuando dicha información, por una razón u otra, es conservada en secreto, o está restringida a un grupo limitado. Ahí es cuando los espías son necesarios. Sonará una perogrullada (nota: es la primera vez que empleo esta frase), pero no resulta tan evidente, ahora que, al entrar en contacto con la cultura popular, el espionaje se ve más relacionado con alta tecnología (Missión Imposible), héroes carismáticos y seductores que no temen al peligro (James Bond), hombres oscuros, ex militares, con oscuros pasados, ejecutando operaciones corruptas (Jason Bourne). La verdad es que estos juegos de espionaje rara vez han salvado al mundo, si es que, aparte del sonado caso Penkovsky, lo han hecho.

Las agencias de espionaje aún funcionan, y los gobiernos (véase la letra chica del contrato), gastan un buen porcentaje de la defensa en mantener abiertas las fuentes de información cerrada.

Ahora volvamos a círculo de espías (spy ring) que, según el FBI, el SVR o Sluzhba Vneshney Razvedki, mantenía en pleno Estados Unidos.

Mikhail Semenko, Richard Murphy, Cynthia Murphy, Donald Heathfield, Tracey Lee Ann Foley, Michael Zottoli, Patricia Mills, Juan Lazaro, Vicky Pelaez, and Anna Chapman (fuente Wikipedia), fueron arrestados por lavado de activos y colaborar, siendo ciudadanos estadounidenses, con una potencia extranjera; lo cual da cinco años de cárcel, poco, si pensamos que los famosos Julius Rosemberg y su esposa Ethel, fueron condenados a la silla eléctrica.

Las dimensiones del círculo aún están por definir; muchos otros han sido señalados de pertenecer al grupo, y los alcances de la información que pudieron haber enviado (lo que en la jerga llamamos “estipulación de daños”), quizá no se conozca al detalle, sino dentro de veinte o treinta años. Pero, ¿a qué clase de información podían acceder estos agentes? ¿Por qué emplear, en los tiempos de crisis en que vivimos, aún, agentes “ilegales? Explicaré en un instante el origen de mis dudas: los espías no son aquellos nacionales de un país, entrenados por una agencia de inteligencia, que trabajan al servicio de su gobierno en un país extranjero; esos son los “agentes secretos” o “agentes encubiertos no oficiales” como los llaman en la CIA. Los espías son los agentes nacionales, reclutados por extranjeros, mantenidos como fuentes de información por una agencia extranjera. El valor que tenga ese agente depende en extremo del nivel de conocimiento que tenga. Un guardia de seguridad de un ministerio vale menos que un encargado de mapas para inteligencia militar, quien perfectamente tiene un valor menor a la esposa de un ministro de defensa.

¿Qué valor podían tener los personajes capturados? Sus verdaderas identidades están aún por definir; pero, de nuevo, lejos de las principales fuentes de información importante, tales como agencias del gobierno americano, bases militares, o incluso, grandes compañías de desarrollo tecnológico, ¿qué pueden obtener? Los rusos han puesto el grito en el cielo, y todos temen que la agradable charla en un establecimiento de comidas rápidas entre el jefe Obama y Medvedev no quede sino como un recuerdo de distención entre una nueva guerra fría.

Es muy probable que el FBI esté en lo cierto y los capturados sean un gran círculo de espionaje; sería un gran golpe de las agencias de inteligencia norteamericanas, las cuales, tras casi diez años de “guerra contra el terrorismo” podrían haber pasado por alto la amenaza silente de los agentes secretos entrenados por las potencias. Estados Unidos sigue siendo una presa fácil para el espionaje, al menos hasta cierto nivel básico: sus fronteras son paso constante de inmigrantes ilegales: desde asiáticos, pasando por toda clase de latinoamericanos, hasta canadienses desempleados; y tierra adentro no es difícil establecerse, y sobrevivir, aun cuando sea con muy poco. Pese a las constantes críticas, los Estados Unidos sigue siendo una tierra de oportunidades; eso incluye a los delincuentes. Así que nada le impide a una nación entrenar agentes secretos y enviarlos a este país, donde pueden establecer contactos con sus compatriotas, y, dotados de dinero, corromper a los guardianes de las puertas de la seguridad nacional. Hace cosa de unos doce años ―lamento que mi memoria no me dé para detalles―, se ordenó capturar a un ingeniero nuclear chino del laboratorio de Los Álamos, cuando el FBI encontró en su computadora personal, sin protección alguna, las ecuaciones y detalles técnicos de una serie de armas nucleares en desarrollo. El hombre ya para entonces había escapado a China.

Y cuentos como ese pueden rebuscarse en los anales del espionaje. Siempre habrá información privilegiada por la cual algunos estarán dispuestos a pagar por adquirirla. Así que, de tanto en tanto, escándalos como el de este mes se seguirán repitiendo, durante muchos años.

Ya hace relativamente poco las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión mostraron al mundo el golpe que una agencia de inteligencia (posiblemente el Instituto), ejecutó en Dubai: una docena de agentes bien coordinados, y cuatro expertos asesinos, acabaron con la vida de Mahmoud al-Mabhouh, comandante del grupo terrorista Hamas.

Quien lo desee puede acceder, mediante YouTube, al seguimiento, hora tras hora, que el equipo de profesionales ejecutó tras uno de los hombres más buscados por el gobierno israelí, quien, por lo mismo, estaba celosamente custodiado por un séquito de guardaespaldas. A diferencia de lo que nos ha enseñado el cine y la televisión, ejecutar una misión como esta, no sería cosa fácil para un “asesino a sueldo”, solitario, quien, con rifle o pistola, acabe con la vida de su objetivo. Los agentes debían saber ―gracias a otra unidad de vigilancia― que Mahmoud había llegado a Dubai sin guardaespaldas, ya que estos, por complicaciones en el aeropuerto, no pudieron tomar el mismo avión que su protegido. Los doce miembros del equipo de vigilancia, quienes arribaron al emirato empleando pasaportes falsos, se turnaron el seguimiento del hombre, desde su llegada al aeropuerto, hasta que seleccionó su habitación.

Una vez asegurado el objetivo, cuatro hombres entraron en su cuarto, lo asfixiaron y lo dejaron dentro de su cama, donde fue encontrado por el personal del hotel, al día siguiente. Aunque la policía de Dubai afirmó que de inmediato se descubrió que fue un homicidio, y se dio la voz de alerta para atrapar a los sospechosos ―de los cuales, casi todos, habían salido del país mientras se ejecutaba el golpe―, siendo la verdad que le tomó diez días a la policía darse cuenta que el líder terrorista no había fallecido de un infarto mientras dormía.

Las autoridades de Dubai, como es de esperar en este tipo de situaciones, levantaron una queja ante Israel, aunque esta nación no aceptó el cargo, ya que, de nuevo, siguiendo el protocolo, los gobiernos siempre están dispuestos a mentir para proteger a sus agencias. Una ola de críticas se levantó también tras el hecho, aunque está ya se ha ido apagando, y es posible que el equipo de agentes encargado de esta famosa misión, pueda pasar, si no se descuidan, el resto de su vida disfrutando de una vida sencilla, en la que el recuerdo de este batazo al terrorismo internacional, se conserve en sus conciencias cubierto de una capa de secreto orgullo.

En un mundo que corre hacia la globalización, en que los países desarrollan herramientas educativas que erosionan las barreras culturales, y que los negocios y acuerdos económicos vinculan a las naciones sin importar las distancias, se hace necesaria, cada vez más, una diplomacia fuerte, capaz de manejar, con leyes y acuerdos bilaterales, las diferencias entre países. Desgraciadamente, las diferencias entre culturas impiden que sea la palabra la que domine estas relaciones, y los prejuicios de las mentes conservadoras, en las naciones occidentales, no hacen nada por superar esto. La ejecución de Mahmoud al-Mabhouh fue una “operación perfecta”, como le gusta decir al utraderechista gobierno colombiano; y se suma ―si en realidad fue el Mossad quien llevó a cabo el golpe― a una serie de certeros homicidios de terroristas, que se remontan a cuarenta años atrás, los cuales, es bueno añadir, no han dejado de obtener la admiración de un mundo donde los héroes son aquellos que cargan las espadas.

lunes, 21 de junio de 2010

Notas de coyuntura


Juan Manuel Santos, miembro de lo que, para los estándares de este país representa la “rancia oligarquía” ―y la etiqueta le queda corta―, ha triunfado en las elecciones presidenciales, ayer, tras ganar en las urnas por una mayoría no vista en décadas, superando a su propio amo, Álvaro Uribe. Mis amigos han estado lamentándose por la derrota de Antanas Mockus, y con ello el fin de la esperanza de “un mejor país”, que como toda esperanza no es más que una ilusión.

Que el nuevo presidente sea Santos me molesta, aunque no debería preocuparme: no soy homosexual, ni negro, tampoco indígena o desplazado; incluso, si tomamos en cuenta que poseo un televisor, una computadora, asisto a la universidad, tengo empleo y consumo un número sano de calorías, estoy por fuera de ese sesenta por ciento de pobres que viven en este extraño país, razón por la cual tampoco debe preocuparme la continuidad de la derecha en el poder.

Como bogotano burgués, no debería preocuparme las lluvias de químicos que se emplean en la erradicación de cultivos; al fin y al cabo no vivo en el campo, y la mayor parte de los alimentos que consigo en el supermercado son importados, más económicos que el producto nacional, gracias a los acuerdos comerciales del gobierno Uribe, que han favorecido a las industrias agrícolas de los países desarrollados, por encima de las nacionales.

Como hombre blanco y habitante de un sector de clase media, relativamente cercano a la Casa de Nariño, lo último que podría quitarme el sueño son las operaciones de tierra arrasada, que cada año, desde el comienzo del Plan Colombia, allá, por las épocas en que gobernaban los conservadores, han venido quitándoles su tierra, sus medios de subsistencia, cultura, valores y dignidad a miles de indígenas y decenas de miles de comunidades afrocolombianas.

Ya, como dice la publicidad del gobierno, no debo temer las pescas milagrosas, ya que las carreteras están militarizadas cada fin de semana, para que nosotros, los respetables de las ciudades, podamos viajar a nuestras villas de veraneo en los días no laborales. Aunque me veo obligado a añadir que, dada la situación de la economía colombiana ―la de menor crecimiento en esta parte del globo―, no cuento con los recursos suficientes para tomarme siquiera una cerveza junto a una piscina pública en algún cálido municipio de Cundinamarca. Pero sí, quejas a un lado, nuestras carreteras, y las fincas, dachas, quintas, haciendas y reses de ganado de nuestros amados gobernantes, aristócratas locales, ricos comerciantes, y obesos narcotraficantes están seguras; y qué importa que esa seguridad no se le esté brindando a los corregimientos, caseríos y pueblos donde la guerrilla ha gobernado desde hace tanto tiempo que la gente no conoce otra forma de gobierno, si los que pagan impuesto son las gentes de bien, y no esos pueblerinos sin educación, que no conocen lo que es un colegio, o siquiera un puesto de salud, ya que, más vale tener tres tanques españoles y siete cazas israelíes almacenados en un hangar, y protegernos así de la inminente invasión de Venezuela, de Ecuador, de Bolivia, de Brasil, o una posible llegada de los marcianos, o una arremetida de hombres topo, si es que las abejas asesinas no vienen por nosotros.

¿Por qué habría de preocuparme el triunfo de Santos? Ya han gobernado otros de su estirpe, y aunque nada hicieron antes, ni harán ahora, por sacar este país adelante, siempre nos asegurarán, a nosotros, los distinguidos bogotanos, que habrán centros comerciales, que podremos adquirir billeteras Louis Vuitton, tener un Porche o cubrir nuestros baños con auténtico porcelanato italiano. ¡Qué nunca falte la inversión extranjera! Ni los turistas, la publicidad de Colombia es Pasión en cada producto colombiano, para que así nunca falten americanos, holandeses, japoneses o españoles que se paseen por nuestras calles, playas y sierras, contemplando la belleza de país, aun con la cada vez mayor cantidad de indigentes, desempleados y desplazados que bordean estas atracciones turísticas. Y aunque Colombia siga siendo uno de los principales destinos turísticos para pederastas y consumidores de cocaína, y la droga se siga vendiendo y los adultos ofreciendo a sus niños en Cartagena o Medellín, lo importante, no olvidemos, es que la seguridad democrática proteja a los turistas, aunque la sociedad se siga desmoronando.

Eventualmente me iré de Colombia, como tantos otros. Empacaré algunas cosas en una maleta y lo demás lo compraré allí donde llegue. Soy un hombre educado, hablo inglés y algo de francés, y no me faltan brazos para trabajar como peón en las praderas de Arkansas o en los viñedos de Portugal. Me iré, porque aunque para quienes tienen dinero la vida aquí no es mala, eventualmente la masa humana de desempleados, desplazados, gente sin hogar, sin pasado, perseguida por la guerrilla, los paras, los sicarios, las bandas delincuenciales conformadas por ex paras, el gobierno, las enfermedades y el hambre, terminará por obligarnos a todos a andar con escoltas, auto blindado, puerta reforzada y un asesor del DAS para que nos informe si nuestra empleada doméstica no está planeando secuestrarnos.

Estúpidos lectores que votaron por Juan Manuel Santos, no se puede construir un país para unos pocos sobre la sangre, el sudor y el miedo de los demás: podrán cada día construir muros más altos, reforzar su guardia, ignorar a quienes les piden una moneda en la calle o establecer centros comerciales cada vez más selectivos con su clientela, pero terminarán por convertirse en una minoría extranjera en su propia patria, y a esta, como a los colonos europeos en África y Asia, tarde o temprano tendrá que empacar sus maletas y abandonarlo todo, el día en que la nación no ofrezca un solo sitio seguro, ni un poco de sombra fuera de las alambradas de espino.

domingo, 13 de junio de 2010

Una labor de hechicería


Al final de Lolita se puede encontrar, en algunas ediciones, un breve ensayo de Vladimir Nabokov titulado Sobre un libro llamado Lolita: acerca de algunos aspectos de una obra que es, para mí, una de las mejores escritas en lengua inglesa. Allí, antes de señalar los puntos vitales de la novela, describe su proceso de concepción, desde “el primer débil latido” que vibró en el autor hacia finales de 1939, hasta la entrega del primer borrador de Lolita a una serie de editores, quienes terminaron rechazando el libro. En este proceso se menciona un “prototipo” de Lolita, redactado en ruso, de cerca de unas treinta páginas, el cual le fue dictado a su esposa, Vera, y luego leído “una noche de guerra” a un grupo de amigos: Mark Aldanov, Vladimir Zenzinov e Ilya Fondaminsky. Pero, según señala Nabokov, el producto no le agradó y terminó destruyéndolo poco antes de partir a Nueva York.

El fantasma de aquella historia sencilla ―un hombre maduro que se obsesiona con una niña, se casa con la fastidiosa madre de esta y luego, tras la muerte de la esposa, se abalanza sobre la hijastra― le siguió persiguiendo hasta que terminó de ensamblar la novela que todos conocemos. Para fortuna de los millones de fanáticos de Vlad, ese embrión original no desapareció del todo, sino que se conservó, de alguna forma, en su original ruso, y Dmitri Nabokov se encargó de traducirlo al inglés, permitiendo que esta pequeña obra de arte pueda seguir siendo leída y apreciada.

Se podría pensar que El hechiceroVolshebnik en ruso, The Enchanter en inglés― es una versión inmadura de Lolita: provista de fallas, errores más adelante corregidos, ensayos de prosa o estudios a lápiz, bocetos si se quiere, de Humbert Humbert, Dolores Haze, la detestable Charlotte y Quilty. Para nada. El hechicero es una obra independiente, dotada de sus propias armas y madurez intelectual. Un relato largo en tercera persona acerca del impulso sexual de un pedófilo sobre una pequeña, y las condiciones que se presentan para que el choque entre ambos se dé, con sus terribles consecuencias.

A diferencia de Humbert, Arthur, protagonista de El hechicero, carece de una obsesión hacia las pre pubescentes; su fijación en la chiquilla con la que un día se topa en un parque, se dispara sin antecedentes, ante la sorpresa misma del profesor Arthur, quien se entrega a un monólogo intentando explicarse el porqué de su alteración, en algunos párrafos que dan inicio a la novela corta.

Las diferencias también están presentes en aquellos otros puntos donde se podrían señalar similitudes: la pequeña, sin nombre, es mucho menos desarrollada que Dolores y carece de su sentido del humor; la deprimente y enferma madre es solo un mueble viejo que se interpone entre el pederasta y su víctima, muy distinta a la alegre, obsesiva y fastidiosa Charlotte Haze, con sus cigarrillos y esnobismo de clase media. No hay, dentro de El hechicero, un némesis como Clare Quilty, cuya sombra despunte a cada tanto, acechando y amenazando los proyectos de irrealizable felicidad que Humbert compone en su mente mientras viaja a lo largo de la infinita Norteamérica.

El hechicero pertenece a otro mundo. Europa; la vieja Europa de preguerra. Aunque la narración es parca en detalles, y tengamos que comprender cuál es el escenario geográfico a partir de ciertas conjeturas, entendemos que la narración corre de un parque en París, y las lóbregas interioridades de un piso de apartamentos, hasta un hotelito en las proximidades del sur de Francia, cerca a la Costa Azul, donde, en coincidencia, empieza Lolita. Nabokov, tras alejarse de esa Francia ahora en poder de los nazis, y refugiarse en las anchas planicies americanas, reescribió la historia del pedófilo estableciendo escenarios más visuales y sonoros, llevando la acción por ciudades ficticias, parajes rurales y sus moteles con camas vibradoras y atracciones turísticas baratas. Entre ese primer esbozo y la obra final hay, ciertamente, más de un mar de distancia.

Pero El hechicero se puede leer de manera completamente independiente a Lolita. De hecho todas las novelas deberían leerse sin establecer conexiones entre versiones posteriores, previas, adaptaciones al cine, la televisión o las tablas.

Aquello que sí hermana a las dos novelas es el estilo nabokoviano, tan visible e identificable como los trazos de Picasso. El empleo de las figuras retóricas, siempre originales, propias de un enemigo de los lugares comunes. El negro sentido del humor que impregna la mayor parte de las novelas del buen camarada Vlad, el cual consigue mediante una capacidad de visión punzante y nítida, aún superior que las imágenes del cine. Sonidos, texturas y temperaturas alimentan las imágenes que se desarrollan entre las oscuridades de los tenebrosos escenarios.

Al igual que en Lolita, el lector asiste a las revelaciones fisiológicas de un pervertido ―la frase es también de N.―, pero el estudioso de las mariposas no se limita a plasmar un erotismo burdo, o una sexualidad prejuiciosa: la estética del texto, la belleza de las palabras son en toda la obra de Nabokov la esencia de lo que la literatura debe ser; por tanto, por encima de juicios morales, está el arte rítmico de la composición; cito aquí dos ejemplos para que el lector de estas líneas abandone sus preconcepciones y se remita a la obra que reseño:

“No puede tratarse de lascivia. La carnalidad más tosca es omnívora, mientras que la otra, la refinada, exige que haya, tarde o temprano, una satisfacción. Y si bien es cierto que he vivido cinco o seis aventuras de las corrientes, ¿acaso podría comparar su naturaleza insípidamente fortuita con esta otra llama tan singular?”

(P. 17)

Él se acercó más y más, sintió en la nuca que la puerta se había cerrado sola, fue aproximándose a la ágil concavidad de la columna vertebral de la niña, a los frunces de su cintura, a los cuadros en forma de losange de aquella tela cuya textura ya podía palpar desde dos metros de distancia, a las firmes venas azul pálido que se veían por encima del borde de sus calcetines hasta la rodilla, a la blancura de su nuca, que brillaba a la luz lateral que se colaba bajo sus rizos castaños, los cuales fueron vigorosamente sacudidos otra vez (costumbre en sus siete octavas partes, coqueteo en la restante).

(P. 51)

Para mí el escollo, la barrera u obstáculo último de cualquier obra es su capacidad narrativa, así como su belleza textual sobrevivan a pesar de las traducciones, o el tiempo. El hechicero fue escrita en el ruso y traducida, casi cincuenta años más tarde, por Dmitri Nabokov, al inglés, de la cual se sirvió la editorial Anagrama para publicar la versión que leí, traducida con acierto ―al menos eso espero― por Enrique Murillo. No concibo que una gran obra, que se precie de serlo, solo pueda ser apreciada si se lee en su idioma original; comprendo y acepto que ninguna traducción conseguirá replicar a su original, y que quien desee probar un texto con todo su sabor y color deberá remitirse a la fuente; mas, como para ello se requiere el conocimiento de otra lengua ―en este caso el complejísimo ruso―, es necesaria la labor de un buen traductor; arte complejo como pocos, lo sé de fuentes cercanas.

El rescate de esta obra abandonada, por Dmitri, permitió dar a conocer, no solo el primer intento de la gran Lolita, sino una novela íntegra, perfectamente definida y cargada de todos los elementos que hacen de Nabokov uno de los más grandes de la prosa occidental del siglo XX.