martes, 19 de enero de 2010

Como piezas de ajedrez




Tras haber leído, y releído, con pasión, una gran novela de un gran autor, se corre el riesgo de ver todos los defectos, o la falta de alcance de sus cualidades, de las demás obras del mismo. Algo así me ocurrió mientras leía La defensa de Vladimir Nabokov. El autor de Lolita, quizá una de las mejores novelas universales jamás escritas, escribió esta historia sobre desordenes mentales de un jugador en 1930; fue su tercera novela, y aunque estaba lejos del poderío narrativo y de lenguaje de sus obras finales —sus novelas en inglés—, ya enseña algunos colores y matices que conservará a todo lo largo de su carrera.


El argumento es sencillo, demasiado, y está lejos de pretender vender una gran historia que asombre a un lector sediento de aventuras. Lushin, hijo de un escritor, descubre, durante su lamentable infancia, el ajedrez, a manos de una tía; crece con este juego, demostrando una habilidad sorprendente, y llevándolo a la fama mundial, o al menos a la mayor fama que pueda alcanzar un jugador de ajedrez. En este punto conoce a quien será su esposa, pese a que a la madre de esta la idea le resulte aterradora: considera a Lushin un loco, un asocial y un vago. La pareja contrae matrimonio y, para conseguir que el pobre y un tanto demente Lushin ponga un poco los pies en la tierra, le prohíben —psiquiatra de por medio— el juego ciencia, el cual, ay, ocupa toda su mente; es toda su mente.


Como puede verse, un argumento muy simple, sin un gran conflicto que busque resolverse mediante el choque de dos bandos. Mas la historia permite a Nabokov desarrollar algunos de sus intereses temáticos, los cuales abundarán a lo largo de su obra bibliográfica: el exilio, el ajedrez, algunas impresiones de la vieja Europa y las disfunciones mentales.


Nabokov, miembro de la aristocracia rusa, perdió, con su familia, sus tierras y recursos tras la Revolución del 17. La familia, entonces, se dedicó a emigrar por Europa, y el joven Vladimir pasó varios años entre Alemania, Inglaterra y Francia. Algo similar a lo que le ocurre a Lushin, aunque Nabokov, en la breve introducción que añade a su novela, asegura que nada hay de autobiográfico en la misma. Sin embargo, tanto este aspecto, como el amor hacia el padre difunto, y la lejanía con su madre, remiten de la obra a la biografía del autor.


El ajedrez, por desgracia, no ocupa el puesto que podría tener una narración cuyo título, La defensa, nos pone de inmediato en el terreno de los cuadros blancos y negros. Lushin bien podría haber sido pintor, piloto de aeroplano, médico o, ¿por qué no? Escritor. La verdad ninguna otra profesión habría alterado el sentido del argumento: donde un hombre queda atrapado por aquella pasión profesional que lo consume y que termina por llenar toda su mente, aislándolo de la realidad. Se habla poco de ajedrez; muy poco si se tiene en cuenta que Nabokov era un maestro —no un gran maestro, no— de este juego, y que en sus últimos años se entregó, junto con las mariposas, a la confección y resolución de problemas, de aquellos que aún hoy en día, en algunos diarios, se ofrecen al desocupado ajedrecista de medio tiempo.


Los lagos italianos, Berlín, y los grandes hoteles, son el escenario principal donde vemos el encuentro, hacia la mitad de la novela, entre Lushin y quien será su esposa; aquella dama sin nombre y sin rostro, de belleza mediocre y quien resulta ser un poco más que un ancla que sostiene a Lushin conectado a la tierra.


Jardines, ventanas, flores y suelos encerados, descritos con la prolijidad decimonónica de los grandes autores franceses y rusos con los que Nabokov hizo escuela, nos pintan esta Europa de posguerra —que el gran Vlad no habría podido adivinar como un mundo “entre guerras”—, a salvo, un tanto, del caos de a Rusia Soviética, cuyos millares de expatriados se ven recorrer por doquier las páginas de La defensa.


Estoy en proceso de leer las demás novelas de Nabokov. Pero no espero hallar en ellas oraciones del calibre que se encuentran por doquier en Lolita. Una obra maestra solo se puede hacer una vez, y las demás veces serán, o bien intentos fallidos, o débiles repercusiones posteriores a un terremoto, una sacudida violenta, que es lo que viene a ser, en últimas, una gran obra de ficción.


1 comentario:

Kalvin Manson dijo...

Interesante, muy interesante. xD