martes, 9 de marzo de 2010

Sobre reglas y principios

Si hay una regla en el arte que se sobreponga a todas las demás es que, simplemente, el arte no tiene reglas. Por supuesto, el que podamos denominar a algo arte, y que alrededor de ello haya cierto consenso —al menos por parte de un grupo educado—, ya implica la presencia de algunos patrones que deben conservarse y que se pueden considerar como reglas. De ese punto en adelante todo lo que se diga podrá caer en las redes pegajosas de la relatividad: hay quienes no dudan en llamar artista a ciertos cantantes mediocres, arte a la publicidad, aunque resulte repetitiva, o en quitarle esta etiqueta a ciertas obras, clásicas para los eruditos, por el simple hecho de que no entran en la comprensión de todo el mundo. En últimas, la existencia de dichas reglas solo serviría para alimentar más las polémicas que para determinar la presencia de puntos de acuerdo respecto al elemento artístico en las obras.

Pero, ya que se está hablando de reglas, ¿cabe también la posibilidad de aplicar unas reglas inamovibles para la creación del arte?

Hace poco, en la página de The Guardian, aparecieron algunas reglas, o decálogos, confeccionados por algunos escritores; hay algunos puntos de acuerdo, pero lo que abundan son las divergencias; y es lo normal: cada autor desarrolla su propia manera de crear arte, y para ello sigue ciertos principios, los cuales, y eso es obvio, tal vez no se adecuen a las necesidades de otros.

Ahora bien, me pregunto, ¿resulta obligatorio para cada autor desarrollar, o al menos pretender seguir, un conjunto de reglas para escribir?

En cuanto a lo primero, podría, sí, resultar muy útil, siempre y cuando el escritor esté dispuesto a cambiar alguna regla si está alterando de forma negativa su trabajo. En este negocio nunca es bueno atenerse a nada de manera permanente; y aún la lectura de ciertos clásicos que puedan “servir de guía”, en algún momento, se transformarán en vicios que afectarán las obras. Y, por otra parte, tener confianza en un grupo de parámetros (o llámesele como deseen) elimina muchas inseguridades.

¿Y qué hay de las reglas que ya existen? Las que otros escritores han puesto por ahí, quizá en alguna revista o que dejaron caer mientras eran entrevistados. ¿Vale la pena seguir las líneas de esos autores?: Algunos de sus consejos parecen muy sencillos, y son más bien parte de la forma en la cual un escritor desea llevar su vida que de asuntos radicalmente atados a la composición.

La verdad es que conocer los puntos de vista, los decálogos y las leyes de otros autores no guarda nada nocivo: vale la pena leerlas y tenerlas en cuenta, aplicándolas cuando puedan resultar útiles, más sin llegar a sostenerlas en lo alto como palabras sagradas dadas por profetas conectados directamente con el ser superior.

En mi caso personal no tengo reglas; ni me ciño a horarios, ni a mecanismos o protocolos para poner algo por escrito. Escribo cuando puedo, y cuando me siento de buen humor para ello. Escribo bebiendo o sin probar nada; en papel y en computadora, en donde caigan las palabras. En fin, estoy lejos de creer o seguir reglas; ni propias ni prestadas. En mi caso, digo yo, lo que tengo son ciertos principios, sobre los cuales escribí en una oportunidad pasada en este blog, y que son más que los que en aquel momento cité. La diferencia primordial se encuentra en que mientras las reglas constriñen la concepción o la redacción, los principios dan pautas para la creación misma: decirte a ti mismo “no usaré adverbios de modo” puede ser útil para evitar las enmiendas de parte de un corrector demasiado quisquilloso, pero eso no te ayudará a crear mejores historias.

La verdad es que he encontrado que las reglas solo sirven para eso: imponer límites y aplicar los frenos al caballo desbocado en que algunas veces se transforma la narración; la extremada libertad narrativa del escritor. Pero las reglas mismas no sirven incentivar a crear mejores obras, o para aplicar un parámetro general a lo que estamos escribiendo y conducirlo en la dirección que deseamos.

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