domingo, 18 de abril de 2010

Lo nuevo del agente Katz

Hace unas dieciseís horas del momento en que estoy escribiendo esto culminé el primer borrador de mi quinta novela, cuyo título me reservo, a fin de que este sea plagiado por algún astuto sin imaginación. Y, como terminar de redactar una novela no es algo que le ocurra a uno todos los días, lanzaré en este blog algunas reflexiones al respecto.



Primero debo comentarles algunos aspectos de la trama. LdC (iniciales de la novela) trae de vuelta al agente secreto Leonardo Katz, en una misión que ocurre cerca de dos años después de lo narrado en Flores para Irma, novela que fue escribiendo y publicando en my otro blog “Puesto de combate”. Katz, para quienes lo ignoren, es un aspirante a escritor cuya habilidad con las letras es casi nula, todo lo contrario a sus habilidades en el desagradable mundo del espionaje. En Flores… Katz empieza a trabajar con la CIA, esta vez sirviendo como correo para llevarle un mensaje a un misterioso líder religioso que vive en Teherán.


Ahora, como ya comentaba, ha pasado algún tiempo, y otras cuantas misiones para la Compañía. Katz no ha cambiado mucho: trata de sostener una relación con la caprichosa e insportable Erika; escribe cuando le es posible cuentos y novelas; ha tenido un moderado éxito con uno de sus libros, y se ha sostenido, en realidad, con lo que gana como mercenario, bien al servicio del gobierno colombiano, cuando no de civiles para los que hace pequeños trabajos de investigación.


Una tarde, en medio del centro de la ciudad, Katz se topa con su viejo amigo y compañero de armas, Sigismund Hegel, quien lo invita a una cena con otros escritores en su apartamento. Tras dicho encuentro, Hegel, y una amiga de este, Irina, le proponen a Katz que trabaje para ellos en una misión cuyo objetivo es secuestrar a un criminal de guerra; un antiguo coronel del ejército argentino con algunos crímenes en su hoja de vida, y quien hasta ahora ha logrado mantenerse oculto bajo un nombre falso.


Y ese es el argumento inicial de LdC. Lo demás son casi trescientas páginas de prosa que he mecanografiado —me encanta ese verbo— durante casi cinco años. Y esto tiene una explicación:


Una mañana, de un día feriado, tras una reunión de trabajo a la que me vi obligado a asistir, pero que bien pude haber evitado, vagaba por el centro de la ciudad de Bogotá sin mayor ocupación que dejar correr la mente con toda clase de pensamientos inconexos. Entre ese zigsag por callejones y avenidas, terminé entrando en la biblioteca, con la esperanza de soslayarme un rato con la lectura de alguna novela de aventuras; pedí, por los azares de la búsqueda sin objeto, La Noche del Zorro, de Jack Higgins. Y, de repente, como en una alucinación vi entrar al agente secreto Leo Katz, y sentarse en un extremo de la sala de lectura, con su abrigo negro y sus ojos de asesino.


Esa misma tarde compré en el mercado callejero una Rémington usada a la que le faltaban un par de teclas y me entregué, recién al llegar a mi casa, a contar la historia de aquel tipo. De eso han pasado cinco años, en los cuales me he dedicado a otras tantas cosas, pero durante los cuales también me he dedicado a escritura de esta novela de aventuras que, de ser posible, espero poder ir posteando en mi blog, de la misma forma en como lo hice con Flores para Irma.


En espera que eso ocurra, seguiré corrigiendo borradores.

viernes, 2 de abril de 2010

Maldito Borges



¡Maldito Borges! ¿Por qué eres un genio? Qué importa que tu cuerpo haya muerto, si queda la mente, grabada en millones de páginas traducidas a todos los idiomas. Vives entonces si nos hablas cada vez que te leemos, con tu lenta dicción de catedrático argentino. ¿Por qué sabías tanto, qué necesidad tenías de saber? De no olvidar nada, de perseguir y profundizar en todo.


A cada cuento que leo, a cada ensayo, aparece aquel espectro erguido, gabán sobre los hombros, bastón empuñado, que mira sin ver (un moderno Homero), mientras las oraciones, breves y puntiagudas, se suceden, como una oruga que aplasta con lógica inmodificable. Podría decir que eres perfecto, ¡y cuánta sabiduría necesitaré algún día para probar lo contrario! Eres la herramienta con todas las medidas, que cabe en cada orificio y abraza cualquier medida: “siempre se puede citar a Borges, siempre se puede leerlo, siempre se puede entenderlo, siempre se puede emplear como ejemplo”; me he dicho, y le he dicho a otros, aunque, como a todo clásico, le vulgo tienda a etiquetarlo como “desactualizado”.


Pero nos sobrevivirás; y a esta época de tinieblas, albores del siglo y al fin del siglo y al siguiente. Sobrevivirás, estoy seguro, a mí, y a los otros miles de escritores formados por tu modelo, y a los otros, a los Vargas Llosa, los García Márquez y, tal vez, también a los Cortázar, tal vez a todo el siglo XX, y a nuestra época, y si esta especie no se autodestruye, en los milenios por venir, tal vez tu prosa sobreviva al idioma en que fue escrita, y, por último, sobreviva a Borges mismo, y llegue el día en que se alce sobre el podio el estudioso y diga “nunca hubo un hombre llamado J. L. Borges”, como otros hoy día niegan a Homero, o a Shakespeare.


Las grandes ideas y las historias eternas no pertenecen, me temo, a los genios que las crean, ni a su tiempo, ni a sus lectores, sino al alma humana universal misma, como a nosotros, todos, pertenecen la noción del tiempo, la certeza sobre la muerte y la necesidad de hallar un sentido a la existencia.


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El texto anteriormente presentado lo compuse de golpe —lo habrán notado por el tono— en uno de mis cuadernos, en plena clase de sociología, mientras leía algunos textos borgianos, fingiendo escuchar a mi tosco profesor y sus inservibles teorías sociales. Lo transcribo, después de mucho tiempo, y ahora lo posteo acá para no ir a perderlo. Sé que no es lo más lúcido, o lo más elegante que he puesto acá, pero expresa mejor mis sentimientos que cualquier sesudo ensayo en plural mayestático que arrastra a sus pies notas bibliográficas, como una novia la cola de su pasteloso traje. Preferí esto, algo honesto.