jueves, 13 de mayo de 2010

Pero... ¿es arte?



Primero, una renuncia legal: ha habido muchas discusiones acerca del tema, y se han redactado centenares de páginas al respecto, así que yo solo estoy arrojando un leño más a una hoguera que no presentará mayor alteración con mis palabras: hablo de la casi eterna discusión sobre si la crónica periodística es parte de la literatura.

Y para quienes, decepcionados, deseen no seguir leyendo ―están en su derecho―, les adelanto mi respuesta: no, no es una parte de la literatura. Si desean ver la argumentación que exige tal afirmación negativa, continúen leyendo.

Primera afirmación, la literatura es arte. El periodismo, un oficio con un propósito. La literatura no tiene propósito. El periodista puede levantarse cada mañana, mirar por la ventana y sentirse orgulloso al saber que está cumpliendo un deber ante la sociedad; que su área de trabajo es algo muy necesario para la vida diaria de todas las personas. Que, sí, un poco, ayuda a cambiar el mundo, o al menos las percepciones del mundo, cada vez que le permite a sus lectores conocer las verdades que se suceden alrededor, y de las cuales no llegaría a enterarse de otra manera; o ni siquiera le interesaría saber.

El escritor nunca podrá levantarse y sentir que “escribe porque debe”; su deuda es consigo mismo, podemos decir, o con la editorial, si es que ya ha firmado un contrato para redactar cinco novelas por un jugoso anticipo. Pero por fuera de las negociaciones editoriales, nadie necesita a los escritores. Ya hay demasiados; y lo que escribe la mayoría no es más que necedades o banalidades que en unos meses habrán perdido su validez.

No estoy sugiriendo que deban detenerse todos los novelistas y cuentistas y buscarse empleos más productivos ―los poetas sí; busquen algo que hacer―; lo que pretendo exponer es que el mundo no será más ni será menos si un novelista, o un aprendiz de escritor, digamos, se detiene en mitad de un párrafo, al comienzo o a la mitad de su proyecto, manda todo a volar y se dedica a la cría de truchas, por ejemplo. Siempre habrá consumidores de trucha ―yo soy uno―, o al menos famélicos a quienes no les vendría mal un buen plato de comida. Nadie puede comer un libro, nadie puede beberlo. Hacer una fogata, sí, por ejemplo, aunque pocos ejemplares, salvo algunos gruesos volúmenes, como las novelas de caballería, podrán dar más que unos minutos de calor y luz.

Esta inutilidad práctica de la literatura debe tomarse desde una perspectiva general. Por supuesto, el hecho de que millones de volúmenes se sigan imprimiendo hoy día, que las editoriales y librerías sigan dando trabajo, y que aún en nuestro tiempo se puedan encontrar en las capitales de algunas naciones civilizadas a escritores propietarios de colosales apartamentos decorados con refinado gusto, o que sus nombres aparezcan en Forbes ―cosa que, por cierto, no se puede decir de ningún periodista―, demuestra que la literatura sí tiene aún un valor, y que no se le puede poner por debajo de una lata de fríjoles, o una batería de auto, solo porque su utilidad no es tan práctica como estos. La literatura, tiene, nada más, otros objetivos, que, salvo su valor de cambio ―el dinero que se puede adquirir por la venta de estos―, no son de primera mano. Me explico: yo creo, mi querido lector, que usted me lee porque tiene el hábito de la lectura; y no me sería extraño que si entro en su casa me tope, junto al necesario amoblado, un estante lleno de libros. Es decir, usted lee porque le gusta; disfruta sentarse y recorrer las palabras, llenarse de los contenidos, seguir una trama, esas cosas. Por ello no le preocupa gasta el equivalente en precio a un almuerzo refinado, o al costo de la cuenta de electricidad, por adquirir un tomo de ese autor que ya lo ha entretenido en el pasado, o de ese nuevo escritor que tanto ha visto recomendado. Leemos y punto. Y la belleza, la utilidad, del objeto, es decir, su valor de uso, están dentro del objeto mismo, y no por fuera. He ahí el concepto de estética kantiana. Lo mismo podría decirse de un cuadro que apreciamos en el museo, o en el corredor de nuestra casa, o de la sinfonía que apreciamos, en la paz grave de la sala de conciertos, o en la soledad de nuestro iPod.

No leemos noticias con ese fin. No hay una necesidad estética tras el reportaje, la entrevista o la noticia breve. Leemos una información cuando su encabezado nos llama la atención, y captamos cada palabra hasta el punto final, lo cual nos ha aportado un conocimiento: ha sucedido esto, o ha dejado de suceder lo otro. No podremos, como en el caso de un poema, recordar un verso en particular, o una metáfora que nos haya impresionado. No necesitamos, además, conservar las palabras precisas, sino el sentido general de texto. Y esto se aplica a otras tantas formas de escritos.

¿Pero qué pasa con la crónica? ¿No se hallará, acaso, en un punto en el medio, entre la expresión estética y la comunicación periodística? Podemos darle ese valor, por supuesto, pero no es esa su función, y he ahí el punto central de esta argumentación: la crónica tiene una utilidad, no así la narrativa. Podemos entretenernos, aún hoy, releyendo la historia de caperucita contada por Perrault, pero muchos preferirán leer la crónica roja sobre la chica que, tras caer en manos de un depravado, quien tenía planeado, además, saquear la casa de la abuela de la menor, es atrapado por un hombre común, quien se ha convertido en héroe. El hecho que sea real agrega un matiz que un cuento, o una novela, por hábil que sea el prosista, no conseguirá darle. Para entender esto, véase los efectos que puede causar, en un espectador común, ver, por un lado, a un maniático de un filme de terror de los ochenta decapitar a un adolescente tras sorprenderle teniendo relaciones prematrimoniales ―un gran tópico del género―, y por el otro, la ejecución de un periodista occidental a manos de terroristas iraquíes. Ante lo primero, estoy casi seguro, enseñará una mueca de desagrado, sino un gran bostezo; mas a lo segundo hará la mirada a un lado, y expresará su horror con palabras, amen que no podrá quitarse la imagen de la cabeza por un buen tiempo.

Las crónicas, entonces, tienen otra utilidad: nos dejan ver el mundo; la narrativa nos permite, en cambio, ver múltiples mundos, pero siempre desde una perspectiva subjetiva, y al menos aquello es lo que se espera, no así en el periodismo, donde la objetividad es la regla.


He conocido en mi vida algunos periodistas, y a profesores de periodismo con quienes conservo alguna amistad. Los aprecio, y valoro la labor informativa más aún que la labor literaria, pero, por favor, dejen de insistir en lo “artístico” de sus escritos. Si bien es cierto que algunos de ustedes le ponen el corazón a sus trabajos, y que no los mandan al editor sin haber sentido antes que en aquellos florecen ciertas bellezas emparentadas con la poesía o la gran narrativa, no es tampoco el parámetro seguido por todos. Los grandes maestros del género, es cierto, han sido redactores de primer orden, cuyas crónicas bien podrían parecer cuentos ―y ahora que lo menciono, soy posiblemente el único que piensa que lo mejor de la obra de Gabriel García Márquez no son sus novelas, sino sus crónicas y reportajes, las cuales no me canso de sugerir como lectura―, ningún periodista está obligado a parecer un narrador, ni alcanzar los niveles estético-literarios de los clásicos de la novela o del relato. Una crónica puede ser burda, desde el punto de vista del sonido de las oraciones, y aún así cumplir su tarea de comunicación a toda regla.

Llegados a este punto debo añadir un argumento más, y es una pequeña crítica a los periodistas, o al menos a aquellos cuyo pecho se ensancha cada vez que tratan de colarse en el mundo de la literatura. Es cierto ―y creo ya haberlo dicho en otro post―, que las salas de redacción son sitios lóbregos, no muy distintos a los corredores de las oficinas de impuestos, o de cualquier otra empresa pública. Y es triste permanecer ahí; y hacer grandes esfuerzos para que, bajo el título de tu esmerado trabajo aparezca, como autor, el anónimo “redacción general”. Y, cuando has llegado a cierto nivel de prestigio, tu nombre no le diga mayor cosa a la población general, salvo que sean suscriptores del diario con muy buena retentiva.

Pero, por favor, no traten de sentirse escritores, o artistas; no se cuelen en las charlas literarias pretendiendo ser “novelistas de la realidad”, abominable término este que alguna vez le oí a un estudiante de comunicación social. Tienen una profesión muy bella, y que requiere, hay que añadir, grandes dosis de valentía y disciplina; así que por favor, no la rebajen, ni pretendan compararla con la creación literaria. Son mundos aparte, y esto nadie debe lamentarlo. Tampoco nos hermana, si es que se les ha pasado por la cabeza, el uso de la palabra. También escriben y leen los abogados, pero nadie llamaría a los códigos “literatura”, ni a las recetas de cocina, ni a los manuales de procedimientos quirúrgicos, pese a toda la belleza que alguien, muy entrado en el tema, pueda encontrar en ello.