lunes, 21 de junio de 2010

Notas de coyuntura


Juan Manuel Santos, miembro de lo que, para los estándares de este país representa la “rancia oligarquía” ―y la etiqueta le queda corta―, ha triunfado en las elecciones presidenciales, ayer, tras ganar en las urnas por una mayoría no vista en décadas, superando a su propio amo, Álvaro Uribe. Mis amigos han estado lamentándose por la derrota de Antanas Mockus, y con ello el fin de la esperanza de “un mejor país”, que como toda esperanza no es más que una ilusión.

Que el nuevo presidente sea Santos me molesta, aunque no debería preocuparme: no soy homosexual, ni negro, tampoco indígena o desplazado; incluso, si tomamos en cuenta que poseo un televisor, una computadora, asisto a la universidad, tengo empleo y consumo un número sano de calorías, estoy por fuera de ese sesenta por ciento de pobres que viven en este extraño país, razón por la cual tampoco debe preocuparme la continuidad de la derecha en el poder.

Como bogotano burgués, no debería preocuparme las lluvias de químicos que se emplean en la erradicación de cultivos; al fin y al cabo no vivo en el campo, y la mayor parte de los alimentos que consigo en el supermercado son importados, más económicos que el producto nacional, gracias a los acuerdos comerciales del gobierno Uribe, que han favorecido a las industrias agrícolas de los países desarrollados, por encima de las nacionales.

Como hombre blanco y habitante de un sector de clase media, relativamente cercano a la Casa de Nariño, lo último que podría quitarme el sueño son las operaciones de tierra arrasada, que cada año, desde el comienzo del Plan Colombia, allá, por las épocas en que gobernaban los conservadores, han venido quitándoles su tierra, sus medios de subsistencia, cultura, valores y dignidad a miles de indígenas y decenas de miles de comunidades afrocolombianas.

Ya, como dice la publicidad del gobierno, no debo temer las pescas milagrosas, ya que las carreteras están militarizadas cada fin de semana, para que nosotros, los respetables de las ciudades, podamos viajar a nuestras villas de veraneo en los días no laborales. Aunque me veo obligado a añadir que, dada la situación de la economía colombiana ―la de menor crecimiento en esta parte del globo―, no cuento con los recursos suficientes para tomarme siquiera una cerveza junto a una piscina pública en algún cálido municipio de Cundinamarca. Pero sí, quejas a un lado, nuestras carreteras, y las fincas, dachas, quintas, haciendas y reses de ganado de nuestros amados gobernantes, aristócratas locales, ricos comerciantes, y obesos narcotraficantes están seguras; y qué importa que esa seguridad no se le esté brindando a los corregimientos, caseríos y pueblos donde la guerrilla ha gobernado desde hace tanto tiempo que la gente no conoce otra forma de gobierno, si los que pagan impuesto son las gentes de bien, y no esos pueblerinos sin educación, que no conocen lo que es un colegio, o siquiera un puesto de salud, ya que, más vale tener tres tanques españoles y siete cazas israelíes almacenados en un hangar, y protegernos así de la inminente invasión de Venezuela, de Ecuador, de Bolivia, de Brasil, o una posible llegada de los marcianos, o una arremetida de hombres topo, si es que las abejas asesinas no vienen por nosotros.

¿Por qué habría de preocuparme el triunfo de Santos? Ya han gobernado otros de su estirpe, y aunque nada hicieron antes, ni harán ahora, por sacar este país adelante, siempre nos asegurarán, a nosotros, los distinguidos bogotanos, que habrán centros comerciales, que podremos adquirir billeteras Louis Vuitton, tener un Porche o cubrir nuestros baños con auténtico porcelanato italiano. ¡Qué nunca falte la inversión extranjera! Ni los turistas, la publicidad de Colombia es Pasión en cada producto colombiano, para que así nunca falten americanos, holandeses, japoneses o españoles que se paseen por nuestras calles, playas y sierras, contemplando la belleza de país, aun con la cada vez mayor cantidad de indigentes, desempleados y desplazados que bordean estas atracciones turísticas. Y aunque Colombia siga siendo uno de los principales destinos turísticos para pederastas y consumidores de cocaína, y la droga se siga vendiendo y los adultos ofreciendo a sus niños en Cartagena o Medellín, lo importante, no olvidemos, es que la seguridad democrática proteja a los turistas, aunque la sociedad se siga desmoronando.

Eventualmente me iré de Colombia, como tantos otros. Empacaré algunas cosas en una maleta y lo demás lo compraré allí donde llegue. Soy un hombre educado, hablo inglés y algo de francés, y no me faltan brazos para trabajar como peón en las praderas de Arkansas o en los viñedos de Portugal. Me iré, porque aunque para quienes tienen dinero la vida aquí no es mala, eventualmente la masa humana de desempleados, desplazados, gente sin hogar, sin pasado, perseguida por la guerrilla, los paras, los sicarios, las bandas delincuenciales conformadas por ex paras, el gobierno, las enfermedades y el hambre, terminará por obligarnos a todos a andar con escoltas, auto blindado, puerta reforzada y un asesor del DAS para que nos informe si nuestra empleada doméstica no está planeando secuestrarnos.

Estúpidos lectores que votaron por Juan Manuel Santos, no se puede construir un país para unos pocos sobre la sangre, el sudor y el miedo de los demás: podrán cada día construir muros más altos, reforzar su guardia, ignorar a quienes les piden una moneda en la calle o establecer centros comerciales cada vez más selectivos con su clientela, pero terminarán por convertirse en una minoría extranjera en su propia patria, y a esta, como a los colonos europeos en África y Asia, tarde o temprano tendrá que empacar sus maletas y abandonarlo todo, el día en que la nación no ofrezca un solo sitio seguro, ni un poco de sombra fuera de las alambradas de espino.

domingo, 13 de junio de 2010

Una labor de hechicería


Al final de Lolita se puede encontrar, en algunas ediciones, un breve ensayo de Vladimir Nabokov titulado Sobre un libro llamado Lolita: acerca de algunos aspectos de una obra que es, para mí, una de las mejores escritas en lengua inglesa. Allí, antes de señalar los puntos vitales de la novela, describe su proceso de concepción, desde “el primer débil latido” que vibró en el autor hacia finales de 1939, hasta la entrega del primer borrador de Lolita a una serie de editores, quienes terminaron rechazando el libro. En este proceso se menciona un “prototipo” de Lolita, redactado en ruso, de cerca de unas treinta páginas, el cual le fue dictado a su esposa, Vera, y luego leído “una noche de guerra” a un grupo de amigos: Mark Aldanov, Vladimir Zenzinov e Ilya Fondaminsky. Pero, según señala Nabokov, el producto no le agradó y terminó destruyéndolo poco antes de partir a Nueva York.

El fantasma de aquella historia sencilla ―un hombre maduro que se obsesiona con una niña, se casa con la fastidiosa madre de esta y luego, tras la muerte de la esposa, se abalanza sobre la hijastra― le siguió persiguiendo hasta que terminó de ensamblar la novela que todos conocemos. Para fortuna de los millones de fanáticos de Vlad, ese embrión original no desapareció del todo, sino que se conservó, de alguna forma, en su original ruso, y Dmitri Nabokov se encargó de traducirlo al inglés, permitiendo que esta pequeña obra de arte pueda seguir siendo leída y apreciada.

Se podría pensar que El hechiceroVolshebnik en ruso, The Enchanter en inglés― es una versión inmadura de Lolita: provista de fallas, errores más adelante corregidos, ensayos de prosa o estudios a lápiz, bocetos si se quiere, de Humbert Humbert, Dolores Haze, la detestable Charlotte y Quilty. Para nada. El hechicero es una obra independiente, dotada de sus propias armas y madurez intelectual. Un relato largo en tercera persona acerca del impulso sexual de un pedófilo sobre una pequeña, y las condiciones que se presentan para que el choque entre ambos se dé, con sus terribles consecuencias.

A diferencia de Humbert, Arthur, protagonista de El hechicero, carece de una obsesión hacia las pre pubescentes; su fijación en la chiquilla con la que un día se topa en un parque, se dispara sin antecedentes, ante la sorpresa misma del profesor Arthur, quien se entrega a un monólogo intentando explicarse el porqué de su alteración, en algunos párrafos que dan inicio a la novela corta.

Las diferencias también están presentes en aquellos otros puntos donde se podrían señalar similitudes: la pequeña, sin nombre, es mucho menos desarrollada que Dolores y carece de su sentido del humor; la deprimente y enferma madre es solo un mueble viejo que se interpone entre el pederasta y su víctima, muy distinta a la alegre, obsesiva y fastidiosa Charlotte Haze, con sus cigarrillos y esnobismo de clase media. No hay, dentro de El hechicero, un némesis como Clare Quilty, cuya sombra despunte a cada tanto, acechando y amenazando los proyectos de irrealizable felicidad que Humbert compone en su mente mientras viaja a lo largo de la infinita Norteamérica.

El hechicero pertenece a otro mundo. Europa; la vieja Europa de preguerra. Aunque la narración es parca en detalles, y tengamos que comprender cuál es el escenario geográfico a partir de ciertas conjeturas, entendemos que la narración corre de un parque en París, y las lóbregas interioridades de un piso de apartamentos, hasta un hotelito en las proximidades del sur de Francia, cerca a la Costa Azul, donde, en coincidencia, empieza Lolita. Nabokov, tras alejarse de esa Francia ahora en poder de los nazis, y refugiarse en las anchas planicies americanas, reescribió la historia del pedófilo estableciendo escenarios más visuales y sonoros, llevando la acción por ciudades ficticias, parajes rurales y sus moteles con camas vibradoras y atracciones turísticas baratas. Entre ese primer esbozo y la obra final hay, ciertamente, más de un mar de distancia.

Pero El hechicero se puede leer de manera completamente independiente a Lolita. De hecho todas las novelas deberían leerse sin establecer conexiones entre versiones posteriores, previas, adaptaciones al cine, la televisión o las tablas.

Aquello que sí hermana a las dos novelas es el estilo nabokoviano, tan visible e identificable como los trazos de Picasso. El empleo de las figuras retóricas, siempre originales, propias de un enemigo de los lugares comunes. El negro sentido del humor que impregna la mayor parte de las novelas del buen camarada Vlad, el cual consigue mediante una capacidad de visión punzante y nítida, aún superior que las imágenes del cine. Sonidos, texturas y temperaturas alimentan las imágenes que se desarrollan entre las oscuridades de los tenebrosos escenarios.

Al igual que en Lolita, el lector asiste a las revelaciones fisiológicas de un pervertido ―la frase es también de N.―, pero el estudioso de las mariposas no se limita a plasmar un erotismo burdo, o una sexualidad prejuiciosa: la estética del texto, la belleza de las palabras son en toda la obra de Nabokov la esencia de lo que la literatura debe ser; por tanto, por encima de juicios morales, está el arte rítmico de la composición; cito aquí dos ejemplos para que el lector de estas líneas abandone sus preconcepciones y se remita a la obra que reseño:

“No puede tratarse de lascivia. La carnalidad más tosca es omnívora, mientras que la otra, la refinada, exige que haya, tarde o temprano, una satisfacción. Y si bien es cierto que he vivido cinco o seis aventuras de las corrientes, ¿acaso podría comparar su naturaleza insípidamente fortuita con esta otra llama tan singular?”

(P. 17)

Él se acercó más y más, sintió en la nuca que la puerta se había cerrado sola, fue aproximándose a la ágil concavidad de la columna vertebral de la niña, a los frunces de su cintura, a los cuadros en forma de losange de aquella tela cuya textura ya podía palpar desde dos metros de distancia, a las firmes venas azul pálido que se veían por encima del borde de sus calcetines hasta la rodilla, a la blancura de su nuca, que brillaba a la luz lateral que se colaba bajo sus rizos castaños, los cuales fueron vigorosamente sacudidos otra vez (costumbre en sus siete octavas partes, coqueteo en la restante).

(P. 51)

Para mí el escollo, la barrera u obstáculo último de cualquier obra es su capacidad narrativa, así como su belleza textual sobrevivan a pesar de las traducciones, o el tiempo. El hechicero fue escrita en el ruso y traducida, casi cincuenta años más tarde, por Dmitri Nabokov, al inglés, de la cual se sirvió la editorial Anagrama para publicar la versión que leí, traducida con acierto ―al menos eso espero― por Enrique Murillo. No concibo que una gran obra, que se precie de serlo, solo pueda ser apreciada si se lee en su idioma original; comprendo y acepto que ninguna traducción conseguirá replicar a su original, y que quien desee probar un texto con todo su sabor y color deberá remitirse a la fuente; mas, como para ello se requiere el conocimiento de otra lengua ―en este caso el complejísimo ruso―, es necesaria la labor de un buen traductor; arte complejo como pocos, lo sé de fuentes cercanas.

El rescate de esta obra abandonada, por Dmitri, permitió dar a conocer, no solo el primer intento de la gran Lolita, sino una novela íntegra, perfectamente definida y cargada de todos los elementos que hacen de Nabokov uno de los más grandes de la prosa occidental del siglo XX.

viernes, 4 de junio de 2010

Mis principios de escritor II



Añado a mi listado anterior estos otros puntos. Anoten los aprendices de escritor.


1. Never let them see you bleed. (Q en The World is not Enough): nadie es perfecto, pero se debe revisar constantemente los errores gramaticales y ortográficos, a fin de que nadie pueda aferrarse a estos para desacreditar el texto.

2. Always have an escape plan. (Idem): muchas veces, el autor se entrega a desarrollar la trama sin tener un control de su argumento; el resultado es, muchas veces; el caer en callejones sin salida, lo que obliga a reescribir o introducir cambios que afectan de forma negativa el escrito. Siempre se debe tener en mente cómo conducir la historia hacia ese punto donde queremos que llegue.

3. If not you, who; if not now, when? (“Si no eres tú, quién; si no es ahora, cuándo”. Garry Herbert): en el arte, como en la ciencia, las ideas que sobreviven son aquellas cuya originalidad marca una pauta. Algunos escritores, especialmente los jóvenes, tienen ideas frescas, mas suelen desecharlas e inclinarse por repetir las fórmulas ya empleadas por otros. Debo añadir que, del mismo modo, son los profesores de literatura, así como los directores de talleres de escritura, quienes llenan a sus pupilos de temores, alejándolos de la innovación.

4. El movimiento se demuestra andando. (Anónimo): un terrible defecto de los aprendices de escritor ―y por esto no me estoy refiriendo únicamente a los escritores jóvenes― es hablar más y escribir menos. Pasan horas entre sus compinches, en un café, o en juegos de seducción, mientras hablan con seguridad abrumadora sobre su obra escrita, o sobre la manera correcta de escribir. Es también algo que deberían recordar los encargados de los talleres de escritura creativa: muchos de ellos pueden pasar horas hablando sobre técnicas y recursos narrativos, pero esto no resulta válido si no hay una obra detrás que la sustente.

5. ¿Is it safe? (Dr Christian Szell en Marathon Man): antes de tomar cualquier riesgo narrativa, como un cambio de tono, un giro en la trama, o la muerte súbita del protagonista, debe considerarse los peligros que se corren al tomar esa decisión. De hecho, cada paso, cada párrafo, entraña sus peligros; bien puede el escritor estarse dirigiendo a un callejón sin salida, o estarse alejando de la vía en que su texto podría alcanzar unos resultados que, de continuar con el plan, no alcanzaría.

6. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse. (Ludwig Wittgenstein): simple, evita escribir sobre temas que desconoces, o cosas que no comprendes. Esta debería ser la regla cardinal de todos los escritores.