domingo, 13 de junio de 2010

Una labor de hechicería


Al final de Lolita se puede encontrar, en algunas ediciones, un breve ensayo de Vladimir Nabokov titulado Sobre un libro llamado Lolita: acerca de algunos aspectos de una obra que es, para mí, una de las mejores escritas en lengua inglesa. Allí, antes de señalar los puntos vitales de la novela, describe su proceso de concepción, desde “el primer débil latido” que vibró en el autor hacia finales de 1939, hasta la entrega del primer borrador de Lolita a una serie de editores, quienes terminaron rechazando el libro. En este proceso se menciona un “prototipo” de Lolita, redactado en ruso, de cerca de unas treinta páginas, el cual le fue dictado a su esposa, Vera, y luego leído “una noche de guerra” a un grupo de amigos: Mark Aldanov, Vladimir Zenzinov e Ilya Fondaminsky. Pero, según señala Nabokov, el producto no le agradó y terminó destruyéndolo poco antes de partir a Nueva York.

El fantasma de aquella historia sencilla ―un hombre maduro que se obsesiona con una niña, se casa con la fastidiosa madre de esta y luego, tras la muerte de la esposa, se abalanza sobre la hijastra― le siguió persiguiendo hasta que terminó de ensamblar la novela que todos conocemos. Para fortuna de los millones de fanáticos de Vlad, ese embrión original no desapareció del todo, sino que se conservó, de alguna forma, en su original ruso, y Dmitri Nabokov se encargó de traducirlo al inglés, permitiendo que esta pequeña obra de arte pueda seguir siendo leída y apreciada.

Se podría pensar que El hechiceroVolshebnik en ruso, The Enchanter en inglés― es una versión inmadura de Lolita: provista de fallas, errores más adelante corregidos, ensayos de prosa o estudios a lápiz, bocetos si se quiere, de Humbert Humbert, Dolores Haze, la detestable Charlotte y Quilty. Para nada. El hechicero es una obra independiente, dotada de sus propias armas y madurez intelectual. Un relato largo en tercera persona acerca del impulso sexual de un pedófilo sobre una pequeña, y las condiciones que se presentan para que el choque entre ambos se dé, con sus terribles consecuencias.

A diferencia de Humbert, Arthur, protagonista de El hechicero, carece de una obsesión hacia las pre pubescentes; su fijación en la chiquilla con la que un día se topa en un parque, se dispara sin antecedentes, ante la sorpresa misma del profesor Arthur, quien se entrega a un monólogo intentando explicarse el porqué de su alteración, en algunos párrafos que dan inicio a la novela corta.

Las diferencias también están presentes en aquellos otros puntos donde se podrían señalar similitudes: la pequeña, sin nombre, es mucho menos desarrollada que Dolores y carece de su sentido del humor; la deprimente y enferma madre es solo un mueble viejo que se interpone entre el pederasta y su víctima, muy distinta a la alegre, obsesiva y fastidiosa Charlotte Haze, con sus cigarrillos y esnobismo de clase media. No hay, dentro de El hechicero, un némesis como Clare Quilty, cuya sombra despunte a cada tanto, acechando y amenazando los proyectos de irrealizable felicidad que Humbert compone en su mente mientras viaja a lo largo de la infinita Norteamérica.

El hechicero pertenece a otro mundo. Europa; la vieja Europa de preguerra. Aunque la narración es parca en detalles, y tengamos que comprender cuál es el escenario geográfico a partir de ciertas conjeturas, entendemos que la narración corre de un parque en París, y las lóbregas interioridades de un piso de apartamentos, hasta un hotelito en las proximidades del sur de Francia, cerca a la Costa Azul, donde, en coincidencia, empieza Lolita. Nabokov, tras alejarse de esa Francia ahora en poder de los nazis, y refugiarse en las anchas planicies americanas, reescribió la historia del pedófilo estableciendo escenarios más visuales y sonoros, llevando la acción por ciudades ficticias, parajes rurales y sus moteles con camas vibradoras y atracciones turísticas baratas. Entre ese primer esbozo y la obra final hay, ciertamente, más de un mar de distancia.

Pero El hechicero se puede leer de manera completamente independiente a Lolita. De hecho todas las novelas deberían leerse sin establecer conexiones entre versiones posteriores, previas, adaptaciones al cine, la televisión o las tablas.

Aquello que sí hermana a las dos novelas es el estilo nabokoviano, tan visible e identificable como los trazos de Picasso. El empleo de las figuras retóricas, siempre originales, propias de un enemigo de los lugares comunes. El negro sentido del humor que impregna la mayor parte de las novelas del buen camarada Vlad, el cual consigue mediante una capacidad de visión punzante y nítida, aún superior que las imágenes del cine. Sonidos, texturas y temperaturas alimentan las imágenes que se desarrollan entre las oscuridades de los tenebrosos escenarios.

Al igual que en Lolita, el lector asiste a las revelaciones fisiológicas de un pervertido ―la frase es también de N.―, pero el estudioso de las mariposas no se limita a plasmar un erotismo burdo, o una sexualidad prejuiciosa: la estética del texto, la belleza de las palabras son en toda la obra de Nabokov la esencia de lo que la literatura debe ser; por tanto, por encima de juicios morales, está el arte rítmico de la composición; cito aquí dos ejemplos para que el lector de estas líneas abandone sus preconcepciones y se remita a la obra que reseño:

“No puede tratarse de lascivia. La carnalidad más tosca es omnívora, mientras que la otra, la refinada, exige que haya, tarde o temprano, una satisfacción. Y si bien es cierto que he vivido cinco o seis aventuras de las corrientes, ¿acaso podría comparar su naturaleza insípidamente fortuita con esta otra llama tan singular?”

(P. 17)

Él se acercó más y más, sintió en la nuca que la puerta se había cerrado sola, fue aproximándose a la ágil concavidad de la columna vertebral de la niña, a los frunces de su cintura, a los cuadros en forma de losange de aquella tela cuya textura ya podía palpar desde dos metros de distancia, a las firmes venas azul pálido que se veían por encima del borde de sus calcetines hasta la rodilla, a la blancura de su nuca, que brillaba a la luz lateral que se colaba bajo sus rizos castaños, los cuales fueron vigorosamente sacudidos otra vez (costumbre en sus siete octavas partes, coqueteo en la restante).

(P. 51)

Para mí el escollo, la barrera u obstáculo último de cualquier obra es su capacidad narrativa, así como su belleza textual sobrevivan a pesar de las traducciones, o el tiempo. El hechicero fue escrita en el ruso y traducida, casi cincuenta años más tarde, por Dmitri Nabokov, al inglés, de la cual se sirvió la editorial Anagrama para publicar la versión que leí, traducida con acierto ―al menos eso espero― por Enrique Murillo. No concibo que una gran obra, que se precie de serlo, solo pueda ser apreciada si se lee en su idioma original; comprendo y acepto que ninguna traducción conseguirá replicar a su original, y que quien desee probar un texto con todo su sabor y color deberá remitirse a la fuente; mas, como para ello se requiere el conocimiento de otra lengua ―en este caso el complejísimo ruso―, es necesaria la labor de un buen traductor; arte complejo como pocos, lo sé de fuentes cercanas.

El rescate de esta obra abandonada, por Dmitri, permitió dar a conocer, no solo el primer intento de la gran Lolita, sino una novela íntegra, perfectamente definida y cargada de todos los elementos que hacen de Nabokov uno de los más grandes de la prosa occidental del siglo XX.

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