lunes, 5 de julio de 2010

Ni tan ficción 3



Nuevo escándalo del mundo del espionaje recorre el mundo, llamando la atención, no tanto por sus consecuencias políticas internacionales, sino porque, al parecer, el mundo considera ya que los asuntos de espías son asunto del pasado. “Como una novela de John le Carré”, decía, en alguna parte del texto, la redacción del diario El Tiempo, acerca de los once sospechosos arrestados la semana pasada en Estados Unidos, acusados de trabajar para los servicios secretos rusos. “Una trama al estilo James Bond”, señalaba El Espectador, y, del mismo modo, para las agencias de noticias, telediarios, revistas y demás medios, el asunto se ha venido desarrollando “como un triller de misterio”. Tinta invisible, codificadores mecánicos, y todos los gadgets que hicieron las películas de Bond tan famosas, y alimentaron la imaginación de los fanáticos de la ficción durante la Guerra Fría. A mí, personalmente, me sorprenden dos aspectos de la noticia: primero, que el mundo, en verdad, vea algo de folclórico, de ficcional, de emocionante o, incluso, de divertido, en esta clase de negros asuntos, los cuales, como probaron a principio de año un grupo de agentes secretos en Dubai, no son cosa del pasado: “las operaciones de espías [se considera que], saboteadores y agentes secretos se hallan fuera de los límites de reprobación según las pautas de conducta aceptadas. Sin embargo, la historia enseña que ninguna nación dejará de realizar estas actividades si contribuyen a satisfacer sus intereses vitales”, escribió alguna vez el mariscal Montgomery. El espionaje es tan antiguo como la diplomacia, y, en algunos casos ambas se retroalimentan. Lo segundo, de lo que espero hablar más adelante, es del trasfondo de la noticia.

Déjenme contarles algo sobre operaciones.

El espionaje funciona, en el gran marco, así: un gobierno necesita información, la información se puede adquirir legalmente, mediante los medios dispuestos para ello (se denomina a esto “fuente abierta”), o ilegalmente, cuando dicha información, por una razón u otra, es conservada en secreto, o está restringida a un grupo limitado. Ahí es cuando los espías son necesarios. Sonará una perogrullada (nota: es la primera vez que empleo esta frase), pero no resulta tan evidente, ahora que, al entrar en contacto con la cultura popular, el espionaje se ve más relacionado con alta tecnología (Missión Imposible), héroes carismáticos y seductores que no temen al peligro (James Bond), hombres oscuros, ex militares, con oscuros pasados, ejecutando operaciones corruptas (Jason Bourne). La verdad es que estos juegos de espionaje rara vez han salvado al mundo, si es que, aparte del sonado caso Penkovsky, lo han hecho.

Las agencias de espionaje aún funcionan, y los gobiernos (véase la letra chica del contrato), gastan un buen porcentaje de la defensa en mantener abiertas las fuentes de información cerrada.

Ahora volvamos a círculo de espías (spy ring) que, según el FBI, el SVR o Sluzhba Vneshney Razvedki, mantenía en pleno Estados Unidos.

Mikhail Semenko, Richard Murphy, Cynthia Murphy, Donald Heathfield, Tracey Lee Ann Foley, Michael Zottoli, Patricia Mills, Juan Lazaro, Vicky Pelaez, and Anna Chapman (fuente Wikipedia), fueron arrestados por lavado de activos y colaborar, siendo ciudadanos estadounidenses, con una potencia extranjera; lo cual da cinco años de cárcel, poco, si pensamos que los famosos Julius Rosemberg y su esposa Ethel, fueron condenados a la silla eléctrica.

Las dimensiones del círculo aún están por definir; muchos otros han sido señalados de pertenecer al grupo, y los alcances de la información que pudieron haber enviado (lo que en la jerga llamamos “estipulación de daños”), quizá no se conozca al detalle, sino dentro de veinte o treinta años. Pero, ¿a qué clase de información podían acceder estos agentes? ¿Por qué emplear, en los tiempos de crisis en que vivimos, aún, agentes “ilegales? Explicaré en un instante el origen de mis dudas: los espías no son aquellos nacionales de un país, entrenados por una agencia de inteligencia, que trabajan al servicio de su gobierno en un país extranjero; esos son los “agentes secretos” o “agentes encubiertos no oficiales” como los llaman en la CIA. Los espías son los agentes nacionales, reclutados por extranjeros, mantenidos como fuentes de información por una agencia extranjera. El valor que tenga ese agente depende en extremo del nivel de conocimiento que tenga. Un guardia de seguridad de un ministerio vale menos que un encargado de mapas para inteligencia militar, quien perfectamente tiene un valor menor a la esposa de un ministro de defensa.

¿Qué valor podían tener los personajes capturados? Sus verdaderas identidades están aún por definir; pero, de nuevo, lejos de las principales fuentes de información importante, tales como agencias del gobierno americano, bases militares, o incluso, grandes compañías de desarrollo tecnológico, ¿qué pueden obtener? Los rusos han puesto el grito en el cielo, y todos temen que la agradable charla en un establecimiento de comidas rápidas entre el jefe Obama y Medvedev no quede sino como un recuerdo de distención entre una nueva guerra fría.

Es muy probable que el FBI esté en lo cierto y los capturados sean un gran círculo de espionaje; sería un gran golpe de las agencias de inteligencia norteamericanas, las cuales, tras casi diez años de “guerra contra el terrorismo” podrían haber pasado por alto la amenaza silente de los agentes secretos entrenados por las potencias. Estados Unidos sigue siendo una presa fácil para el espionaje, al menos hasta cierto nivel básico: sus fronteras son paso constante de inmigrantes ilegales: desde asiáticos, pasando por toda clase de latinoamericanos, hasta canadienses desempleados; y tierra adentro no es difícil establecerse, y sobrevivir, aun cuando sea con muy poco. Pese a las constantes críticas, los Estados Unidos sigue siendo una tierra de oportunidades; eso incluye a los delincuentes. Así que nada le impide a una nación entrenar agentes secretos y enviarlos a este país, donde pueden establecer contactos con sus compatriotas, y, dotados de dinero, corromper a los guardianes de las puertas de la seguridad nacional. Hace cosa de unos doce años ―lamento que mi memoria no me dé para detalles―, se ordenó capturar a un ingeniero nuclear chino del laboratorio de Los Álamos, cuando el FBI encontró en su computadora personal, sin protección alguna, las ecuaciones y detalles técnicos de una serie de armas nucleares en desarrollo. El hombre ya para entonces había escapado a China.

Y cuentos como ese pueden rebuscarse en los anales del espionaje. Siempre habrá información privilegiada por la cual algunos estarán dispuestos a pagar por adquirirla. Así que, de tanto en tanto, escándalos como el de este mes se seguirán repitiendo, durante muchos años.

Ya hace relativamente poco las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión mostraron al mundo el golpe que una agencia de inteligencia (posiblemente el Instituto), ejecutó en Dubai: una docena de agentes bien coordinados, y cuatro expertos asesinos, acabaron con la vida de Mahmoud al-Mabhouh, comandante del grupo terrorista Hamas.

Quien lo desee puede acceder, mediante YouTube, al seguimiento, hora tras hora, que el equipo de profesionales ejecutó tras uno de los hombres más buscados por el gobierno israelí, quien, por lo mismo, estaba celosamente custodiado por un séquito de guardaespaldas. A diferencia de lo que nos ha enseñado el cine y la televisión, ejecutar una misión como esta, no sería cosa fácil para un “asesino a sueldo”, solitario, quien, con rifle o pistola, acabe con la vida de su objetivo. Los agentes debían saber ―gracias a otra unidad de vigilancia― que Mahmoud había llegado a Dubai sin guardaespaldas, ya que estos, por complicaciones en el aeropuerto, no pudieron tomar el mismo avión que su protegido. Los doce miembros del equipo de vigilancia, quienes arribaron al emirato empleando pasaportes falsos, se turnaron el seguimiento del hombre, desde su llegada al aeropuerto, hasta que seleccionó su habitación.

Una vez asegurado el objetivo, cuatro hombres entraron en su cuarto, lo asfixiaron y lo dejaron dentro de su cama, donde fue encontrado por el personal del hotel, al día siguiente. Aunque la policía de Dubai afirmó que de inmediato se descubrió que fue un homicidio, y se dio la voz de alerta para atrapar a los sospechosos ―de los cuales, casi todos, habían salido del país mientras se ejecutaba el golpe―, siendo la verdad que le tomó diez días a la policía darse cuenta que el líder terrorista no había fallecido de un infarto mientras dormía.

Las autoridades de Dubai, como es de esperar en este tipo de situaciones, levantaron una queja ante Israel, aunque esta nación no aceptó el cargo, ya que, de nuevo, siguiendo el protocolo, los gobiernos siempre están dispuestos a mentir para proteger a sus agencias. Una ola de críticas se levantó también tras el hecho, aunque está ya se ha ido apagando, y es posible que el equipo de agentes encargado de esta famosa misión, pueda pasar, si no se descuidan, el resto de su vida disfrutando de una vida sencilla, en la que el recuerdo de este batazo al terrorismo internacional, se conserve en sus conciencias cubierto de una capa de secreto orgullo.

En un mundo que corre hacia la globalización, en que los países desarrollan herramientas educativas que erosionan las barreras culturales, y que los negocios y acuerdos económicos vinculan a las naciones sin importar las distancias, se hace necesaria, cada vez más, una diplomacia fuerte, capaz de manejar, con leyes y acuerdos bilaterales, las diferencias entre países. Desgraciadamente, las diferencias entre culturas impiden que sea la palabra la que domine estas relaciones, y los prejuicios de las mentes conservadoras, en las naciones occidentales, no hacen nada por superar esto. La ejecución de Mahmoud al-Mabhouh fue una “operación perfecta”, como le gusta decir al utraderechista gobierno colombiano; y se suma ―si en realidad fue el Mossad quien llevó a cabo el golpe― a una serie de certeros homicidios de terroristas, que se remontan a cuarenta años atrás, los cuales, es bueno añadir, no han dejado de obtener la admiración de un mundo donde los héroes son aquellos que cargan las espadas.

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