domingo, 29 de agosto de 2010

Escribir con arpón



Hay que escribir con arpón; con cuchillo, puede ser también; mejor si es con arpón, como sea, un objeto puntiagudo más que afilado. En todo caso algo penetrante.

Hay que escribir con arpón porque penetra, y emplear la sangre que derrama como tinta. Tu propia tinta no servirá; al lector le será una sustancia inmunda, y no tocará las páginas bajo el riesgo de contagio. Si, en cambio, es su propia sangre la que baña los tipos que forman las letras, abrazará el texto como propio.

Al emplear el arpón se debe considerar la puntería; una sola oportunidad de dar en el corazón de la presa y no otra, obliga a tener un objetivo en mente, a no apresurarse, y saber que cuando se arriesga todo a un lanzamiento, se debe poner todo el corazón en la empuñadura.

No se escribe con saetas; sus heridas, poco profundas, desaparecen ante el hilo y la aguja del tiempo; mencionamos la cicatriz que dejan, como cualquier otro hecho banal. Traspasado de parte a parte por el arpón fallecemos, o simplemente ya no podemos ser los mismos.

Escribir con arpón, aclaro, exige forjar el arma, primero. Nunca emplees un arpón usado, ni lo compres hecho, ni lo hurtes; toma el hierro del idioma, cuécelo al fuego de los conceptos, aplica el martillo de la gramática y afila su punta hasta darle estilo.

Escribir con arpón es estar dispuesto a herir, y a lucir amenazante; el arpón puede ser agresivo o una forma legítima de defensa; o, desprovistos de romanticismo, una herramienta para conseguir el sustento.

Hay que escribir con arpón, dispuesto a ser cazador, un ser solitario, siempre al acecho del gran pez que es la constitución total de la obra.

Hay que tener todo esto en cuenta mientras se sostiene sobre el papel la pluma.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un oficio oscuro


Pocos oficios, hoy día, resultan menos vergonzosos que el de escritor fantasma, llamado negro en estas regiones, y que, como las amantes y los agentes secretos, no dejarán de ser una realidad tras las cortinas del escenario principal, mientras el mundo sea mundo. Los escritores fantasma rara vez, o en casos aislados y contables con las falanges de una mano, trabajan en grandes obras literarias; tenemos el caso de Alejandro Dumas, pero, como digo, su trabajo está enfocado a tareas un tanto más tediosas: memorias de dirigentes políticos, o figuras reconocidas; novelas de bajo impacto firmadas por alguna celebridad deseosa de darse a conocer por algo más que su arte pop, y tareas similares. Nunca recibirían las luces, ya que su deber, y su éxito, radican en que otros reciban los aplausos, y en ello debe cifrarse su orgullo. Algunos, claro, lamentarán que sea de esa forma como tengan que ganarse el sustento, ocultos como el jorobado que hace redoblar el carrillón; los demás aceptarán el hecho, seguirán adelante, y encontrarán su satisfacción en las buenas reseñas, sin importar a quien se dirija el crédito, o, en todo caso, su sonrisa se ensanchará, no con las medallas de la crítica profesional, sino con un jugoso cheque.

Mi experiencia como escritor fantasma, aunque ha sido en piezas breves, me ha dejado entender ciertos aspectos del tema. Primero, en una sociedad que exige información de manera constante, hay ciertas voces que deben ser oídas, o quieren ser escuchadas, o hay temas, también, que pueden llamar la atención, y no siempre quienes deben contar o explicar aquellas informaciones poseen el tiempo, o la menor capacidad intelectual para ponerlas por escrito. Esta dificultad se presenta en distintos círculos: desde los asistentes de gerencia, incapaces de producir un informe medianamente legible, pasando por los aspirantes a doctorados, demasiado ocupados para ensamblar una tesis, hasta escritores fracasados ―en el auténtico sentido del adjetivo― quienes, para cumplirle al editor, pasan unos billetes debajo de la mesa para que alguien les complete, o les redacte del todo, un manuscrito.

Una película, estrenada en marzo de este año, pero que solo hasta este viernes pasado pudo ser vista en las salas de este atrasado país, pone en escena esta profesión, desconocida por muchas personas, esta vez, situando al escritor fantasma como el héroe.

The Ghost Writer de Roman Polanski es la adaptación de la novela Robert Harris (The Ghost), con Ewan McGregor, Pierce Brosnan y Olivia Williams en los roles principales. El argumento, en esencia es simple: un primer ministro retirado (Brosnan) está por publicar sus memorias, se requiere a un escritor fantasma (McGregor) para que ayude en la tarea, y este termina descubriendo todo una oscura maquinación tras el poder británico.

El desarrollo no es realmente complicado; no asistimos a largos diálogos de carácter político, ni a complejos esquemas de complots entre gobiernos; la historia fluye de forma natural, develando paso a paso, hasta los últimos minutos, la profundidad del problema. Es, aunque no de forma total, una historia de espionaje, sino una de misterio. El fantasma, quien acepta el cuarto de millón de dólares ofrecido por la editorial, enfrenta en un momento la posibilidad de ir más allá e investigar qué se esconde tras la muerte del primer encargado de redactar las memorias, cuyo cuerpo, sin mayor explicación que una borrachera, aparece ahogado en la playa.

Dentro de la parte técnica de la película, destaca, tanto la cuidadosa selección de los elementos artísticos y estéticos, como es la selección de los escenarios, hasta el diseño moderno de los interiores. Los personajes obtienen su forma, no tanto por sus diálogos, sino por la fuerza de las actuaciones: Brosnan forma un político que, sin los clichés asociados a las figuras públicas, demuestra ser más imagen que ideas, y más convicciones dogmáticas que habilidades de mando. McGregor hace su parte como escritor profesional, muy seguro de su trabajo, quien, ajeno en principio a la política, se convierte en un agente dispuesto a descubrir qué tan involucrado está el ex primer ministro en una serie de violaciones de derechos humanos. La bellísima Olivia Williams complementa el triángulo, en más de un sentido: esta Lady Macbeth, asesora política de su esposo, demuestra, con su sola presencia, un poder y una inteligencia, amén de una sensualidad, por momentos, que le dificultan al espectador determinar qué tanto, o qué tan poco, está involucrada en los hechos; es, no lo dudo, el carácter más fuerte en el filme.

Las referencias políticas no faltan, esta vez en clave: la situación, ciudadanos británicos secuestrados en Pakistán y entregados la CIA para ser torturados, no es algo tan ajeno a la realidad de la llamada “guerra contra el terrorismo”; la “rendición incondicional” ha sido ya el tema de diversas películas, pero, como todo crimen, nunca dejará de ser del todo explotado, y siempre será útil denunciarlo.

domingo, 15 de agosto de 2010

¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza?


Un tópico literario bastante complejo de explicar es, sin duda, la belleza. No es lo mismo que la estética, aunque se relacionen, como el agua, y el concepto de líquido. Y si bien al ingerir un líquido, podemos estar bebiendo agua, también podríamos estar bebiendo vino, o plomo derretido. Así, el concepto encierra la idea; la belleza es un hecho, algo presente y diferenciable; tal vez se necesiten ojos para ello, pero una vez se desarrolla la sensibilidad es imposible ignorar la gracia que poseen los objetos.

Ese es el primer punto, si hemos de establecer una definición de la esencia de la belleza. Hablamos que es un hecho físico que se aplica a algo, a la materia; por ello, es hora de sacar del discurso frases como “la belleza interior” para referirse a la gracia de una persona. Puede ser bello un vaso, un ánfora griega, un edificio, un cuadro; no el alma, ni el sabor de un vino, y, fuera de la impresión visual, solo acepto que se juzgue la belleza cuando se habla de la música, siendo esta arte. Como no entiendo mucho de música ―nunca me importó, he de ser honesto―, me dedicaré a señalar las particularidades de la belleza en la narrativa.

Al hablar de narrativa estoy circunscribiendo la literatura al campo de la prosa, cuento y novela. No me interesan las posibles bellezas de la poesía por ahora, ya que el único fin de la poesía es señalar estados del ser, o replicar impresiones individuales, con el propósito de replicar estas percepciones en otros. Los poemas son floreros; muy decorativos, pero floreros al fin. La narrativa es la que cuenta la vida, la complejidad de la existencia humana. Ahora, hay dos formas de narrar: situar cronológicamente, del pasado al presente, una serie de hechos, enlazados por un marco común, limitándose a indicar las particularidades de esa serie de hechos. Algo así hacemos cuando, en casa, o en el trabajo, contamos una anécdota. Si el lector lo medita por un minuto, recordando estas breves historias, quizá contadas por usted mismo, o por uno de sus amigos, o un desconocido, a otro, detrás de usted en el autobús, se dará cuenta que, pese a que todos somos capaces, si contamos con algo de memoria, de referir una historia, algunos poseen mayores dotes narrativas.

Todos, digo, pueden contar una historia: ya sea la eventualidad que se le presentó unas horas antes de entrar al trabajo, y que relaciona, en una extraña mezcla, un café muy caliente, una mujer hermosa y un auto sin frenos, o bien sea el argumento de una película, que por mala, o buena, quedó fija en la memoria. No todos, sin embargo, están en capacidad de escribir un cuento, siquiera uno mediocre, y muchos menos, una novela, género que, aunque no es mayor que el relato breve, atemoriza a la mayoría de autores en formación. Tengo por conocido a más de un buen lector, y esforzado redactor, incapaz de escribir un cuento que no se despedace en la tercera oración. De seguro mi trabajo tiene incontables fallas, pero creo haber superado la barrera del patetismo que envuelve algunos textos sin maduración.

Repito, todos pueden contar, pero lo que hace que vendan los libros son dos cosas: la capacidad de entretener con ese relato, y el subtexto que yace tras las acciones narradas. De lo segundo no me ocuparé ahora; es tema que aborda la teoría literaria, y que puede ser semilla y combustible de interminables debates; ¿cuál es el sentido de este relato? ¿Qué pretendía decirnos el autor? ¿Acaso el cuento de Perrault pretende prevenir a los niños de los lobos? ¿O a las niñas de los peligros del camino? ¿O prevenir a las abuelitas de los peligros del retiro en los bosques? Consideramos que la literatura moderna se desprendió del ideal de la enseñanza moral como fin del arte escrito. La literatura, hoy día, no pretende, o no debería al menos, tratar de adoctrinar, ni desarrollar una postura política, aunque eso no implica que la narrativa tenga que desprenderse del todo de la realidad, cosa que no ha hecho: si se da un vistazo a las grandes obras de ciencia ficción del siglo XX, se verá en ellos más trasfondo filosófico y político que en las novelas de corte histórico o social.

Leemos, la mayoría, para divertirnos; y una minoría por deber, y otra minoría para impresionar a su allegados. Pero cuando se lee mucho, no bastan los buenos argumentos, la descripción detallada, los diálogos reveladores o los giros argumentales que mantengan alimentado nuestro interés por conocer el desenlace. Necesitamos un aliciente mayor, especialmente en las obras donde no perseguimos el fin, ni ver desenmascarado al asesino, ni a los amantes besarse, libres de todo tropiezo. Se necesita, a fin de hacer digestible un relato, largo o corto, el aliciente de una prosa estética, es decir, donde las oraciones se presenten en un orden mesurado, permitiéndonos captar su significado total al terminar el párrafo, y así, ir comprendiendo una historia a un nivel superior, incluso, que si hubiéramos sido parte de ella. La estética en la prosa es tan necesaria como el equilibrio de tonos en una imagen fotográfica: mucha luz, o muy poca, hará difícil de ver apreciar ese amanecer que con esfuerzo retratamos, con la pretensión de conservarlo. Orden y proporción son condiciones exigidas en un texto coherente; eso es lo que entiendo por estética.

Si esa condición, entonces, es algo técnico, como el equilibrio en la disposición de las partes de un automóvil, la belleza deberá pertenecer a otra forma de condición, algo no técnico, sino variable, así que no hablamos de una belleza, sino de múltiples; cada parte del todo, estando en las mejores condiciones, compondría una belleza al sumar una totalidad. Pero se corre un riesgo al dar esta afirmación ―como todas las afirmaciones definitivas alrededor de la belleza―, que, si bien cada parte puede ser, a su manera, perfecta, el conjunto no tiene que representar necesariamente esa belleza, ya que los atributos podrían enfrentarse entre sí, y lucir desproporcionados ante una mirada general.

Resulta más fácil definir la belleza a partir de algo que ya es bello de por sí: un amanecer, o un atardecer, o los picos nevados de una cadena montañosa, en un día soleado. Estas postales, exhibidas a un público de lectores de una revista de viajes, se ganarán, en consenso general, la definición de bellas. Las “maravillas de la creación” (diré yo, de la evolución), nos maravillan por su belleza. De la misma manera consideremos por un minuto la belleza humana, que, para mí, se restringe a la belleza femenina. ¿Qué es una mujer hermosa?

Primero, debe ser saludable. La salud es un requisito indispensable para que un ser vivo pueda procrear correctamente, sin poner en riesgo a su prole; un cuerpo saludable es siempre un cuerpo bello: delgado, proporcionado a su estatura y edad, de piel lozana, libre de deformaciones. Algunas áreas de la anatomía femenina despiertan mayor interés, especialmente cuando tienen un buen desarrollo: glúteos y mamas; las primeras son por lo general indicio de caderas amplias (otra ventaja para la reproducción en etapa de gestación), y las segundas indican capacidad de alimentar a la potencial cría. Esto suena bastante crudo, pero ya es tiempo que los seres humanos acepten su cuota de física animalidad, y dejen de considerarse serafines alados. En fin, sigamos.

Algo que complica esta reducción de las características por las cuales se puede juzgar a un ser humano, y considerarlo bello, aún si nos limitamos a la mujer, está en el rostro. Qué hace que una cara sea más bonita que otra; simetría, proporciones justas; mas una mirada a un conjunto aceptable de bellezas ―remítanse a un concurso de belleza común― permitirá apreciar una serie de condiciones que se repiten en todos los casos: labios bien formados, nariz recta, estrecha, ojos grandes, y estas formas pretenden, ante todo, la expresividad, una bonita sonrisa, algo que transmita un sentimiento positivo. La belleza, o lo que posee la condición de ser bello, es aquello que logra despertar una serie de sensaciones de bienestar, de equilibrio, incluso de placer. Reaccionamos ante los objetos tras la percepción que de ellos tenemos, y nuestro juicio se alimenta de la forma en como nuestro inconsciente relaciona las características de esos objetos con las predisposiciones que tenemos hacia los objetos mismos, o sus características: color, forma, tamaño y la relación que podamos hacer con otros elementos.

¿Cómo sería si aplicáramos este discurso a la literatura? ¿Qué sería la “belleza literaria”? Primero, como la Literatura abarca un amplísimo conjunto de artes alrededor del lenguaje, evitaré el término ya mencionado, y me enfocaré en la “belleza narrativa”; añado que la poesía, de momento, se queda por fuera, ya que, aunque no soy muy docto en el campo, considero que la esencia de la poesía es la expresión de uno o varios sentimientos a través de juegos de oraciones. Siendo la búsqueda de la belleza a través de la belleza misma, y es esta, o al menos debe ser, una condición inmanente del género, no vale la pena darle una vuelta al círculo.

La narración debe ir del punto A hasta un punto X, pasando por unos puntos B, C, D etc., en los cuales la trama gira ante la inferencia de nuevos elementos. Este modelo es difícil de romper, y quienes se atreven, por lo general caen en obras sin objeto; potenciales buenas novelas, abortadas ante insuficiencia de recursos. Miembros descartados y moldes vacíos. Los demás se transforman en grandes logros sí, o bien relatan una historia proverbial, que refleje bien los abismos y empinadas alturas de la geografía mental humana, o bien que su composición en prosa contenga una capacidad de imagen, y de sonidos, que causen placer durante la lectura. He ahí la belleza; mas esto exige ser discutido a fondo.

Cuando se escribe se pretende que el lector comprenda una serie de enunciados; estos se refieren a ideas, conceptos o imágenes. Generalmente la belleza en la prosa se encuentra en esta última parte, en las descripciones; desde pequeños objetos, situados, de pronto, en un escritorio, hasta las vastedades, montañosas, desérticas o selváticas, de algún paisaje natural. La descripción exige una ordenación de los elementos, y un ritmo, ágil, más no escueto, y la medida justa para no sobrecargar la mente del lector hasta hacerle perder la totalidad del cuadro. Buena parte de la prosa de los siglos XVIII y XIX se proveyó de descripciones, bien para servir de punto de fuga a autores ansiosos de mostrar sus habilidades descriptivas, o bien para traer a las ciudades postales de otros mundos, cuando no llevar al lector de a pie impresiones de primera mano de escenarios versallescos. Las letras modernas no han abandonado las descripciones, cierto, aunque ahora los autores ―y esto bien varía entre tendencias― las resumen a lo necesario para efectos de sus relatos, y esto, en parte, debido a una inclinación natural de estos tiempos a aligerar los textos, para hacerlos más accesibles al amplio público, y en parte porque, gracias a la televisión, el cine, y el internet, cada vez necesitamos menos detalles para imaginarnos un escenario, por lejano y exótico que este sea.

Como en un poema con limitantes métricas, el autor que pretenda hacer una descripción bella ha de tener en cuenta el significado, el sonido y la extensión de cada palabra que emplee; limitar todo conector y jamás emplear frases ya hechas. Además, debe considerar el ritmo que producirá la percusión de puntos, comas y puntos y comas: tanto es desastroso, e ilegible, un párrafo compuesto de larguísimas oraciones, como resulta tediosa uno que, por su sucesión de comas, resulte puntilloso. La belleza esta, aquí, en el punto intermedio. Las palabras, agrego, tienen, como los elementos de la tabla periódica, cada uno su peso atómico. No hablo de hechos físicos, sino sintagmáticos: cada palabra es única e irrepetible; como un diamante, no ha sido un producto en serie sino una formación que ha requerido mucho tiempo, por tanto, no pueden pensarse las palabras como accesorios, aplicables o dispensables; su significado es único, y si bien existen los sinónimos, dentro de un contexto determinado no siempre resulta posible intercambiar una palabra por otra, aunque puedan, de acuerdo al diccionario, tener similares acepciones. Además, entre las diferencias que se pueden considerar entre palabras, hay que tener en cuenta que estas, se haga como se haga la lectura, generan sonido, ya sea a través de nuestras cuerdas vocales o a través de nuestro pensamiento. La repetición de ciertas combinaciones de vocales y/o consonantes, da paso a aliteraciones, o bien degeneran en un efecto de ruido que, si no es algo premeditado, revelará la pobreza del lenguaje del autor, o en todo caso su falta de habilidad para aplicar las palabras.

Sonido, ritmo, significados. Aunque estemos tratando de la novela, o el cuento, más banal de todos los tiempos, el menos significativo en términos de argumento, en términos de expresar esos espacios donde todos hemos estado, o llegaremos a estar; a pesar de todo eso, pienso, la belleza puede resultar algo que salve una narración. No todos somos filósofos, ni grandes sicoanalistas capaces de sondear el alma, o pensadores que comprenden las delicadas tripas de un colosal conflicto político-económico-social; es cierto que algo de ello debe haber, y que la literatura hueca, como la juventud, tienen fecha de caducidad.