domingo, 15 de agosto de 2010

¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza?


Un tópico literario bastante complejo de explicar es, sin duda, la belleza. No es lo mismo que la estética, aunque se relacionen, como el agua, y el concepto de líquido. Y si bien al ingerir un líquido, podemos estar bebiendo agua, también podríamos estar bebiendo vino, o plomo derretido. Así, el concepto encierra la idea; la belleza es un hecho, algo presente y diferenciable; tal vez se necesiten ojos para ello, pero una vez se desarrolla la sensibilidad es imposible ignorar la gracia que poseen los objetos.

Ese es el primer punto, si hemos de establecer una definición de la esencia de la belleza. Hablamos que es un hecho físico que se aplica a algo, a la materia; por ello, es hora de sacar del discurso frases como “la belleza interior” para referirse a la gracia de una persona. Puede ser bello un vaso, un ánfora griega, un edificio, un cuadro; no el alma, ni el sabor de un vino, y, fuera de la impresión visual, solo acepto que se juzgue la belleza cuando se habla de la música, siendo esta arte. Como no entiendo mucho de música ―nunca me importó, he de ser honesto―, me dedicaré a señalar las particularidades de la belleza en la narrativa.

Al hablar de narrativa estoy circunscribiendo la literatura al campo de la prosa, cuento y novela. No me interesan las posibles bellezas de la poesía por ahora, ya que el único fin de la poesía es señalar estados del ser, o replicar impresiones individuales, con el propósito de replicar estas percepciones en otros. Los poemas son floreros; muy decorativos, pero floreros al fin. La narrativa es la que cuenta la vida, la complejidad de la existencia humana. Ahora, hay dos formas de narrar: situar cronológicamente, del pasado al presente, una serie de hechos, enlazados por un marco común, limitándose a indicar las particularidades de esa serie de hechos. Algo así hacemos cuando, en casa, o en el trabajo, contamos una anécdota. Si el lector lo medita por un minuto, recordando estas breves historias, quizá contadas por usted mismo, o por uno de sus amigos, o un desconocido, a otro, detrás de usted en el autobús, se dará cuenta que, pese a que todos somos capaces, si contamos con algo de memoria, de referir una historia, algunos poseen mayores dotes narrativas.

Todos, digo, pueden contar una historia: ya sea la eventualidad que se le presentó unas horas antes de entrar al trabajo, y que relaciona, en una extraña mezcla, un café muy caliente, una mujer hermosa y un auto sin frenos, o bien sea el argumento de una película, que por mala, o buena, quedó fija en la memoria. No todos, sin embargo, están en capacidad de escribir un cuento, siquiera uno mediocre, y muchos menos, una novela, género que, aunque no es mayor que el relato breve, atemoriza a la mayoría de autores en formación. Tengo por conocido a más de un buen lector, y esforzado redactor, incapaz de escribir un cuento que no se despedace en la tercera oración. De seguro mi trabajo tiene incontables fallas, pero creo haber superado la barrera del patetismo que envuelve algunos textos sin maduración.

Repito, todos pueden contar, pero lo que hace que vendan los libros son dos cosas: la capacidad de entretener con ese relato, y el subtexto que yace tras las acciones narradas. De lo segundo no me ocuparé ahora; es tema que aborda la teoría literaria, y que puede ser semilla y combustible de interminables debates; ¿cuál es el sentido de este relato? ¿Qué pretendía decirnos el autor? ¿Acaso el cuento de Perrault pretende prevenir a los niños de los lobos? ¿O a las niñas de los peligros del camino? ¿O prevenir a las abuelitas de los peligros del retiro en los bosques? Consideramos que la literatura moderna se desprendió del ideal de la enseñanza moral como fin del arte escrito. La literatura, hoy día, no pretende, o no debería al menos, tratar de adoctrinar, ni desarrollar una postura política, aunque eso no implica que la narrativa tenga que desprenderse del todo de la realidad, cosa que no ha hecho: si se da un vistazo a las grandes obras de ciencia ficción del siglo XX, se verá en ellos más trasfondo filosófico y político que en las novelas de corte histórico o social.

Leemos, la mayoría, para divertirnos; y una minoría por deber, y otra minoría para impresionar a su allegados. Pero cuando se lee mucho, no bastan los buenos argumentos, la descripción detallada, los diálogos reveladores o los giros argumentales que mantengan alimentado nuestro interés por conocer el desenlace. Necesitamos un aliciente mayor, especialmente en las obras donde no perseguimos el fin, ni ver desenmascarado al asesino, ni a los amantes besarse, libres de todo tropiezo. Se necesita, a fin de hacer digestible un relato, largo o corto, el aliciente de una prosa estética, es decir, donde las oraciones se presenten en un orden mesurado, permitiéndonos captar su significado total al terminar el párrafo, y así, ir comprendiendo una historia a un nivel superior, incluso, que si hubiéramos sido parte de ella. La estética en la prosa es tan necesaria como el equilibrio de tonos en una imagen fotográfica: mucha luz, o muy poca, hará difícil de ver apreciar ese amanecer que con esfuerzo retratamos, con la pretensión de conservarlo. Orden y proporción son condiciones exigidas en un texto coherente; eso es lo que entiendo por estética.

Si esa condición, entonces, es algo técnico, como el equilibrio en la disposición de las partes de un automóvil, la belleza deberá pertenecer a otra forma de condición, algo no técnico, sino variable, así que no hablamos de una belleza, sino de múltiples; cada parte del todo, estando en las mejores condiciones, compondría una belleza al sumar una totalidad. Pero se corre un riesgo al dar esta afirmación ―como todas las afirmaciones definitivas alrededor de la belleza―, que, si bien cada parte puede ser, a su manera, perfecta, el conjunto no tiene que representar necesariamente esa belleza, ya que los atributos podrían enfrentarse entre sí, y lucir desproporcionados ante una mirada general.

Resulta más fácil definir la belleza a partir de algo que ya es bello de por sí: un amanecer, o un atardecer, o los picos nevados de una cadena montañosa, en un día soleado. Estas postales, exhibidas a un público de lectores de una revista de viajes, se ganarán, en consenso general, la definición de bellas. Las “maravillas de la creación” (diré yo, de la evolución), nos maravillan por su belleza. De la misma manera consideremos por un minuto la belleza humana, que, para mí, se restringe a la belleza femenina. ¿Qué es una mujer hermosa?

Primero, debe ser saludable. La salud es un requisito indispensable para que un ser vivo pueda procrear correctamente, sin poner en riesgo a su prole; un cuerpo saludable es siempre un cuerpo bello: delgado, proporcionado a su estatura y edad, de piel lozana, libre de deformaciones. Algunas áreas de la anatomía femenina despiertan mayor interés, especialmente cuando tienen un buen desarrollo: glúteos y mamas; las primeras son por lo general indicio de caderas amplias (otra ventaja para la reproducción en etapa de gestación), y las segundas indican capacidad de alimentar a la potencial cría. Esto suena bastante crudo, pero ya es tiempo que los seres humanos acepten su cuota de física animalidad, y dejen de considerarse serafines alados. En fin, sigamos.

Algo que complica esta reducción de las características por las cuales se puede juzgar a un ser humano, y considerarlo bello, aún si nos limitamos a la mujer, está en el rostro. Qué hace que una cara sea más bonita que otra; simetría, proporciones justas; mas una mirada a un conjunto aceptable de bellezas ―remítanse a un concurso de belleza común― permitirá apreciar una serie de condiciones que se repiten en todos los casos: labios bien formados, nariz recta, estrecha, ojos grandes, y estas formas pretenden, ante todo, la expresividad, una bonita sonrisa, algo que transmita un sentimiento positivo. La belleza, o lo que posee la condición de ser bello, es aquello que logra despertar una serie de sensaciones de bienestar, de equilibrio, incluso de placer. Reaccionamos ante los objetos tras la percepción que de ellos tenemos, y nuestro juicio se alimenta de la forma en como nuestro inconsciente relaciona las características de esos objetos con las predisposiciones que tenemos hacia los objetos mismos, o sus características: color, forma, tamaño y la relación que podamos hacer con otros elementos.

¿Cómo sería si aplicáramos este discurso a la literatura? ¿Qué sería la “belleza literaria”? Primero, como la Literatura abarca un amplísimo conjunto de artes alrededor del lenguaje, evitaré el término ya mencionado, y me enfocaré en la “belleza narrativa”; añado que la poesía, de momento, se queda por fuera, ya que, aunque no soy muy docto en el campo, considero que la esencia de la poesía es la expresión de uno o varios sentimientos a través de juegos de oraciones. Siendo la búsqueda de la belleza a través de la belleza misma, y es esta, o al menos debe ser, una condición inmanente del género, no vale la pena darle una vuelta al círculo.

La narración debe ir del punto A hasta un punto X, pasando por unos puntos B, C, D etc., en los cuales la trama gira ante la inferencia de nuevos elementos. Este modelo es difícil de romper, y quienes se atreven, por lo general caen en obras sin objeto; potenciales buenas novelas, abortadas ante insuficiencia de recursos. Miembros descartados y moldes vacíos. Los demás se transforman en grandes logros sí, o bien relatan una historia proverbial, que refleje bien los abismos y empinadas alturas de la geografía mental humana, o bien que su composición en prosa contenga una capacidad de imagen, y de sonidos, que causen placer durante la lectura. He ahí la belleza; mas esto exige ser discutido a fondo.

Cuando se escribe se pretende que el lector comprenda una serie de enunciados; estos se refieren a ideas, conceptos o imágenes. Generalmente la belleza en la prosa se encuentra en esta última parte, en las descripciones; desde pequeños objetos, situados, de pronto, en un escritorio, hasta las vastedades, montañosas, desérticas o selváticas, de algún paisaje natural. La descripción exige una ordenación de los elementos, y un ritmo, ágil, más no escueto, y la medida justa para no sobrecargar la mente del lector hasta hacerle perder la totalidad del cuadro. Buena parte de la prosa de los siglos XVIII y XIX se proveyó de descripciones, bien para servir de punto de fuga a autores ansiosos de mostrar sus habilidades descriptivas, o bien para traer a las ciudades postales de otros mundos, cuando no llevar al lector de a pie impresiones de primera mano de escenarios versallescos. Las letras modernas no han abandonado las descripciones, cierto, aunque ahora los autores ―y esto bien varía entre tendencias― las resumen a lo necesario para efectos de sus relatos, y esto, en parte, debido a una inclinación natural de estos tiempos a aligerar los textos, para hacerlos más accesibles al amplio público, y en parte porque, gracias a la televisión, el cine, y el internet, cada vez necesitamos menos detalles para imaginarnos un escenario, por lejano y exótico que este sea.

Como en un poema con limitantes métricas, el autor que pretenda hacer una descripción bella ha de tener en cuenta el significado, el sonido y la extensión de cada palabra que emplee; limitar todo conector y jamás emplear frases ya hechas. Además, debe considerar el ritmo que producirá la percusión de puntos, comas y puntos y comas: tanto es desastroso, e ilegible, un párrafo compuesto de larguísimas oraciones, como resulta tediosa uno que, por su sucesión de comas, resulte puntilloso. La belleza esta, aquí, en el punto intermedio. Las palabras, agrego, tienen, como los elementos de la tabla periódica, cada uno su peso atómico. No hablo de hechos físicos, sino sintagmáticos: cada palabra es única e irrepetible; como un diamante, no ha sido un producto en serie sino una formación que ha requerido mucho tiempo, por tanto, no pueden pensarse las palabras como accesorios, aplicables o dispensables; su significado es único, y si bien existen los sinónimos, dentro de un contexto determinado no siempre resulta posible intercambiar una palabra por otra, aunque puedan, de acuerdo al diccionario, tener similares acepciones. Además, entre las diferencias que se pueden considerar entre palabras, hay que tener en cuenta que estas, se haga como se haga la lectura, generan sonido, ya sea a través de nuestras cuerdas vocales o a través de nuestro pensamiento. La repetición de ciertas combinaciones de vocales y/o consonantes, da paso a aliteraciones, o bien degeneran en un efecto de ruido que, si no es algo premeditado, revelará la pobreza del lenguaje del autor, o en todo caso su falta de habilidad para aplicar las palabras.

Sonido, ritmo, significados. Aunque estemos tratando de la novela, o el cuento, más banal de todos los tiempos, el menos significativo en términos de argumento, en términos de expresar esos espacios donde todos hemos estado, o llegaremos a estar; a pesar de todo eso, pienso, la belleza puede resultar algo que salve una narración. No todos somos filósofos, ni grandes sicoanalistas capaces de sondear el alma, o pensadores que comprenden las delicadas tripas de un colosal conflicto político-económico-social; es cierto que algo de ello debe haber, y que la literatura hueca, como la juventud, tienen fecha de caducidad.

No hay comentarios: