domingo, 29 de agosto de 2010

Escribir con arpón



Hay que escribir con arpón; con cuchillo, puede ser también; mejor si es con arpón, como sea, un objeto puntiagudo más que afilado. En todo caso algo penetrante.

Hay que escribir con arpón porque penetra, y emplear la sangre que derrama como tinta. Tu propia tinta no servirá; al lector le será una sustancia inmunda, y no tocará las páginas bajo el riesgo de contagio. Si, en cambio, es su propia sangre la que baña los tipos que forman las letras, abrazará el texto como propio.

Al emplear el arpón se debe considerar la puntería; una sola oportunidad de dar en el corazón de la presa y no otra, obliga a tener un objetivo en mente, a no apresurarse, y saber que cuando se arriesga todo a un lanzamiento, se debe poner todo el corazón en la empuñadura.

No se escribe con saetas; sus heridas, poco profundas, desaparecen ante el hilo y la aguja del tiempo; mencionamos la cicatriz que dejan, como cualquier otro hecho banal. Traspasado de parte a parte por el arpón fallecemos, o simplemente ya no podemos ser los mismos.

Escribir con arpón, aclaro, exige forjar el arma, primero. Nunca emplees un arpón usado, ni lo compres hecho, ni lo hurtes; toma el hierro del idioma, cuécelo al fuego de los conceptos, aplica el martillo de la gramática y afila su punta hasta darle estilo.

Escribir con arpón es estar dispuesto a herir, y a lucir amenazante; el arpón puede ser agresivo o una forma legítima de defensa; o, desprovistos de romanticismo, una herramienta para conseguir el sustento.

Hay que escribir con arpón, dispuesto a ser cazador, un ser solitario, siempre al acecho del gran pez que es la constitución total de la obra.

Hay que tener todo esto en cuenta mientras se sostiene sobre el papel la pluma.

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