sábado, 21 de agosto de 2010

Un oficio oscuro


Pocos oficios, hoy día, resultan menos vergonzosos que el de escritor fantasma, llamado negro en estas regiones, y que, como las amantes y los agentes secretos, no dejarán de ser una realidad tras las cortinas del escenario principal, mientras el mundo sea mundo. Los escritores fantasma rara vez, o en casos aislados y contables con las falanges de una mano, trabajan en grandes obras literarias; tenemos el caso de Alejandro Dumas, pero, como digo, su trabajo está enfocado a tareas un tanto más tediosas: memorias de dirigentes políticos, o figuras reconocidas; novelas de bajo impacto firmadas por alguna celebridad deseosa de darse a conocer por algo más que su arte pop, y tareas similares. Nunca recibirían las luces, ya que su deber, y su éxito, radican en que otros reciban los aplausos, y en ello debe cifrarse su orgullo. Algunos, claro, lamentarán que sea de esa forma como tengan que ganarse el sustento, ocultos como el jorobado que hace redoblar el carrillón; los demás aceptarán el hecho, seguirán adelante, y encontrarán su satisfacción en las buenas reseñas, sin importar a quien se dirija el crédito, o, en todo caso, su sonrisa se ensanchará, no con las medallas de la crítica profesional, sino con un jugoso cheque.

Mi experiencia como escritor fantasma, aunque ha sido en piezas breves, me ha dejado entender ciertos aspectos del tema. Primero, en una sociedad que exige información de manera constante, hay ciertas voces que deben ser oídas, o quieren ser escuchadas, o hay temas, también, que pueden llamar la atención, y no siempre quienes deben contar o explicar aquellas informaciones poseen el tiempo, o la menor capacidad intelectual para ponerlas por escrito. Esta dificultad se presenta en distintos círculos: desde los asistentes de gerencia, incapaces de producir un informe medianamente legible, pasando por los aspirantes a doctorados, demasiado ocupados para ensamblar una tesis, hasta escritores fracasados ―en el auténtico sentido del adjetivo― quienes, para cumplirle al editor, pasan unos billetes debajo de la mesa para que alguien les complete, o les redacte del todo, un manuscrito.

Una película, estrenada en marzo de este año, pero que solo hasta este viernes pasado pudo ser vista en las salas de este atrasado país, pone en escena esta profesión, desconocida por muchas personas, esta vez, situando al escritor fantasma como el héroe.

The Ghost Writer de Roman Polanski es la adaptación de la novela Robert Harris (The Ghost), con Ewan McGregor, Pierce Brosnan y Olivia Williams en los roles principales. El argumento, en esencia es simple: un primer ministro retirado (Brosnan) está por publicar sus memorias, se requiere a un escritor fantasma (McGregor) para que ayude en la tarea, y este termina descubriendo todo una oscura maquinación tras el poder británico.

El desarrollo no es realmente complicado; no asistimos a largos diálogos de carácter político, ni a complejos esquemas de complots entre gobiernos; la historia fluye de forma natural, develando paso a paso, hasta los últimos minutos, la profundidad del problema. Es, aunque no de forma total, una historia de espionaje, sino una de misterio. El fantasma, quien acepta el cuarto de millón de dólares ofrecido por la editorial, enfrenta en un momento la posibilidad de ir más allá e investigar qué se esconde tras la muerte del primer encargado de redactar las memorias, cuyo cuerpo, sin mayor explicación que una borrachera, aparece ahogado en la playa.

Dentro de la parte técnica de la película, destaca, tanto la cuidadosa selección de los elementos artísticos y estéticos, como es la selección de los escenarios, hasta el diseño moderno de los interiores. Los personajes obtienen su forma, no tanto por sus diálogos, sino por la fuerza de las actuaciones: Brosnan forma un político que, sin los clichés asociados a las figuras públicas, demuestra ser más imagen que ideas, y más convicciones dogmáticas que habilidades de mando. McGregor hace su parte como escritor profesional, muy seguro de su trabajo, quien, ajeno en principio a la política, se convierte en un agente dispuesto a descubrir qué tan involucrado está el ex primer ministro en una serie de violaciones de derechos humanos. La bellísima Olivia Williams complementa el triángulo, en más de un sentido: esta Lady Macbeth, asesora política de su esposo, demuestra, con su sola presencia, un poder y una inteligencia, amén de una sensualidad, por momentos, que le dificultan al espectador determinar qué tanto, o qué tan poco, está involucrada en los hechos; es, no lo dudo, el carácter más fuerte en el filme.

Las referencias políticas no faltan, esta vez en clave: la situación, ciudadanos británicos secuestrados en Pakistán y entregados la CIA para ser torturados, no es algo tan ajeno a la realidad de la llamada “guerra contra el terrorismo”; la “rendición incondicional” ha sido ya el tema de diversas películas, pero, como todo crimen, nunca dejará de ser del todo explotado, y siempre será útil denunciarlo.

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