viernes, 10 de diciembre de 2010

Todas las cosas pequeñas







Es sabido, al menos por los escritores de carrera, que el cuento es el género más complejo de la literatura. ¿Por qué, y por qué no, la poesía, por ejemplo? Porque la narrativa tiene una dimensión que la poesía no pretende abarcar, primero, y, segundo, porque, en comparación con la novela, donde el autor puede introducir el universo entero ―constelaciones, galaxias y esponjas marinas incluidas―, en el cuento, la idea, la esencia de lo que es contar un cuento (y perdóneseme la redundancia) es, lo instantáneo, la brevedad del momento que es como ningún otro y cuyo peso es tal, que vale la pena registrarlo en palabras.

Hay muchas definiciones y loas hacia el cuento; la anterior es mía, y si no es muy buena, qué decir, a falta de una mejor, es la que se me ha venido a la mente tras leer, traducidos al español, los cuentos de Raymond Carver, tal y como Carver los escribió, antes que su editor, Gordon Lish, decidiera retocarlos hasta tornarlos algo completamente distinto. Sobre esto, también, hay una discusión larga y pendiente: ¿qué clase de escritor era, entonces, Carver, si, lo que ha sido de él avalado durante décadas, no era más que el trabajo de Lish?

No pienso entrar en tal debate; otros pueden hacerlo con mejores herramientas. Me encargaré de hacer una rápida revisión a este nuevo volumen de textos, del que es, sin duda, uno de los grandes de las letras norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.

Carver ha sido visto, por alumnos y fieles, como el maestro de la precisión y el minimalismo. En un mundo donde se le exige a los escritores ser novelistas antes que cualquier otra cosa, como si, desde la perspectiva de los editores, el cuento y la dramaturgia fueran las Ligas Menores, el buen Ray dejó su nombre en el Salón de la Fama sin haber compuesto una sola novela. Sus cuentos, además, tampoco pueden ser vistos como “novelas breves”, si es que, en un desatinado estudio, algún erudito pretende darlas por tales. Carver, al menos en este volumen editado por Anagrama, y traducido por Jesús Zulaika, entra con su cámara de escritor al interior de esas casas prefabricadas de una sola planta, porche, jardín y patio trasero, y toma instantáneas de la vida americana de las pequeñas ciudades. Sus personajes no son grandes magnates, ni aristócratas, ni espías, ni vaqueros, ni náufragos que, una mañana, despiertan como gigantes o enanos en una sátira del mundo moderno. Los caracteres aquí no son otros que Raymond Carver mismo en algún momento de su vida, despojado de nombre y otros elementos individuales, dejando solo una carcasa y un corazón similares al resto de los mortales. Mucha nota a esto estudiantes de escritura creativa.

A las generaciones futuras, a los nietos de nuestros nietos, quizá les será difícil imaginar los escenarios carverianos. Nada nos dicen sus cuentos sobre las paredes de yeso, los vehículos con alerones, y la escases, en suma, de los estadounidenses de clase media baja, esos tan poco radiografiados por la cultura pop, y que a los habitantes del resto del mundo les cuesta imaginar, ya que tienen la vista bloqueada por el poster de las grandes ciudades, el feliz ejército norteamericano, Coca-cola y Playboy. De hecho, y, permítaseme aquí introducir una revelación que he tenido a raíz de todo esto, creo que, fue a partir de los Simpsons, que el mundo empezó a darse cuenta que Estados Unidos era también un mundo de pequeñas ciudades, gente ignorante, gobernantes corruptos, policías ineptos, donde el hombre promedio, magíficamente iconizado por Homer Jay Simpson, es obeso, falto de cultura, intelecto y no lleva del todo bien el hogar. Y en esto, mucha gente se verá identificada. Este es el mundo de Ray Carver.

Como The Simpsons, los cuentos de Carver son crónicas de la América profunda, donde la gente no tiene ni el tiempo, ni el interés, de llegar a la luna, sino apenas sobrevivir al desempleo, el alcoholismo, la pérdida de un ser querido, una relación inestable o el indestructible pasado. Sobre esto, Carver no construye metáforas, ni hace filosofía o sociología: allí está cierto espectro tenue de la realidad que no queremos ver, pero por el que casi todos hemos pasado, o podríamos pasar: este es el baile de los que sobran (gracias Los Prisioneros), los que no conseguirán nada mejor que esa casa en los suburbios, un divorcio decente y conservar su cabello llegados a los cincuenta. Esta es la narrativa desprovista del héroe, y ahí es donde el aspecto literario, artístico, si que quiere elevar el nivel, tiene una verdadera trascendencia: esta es la vida impresa, despojada de puntos extremos, sin trasfondo político, sin argumento historiografista, sin ribetes morales, o susurros eróticos. Life as it is; la vida como es.

Siempre he dicho (y lo seguiré sosteniendo), que en la narrativa, el todo es contar una historia trascendente y contarla bien: el guerrero que se niega a pelear, poniendo en riesgo a todo su ejército; el hijo que desea vengar a su padre matando a su tío, el rey; el sabio quien, sediento de saberlo todo, vende su alma al diablo, y demás. Pero entonces tenemos a Ray; Ray y sus pequeños mundos de reyertas familiares y conflictos entre vecinos. Figuras e historias minúsculas; todas las cosas pequeñas que conforman el día a día y en la que no se repara más que cuando se es víctima o testigo directo. Hasta que alguien las lleva al papel, sin adornos ni grandes discursos, ofrecidas como el vaso del agua dado al sediento. Ahí es donde estas historias, por ser referentes universales, cobran valor. Porque esos dolores, esas pérdidas, que han sido sentidas por el autor, pueden ser entendidas por el lector; por cualquier lector.

Añadiré unas palabras relativas al estilo narrativo, ya que este suele ser el aspecto más estudiado, y alabado, de Carver.

Sus cuentos ―me limito a los diecisiete consignados en la edición de Anagrama, por estar libres de intromisiones― emplean en su mayoría la primera persona del singular; hombre, en algunos casos, y mujer en otros; como simple testigo sin papel relevante, como en La calma, o como un hombre que recuerda un instante de la infancia (Dummy). Solo en uno o dos casos empleó el narrador omnisciente.

Las atmósferas nos llevan a pueblos y ciudades pequeñas; a los suburbios y zonas rurales. La caza y la pesca están presentes en más de una ocasión. Y el eje temático de los relatos se enfoca menos en los personajes y más en la forma en como lidian con sus dramas domésticos. No hay, por ejemplo, un homicidio resuelto por un detective astuto, sino la tensión surgida entre una pareja la cual, por el azar, se ha visto próxima al crimen (Tanta agua tan cerca de casa).

El tono, y el conocido minimalismo carveriano, está compuesto a partir de una sucesión de oraciones cortas, lo que permitió al autor librarse del exceso de adjetivos, o cadenas de verbos + sustantivos que agobien a un lector. Oración, punto, oración. Lo necesario para expresar “lo que ocurre”, diría yo, casi, en tiempo real. Obsérvese (en inglés), el comienzo del famoso cuento Beginners:

My friend Herb McGinnis, a cardiologist, was talking.
The four of us were sitting around his kitchen table drinking gin.
It was Saturday afternoon.
Sunlight filled the kitchen from the big window behind the sink.
There were Herb and I and his second wife, Teresa—Terri, we called her—and my wife, Laura.
We lived in Albuquerque, but we were all from somewhere else.
There was an ice bucket on the table.
The gin and the tonic water kept going around, and we somehow got on the subject of love.

Lo he citado aquí en inglés, y así, separada cada oración, para que el lector entienda de lo que hablo, porque, y esto es una opinión meramente personal, en la traducción de Zulaika se pierde esta magistral concisión. Como se percibe, las oraciones son breves y cada una encierra unas pocas decenas de sílabas, todo un sentido. La proximidad de esto a un poema no es casual; amén de cuentista, Carver es reconocido en Norteamérica por haber sido un gran poeta. Estas primeras oraciones pueden verse como una enumeración de detalles exigidos para la comprensión del escenario: quién está hablando, quién lo escuchan, dónde, cuándo, qué clase de día era ―ese sunlight filled se interpreta de inmediato como una tarde soleada y calurosa―, la relación presente – pasado de los personajes ―ahora en Albuquerque, antes de cualquier otra parte―, el hielo y la bebida, y, para empezar a desarrollar el argumento central, el tema del amor. Nada sobra y nada falta. Este no es todo el primer párrafo, sí, pero mi interés es darles una muestra de la meticulosidad de la narrativa moderna norteamericana: Carver, como ya mencioné, es el maestro de toda una generación, y, si siguen saliendo al público sus cuentos, tal y con las piezas que los compuso, los narradores presentes y futuros tendrán un buen ejemplo a seguir.


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