sábado, 24 de diciembre de 2011

El escritor debe



Como regalo de Navidad, aquí va mi propia compilación de reglas para escritores, tras leer los decálogos consignados en la última edición de El Malpensante. Feliz año 2012.

El escritor debe escribir, todos los días.
El escritor debe corregir lo que ha escrito.
El escritor debe, al terminar, pensar en lo que escribirá luego.
El escritor debe saber que su mejor libro será el siguiente.
El escritor debe conocer su oficio, la técnica, las herramientas, etc.
El escritor debe imaginar, y mucho.
El escritor debe reflexionar una idea cuarenta y tres veces antes de traducirla en prosa.
El escritor debe ser claro.
El escritor debe contar, narrar.
El escritor debe inventar.
El escritor debe basarse en la realidad hasta donde esta le permita contar lo que quiere.
El escritor debe creer en sí mismo, o sino dedicarse a otra cosa.
El escritor debe escribir aun cuando no está escribiendo.
El escritor debe olvidarse de la gloria y seguir adelante.
El escritor debe conocer centímetro a centímetro la historia que cuenta.
El escritor debe amar su idioma como el sabor de su plato favorito.
El escritor debe soportar largos periodos de soledad.
El escritor debe poder ver a la humanidad desde lo alto.
El escritor debe poder ver a la humanidad desde lo bajo.
El escritor debe poder reírse de sí mismo, y de lo que ha escrito.
El escritor debe divertirse escribiendo.
El escritor debe pensar todos los días en la condición de su oficio.
El escritor debe saber cuándo miente un personaje, y cuándo dice la verdad.
El escritor debe ignorar los halagos.
El escritor debe escuchar con disimulo las críticas.
El escritor debe aceptar las correcciones que provienen de manos expertas.
El escritor debe oír miles de discos.
El escritor debe ver miles de películas.
El escritor debe visitar museos, bibliotecas y asistir a conciertos.
El escritor debe tener una docena de diccionarios.
El escritor debe escribir con la misma energía de quien escribe su testamento.
El escritor debe ponérsela difícil: límites, restricciones, retos.
El escritor debe tener paciencia.
El escritor debe poder detenerse y continuar al día siguiente.
El escritor debe saber a qué huele un color, a qué sabe un olor, qué tonalidad tiene una palabra.
El escritor debe ser original.
El escritor debe llevar, de nuevo, la roca de Sísifo a la cima de la montaña.
El escritor debe tener autores favoritos.
El escritor debe cambiar cada cierto tiempo de autores favoritos.
El escritor debe aprender idiomas distintos al suyo.
El escritor debe saber que hace parte de una tradición; que tiene ancestros y tendrá descendientes.
El escritor debe escribir decálogos para recordar qué es lo que tiene que hacer… si quiere.
El escritor debe saber cuándo ignorar leyes y consejos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Sobre la Educación Superior


¿Qué tan importante es leer y escribir correctamente? He pasado por esta vida topándome con gente incapaz de hacer lo uno, lo otro o ambas cosas; sobreviven, sin embargo; llevan cada día a su casa el pan y son, al menos en apariencia, felices. En nada se amargan si no pueden disfrutar de la lectura de una buena novela o del humor fino de un columnista inteligente. Tampoco necesitan comunicarse por escrito; menos todavía redactar largos párrafos expositivos o narrativos. No tienen un blog, no son novelistas, en su trabajo no se les exige presentar informes, o leerlos; nadie, tampoco, los obliga a tener leídas las noticias más importantes de los periódicos nacionales, resumir algún nuevo libro, o dar su opinión sobre los escritos de otros. Son productivos analfabetos. Pero hay que ver de lo que se pierden, hay que pensar solo un minuto o dos para enumerar la cantidad de diversas cosas que no pueden hacer, y hay que decir, por encima de todo lo anterior, que estas personas tienen cerradas las puertas de la educación superior.

Ya están limpias de nuevo las calles y fachadas que recibieron los golpes de pintura provenientes de los desordenados que se mezclaron con las marchas estudiantiles. Esas marchas, que por primera vez en mucho tiempo, consiguieron algo realmente significativo; detuvieron una ley que nada o muy poco le ayudaba a la educación superior, abriendo además la ventana para que se colasen en ella toda clase de negativos factores, intereses, y peligros. Y en el ánimo de las marchas, algo más se exigía: educación gratuita y de calidad; algo difícil para un país tan rico, población tan pobre y un gobierno abrumado por el bandidaje y la corrupción. Difícil, pero no imposible. Estuve a favor de la idea durante varios días, pensando en que el Estado debía arriesgarse con programas gratuitos de pregrado; ampliar, por qué no triplicar, la cuota de estudiantes en formación universitaria, hasta que, ay, unos días atrás, la carta del profesor Camilo Jiménez, publicada originalmente en su blog, apagó mi entusiasmo.

El profesor exigió a sus alumnos el resumen de una obra escrita, con extensión no mayor a un párrafo. El resultado fue desastroso; en una clase de ―calcula él― treinta estudiantes, veinticinco fallaron la prueba, cometiendo, en algunos casos, errores ortográficos incluso en el título.

La carta de renuncia no era una queja lacrimosa, sino el triste enarbolar de una bandera blanca: “Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith” dice el profesor Jiménez, y sintiendo un peso en el corazón entiendo bien a lo que se refiere. Cada día parecen ser menos los jóvenes devoradores de libros, melómanos capaces de atiborrar sus cuartos con discos o cinéfilos empedernidos con la piel vampirizada de tanto permanecer en teatros a oscuras. Los hay, claro; no quiero que te ofendas, querido lector que duermes entre pilas de libros, que diriges o asistes al cineclub, y cuya colección de discos, incluso en la memoria de tu computadora, es asombrosa; sin embargo, somos una especie en extinción; tengo veintiocho años, he dejado para el sistema de ser joven. Represento otra época, otros medios, otra formación. No es que yo sea un fanático de Patti Smith, y tengo claro que la industria de la música siempre ha estado cohabitada por genios y bufones; hoy día hay un Justin Bieber, en los noventa tuvimos a un Jordy; el problema es que el crecimiento desmedido de fuentes de información obliga, dada la competencia, a reducir la calidad de sus contenidos. Ahora la gente se informa mediante los ciento cuarenta caracteres del Twitter, y rara vez dan clic para seguir el enlace a la noticia completa, la cual fácilmente no rebasa los dos párrafos.

Al pensar en estos asuntos llego a creer que la culpa no es del consumo masivo de internet, sino del mal uso de este, y la mala preparación que se da al respecto en la formación básica. Internet, damas y caballeros, es un hermoso acantilado al que te puedes lanzar en clavado y gozar de sus aguas azules; si caes mal, te advierto, te romperás el cuello y pasarás el resto de tu vida paralizado. Hay ―presten atención, profesores― un gran riesgo en los medios modernos; y no hablo de pedófilos o pornografía, que cada quien se librará de aquellos o de esta como pueda, sino en la dispersión: abres un enlace, abres otro, cargas un vídeo, descargas una canción; un titular te lleva a un lado, tu curiosidad te arrastra por otro, y así, al final te das cuenta que, tras horas seguidas tras la pantalla, sabes muy, pero muy poco de miles de cosas.

Algunos creen que adquirir conocimiento de un libro es exactamente igual a conseguirlo de la red. Sí, por supuesto: cuando se busca una respuesta exacta, como el peso atómico del oro o la definición de la palabra “dislexia”; los diccionarios y enciclopedias llegarán, impresos o en línea, a respuestas similares. Por desgracia, o por fortuna, no todos los conceptos son tan simples. Las ideas complejas demandan largos tratados, ensayos cuya extensión sobrepasa los volúmenes. La reseña en Wikipedia del contenido de Guerra y Paz no refleja el universo de particularidades de esta obra, o de ninguna otra. En consecuencia, el mundo del conocimiento está compuesto tanto a partir de cortas sentencias como de vastas galaxias de ideas entrelazadas. En general leo cuanto puedo encontrar impreso y lo que consigo en línea es aquello que no está a mi alcance; como la revista New Yorker o el Le Monde.

El error sería inclinarse hacia un solo lado: solo internet, o solo biblioteca. Y es aquello lo que parece estar sucediendo hoy día, y esto, más allá de abrir debates sobre si lo que escribió Jiménez es justificado o no, debería alarmar a todos. Lectores, Colombia nunca tuvo una época dorada; hubo sí un tiempo, hace ya mucho, donde los hijos de las grandes familias hablaban con fluidez el latín, comprendían el griego, y redactaban cartas en francés. Tuvimos grandes gramáticos, se interpretaba a los grandes compositores en piano o violín, y nuestras publicaciones exponían grabados exquisitos. Y ellos, esos gramáticos, escritores, pintores, profesores de filosofía que hablaban más de cinco idiomas, ellos todos no eran sino una minoría, y hoy día los futuros profesionales son incapaces de comprender un texto, ni qué decir sintetizar un argumento complejo. No tuvimos, repito, una época de esplendor, así que no tenemos derecho a entrar en esta decadencia.

Prueba de lo anterior es la respuesta a la carta de Jiménez, escrita por una alumna, Victoria Tobar, también en su blog, y fue reproducida por el periódico El Tiempo. Acusa al profesor de clasista, tomando fuera de contexto la condición social de sus estudiantes, hijos de familias con recursos, lo cual, por principio, debía haberles asegurado una educación de mayor calidad que aquellos provenientes de las clases bajas. Tobar considera incorrecto que el profesor exija algo a sus estudiantes, en vez de darlo todo porque estos consigan lo que él espera de ellos, aunque no creo que ni Jiménez, ni profesor alguno dotado de un número corriente de células cerebrales espere tener una clase llena de “genios”. La alumna simplifica la crítica de Jiménez con el tema del párrafo de resumen; aunque lo que creí entender es que esta asignación fue simplemente, como se suele decir, “la gota que colmó el vaso”. Añade, además, afirmaciones que no contiene la carta original, como que “el único conocimiento válido es el que reside en los libros”, o que el profesor sea enemigo de los blogs y Twitter, cuando Jiménez publicó su opinión precisamente en aquel medio, y tiene una cuenta en este otro.

En resumen, Tobar descarga toda la culpabilidad del fracaso del profesor en el profesional mismo. Nunca he sido amigo de los profesores, ya que en el colegio estos siempre fueron gente desprovista de todo ingenio o inteligencia, y ahora, en la universidad, salvo un par de casos de apasionados educadores, suelen ser aceptables encargados de transmitir conocimientos. Pero tendría que tener los ojos cerrados y los oídos tapados para creer que en el profesor residen todas las respuestas, que es el dueño absoluto del conocimiento, y que es él o ella los responsables absolutos de la formación de un profesional. Llegué a la universidad con mi carga de conocimientos, y he ampliado esta, más que todo, por mi propio esfuerzo, ya que entiendo bien que no estoy en una fábrica de profesionales en serie, sino en un espacio para adquirir nuevos saberes, o compartir los que poseo. Tal vez a profesores de primaria se les podría acusar de no ser capaces de formar lectores y redactores aceptables, pero es inadmisible que alguien, sin importar su edad o su origen socioeconómico llegue a una institución de educación superior sin poder redactar de manera correcta un párrafo, menos aún si pretende ser periodista.

Y añado otra crítica más al actual sistema universitario: creo que ha llegado la hora de exigir más a los alumnos nuevos que ingresan a las universidades. Hoy día parece ser que el único requisito es un cheque que costee la matrícula y el primer semestre, más unos puntos aceptables de Icfes. Nadie puede llegar con la mente en blanco a la Universidad Javeriana, los Andes o la Pedagógica, creyendo que el único requisito para ser comunicador social son las ganas, y el resto ―es decir, todo el enorme conjunto de herramientas intelectuales que demanda una profesión tan delicada como el periodismo― se lo debe dar el profesor, y todo porque se le está pagando.

Guardo una pequeña esperanza en los cientos de profesionales que, al graduarse, año tras año, se han formado por sí mismos, investigando a partir de su voluntad, mejorando sus capacidades intelectuales, no porque teman al látigo del maestro, sino porque ansían llegar cada día más lejos en lo suyo. Tuve el placer, mediante algunas muchachas que conocí en la Universidad Javeriana, de saber que algunos llegan a esta institución con su carga de lecturas en la espalda, sus cientos de escritos, resúmenes, reseñas, síntesis, exposiciones y análisis, hechos, no para impresionar a un profesor exigente, sino por el deseo de comunicar a otros, o a sí mismos, lo que les impresionó, les gustó o les desagradó de otros textos. La llama de la esperanza, entonces, brilla aún, y mi angustia es que cada vez su luz es más escasa.

No sé si Camilo Jiménez es un gran profesor, o siquiera un profesor aceptable, pero sí sé que su renuncia es un signo de alarma; su texto es la radiografía de una sociedad que cae, donde una peligrosa mayoría se arroja a la mediocridad, acusando al sistema de no haberlos motivado lo suficiente, de no haberlos azotado lo bastante fuerte, de no haberlos seducido lo necesario.

La carta de Camilo Jiménez aquí: http://elojoenlapaja.blogspot.com/

La respuesta de Victoria Tobar aquí: http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-10913410.html

(Para los que no tienen ni idea de quién era Jordy: http://youtu.be/7IiLZ0dvDWU

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre la “literatura seria”


El arte de ser insultado, caballeros… Hace un par de semanas, tal vez más, no sé, presenté mi proyecto de trabajo de grado en la Universidad. Dadas las opciones de graduación, opté por la forma más fácil, al menos para mí: escribir una novela. ¿La razón? No veo por qué malgastar decenas de meses, tal vez dos o tres años, investigando y leyendo exhaustivamente a cierto autor, para compilar al final una tesis sobre este, la cual, tras la firma del exigente jurado de la Facultad, será enviada al fondo de un archivo donde verá la luz tal vez el mismo día en que la CIA nos diga quién asesinó a JFK. Al menos puedo añadir esta novela a mi historial y entregarla para que mis amigos se rían un poco de mí, o posiblemente a un editor desalmado que la venda y solo reporte unos miserables beneficios; en cualquier caso, una novela es para mí algo mucho más valioso que cientos de páginas de inútil tesis.

Presenté un argumento, unos detalles técnicos, la razón, además, por la que escribía sobre este tema, y por qué aquella historia en particular, y al final la entregué a los encargados de su revisión final. El resultado: no fue aprobada; la razón: al presentar una novela de espías yo aspiraba a escribir una novela de un “género menor”.

Nadie nunca me habló de los géneros mayores, medios y menores; ¿los habrá, acaso, como existen los versos de arte mayor y menor? Es posible, pero, tras seis semestres de carrera en Estudios Literarios, ¿cómo nunca nadie me habló de ello?

Respuesta, no hay escalas de géneros; de hecho, no hay géneros, como no existe el tiempo sino dentro de la razón humana. Hay novelas, y estas presentan ciertas particularidades que permiten clasificarlas con otras similares. Pero si estas características se presentan entre dos novelas, una concebida y escrita por un maestro de la narrativa, un gran prosista y genial retratista de las grandezas y miserias humanas, y otra fuera lanzada al público por un mediocre redactor a sueldo, de banales visiones sobre la especie, vocabulario de niño abandonado y argumentista del montón, yo pregunto, ¿qué culpa le cabe al “género”?

Puesta así la interrogante hasta el más incapacitado intelectualmente de los mortales afirmaría que no es, claro, cuestión del “genero”, sino de lo que puede o no hacerse con él. Hay clásicos de la aventura policiaca y dramas familiares cuya tirada nunca superó el medio centenar de ejemplares. Hay conocidas y mil veces replicadas historias eróticas y relatos de meditación y búsqueda espiritual que disparan la risa o el tedio de los lectores más tolerantes. Esa es la diferencia entre el arte y la industria; dos ejemplares del mismo mal producto serán tan inservibles el uno como el otro; dos historias semejantes, tratadas por artistas diferentes pueden tener una réplica disímil en el largo río de la historia literaria. ¿O acaso usted lector leyó alguna vez la versión original de Romeo y Julieta escrita por Matteo Bandello?

¿Por qué le estoy diciendo esto a usted, lector, y no a mis profesores y jueces de proyecto? Porque a estos no les importa lo que un estudiante tenga por decir; para ellos, todo está en las letras muertas de los teóricos rusos, y en las ideas generales que para sí se han forjado: hay novelas “serias”, grandes y “cultas”, y lo demás es “literatura barata”, entretenimiento vulgar. Y escribir novelas de espías es producir ese entretenimiento masivo que resulta irrespetuoso, sobre todo cuando el autor ha pasado por una universidad; se espera de mí, no una novela donde yo pueda aplicar todos mis conocimientos de escritor, todo mi amor por el oficio, y meditar a través de esta algunos aspectos complejos de las relaciones humanas, sino, por el contrario, se espera que escriba sobre la “realidad nacional”, invente “personajes serios”, como contraproducentes versiones modificadas de todos aquellos a quienes conozco, padres, hermanos, amigos; que escriba una de esas novelas en primera persona que comienzan con un patético “Hoy tengo ganas… de llorar”. Ya saben, recuerdos de infancia atascados en la garganta, memoria de conflictos entre cuartos cerrados y clósets, impresiones de fincas de “tierra caliente” donde papi se porta muy amable con cierta mujer sin nombre que no es mami, o esas historietas de instituto expuestas a través de diarios o cartas; o, ¡ya lo tengo!, la siempre efectiva crónica literaria con “conciencia social”; algo que empiece así… “Fue uno de aquellos días de mayo en que las araucamas del patio de mi tía Alonza despertaban al influjo de las primeras lluvias cuando encontré el cadáver de ‘Goliat’, aquel fantástico equino pinto ganado por mi padre a don Sultiano, en una pelea de gallos donde dice mi madre terció el diablo”. Y así por trescientas y punta de páginas con desplazados, militares corruptos, jefes guerrilleros, paramilitares monstruosos, campesinos muy temerosos de dios y de su propia sombra, bellas mujeres nativas y ensoñaciones con estas dignas del porno suave de la televisión por cable. Qué porquería. No me extraña que la nación, en términos literarios, esté tan empobrecida: porque o se elige para editar novelas “de denuncia” ―caso Sin tetas no hay paraíso―, o porque los editores mandan a las imprentas las memorias novelizadas de sus viejos y amargos amigos ―no cito a nadie aquí porque estoy hastiado de las amenazas―.

Qué es entonces “literatura seria” son aquellos productos tan malos como la “mala literatura”; es lo que todos esperan: duras largas y muy punteadas oraciones, palabras que demandan una visita al diccionario, personajes que se pregunten por el sentido de la existencia, argumentos que cifren una realidad social no explotada ya por periodistas, sexo en hoteles campestres británicos, y catedráticos universitarios quienes, tras un polvo bestial con alguna alumna mestiza llegada del Tercer Mundo se pregunten, “¿yo soy yo o soy lo que los demás ven en mí?”, y luego manden a volar a la alumna mestiza porque se dan cuenta que la única felicidad de este mundo está con su avinagrada esposa en una casita en Yorkshire o cualquier otra hectárea de campiña inglesa. Las novelas “serias”, ganadoras del Alfaguara o el Man Booker Prize, están plagadas de tantos lugares comunes como las novelas de “géneros menores”: protagonistas inestables, que despiertan admiración en críticos y reseñistas; suelen tener bellas mujeres, fantasías de autor, las cuales alcanzan altura cuando se suicidan románticamente; los personajes circundantes al protagonista son ogros o ángeles, y esto, claro, no es una falta de imaginación o de profundidad en el autor ya que, para el purista son clarísimas metáforas o analogías a la bondad de los simples y la maldad de los ricos y los políticos; por último, rara vez tienen finales definidos; al amante de la “literatura seria” le fascinan los finales abiertos, aún cuando estos son resultado de la evidente pereza del autor por atar los cabos que frántica y ambiciosamente abrió al principio. Oh… escribir sobre un latinoamericano en una maloliente habitación en París, rascándose la barriga, fumando Gauloises, al lado de una muy puta, pero muy angelical, francesa, mientras medita si responder o no a la carta de su padre, un oligarca colombiano o guatemalteco que oprime a sus siervos en plantaciones de café, tabaco o sorgo. Y así y así.

Pregunta, ¿cometo o no un error de juicio al desoír las advertencias de mis mayores y no escribir “novelas serias”? Siempre creí que el arte partía de la individualidad, no de las órdenes disparadas por el poder reinante; ¿me equivoco o estoy en lo correcto? Creo señores que mis alcances registrados en la Wikipedia lo dirán.

martes, 8 de noviembre de 2011

Laura fragmentada



En una tarde, hace un par de días, bajo la lluvia, con varios expresos, y sin dejar el café donde me refugiaba, leí por entero El original de Laura, la última novela ―ensayo de novela sería mejor decir― del genial monstruo lepidepterólogo Vladimir Nabokov. Y lamento tener que decir que, salvo el aspecto de valor literario como fragmentos recuperados, disponibles a las necesidades de investigadores y lectores fanáticos del buen Vlad, no hay en The Original of Laura valor alguno.

Nabokov escribía en pequeñas tarjetas, empleaba lápiz, escribía de pie ―durante una parte de su día; al pasar las horas tomaba asiento― y sostenía estas tarjetas en un atril. Una forma tan, al parecer, excéntrica de escribir, le permitió a la humanidad tener joyas literarias como Lolita, Pálido fuego o Ada o el ardor; así que, ¿podría haberse convertido Laura en otro triunfo para el genial escritor ruso-americano?

Vladimir le pidió a su esposa Vera alimentar el fuego con aquellas tarjetas que componían Laura si él no llegaba a sobrevivir a los males que lo afligían en lo físico desde que sufrió un accidente en las montañas suizas en 1975. N. fallece en 1977, pero Vera no se atreve a quemar aquellos despuntes de novela; tampoco así Dmitri, su hijo, quien conservó las fichas. Esta condición de maleficio y voluntad dejó marcado el dilema que, en 2009 se hizo tema de debate entre la comunidad literaria y académica, especialmente la americana: ¿hacía bien o mal Dmitri? Si era la voluntad de su padre destruir esos retazos de libro era el deber de su familia cumplir con la orden; a menos, a menos que lo que hubiera en aquellas fichas fuera la obra cumbre del autor, e incinerarlas ganarse un lugar en la historia como los asesinos de una nueva maravilla del arte escrito. Pienso, ahora que reviso viejas notas de prensa sobre el particular, que, a muchos críticos, estudiosos, o simples lectores que criticaron la decisión de poner las fichas de Laura al alcance de los lectores, estaba el deseo de convertir esta novela inacabada en el cofre dorado de un bello misterio. Ver, en eso que nunca alcanzó la imprenta, el posible mejor trabajo de un reconocido prosista; algo que superara en fama a Lolita o en dimensión y calidad a Ada.

De seguro mejor la ilusión de lo pudo ser al impacto de lo que es. Laura no es una obra de arte; es un feto abortado. O bien Nabokov tenía un complejo sistema de composición, donde arrojaba situaciones al azar en las pequeñas tarjetas, o bien su aptitud disminuía poco a poco, agotando los cuartos por donde era conocido. En la novela hay de nuevo una chica muy blanca, bella ―“Los pechos menudos de aquella impaciente beldad de veinticuatro años parecían una decena de años más jóvenes que ella, con aquellos pezones pálidos y estrábicos y aquella forma firme”― , terrible ―como Adelaida o Dolores― de cabello oscuro y gran agudeza.

Debido a la complejidad de determinar un argumento para este rompecabezas que es Laura reproduzco aquí, con mi pobre traducción, una sinopsis de The Times:

Philp Wild, un investigador de enorme corpulencia, casado con una estilizada, ligera y salvajemente promiscua mujer llamada Flora. Al inicio Flora actúa salvajemente a causa de otra mujer con quien su esposo estuvo enamorado, Aurora Lee. La muerte y lo que hay más allá, un tema que fascinó a Nabokov desde una temprana edad, es un asunto central. El libro empieza en una fiesta donde se siguen diversas escenas, tras lo cual la novela se torna más fragmentada. No es claro qué edad tiene Wild, pero está preocupado por su muerte y planea desaparecerse por completo a través de meditación, una forma de deliberada autoeliminación.

Al dar por terminada la lectura, y recorrer el camino a casa, entre la ciudad húmeda, con el libro bajo el brazo, mi principal preguntar era por el destino final de Laura; si mi maestro Nabokov hubiera vivido otra década más de saludable existencia, habría sin duda terminado esta última novela; pero, ¿habría sido tan larga como Ada? ¿Tan corta como El hechicero? Tal vez algo en medio de las dos: la muerte, el paraíso perdido de la juventud o la infancia, bellas y terribles mujeres jóvenes, ciencias naturales y escenarios norteamericanos que recuerdan las bellezas pastorales del Viejo Mundo, son esos salones que Nabokov presenta en sus obras, entre párrafos de sonido perfecto; sus juegos con el lenguaje ―que en Ada o el ardor alcanzan su grado más alto― no se dejan ver en Laura ―salvo un par de guiños―, ni tampoco ese ritmo cauteloso, donde mezcla algo de humor ácido con ornamentos poéticos modernos.

No están estos valores del todo ausentes, tampoco, pero es evidente que son los primeros ensayos de formulas más avanzadas:

Ésta era un viejo chalet con un fondo de altos árboles. Entre las sombras de un callejón lateral, un joven con un impermeable encima de su pijama blanco se retorcía las manos. Las farolas se iban apagando una a una, de forma alterna, las impares antes. En la acera de enfrente de la casa, su obeso marido, con un traje negro arrugado y botines de tartán con hebillas, paseaba a un gato a rayas sujeto por una traílla desmesuradamente larga. Ella se dirigió hacia la puerta principal.

De esta manera traduce Jesús Zulaika las fichas de Nabokov en la edición de Anagrama de 2010. Y de aquí puedo partir hacia otro tema: si es realmente una novela un borrador y si es solamente el autor quien puede decir en qué momento su obra está terminada. Es cierto que Laura decepciona un poco, tanto como un bebé recién nacido a quien no encontramos tan saludable ni rosado como esos que no enseña la televisión; o tanto como ver a tu pareja tras una noche terrible de cólicos menstruales, pálida y con ojeras. Mas, si es así, es porque muy poco se obtiene de un trabajo con escasas semanas de gestación; muy bien, tal vez fueron más que unas semanas escasas, pero Nabokov no era uno de nuestros modernos novelistas, o algún autor de libros de autoayuda disfrazados de novela, sino un consumado estilista, así que, Laura en su versión final, de seguro habría sido más compleja, y mejor trazada, que estos fragmentos ahora a disposición del público.

En estas fichas no había nada; de seguro sí el principio, las semillas, de muchas cosas; pequeñas larvas con grandes potenciales. Pero la vida, incluso para un inmortal como es el Nabokov autor, termina en su etapa física, y con ello todas las posibilidades de haber perfeccionado lo que eran apenas algunos esbozos muy primitivos de una historia. Casos como el de Franz Kafka han sido relacionados con el de Nabokov; pero la modestia de K. ―aun cuando fuera aparente―, no, me parece, guarda relación con el temor comprensible de imaginar, algún día, reproducidos por imprentas los garabatos inmaduros, tal vez experimentales, de una obra digna de ser trabajada con tiempo y esmero.

lunes, 24 de octubre de 2011

Sobre superhéroes y narrativa


No esperaba que lo hicieran, pero se tomaron el tiempo y consiguieron llevarlo a la pantalla. Capitán América, uno de los íconos del poderío estadounidense durante la Segunda Guerra, y a lo largo de cincuenta años de posguerra, luego tornado una caricatura de una potencia cuya imagen va en franco deterioro, llegó a las salas de cine este verano, recibido por una crítica tolerante. Joe Johnston (Hidalgo, Jurasic Park III) ha llevado a la pantalla el guión Christopher Markus y Stephen McFeely, basado en la historieta de Joe Simon y Jack Kirby. La historia original ha sido respetada: Steve Rogers, un pálido y debilucho, pero muy patriota, chico de Manhattan, desea integrarse al ejército para servir a su país en la terrible guerra contra la Alemania nazi. Rechazado varias veces por su estado físico, es finalmente aceptado por el científico Abraham Erskine quien dirige un proyecto secreto para crear súper soldados. El científico triunfa y Rogers se transforma en una máquina humana capaz de ir y hacer cuanto desee, con un físico envidiable.


Sin embargo, al morir el doctor Erskine, el proyecto se cancela; Rogers simplemente ha quedado como un prototipo de súper hombre, pero no irá al frente. Esto, para el senador Brandt, no implica que no pueda ser útil a la causa. Así, el Capitán América se convierte en una figura de musical y propaganda para elevar la moral de las tropas, limitado a los escenarios con bailarinas y películas. Esto cambia con la desaparición de su mejor amigo, James Buchanan, capturado en el norte de Italia por miembros de la organización Hydra. Así, Rogers entra en acción, pasando a ser el arma secreta de los americanos… y el resto es prosa.da Guerra, y a lo largo de cincuenta años de posguerra, luego tornado una caricatura de una potencia cuya imagen va en franco deterioro, llegó a las salas de cine este verano, recibido por una crítica tolerante. Joe Johnston (Hidalgo, Jurasic Park III) ha llevado a la pantalla el guión Christopher Markus y Stephen McFeely, basado en la historieta de Joe Simon y Jack Kirby. La historia original ha sido respetada: Steve Rogers, un pálido y debilucho, pero muy patriota, chico de Manhattan, desea integrarse al ejército para servir a su país en la terrible guerra contra la Alemania nazi. Rechazado varias veces por su estado físico, es finalmente aceptado por el científico Abraham Erskine quien dirige un proyecto secreto para crear súper soldados. El científico triunfa y Rogers se transforma en una máquina humana capaz de ir y hacer cuanto desee, con un físico envidiable.

Como hoy día ya nada debe invertirse por simple aprecio a la estética del arte, Captain America: the first avenger está, desde sus primeros minutos, planeada para la venta como franquicia: la historia arranca en el hielo de alguna región ártica, donde un grupo de exploradores ha encontrado un enorme objeto desconocido; dos investigadores entran en el aparato ―una aeronave― y encuentran al Capitán América congelado, con lo cual se nos asegura que el superhéroe ya no estará limitado al tiempo de la guerra, sino que estará en nuestro presente combatiendo el mal.

Negocios aparte, ver Capitán América me sirvió para reencontrarme con un tipo de narrativa a la que, como escritor, le he hecho el quite, quizá más por prejuicio que por otra cosa: la narrativa de superhéroes.

Los superhéroes son ―qué evidente es, mas es preciso decirlo― la versión moderna de los héroes clásicos: hombres o mujeres dotados de fuerzas más allá de lo común, al servicio de valores trascendentales: honor, patria, el bien, amor, etcétera. Son seres extrahumanos: pueden tener alteregos que vivan en un piso, coman pizza y beban café vestidos de traje en una oficina, entre teléfonos y la angustia existencial de sus mortales compañeros, pero siempre están ahí cuando se les necesita, harán el bien y nunca tendrán dudas éticas. Esto ha cambiado, claro, en los últimos veinte años: el caso más relevante es el de Batman, cuya complejidad sicológica se ha vuelto un tema recurrente

en los artistas que han trabajado la franquicia durante los últimos años. Pero, de una forma generalizada, los superhéroes representan la fantasía personal de hacer lo correcto salvando todos los obstáculos: salvar la chica y salvar el mundo, todo en una misma noche.

Capitán América cuenta con un reparto que hace el trabajo, pero no va más lejos de ahí: Chris Evans posee el físico, Hugo Weaving siempre es un encantador villano, y Tommy Lee Jones es, una vez más, el tipo duro de la vieja escuela cuando los hombres eran hombres de verdad. Es de agradecer que el humor infantil está totalmente por fuera ―así como la sangre derramada―, pero, para cualquiera que sepa algo del funcionamiento del ejército estadounidense durante aquella época, quizá sorprenda ver negros y asiáticos peleando junto a anglosajones protestantes blancos. La pequeña banda que acompaña al Capitán América es un cóctel de orígenes étnicos, una forma de decir “todos contra los nazis”, o algo así. Salvo estos guiños a la corrección política, y el, ya casi aceptable, excesivo uso de gráficos de computadora, la película es tolerable, sin llegar a aportar nada nuevo: el héroe es pura bondad, Estados Unidos una nación multiétnica, los nazis… siendo un tema tan complejo, y no queriendo ya mostrar alemanes ametrallados o portándose como completos estúpidos ―muchas lunas han pasado desde los días de Hogan’s Heroes―, los realizadores le han dado a la organización Hydra ―un apéndice secreto del sistema científico alemán―, comandada por el temible Red Skull, la calidad de un paraestado comprometido con la dominación mundial.

¿Por qué se sigue narrando con esta simplicidad de argumentos? Mucha de la mediocridad del cine de acción y aventuras de verano tiene como origen la levedad de sus contenidos. Al cinéfilo “culto” le quema la vista todo lo que sea provisto por los grandes estudios de Hollywood; si hay efectos especiales, siente mareo; si el presupuesto es muy elevado, sufre de urticaria, y si está basado en un cómic, o la película es “apta para todo público”, vomitará. No estoy aquí para robarles el corazón; nunca he creído que las grandes producciones del verano sean obras de excelsa calidad cinematográfica, aunque tampoco las rechazo de plano como subproductos concebidos por codiciosos peces gordos de los estudios. El cine empezó siendo un entretenimiento masivo, las primeras películas eran de ciencia ficción y vaqueros, ¿por qué, entonces, decir ahora que el “verdadero cine” trata solo sobre conflictos domésticos, llanto y escenas post-coito? Si el cine divierte, camaradas lectores, entonces está cumpliendo una de sus funciones; tiene otras, no obstante; muchas, de hecho.

Capitán América como Linterna Verde, como las demás películas de superhéroes que se han hecho últimamente ―con excepción de la trilogía Batman de Chris Nolan― suelen sufrir por falta de complejidad temática; los productores presionan o permiten que sus escritores construyan tramas a partir de estructuras ya probadas en el mercado, efectivas, y simples. No hay, dirán, necesidad de romperse el coco inventándole un gran conflicto de intereses, o una crisis de fe al héroe enmascarado; que del existencialismo se ocupe la literatura francesa. Tampoco, imagino, pensarán aguarle el fin de semana a los buenos ciudadanos, poniendo en la pantalla temas como la seguridad internacional, el rol de los Estados en y contra el terrorismo, las hegemonías de poder y el neocolonialismo. Nada de eso: el bueno, el malo y la chica sexy; una hora y cuarenta y cinco minutos, y final feliz con una ligera coletilla que nos permita trabajar en una secuela, o al menos venderla a otros.

¿Son los espectadores masivos unos idiotas? O prefieren las narrativas peso pluma, digeribles con soda de dieta y rosetas de maíz. Un poco de ambas cosas, creo yo. Mi teoría es que el miedo principal de los productores y los espectadores es a fallar a un test de análisis. Nadie, creo, querría salir de una sala de cine con la pesada sensación de no haber comprendido el filme, en especial cuando es una película de superhéroes. Mas no hay necesidad de considerar que el reto irá tan lejos; toda narrativa puede ser apreciada a distintos niveles, y debe poseer la flexibilidad para que cada punto de vista haga una lectura de esta. Solo así el contenido puede separarse de la forma, y seguiremos pensando en la obra incluso ya abandonada la sala, o trascurridos los días desde que fuimos al cine. De otra forma, ¿para qué pagamos cinco dólares por algo que no podemos llevarnos a casa y no tiene otro destino que caer en el olvido?

lunes, 3 de octubre de 2011

¿Quién es el enemigo?


Le escuché alguna vez a un veterano policía, tras algunos años de servicio en lo que llamamos “zona roja”: “El problema es que uno no sabe de dónde le va a venir el primer tiro”, decía, en una entrevista, ya vista hace una decena de años, con respecto a los peligros representados por los guerrilleros ocultos entre civiles. La importancia de saber dónde está ―y quién es― el enemigo es vital: hacer guardia de manera permanente es tedioso, pero es mejor que ser degollado en la noche por nuestra sombra.

A ese recuerdo llegué debido a una columna que leí hace unos minutos, donde su autora lanza otras cuantas saetas más contra los pedantes, los esnobistas y demás escritores con pretensiones de grandeza. Bueno, el texto apunta más a darle publicidad a una revista donde la columnista publica; esto, imagino, no es un crimen, sino apenas un acto de poco decoro, como vender obleas en una iglesia, cosa nada reprochable en nuestros días de desplomes bursátiles.

Pero al llegar a las últimas palabras, indignado contra aquellos odiosos seres señalados por la columnista, me detuve a imaginarlos, a fijarlos en algún lugar del panorama literario nacional y latinoamericano, y, damas y caballeros, crean ustedes si les digo que no pude ubicarlos, o dibujarme siquiera una caricatura generalizada de esos oprobiosos entes. Nada, no sé quiénes son.

La columnista no es la única que se ha despachado contra los pedantes literarios; el odio que existe contra estos parece ser universal. Nada peor que estos mortales que se creen mejor que los demás, sí, ¿pero quiénes son? ¡Quiero verlos para arrojarles un zapatazo! Pero parece que solo existen en la mente de estos escritores; parece que son fantasmas que los persiguen durante el sueño y a quienes les pueden achacar todos sus fracasos o sus éxitos a medias. Más de una vez me he topado con algún compañero de letras ―aprendiz de escritor si lo desean― quien me repite que, lo único que nos impide alcanzar la fama literaria, publicar por decenas de miles de ejemplares, y ver los títulos de nuestras obras, en idiomas diferentes al español, son una turba de agentes malignos que se reparten contratos, cierran puertas a otros que no sean sus amigos, arreglan concursos literarios, o desechan propuestas que nos les convengan.

Y yo, mis amados lectores, he sido también uno de estos aprendices avinagrados por el recelo…

Mas nunca conseguimos saber quiénes son, dónde están sentados, a quién responden, y qué motivos los impulsan cada mañana a obstruir el camino que conduce a los nuevos autores, o a los viejos provistos de talento, del reconocimiento mundial. ¿Quién es el enemigo? No afirmo ―como una mala lectura podría sugerir― que tales personajillos no existan: sino que invito a que, quien en un cóctel con personalidades del mundillo literario, lanzamiento de libros, presentaciones en ferias o grandes eventos culturales en Cartagena, se encuentre a estos pedantes literarios, no se limite, por favor, a darles la mano, besarles el anillo, preguntarles “Tenemos un tintico pendiente, ¿no?” y tomarse una foto con ellos, sino use su columna para denunciarlos. Y griten “¡Fulanito es un asno! ¡Rechazó mi novela sobre malos polvos!” o bien “Perengano ¿por qué Sutanita ganó el concurso aquel de poesía y yo no!”.

PD: Desde hace algún tiempo he venido recibiendo los correos incendiarios de Harold Alvarado Tenorio. Pensé en borrarlos, como suelo hacer con el spam; no obstante, valoro que al menos este sujeto, quien ya no tiene nada qué perder, no tiemble en darle nombres propios a quienes critica, y sí señalarnos la “gravedad” de sus pecados.

jueves, 22 de septiembre de 2011

L'auteur a décédé


Para algunos críticos y estudiosos, el autor ha muerto: lo importante, lo que le sobrevive, es su obra. Ahora, no obstante, una muerte real se cierne sobre los creadores: a lo largo del mundo, ciertos grupos pugnan por el derecho de los consumidores a acceder a las creaciones artísticas de una manera gratuita. Y esto, damas y caballeros del jurado, tiene su lado espinoso.

Es aceptable que entre los derechos inalienables de los seres humanos esté el de ser parte de una cultura, y poder gozar de los privilegios de esta; la construcción de la identidad no parte solo de recibir un certificado como nacional de un país, cantar un himno y saludar una bandera, ser súbdito de sus leyes y respetar a sus autoridades. Las creaciones artísticas nacen a partir de diversas corrientes culturales, y van dirigidas a quienes están inmersos en estas, y, en menor medida, al resto de la especie humana. Por ende, si la producción de arte y su consumo están mediadas por un factor económico, cabe suponer que habrá una barrera siempre entre creadores y espectadores: uno puede afirmar que Gabriel García Márquez es un valor artístico y cultural de la nación, pero de esto no puede dar fe el campesino o esclavo minero analfabeta que jamás ha leído uno de sus libros, debido a su incapacidad para leer y su falta de recursos para adquirir un libro de Gabo.

Para ello existen las bibliotecas, dirá usted, pero, como demostró el famoso caso de la biblioteca ambulante transportada en un burro, tales recintos no existen en la totalidad de la nación. ¿Además, disfruta usted de los libros solo en la biblioteca? O compra, cuando la situación lo permite y el título lo convence, un ejemplar en la librería.

Los gobiernos, cuando son buenos, trabajan en la propagación de las artes entre sus ciudadanos; es una forma de educar y enriquecer la vida de los habitantes de una nación; no todo puede ser azadón, tres comidas al día y una botella de cerveza los fines de semana. Así que crean políticas encaminadas al aumento del consumo artístico per cápita: más librerías, conciertos a bajo costo, o sin costo; museos, y cine para todos. El principio de esta propagación de las artes debería ―y repito debería― tener como propósito, no la que población se acostumbrara al acceso gratuito a las artes, y que se amotinen cuando alguien pretende aplicar una cuota al evento, sino a formar consumidores de arte: gente que pueda comprar, de cuando en cuando, un cuadro, muchos libros al mes, películas cada fin de semana, y conciertos de su género musical favorito.

Sin embargo el tiempo transcurre y con él el molde de los tiempos se erosiona y se transforma. El internet permitió muy pronto un acceso gratuito a la música de forma gratuita, más tarde al cine, luego incluso a los seriados, y ahora, también, a la literatura. Al menos en el campo de la música, el fenómeno de distribución gratuita fue combatido con grandes abogados y litigios de millones de dólares. Mas la industria, y en especial los artistas, se percataron que el mercado y las vías del arte se metamorfoseaban: hubo un tiempo en que si querías escuchar a Mozart tenías tres opciones: ir a Viena a escucharlo, dirigiendo con grandes giros de sus brazos la orquesta real, o bien asistir a un recital privado donde alguien con buen oído y mucho talento como intérprete replicara las copias de las partituras enviadas por barco desde Europa, o, con estas mismas, reproducir tú mismo las notas en la soledad de tu casa, sobre el piano familiar. Ahora no te tomará más de un minuto entrar a YouTube, escribir “Mozart” en la barra de búsqueda ―incluso escribir “mosar”, y el sistema inteligente te corregirá― y los resultados de búsqueda te brindarán la mayor parte de sus creaciones.

Hay, entonces, grupos hoy en día dedicados a propagar una política de libertad absoluta de las obras; ¿a qué puede llevar esto, que los consumidores de arte no paguen ya un peso por las obras, sean literarias, musicales, cinematográficas y demás? A una catástrofe.

Sí, señoras y señores de extrema izquierda con el seño fruncido bajo sus máscaras de Guy Fawkes, en un mundo donde el trabajo del artista no sea reconocido económicamente solo se puede esperar un mundo sin arte, ya que este, si no se renueva, pierde su valor y termina por evaporarse. Crear es algo que el artista ―uno de verdad, no uno de esos soretes vendedores de tarjetas de crédito para supermercados― hará siempre, le paguen o no; con un brazo astillado, sin piernas o medio cerebro frito por una desfibrilización mal aplicada. Lo cual no significa que no sea un trabajo, que exija recursos, para su composición y distribución, y que esto deba remunerarse.

No obstante a mis anteriores palabras, definir cuál será el curso de los acontecimientos si este patrón se sigue presentando sería algo inoficioso. Pensemos, por ejemplo, lo siguiente: los libros electrónicos se difunden a todo el mundo y cobrar por ellos en internet no resulta ya negocio; ganancia de los autores, cero; ganancia de los editores, cero, además de pérdida de tiempo valioso. Los editores se retiran, ¿quién hará los libros? Nadie, salvo sí, como parte de la escritura, los autores añaden su trabajo auto editándose. Pasa el tiempo, y todo el mundo publica si tiene el tiempo y la paciencia de autopublicarse, resultado: millones de escritores, como bloguers ahora, unos buenos, otros malos, muchos en la categoría de muy malos. ¿Quién podrá distinguir entre unos y otros? No me resulta increíble que las editoriales y los agentes literarios descarten toneladas de manuscritos al año; muchos son auténtica basura ―e infiero esto a partir la cantidad increíble de novelas mediocres e incorrectas en su redacción que encuentro en las librerías―, pero sus autores están convencidos de su genialidad. Algo similar, supongo, ocurre en las demás industrias artísticas. Basta ver las filas que se generan ante el casting para un reality show que busque nuevos cantantes o actores: miles de pequeñoburgueses o proletarios, hartos de sus malos empleos o las goteras en sus casas, de la rutina vendiendo pollo frito o la mirada reprobadora de sus madres tras cualquier acción. Salen a hacer el ridículo solo porque un conocido, entre la atmósfera etílica de la última fiesta, tras oírlo destrozar una balada popular, le ha dicho lo talentosa o talentoso que es para el canto. El jurado los destroza, los seguidores del reality show se doblan de risa, y todos los accionistas del negocio ganan.

No, amigas y amigos, el mundo no está a reventar de Dickens, Mozarts o Picassos; la genialidad es rara. Se necesita de un filtro que separe a los pretendientes ―a esos infortunados que solo ansían el brillo de la fama― de los auténticamente capacitados ―que en últimas tienen por único anhelo tener un pequeño espacio en el mundo para hacer lo suyo, y, sí obtener algo de reconocimiento―. Y esto, camaradas, exige la existencia de una mecánica comercial cuyo rodamiento necesita dinero.

El mundo tiene que aprender a pagar por las obras de los otros, o el arte pasará a pronto a ser algo que los gobiernos deban conservar tras las rejas y muros de los museos.

martes, 13 de septiembre de 2011

Cállate, memoria


¿Qué es la vida? Memoria. El cerebro nunca atrapa el presente, siempre está un momento después. Por eso, parece ser, la mayoría de las novelas y cuentos se escriben en tiempo pasado; algo ocurrió y alguien, ahora, lo cuenta. Pero qué nos cuenta; ¿qué hay en ese pasado digno, no solo de ser recordado, sino citado, descrito hasta detalles mínimos, reproducido en miles de copias y distribuido a todos? La existencia del grueso de la humanidad suele permanecer entre las brumas grises del término medio: naces, creces, un día te reproduces y no llegas a enterarte de tu propia muerte; triste, pero, en uno de los miles de casos, tal vez de los millones de casos alguien, en un punto de su tránsito por el mundo, vive algo que la mayoría no llegará a vivir jamás. Ahí surge la literatura.

Pero esto no es del todo correcto, apreciado lector; cada día, bajo el rótulo de “literatura” salen al mercado toda serie de cuentos y novelas donde no pasa nada, sus protagonistas son tan corrientes como el vendedor de cigarrillos que vez cada día de camino al trabajo, y al final del relato, no hay una gran sorpresa, sino que, parece ser, el narrador, con los dedos adoloridos, deja ya de contarte los eventos prosaicos de la vida del protagonista.

¿Por qué, me preguntaba yo hace un rato, leyendo las primeras páginas de una nueva novela de un celebrado escritor, algunas personas creen que su existencia y miserias son material literario? Con algo de paciencia, llego a comprender que todos somos los protagonistas de nuestra vida; salvo, sí, esos fanáticos de las celebridades, que no dejan de curiosear sobre las vidas de estos; o los amantes obsesivos, que siguen los movimientos del vestido de su pareja, desde el otro lado de la calle, ayudados por prismáticos. Yo, yo, yo y luego yo, dice el solipsista. “Nadie ha amado como yo, nadie ha perdido como yo, y nadie sufre, cada día, como yo; si me muero se acaba el mundo, si para mí brilla el sol es que dios sonríe”. Acuso a la lectura compulsiva de libros de autoayuda esta perspectiva pseudofilosófica. No le importas a nadie, ni tu mujer no es la más bella, ni tu hijo el más brillante, todos hemos perdido a alguien, o lo perderemos, sabemos lo que es llorar, y sonreír cual idiotas en pleno trance amoroso. ¿Vas a enseñarnos a vivir?

En algunas ocasiones, sin embargo, las dramáticas situaciones en las que caen algunos seres humanos, al ser vistas por la literatura, componen una imagen donde se recrea el mundo, y todos quedamos reflejados.

Debí añadir que esto ocurre en raras ocasiones.

Muchas novelas aparecidas en Colombia durante los últimos cincuenta años tienen la triste deficiencia de no ser más que el grito de un autor tratando de encontrar brazos y curvadas expresiones faciales que se apiadan de él. O ella. Enmascaran pudorosamente sus vidas aplicándole seudónimos a sus familiares y aclarando en las primeras páginas que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, frase que hoy día, por principio, debería estar solo permitida a los programas humorísticos.

No censuro la actividad de la escritura como un ejercicio personal, cuyo objetivo pueda ser el exorcismo, o el registro de una memoria personal, familiar, o local. Más personas deberían escribir a diario, y muchas menos deberían publicar. ¿Qué pasará, oh musas, cuando cualquier hijo de vecino escriba una novela sobre su vida privada, la muerte de sus hijos, la traición de su esposa, el cáncer de su marido, la deuda con el tendero de la esquina, ese empleo que no tuvo, esa mujer que vio atropellada en la calle, el perro caliente medio podrido que se comió a la salida del estadio? Con lo del libro electrónico, y el auge de páginas personales, como esta que usted, lector, tiene ante los ojos, será posible.

Lo peor, me temo, de estos autores, es que ni siquiera tratan de darle algún eje a su historia. Arrójenme piedras, si gustan, pero yo soy de la vieja escuela donde se nos enseñaba a darle un conflicto a las historias. Si, por suerte ―porque eres parte de una minoría―, has tenido siempre empleo, nunca tuviste que arrastrarte en una trinchera, te enamoraste y te casaste con tu primera novia y aún es tu esposa, si tuviste una infancia dorada y el presente es, comparado a millones de desdichados de este planeta, una existencia feliz, ¡pues ve a buscar historias que contar a algún lado! Pero no nos cuentes de tus paseos a caballo, tu apartamento en Manhattan, tus fines de semana en esa isla idílica con casitas pintadas de azul, o tus noches de copas, vestido de blanco, en las que flirteaste con alguien de la nobleza, menos aún si no te llevaste a esa princesa a la cama. Y, si te atreves a poner en la librería doscientas páginas de tu vida de infancia, me harías el pequeñísimo favor de enriquecer tu vocabulario, esforzarte en los ornamentos de la prosa, darle algo de profundidad meditativa ―filosófica si quieres―, a esos pasajes de tu vida pasada, a fin de, por lo menos, hacer más tragable esas doscientas páginas por las que pagaremos tanto, y recibiremos, al final, tan poco.

Añado a esta entrada la exquisita escena de Adaptation donde el guionista Charlie Kaufman recibe una violenta reprimenda por parte de Robert McKee, al plantear una película sin conflicto, donde no pase nada, “más cercana al mundo real”.


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jueves, 28 de julio de 2011

"Los chicos crecen"


Conseguí ver Hanna, el filme de Joe Wright (Atonement, Pride & Prejudice) acerca de la lucha de un ex espía y su hija contra su pasado. Una buena historia de espionaje, aunque no demasiado alejada de algunas convenciones ya gastadas del género. Para quienes no han tenido la oportunidad de verla, la historia va un tanto así: Hanna (Saoirse Ronan) y Erik, su padre (Eric Bana), viven en la quietud del bosque ártico sin, al parecer, hacer otra cosa que estudiar, cazar y, por supuesto, entrenar: Erik es un ex agente secreto, de esos a la antigua, dotado de físico y cerebro para resolver cualquier situación; por ello es normal que esté preparando a su hija Hanna en algunos recursos de las artes negras: combate cuerpo a cuerpo, armas, estrategia, idiomas. La chica, ya una adolescente, desea ver otra cosa que la blanca quietud que la ha rodeado durante toda su vida; sin embargo, para que puedan regresar “al mundo”, padre e hija deberán enfrentar a la malvada Marissa (Cate Blanchett), ex jefa de Erik, quien desea muerto a este agente y, al enterarse que este tiene una hija, querrá atraparla.

Como toda película de espías que se respete, la historia básica guarda en su interior un secreto que se irá revelando gradualmente a medida en que la amenaza sobre los héroes cierre el cerco sobre estos, aunque en este caso, por suerte, el asunto no trata de la destrucción del mundo, el renacimiento de Hitler, o experimentos con extraterrestres. En términos corrientes, una historia sencilla; tan irreal como la mayoría de filmes de acción, pero sostenida, principalmente, en una buena selección de actores, pocos diálogos y escenarios realistas. Empezamos en el extremo norte lapón de Finlandia, para emerger en el desierto de Marruecos, donde Hanna empieza su fuga-marcha para una cita acordada con su padre en Berlín, cosa que consigue al ganarse la confianza de una chica, Sophie (Jessica Barden) y los padres de esta, quienes viajan de vacaciones en una estrecha van.

En el aspecto técnico es de agradecer la falta de efectos especiales y fondos hechos a computador, trucos que ahora empañan la mayoría de películas. En Hanna no hay ridículos arneses para permitir que las peleas contengan patadas voladoras, ni secuencias en cámara lenta, o, ni siquiera, grandes explosiones de las que los protagonistas se salven por milésimas de segundo. Bana, Ronan y Blanchett, actores formados en películas de corte más dramático, dan un toque de seriedad al asunto; nada de chicas curvilíneas ni fisiculturistas disparando subametralladoras uzi en cada mano.


Puesta en relación al tiempo que dura la película, las escenas de acción son pocas y bastante sencillas, con lo cual se prueba que una cinta de acción puede contener más que explosiones, tiroteos y persecuciones con helicópteros incluidos. Aunque nada es perfecto, y Hanna adolece de ciertas debilidades: aunque Ronan interpreta a un chica de belleza regular y bastante aceptable como producto de la Europa del Norte, su shock al encontrarse con la vida moderna, tan distinta a todo lo que conocía, resulta poco creíble y bastante sacada del manual Y Tarzán conoció Londres. Y mientras el recorrido de Hanna para encontrarse con su padre arrastra el hilo narrativo principal, Erik tiene las cosas bastante fáciles, y de por sí es un personaje que termina alejándose bastante del núcleo de la historia. Marissa, la malvada, está más cerca de Irina Spalko (la villana en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal) que de otros personajes mejor trabajados de Blanchett: desalmada, fría, inerme a la violencia que la rodea, y decidida a actuar fuera de la ley por un simple interés personal, repitiendo el estereotipo del oficial de caso corrupto yanqui. Más fresca y genuina es Olivia Williams en su papel de Rachel, la madre de Sophie; una mujer moderna con gusto por la vida del campo; y aunque su personaje, y su familia, son elementos tangenciales en la historia, añaden esa gota de realismo que nos hace aceptable el cuadro.

Al terminar de verla no pude dejar de asociarla de lo que parece ser un esquema que empieza a repetirse con nauseabundo exceso: el caso Jason Bourne; ya saben, un hombre o mujer, al parecer inocentes y sencillos, sufre, de la noche a la mañana, la persecución por parte de los organismos cuasi todopoderosos de una agencia secreta del gobierno estadounidense. El héroe, o heroína, entonces, tendrán que usar todos sus recursos mentales y físicos para descubrir la causa de esta persecución y ponerle fin. Bien, tras The Bourne Identity (2002) y sus secuelas, hemos visto agentes huir de sus jefes en Red (2010), Mission Impossible III (2006), Salt (2010), Knight and Day (2010), Eagle Eye (2008) y es el tema central en las próximas películas Haywire, Mission Impossible: Ghost Protocol y Abduction. Dirá el lector que no es un tema nuevo, y ya, de hecho, el epítome del agente secreto, James Bond, en más de una ocasión ha librado batallas contradiciendo a su amo, o hemos visto el fenómeno cuando la realidad toca al cine: en Fair Game, la agente de campo Valerie Plame (Naomi Watts) pierde su puesto en la CIA cuando su esposo expone las mentiras del gobierno Bush con respecto a las armas de destrucción masivas iraquíes.

Pero no deja de ser un fenómeno interesante, y el mensaje parece ser claro: ya el enemigo es menos una potencia extranjera, un grupo terrorista, o un siniestro y poderoso hombre oculto en una isla secreta; las verdaderas amenazas están en casa, en la gente en la cual confiamos y cuyos sueldos se pagan con nuestros impuestos. El agente renegado debe desconfiar de todos, retar a la autoridad, descubrir los juegos sucios del poder, y ver como su imagen es destrozada, sus familiares perseguidos y sus colegas ya no confían en él. ¿Qué ocurre? Pareciera que la cultura popular ya no confía en los poderes establecidos, en este mundo donde la valentía de los hackers de Wikileaks despierta simpatías entre los liberales. O bien estamos viendo la caída del héroe neoclásico, aquel que se haría matar por su bandera y valores tradicionales. Aunque bien podemos considerar que la ficción contemporánea está valorando más al individuo y los intereses personales, por encima de la manada y el bien ulterior.

Cuando la villana Marissa le pregunta al héroe Erik por qué ha decidido salir con su hija del encierro en el bosque finlandés, este solo responde “los chicos crecen”. Bueno, al parecer también el público y sus preferencias.

jueves, 21 de julio de 2011

Sobre el arte de entrenar papagayos


La sociedad, cada cierto tiempo, pero no en la frecuencia adecuada, se pregunta sobre la educación. Es normal, hablamos de un hecho cuyo efecto en la población atañe a la totalidad de los individuos: si tienes acceso, bien; de lo contrario, mal por ti. Ser en una sociedad significa seguir las reglas de esta ―tener un nombre, unos padres, etc.―, y para aprenderlas debes recibir educación; primero, padres, luego, escuela, y, a todo lo largo de tu existencia, experiencias. Nos convertimos en alguien a través de la educación ―tú ingeniero, tú abogada, tú dictador incompetente y senil, tú estrella de rock―, y la educación nos da, también, límites ―la velocidad, la corriente y la comida podrida matan; es mejor ser rico que pobre; si no vale la pena, no te esfuerces, y otros―. En resumen, entramos en el sistema educativo queramos o no, y, por lo mismo, las sociedades deben preguntarse cada día si sus sistemas son eficientes, están bien engrasados, y sus resultados son buenos ciudadanos o completos cavernícolas.

Hace un par de horas estuve en una charla sobre la educación artística; llevaba por título “Maestro ignorante, ¿enseñar arte?” con el profesor José Hernán Aguilar, y un sujeto cuyo nombre no anoté. El tema inicial, la enseñanza del arte y la posibilidad, o imposibilidad, de enseñar el oficio. La charla, he de ser honesto, era un bote de un solo remo, giraba sobre sí sin avanzar hacia ningún lado. Pero mientras el profesor se ocupaba de comentar algunas desconectadas experiencias personales, decidí pensar en la relación entre artes y educación; he aquí algunas conclusiones:

1. Toda las técnicas pueden ser enseñadas, no importa; su aplicación siempre variará. (“Nada recto se ha hecho con la torcida madera humana” Kant)

2. La mejor escuela es la del ejemplo: la humanidad recuerda a Homero, Dante, Shakespeare, y a Da Vinci, Velásquez y Picasso. Que los alumnos los recuerden también.

3. El ego nunca ha hecho buenos profesores: si quieres que oír tus propias palabras en la boca de tus alumnos, mejor entrena papagayos.

4. No hay que reinventar la rueda; pero no perdemos nada con tratar de perfeccionarla.

5. Los clásicos son sencillos; construir un castillo de abstractos conceptos extraídos de la filosofía contemporánea francesa solo te llevarán al salón de los patéticos con ínfulas.

(Da Vinci nunca tuvo que explicar su Gioconda a nadie ―aunque ¿quién sabe?―).

6. La moda puede ser un arte pero el arte no sigue tendencias de moda; un tiburón en formaldehido no compite con La creación de Adán.

7. La universidad puede darte un certificado, pero la iluminación solo la recibirás tras pasar trescientas horas frente a un lienzo inhalando oleo. (Bueno, entre trescientas y quinientas)

8. La obra expresa múltiples sentidos, no máximas absolutas. (Antes de hacer política o negocios piensa en estudiar Comunicación Social o Publicidad)

9. El arte es síntoma, no condición. (Los espectadores pueden ver dónde está la sociedad en una obra, pero no es deber del artista cambiar nada [no veas política en el arte, punto]).

10. Si tu obra es real, hablará por sí misma; no la defenderás ni ―¡por favor!― mandes a tus amigos a escribir cartas contraatacando las críticas negativas.

11. Cronos es el juez supremo de las acciones humanas; lo bueno, lo grande, lo que tiene visos de originalidad, en otras palabras, los clásicos, sobrevivirán siglos después que los últimos vestigios de carbono de tus células se hayan disipado por el cosmos.

12. Enseña a tus alumnos a tener metas, o estos un día perderán la pasión y trocarán sus pinceles por una silla ergonómica, y la espátula por un “Bienvenido a nuestro banco, ¿en qué le puedo colaborar?”.

martes, 14 de junio de 2011

El inmortal


En Ginebra, de cáncer, hace 25 años, hoy, moría el escritor latinoamericano más grande de todos los tiempos ―hasta ahora; no puedo ver el futuro―. Jorge Francisco Isidoro Luis Borges. Pensé en escribir algunas muchas líneas para conmemorar este primer cuarto de siglo sin su presencia, cosa que no lamento ya que, si viviera, sería otra momia argentina recluida en su propia mente, un ex escritor, una estatua viviente alabada solo por los jóvenes.

A diferencia de los Cuatro Magníficos del Boom, Borges creó una obra que superará a su tiempo, como ya ha superado a sus contemporáneos, y sobrevivirá a nosotros; se desprendió de la estupidez política, de ese afán ridículo de querer salvar el mundo y dejar el nombre en alto amordazando su prosa de idealismos; mandó al diablo la política y optó sabiamente por seguir la senda de sus maestros, a quien siempre respetó, enseñando a sus lectores que, mejor que Borges, había un Cervantes, un Dante, Shakespeare y otros de ese calibre. Escribía porque quería, cuando quería y lo que se le antojaba; buen ejemplo, difícil sí de seguir en esta época de publicistas elevados a editores, siempre pendientes del target de mercado, y aplicando recortes a las obras, sin siquiera saber de ortografía.

La obra de Borges, criticada por algunos como “demasiado erudita” ―la clase de expresiones que solo se escuchan en el Tercer Mundo―, tiene la ventaja de permanecer en el no-tiempo donde la auténtica poesía puede ser conectada con todo y los cuentos hablan de historias que se repetirán por siempre en el interminable aprendizaje humano; sus muros y personajes, laberintos ruinas y demás habitan en cada cultura y representan a todos los hombres, a diferencia de las historietas regionales, los cuentos con moraleja y las memorias de infancia, que desprendidas de la efigie de sus autores no son otra cosa que subjetividades resaltadas en la literatura por astutos agentes o editores ambiciosos.

Latinoamérica tiene la desgracia de la pobreza encima; pocas editoriales, pocas escuelas, escasas universidades. Los autores famosos son fruto de la suerte, y por ello los reflectores los destacan; así que, flotar en la órbita de lo universal, como hace Borges, es cosa de una mente desarraigada de patriotismos, culturizaciones y abstracciones sobre el deber ser del autor.

Han pasado veinticinco años; no digo paz en su tumba porque en esta no ha de quedar mayor cosa, mientras que su respiración y nervios palpitan cada vez que alguien lee alguno de sus ensayos, cuentos o poemas. Gracias al internet pude escuchar su voz, y ese acento increíble de los argentinos resuena en mi cabeza cada vez que abro uno de los volúmenes de sus obras completas.

Es posible que yo viva otros veinticinco, y entonces, cuando Borges lleve ya medio siglo de enterrado en su pacífica Suiza, quizá escriba otro texto como este, cuando, ya muchos de los hoy reputados escritores latinoamericanos, sean polvo almacenado en las cavernas del olvido.

lunes, 2 de mayo de 2011

Los recursos del escritor


No hablemos de escritores; el adjetivo aplica a tantos casos que siempre pierdo tiempo determinado con exactitud a quién me refiero; hablemos de redactores, no de autores ni de narradores. Los redactores son quienes trabajan o tienen por pasatiempo apilar palabras armando conjuntos relativos a uno o varios mensajes. Escribir es componer con sentido literario, redactar es simplemente comunicarse por escrito.

Como los escritores somos en buena parte redactores, he querido componer un post sobre algunas herramientas útiles para los redactores – escritores:

1. Digitación rápida. ¿Emplea usted sus índices solamente para escribir en su computadora? Quizá eso le sea suficiente, y sea usted uno de esos autores que suelen decir con orgullo “no tengo prisa”. Nadie la tiene, pero menos tiempo redactando es más tiempo corrigiendo; por ello, si usted es de los que usa alguna clase de teclado, no estaría de más trabajar en sus métodos de digitación; revisar qué está haciendo mal (qué dedos no está empleando, o bien cómo ahorrar tiempo), para aumentar el número de palabras por minuto que puede poner por escrito. En mi caso personal, jamás me baso en notas para escribir y rara vez redacto a partir de borradores manuscritos; inspiración e improvisación han sido los pilares de mi trabajo, lo cual significa que esta es solo una forma de hacer las cosas, y no un regla a seguir; sin embargo, dado que las ideas vienen y van, se necesita abatirlas en el instante en que se presenten poniéndolas por escrito, y, como a veces apenas si duran en mi mente unas milésimas de segundo, poder digitar a gran velocidad es una gran herramienta de trabajo.

2. Lectura rápida. Cuando empecé a escribir, y algunos conocidos notaron mi interés en la literatura, preguntaron qué grandes obras clásica había ya leído. Con vergüenza admití que muchos de los clásicos inmortales aún no habían pasado por mis manos, y apenas tenía referencia de sus autores y contenido. Fatal, decían estas personas: como si un joven pintor nunca en su vida hubiese contemplado un Renoir. Decidido a solucionar esta falla, puse por escrito una lista en orden cronológico de las grandes obras universales, de La Iliada hasta… alguna cuyo nombre ya he olvidado, ya que dicho listado se perdió en el tiempo. Terminado el gran poema homérico, me di cuenta de los muchos años que me tomaría finalizar esa lista; trabajando, y posteriormente estudiando, así como alejado de las grandes bibliotecas, o, en muchos casos, sin poder reunir la cantidad de dinero requerida para adquirir ediciones de calidad, la única solución para poder tragar la literatura universal sería mejorar mi capacidad de lectura.

No solo de literatura viven novelistas, cuentistas y escritores profesionales; el mundo moderno nos provee de toneladas de información en bits o papel impreso que debemos aprehender para estar al corriente del mundo. Cada día se le exige a los profesionales saber más de su mundo y lo que los rodea. Por demás, a menos que te dediques, como ciertos autores de renombre, y algunos fracasados que los imitan, a escribir sobre ti mismo, necesitarás estar informado sobre esos campos del conocimiento que alimentan tu obra.

Casi todas las ciudades cuentan con institutos que venden la promesa de mejorar nuestra lectura; de hacernos capaces de devorar el contenido de una página con quinientos caracteres de un solo vistazo. No sé si esto sea posible, hasta ahora, en esta larga vida, nunca me he topado con individuo alguno dotado de tan envidiable cualidad. Por lo mismo no creo que sea posible, a menos que se haya trabajado en eso desde la infancia. No obstante, con algunas técnicas disponibles en cursos en línea, o libros sobre el tema, que no son raros en las bibliotecas locales, podrá el lector apresar algunos trucos que facilitarán la tarea diaria de digestar las largas columnas de información diaria.

3. Idiomas. Cuando era niño, se nos decía en la escuela que si no aprendíamos inglés en el mundo del mañana ―i. e. hoy― no encontraríamos ni trabajo ni lugar en la sociedad; tan oscuros pronósticos no llegaron a realizarse, por suerte; cada día en el mundo se habla más español, y no he tenido necesidad de usar mi mediocre inglés para nada, salvo, claro, para ver películas, seriados televisivos, leer a ciertos clásicos en su versión original, consumir decenas de titulares y leads cada día, y, sí, para aprender algo de composición traduciendo.

La idea no es mía, sino de Javier Marías; la traducción como un recurso de aprendizaje de la escritura, o mejoramiento a partir de lo que se pueda rescatar de traducir a los grandes autores.

4. La web 2.0. Sigo creyendo que para escribir una buena historia solo se necesita un lápiz, una hoja de papel, o varias, y aplicar la mente en ello. El escritor sigue siendo un solitario, y en una época en que el individualismo está cada vez más devaluado, los autores independientes no han sido todavía reemplazados por equipos de escritura colectiva, o computadoras de redacción. No obstante, la imagen del autor solitario en un cobertizo en las montañas, armado solamente con una máquina de escribir es, o bien la de un retrógrado, o bien la de un talentoso artista quien, como ya mencioné antes, solo necesita de su memoria e inteligencia. Otros, por desgracia no contamos con tales cualidades, así que requerimos tener acceso a lo que yo llamo “librerías”: videos, escritos o grabaciones sonoras; la Wikipedia puede darnos datos exactos sobre casi cualquier tema registrado en la tierra; Google Earth nos puede llevar hasta las calles mismas de cualquier ciudad, y YouTube tiene registros en video sobre miles de temas diferentes. Así, toda lo que el autor necesita investigar está ―como ya nos ha repetido la publicidad decenas de veces― al alcance de un clic.

Posdata:

Al momento en que redacto esto me entero de la muerte de Osama bin Laden a manos de las fuerzas especiales ―Seals, creo― de los Estados Unidos. Y aunque las buenas costumbres nos invitan a no celebrar la muerte de nadie, considero que este tipejo, enemigo declarado de la civilización occidental, no le hacía ningún bien ni al mundo islámico, ni a nadie aparte de las mafias de producción de heroína.

Según datos que me llegan por conocidos y contactos con los servicios secretos; la información que condujo al cuartel de bin Laden fue provista por agentes de campo y sus espías en las proximidades de Abbottabad, lo cual nos recuerda que el Hum-Int sigue siendo la forma más eficaz de espionaje.