sábado, 29 de enero de 2011

Hombre, este es tu miedo


Cierta vez, un conocido, con quien, más un grupo de amigos, publicábamos una revista con inclinaciones literarias, aseguró estar dispuesto a publicar un, potencialmente controvertido, artículo de opinión. Muy bien, le dijimos, mándanos el texto. Se mostraba inseguro: era, explicó, una argumentación bastante fuerte contra el estado; temía repercusiones. Tendré que publicarlo con seudónimo, dijo más tarde. Muy bien, le dijimos, mándanos el texto. Su temor proseguía. Quizá en su mente se proyectaba, una y otra vez, mientras componía el escrito, la siguiente secuencia: él paseando por la calle, un coche negro se detiene, tras un brusco frenazo, a su lado, dos hombres de traje y lentes oscuros lo empujan dentro; el coche, uno de esos vehículos americanos lustrosos y desproporcionados, arranca con un rugido y se pierde en mitad de la ciudad, y él, pobre hombre, nunca más se vuelve a ver.

Nunca leí aquel escrito; otros, quienes sí lo leyeron, con no poca desilusión dieron como veredicto que, la incendiaria opinión, era tan peligrosa como negarse a quitarse el sombrero frente a la estatua de un ex presidente fallecido. Mi diagnóstico sobre el tema: aquellos temores estaban más inspirados en la fe de haber escrito algo grande, algo valioso, unos cuantos párrafos de telúrico poder filosófico, en vez de, oh negra realidad, unas burdas líneas donde se arrojaban dardos a las gastadas dianas de siempre: el Estado corrupto, la Iglesia, la natural hipocresía humana, la ignorancia del votante promedio, y así y así.

Lugares comunes no tumban regímenes; tampoco hacen historia. Y la vanidad, por encima de todo, es un pecado mortal en un escritor ―o aspirante a escritor―. No te vanagloriarás de tu texto; he ahí un mandamiento a seguir. Y sobre el tema podría explayarme otro par de párrafos, mas el tema que me interesa es otro, ahora.

Si bien ese joven no deberá temer más en su vida que una oclusión cardiaca ―u otra de las cientos de posibles muertes relacionadas con el sedentarismo―, en la historia, y hoy día, no faltan los casos de presos, exiliados, asesinados y desaparecidos por causa de sus opiniones políticas y sociales. El fenómeno es global; lo que cambia en cada caso son las consecuencias. En Colombia, las críticas contra los órganos estatales son parte del acervo cultural; aunque es menos, hoy, que antes: de niño, recuerdo, hablar mal del presidente, sus pretorianos y leales camaradas era algo propio de cada mesa de cafetería, plaza pública o mesa familiar, a la hora del desayuno. Tras los ocho tristes y grises años de la uribecracia, esta crítica constante desapareció de buena parte del país, menos por la acción de una posible Gestapo criolla, que por el embrutecimiento general de la nación: mi teoría es que una mezcla de alimentos excesivamente almidonados, aguardiente y música tropical secaron áreas determinantes en las masas encefálicas de las clases medias y populares. Las clases altas, beneficiarias directas de los planes gubernamentales, guardaron silencio, como los suizos hicieron con el oro de los nazis. Pero a eso tampoco va este breve artículo.

El temor de aquel joven, y de otros, con ideas similares, así como el freno que se aplican a sí mismo muchos quienes tienen por oficio, pasión, o pasatiempo la escritura, es la censura. “Si escribo que x es y + 4 no me publican mi escrito”, piensan. “¡Un libro así” dice otro “no lo dejan vender en este país ni en mil años!”. La verdad es que no hay comités de censura en Colombia; la Iglesia, ese horrible invento, suele lanzar imprecaciones y críticas cuando algún producto, sea video musical de rock pesado, o libro contra el clero; practica esta, lo he notado, cada vez más a la baja, ya que, astutos como son, los piadosos notaron que toda crítica contra algo puede ser empleada por este como publicidad.

Así, la censura es débil acá. Los grandes medios de comunicación, eso sí, están al servicio de los grandes grupos económicos, y estos, en un quid pro quo, procuran el sostenimiento de buenas relaciones con el Gobierno. Por ello, no es de extrañar, las críticas y denuncias a las instituciones no son tan fuertes como deberían; aunque me veo obligado a resaltar que este proceder, de los periodistas y analistas, señalando los defectos de las instituciones gobernantes, continúa, y debe ser valorado, como gozne necesario de toda democracia sana.

Hace un par de meses, como mucho, vi una entrevista a Santiago Roncagliolo; el autor de Abril rojo investigó, redactó y publicó un libro ―¿novela?― titulado Memorias de una dama. En dicha entrevista, Roncagliolo hablaba, como lo suelen hacer los autores, sobre los temas, los personajes, el argumento y algunos, muy pocos, detalles de su nuevo libro; se le veía radiante; así son los papás con sus hijos. Bien, pasó el tiempo; Alfaguara, en una compleja operación, levantó de los anaqueles todas las copias de Memorias…; y, en nueva entrevista, para la misma página web ―Canal L―, el peruano, entre, lo que digo yo, era una mezcla de temor y frustración, capoteaba las preguntas del periodista con un repetitivo “lo siento, no puedo hablar de eso”, o bien “no te puedo decir nada”. ¿Qué decía Memorias de una dama, que ofendió, o aterrorizó tanto a cierta prestigiosa familia, quien con su poder consiguió que Alfaguara eliminara todas las copias? ¿No son fascinantes los misterios? En mi vida, al menos como adulto, jamás vi acciones tales. Los novelistas o periodistas, pueden, y son en algunos casos, ser víctimas de persecuciones, de amenazas, de demandas o de afiladas y pesadas críticas cuando el contenido de sus obras ofende o incrimina. Una acción de destrucción y sepultura total de un libro era algo que, hasta entonces, no creía posible.

Con todo, ni esto, ni la posibilidad de esto, debería ser una atadura para un autor. Aunque su vida esté en riesgo, el escritor no debe dejar de escribir por miedo a las repercusiones; ni siquiera, me atrevo a decir, al, mucho más común, desprecio de la crítica. Si escribes es porque tú crees que eso puede o debe ser leído, pero aquí, y a eso va toda esta breve reflexión, es donde el escritor sí debe aplicar el control de calidad sobre su texto: no deberás ―otro mandamiento― temer a la crítica, ni a la censura, sino a tu pobreza o escases de vocabulario.

Todos los días salen al mercado libros cuyo destino no será otro que un millar de copias vendidas, tal vez menos, un puesto en el estante de la librería, y luego la eternidad del olvido. Vaya a la mesa de saldos, o a la librería de viejo, y déjese sorprender por la cantidad de autores de los que nunca oyó hablar, y los títulos que jamás conformarán un canon. Una ojeada al argumento arrojará dos posibles juicios: uno, sí, aceptémoslo, qué historia más mala… O dos, vaya, a lo mejor no es ni un mal libro. ¿Por qué entonces fracasan buenas historias, o al menos, buenas intenciones? Falta de vocabulario. Eso en primera medida. Me resultaría ahora mucho más complejo entrar a analizar el tema de la lógica argumentativa; las sutilezas del estilo, y los estratos superiores del arte narrativo. Por hoy, me centraré en las palabras.

¿Cómo armamos nuestro vocabulario? Leyendo, y oyendo, y viendo. Crecemos con un idioma, y, la mayoría de estos, suelen poseer una gran riqueza: hay palabras para todo, incluso para la que no tiene nombre. Aprenderse los artículos, preposiciones y conectores es fácil; pero toma años ―una vida, sí― hacer parte de nuestros cerebros los miles de verbos, más sus conjugaciones, y otra vida entera necesitaríamos para aprender todos los sustantivos. Pero es deber del escritor conocer su lengua a fondo; y si lo digo es porque yo no la conozco, sino que nado indeciso en las partes menos profundas de esta increíblemente rica Lengua Castellana. Pero me preocupa el tema, y nos debería preocupar a todos. Sí, les hablo también a ustedes, no-escritores.

La literatura no irá muy lejos de la realidad; correrá y correrá, como Aquiles tras la tortuga. Nunca, sabemos, la alcanzará. Pero la realidad es plana, es superficial, es seca; sus tonalidades palidecen frente al tecnicolor de la ficción. Nuestro mundo carece de música de fondo, tampoco se parece a un paisaje impresionista; por eso hacemos arte: necesitamos esa belleza. Por tanto, enriquecemos la realidad reproducida en el texto con más palabras de las necesarias, y damos a las oraciones una calidad rítmica. Eso da sentido al arte; justifica nuestra sed de libros, música, pinturas o cine.

Culmino mi reflexión con la siguiente nota: alguna vez, no recuerdo a quién, se le preguntó en qué se basaba el talento de Steven Speilberg: “su conocimiento de la ciencia cinematográfica”. Debí oír esto hace miles de años, porque estoy seguro era más larga la respuesta, otras las palabras, mas no muy distinto el sentido: Spielberg conoce cada cámara, cada micrófono, cada herramienta de producción, desde la confección de un guión hasta la edición final; habrá poco que se le escape. Así debe ser un escritor que se respete de así ser llamado: su idioma, aunque vasto, no le debe ser una zona desconocida, sino acaso ―como me ocurre a mí― un gran océano que se explora día a día.

lunes, 17 de enero de 2011

¿Cómo nos ven desde fuera?


La historia empieza bien; quiero decir, ves las imágenes y aceptas los personajes, y sus diálogos, así, minuto a minuto, acabas por estar allí junto a ellos, y por preocuparte por lo que les ocurra. Entonces, como en todas las relaciones basadas en mentiras, llega el instante durante el cual la máscara se desprende, y enfrentamos la decepción. Aquello es lo que suele ocurrir con las películas flojas; esta, en particular, logra sostenerse, y, tras revelar su condición de mediocre producción del montón, no para de darnos bofetadas; hablo de Salt, filme del año 2010, dirigido por Philip Noyce, sobre un guión de Kurt Wimmer ―relacionado este último con piezas intragables como Equilibrium, Law Abiding Citizen y Ultraviolet―. No soy un comentarista, y mucho menos un crítico cinematográfico, apenas un comentarista de temas literarios; lo que me ha llevado ahora a componer un texto, y mencionar este desastre fílmico es algo que me inquieta un poco: ¿cómo ve la cultura popular al mundo del espionaje?

Primera aclaración, empleé el verbo ver en tiempo presente; la perspectiva de las artes y el entretenimiento masivo sobre los asuntos de inteligencia sería material para otro ensayo; me concentraré en el presente.

Sigo con Salt:

La historia empieza con la bella Evelyn Salt siendo liberada de Corea del Norte, tras ser capturada, suponemos, bajo la acusación de espionaje. La han golpeado; se ve, en verdad, muy mal. De vuelta a Washington, su vida como agente de campo ha sido trocada por un puesto de oficina; nada muy terrible. Un día se presenta un asunto engorroso: un desertor ruso (sí, como en los viejos, viejos tiempos) debe ser interrogado. Dejaré que el lector interesado en darle una oportunidad a la película siga los detalles de la trama, que yo resumiré así: el ruso señala a Salt de ser un agente del extinto KGB; ella es detenida, aunque, claro, nadie le cree al ruso; el tipejo escapa, ¡Salt escapa! Y comienza la persecución: Evelyn debe demostrar que es inocente, y todas las agencias del gobierno americano procurarán detenerla.

Es aceptable, hasta cierto punto, seguir los tiroteos, las peleas, las persecuciones y los misterios que se desvelan, uno tras otro, en un esfuerzo, en mi opinión vano, de sorprender al espectador. Sería aceptable, si esta trama la hubiéramos visto quince años atrás, y no hoy, cuando el mundo con acceso a internet sabe mejor que antes cómo actúan y funcionan las agencias de inteligencia, así como las operaciones de espionaje. Al lector de superventas de aeropuerto, o al espectador de thrillers de la gran pantalla, ya no le bastan los bandos de buenos y malos, planes de destrucción mundial, la KGB y, peor aún, súper agentes capaces de todo.

Porque ahí, para mí, se fragmenta y parte la pompa jabonosa que es toda historia de ficción. Angelina Jolie como una agente madura de la CIA, cabello rubio claro y traje gris, es tan aceptable como cualquier otro actor. Pero en el momento en que se transforma en la versión femenina de Jason Bourne, queda claro que esta no será una buena historia. La agente Salt, por supuesto, sabe manejar un arma, y dar patadas, y, de hecho, puede enfrentarse contra media veintena de hombres, y liquidarlos a todos; puede planear en un par de horas lo que a todo el equipo de producción le tomó semanas de encierro en un estudio, alimentándose de alitas de pollo, y, claro, en el fondo tiene buenos sentimientos y jamás va a herir a un inocente.

En primer lugar, ¿por qué crear una copia tan burda del personaje de Bourne?: el hombre ―mujer, en este caso― inocente, quien no sabe por qué lo persiguen, y se ve obligado a ejecutar toda una serie de maniobras en orden de revelar la verdad. ¿Por qué no tomaron ese dinero y financiaron otra película de James Bond? En fin. Pese a que no es de mi gusto, la crítica la aceptó, con lo que quiero decir que no le prendieron fuego y bailaron sobre sus cenizas; sobre material desechable como Wanted, Salt resulta incluso recomendable.

Pensará el lector que ya ha ido demasiado lejos la reseña, pues bien, un poco de paciencia:

Tiempo después vi, gracias a esos valientes y honorables hombres y mujeres que se dedican a subir al internet películas casi nuevas, un extraordinario filme francés llamado L’Affaire Farewell. Y aunque el título pueda recordar algún drama contemporáneo japonés, es una película de espías del año 2009 dirigida por Christian Caron, y protagonizada por Guillaume Canet, Emir Kusturica y Willem Dafoe. El argumento

“basado en una historia real” ―como todas―, cuenta la operación de inteligencia que involucra a un ingeniero francés, un analista del Comité (KGB) y los grises burócratas de la CIA. “Farewell”, nombre clave asignado al analista rebelde, resulta ser una de esas vetas de oro que solo surgen cada dos administraciones; revela la lista de agentes del Primer Directorio en Francia y los Estados Unidos, lo cual, no lo salvará cuando sea descubierto… Pero confío en que el lector dedique un tiempo a buscar esta joya del buen cine.

¿Por qué es tan buena esta película? En primer lugar, actores de primera línea, convincentes, interpretan personajes creíbles, en una atmósfera verosímil producto de una sobria reconstrucción de la Rusia soviética. La trama no gira en torno a un complot de proporciones mundiales, sino a los continuos juegos de robo y compra de información entre el Oso ruso y el Águila americana, con los dramas, la tragedia y las tensiones que siempre involucran estos asuntos.

Dos películas, y un mismo tema. A lo largo de la historia del cine las salas se han visto de cuando en cuando visitadas por filmes buenos y malos: basura del tipo Miniespías, clásicos como North by Northwest; derroches sin objeto de efectos especiales, como Mission Impossible 2, aplastados más tarde por un Spy Game o un The Good Shepherd.

Hace, cosa de unos meses, descubrí la existencia de una serie de libros bajo el título general de Gallagher Girls. ¿El tema? Bueno: chicas adolescentes en una escuela privada de espionaje. El


argumento, imagino, ya que no he leído los libros, mezclará los lugares comunes de la chik-lit y algo del imaginario popular sobre operaciones encubiertas: artículos sofisticados para abrir puertas, dardos tranquilizantes y esas cosas. Ahora, lo que encuentro

preocupante es lo distanciado que se encuentra esta inofensiva ficción de la triste realidad: las agencias de inteligencia trabajan sobre material sensible y sus agentes corren grandes riesgos, y más aún los verdaderos espías, las fuentes, que por dinero, patriotismo, miedo, odio, o la misteriosa adicción al peligro viven con dos caras.

Las apuestas en el peligroso Gran Juego van más allá de romances adolescentes, o de “salvar el mundo”, pero, como tendrá que recordarlo toda una generación con el 11 de Septiembre, la falta de la información adecuada y a tiempo conduce a devastadores escenarios.

Los agentes de inteligencia no son tampoco expertos en artes marciales; lo más duro que tienen es el trasero tras cientos de horas de leer informes de fuente abierta o reportes de origen clasificado. Si bien muchos son adiestrados en el manejo de armas, les es más útil comprender de filología árabe o de geografía latinoamericana. Y no equivocarse; decir la verdad y reportar lo visto, aunque tengas que ver en silencio como tus superiores distorsionan la información, y el jefe de jefes le dice a la ONU una pila de mentiras. No, no hay agentes Salt, ni Bourne, ni Ethan Hunt dotados de todas las habilidades para desfacer entuertos, pero sí jefes de estación con permiso para secuestrar árabes, egipcios, sirios, tunecinos, afganos, iraníes o cualquier otro que le parezca feo, llevarlo a una prisión secreta y darle la paliza de su vida para que revele dónde están Osama bin Laden y Ayman al-Zawahiri.

Si la diplomacia es, como siempre he pensado, la guerra seguida por otros medios, el espionaje es el doble fondo venenoso de la diplomacia; la red de mentiras que sostiene el mundo de los apretones de manos entre jefes de estado. Un mal necesario, que observa la intimidad de los súbditos de un país bajo el principio de la protección de los mismos, así como observa a sus vecinos, o a los civiles de países distantes en procura de evitar el siempre inminente Fin del Mundo. Los recientes destapes por parte de Wikileaks están del todo justificados mientras los gobiernos tengan por política oficial engañar al pueblo que gobiernan, y cometer crímenes en el suelo soberano de otras naciones.

Por todo esto, me parece importante que la gente conozca un poco mejor el no tan glamoroso mundo del espionaje, y piense un poco que, entre tanta ficción, algo de realidad subsiste.

Y ese algo ya es demasiado.

viernes, 14 de enero de 2011

Los elementos de un complot


Con más de cuatro años de retraso leí El afgano, penúltima novela del inglés Frederick Forsyth, y dos distintas sensaciones corrían por las venas de mi cerebro mientras pasaba las páginas y consumía, hora tras hora, descripciones y diálogos. Primero, es triste, un poco, crecer y darte cuenta que cierto tipo de historias ya no consiguen emocionarte de la forma en que lo hacían antes; en el pasado, gasté buena parte de mi dinero ―que no era entonces, ni es mucho ahora― en adquirir cuantas novelas de espías hallé en tiendas de saldos; ahora, tras cientos de libros “serios” en mi estante, y los cableados de mi memoria, mi percepción de lo que es “buena literatura” ha cambiado, y en gran medida. Y lo segundo es que, tras darse a conocer las cientos de oscuras maquinaciones tras la llamada “guerra contra el terrorismo”, toda la ficción relacionada al tema termina opacada por la cruda y detestable realidad. No hay héroes, ni chicos buenos y chicos malos: hay tanta culpa entre las cabezas de las potencias occidentales por la tragedia de Afganistán e Irak, como en las manos de los radicales musulmanes, y sus amos, los terratenientes, vendedores de armas y comercializadores de heroína del mundo.

Pero me enfocaré, ya que a ello vino el lector, en la materia bidimensional del thriller: el veterano de The Fist of God, Mike Martin, operador del SAS británico, regresa, ya más viejo y con pocos planes al futuro; el gobierno de Su Majestad, y el Tío Sam lo requieren para una misión tan peligrosa como necesaria: infiltrarse en al-Queda, y descubrir el trasfondo de un gran complot terrorista, apenas vislumbrado ―como en todas las novelas de Forsyth― gracias a un afortunado y coincidencial descubrimiento. Martin habla perfectamente el árabe de Irak, conoce ligeramente el pastún y posee las dotes necesarias para librarse de los peligros y completar su misión, que, sí, no se muestra fácil: la red terrorista descrita por Forsyth es una vasta telaraña de contactos dispersados por el mundo entero, con inacabables recursos económicos, y capaz de planificar y poner en marcha estrategias globales para sacudir a los infieles.

Forsyth conoce su oficio: conoce los hombres, las instituciones y la tecnología, y consigue entretener al lector con descripciones detalladas. Pero, su mayor maestría, reside en develar paso a paso, manteniendo el suspenso, el verdadero trasfondo del complot; avanzamos página a página esperando que el héroe gane, y que los terroristas sean atrapados antes de que consigan su cometido, pero, oh suerte oscura, a cada paso de las agencias de inteligencia, el enemigo, endiabladamente astuto, se adelanta a sus perseguidores, los engaña, y la persecución mundial se extiende. No hay un minuto de descanso: mientras los jefes del espionaje americano y británico esperan nuevas pistas de su agente, este yace incomunicado, e, imparables, los terroristas avanzan cada vez más rápido en su misión, sin que podamos los lectores hacer otra cosa que mirar.

Algunos críticos señalarán que este tipo de novelas, concebidas, ¿quién lo niega? para entretener ―título honroso que no conseguirán nunca esos ladrillos pseudosicológicos, moralistas o “basados en hechos reales” (crónicas de secuestrados regadas de lágrimas y basura de ese calibre) que atestan las librerías― como artículos desechables basados en métodos simples, revelados a potenciales autores mediocres en talleres de escritura creativa, en las universidades americanas. Y es cierto… en cierta medida; el primer párrafo de The Afghan es el característico “gancho” de los trillers de aventura y suspenso:

De haber sabido el joven guardaespaldas talibán que aquella llamada desde el teléfono móvil iba a acabar con su vida, no la habría hecho. Pero llamó, y ocurrió lo que tenía que ocurrir.

A partir de esas líneas, el lector sabe que algo grande va a suceder, y querrá enterarse hasta el último detalle del asunto. Una amenaza se cierne sobre el mundo occidental, y es tan, pero tan secreta que solo habrá una forma de descubrir qué es. Concéntrese el lector en la situación que el autor dispone a sus personajes y lectores: es un acertijo, y en sí mismo se hallan las claves para resolverlo; un solo camino, uno solo hombre; múltiples vías para develar el misterio entretendrían al lector y lo alejarían de la trama. Él debe sentir que el héroe avanza por un delgado alambre tendido sobre el abismo: el menor error, la mínima oscilación, y todo se irá al demonio; no importa que, como todo lector de trillers de espionaje sabe, los buenos siempre ganen. Quien lee una novela de suspenso ha aceptado las reglas de ese mundo construido por el autor, y una de ellas, la principal, es preocuparse.

Por supuesto, el asunto irá más allá de resolver el acertijo principal. Descubrir la conspiración es solo la puerta principal al gran laberinto del argumento. En otra novela de Forsyth The Day of the Jackal (1971), conocemos el objetivo de los conspiradores, y seguimos, minuto a minuto, a su principal elemento, el asesino contratado para asesinar a De Gaulle. ¿Qué nos mantiene pendientes de la trama entonces? Los eventos inesperados y los trucos sacados del sombrero. No quiero decir con ello que, como en algunas novelas baratas, los puntos de giro salten cuan liebres de mago a sueldo en fiesta infantil; un buen autor ―y el buen Forsyth lo es― consigue que el caudal se rompa, y las goteras se formen, en las propias debilidades de la situación: en El afgano, un peligroso jefe terrorista es mantenido en una cárcel secreta en los bosques septentrionales de Estados Unidos, ocurre un accidente y el talibán consigue escapar, a través del bosque, consiguiendo, a cada paso, ventajas sobre sus perseguidores. Nada es fácil en el mundo de los agentes secretos de la ficción: las largas y rutinarias investigaciones de años, los archivos apilados, los seguimientos interminables y los casos cerrados, cada que una administración de gobierno termina, no tienen cabida aquí, en estos universos portátiles donde los espías están dispuestos a sacrificarlo todo por el deber.

¿Qué tan real resulta esta novela? Alejada, digo yo. La verdad, como lo han demostrado investigaciones hechas públicas en los últimos años, al-Queda es más una construcción de los Estados Unidos que una verdadera organización terrorista, empezando porque, el concepto de “organización”, es mucho más occidental que de medio oriente; salvo grupos ya muy antiguos, como el Hamas y la OLP, con su estructura de partido político, y división armada paralela, el terrorismo internacional ejecutado, desde el 11 de septiembre, está compuesto por células de fanáticos, y su único vínculo entre sí, es el odio hacia los Estados Unidos, los países europeos involucrados en las invasiones de Irak y Afganistán, o el mundo laico en sí. Mas la cabeza suprema de la gran serpiente del terrorismo no pasa de ser una ficción concebida por los analistas neoconservadores: ni Osama bin Laden, ni ningún otro, encabezan una red mundial de guerra contra Occidente. Toda esta gran trama del terror, inspirada, me temo, en las aventuras de G.I Joe (con bin Laden en el papel de Cobra), tiene la cualidad de ser masticable por el ciudadano promedio de las grandes capitales. Pensar, por ejemplo, que tu país, con sus millones en tecnología de destrucción masiva, lance toda una armada para acabar con un par de viejos extremistas, sus dos docenas de seguidores, y las cabras alrededor de una tierra yerma, en un país despedazado por décadas de guerras tribales, de las que nadie, en tu país sabe mayor cosa, porque no es una amenaza para el césped de tu jardín, hará que el ciudadano promedio no esté seguro de apoyar tal causa. Distinto es si te dicen que cada día, cada hora, un sobre con ántrax puede llegar a tu buzón; un coche bomba hará picadillo a tus hijos una vez el autobús de la escuela se detenga en una intersección, o que mientras viajas, por negocios o placer, al otro lado del país, de repente, un barbudo se parará en el corredor a gritar “¡Alá es grande!”, mientras sostiene los detonadores del explosivo que cubre su cuerpo.

Los organismos de seguridad saben que la amenaza no es tan próxima, y las agencias de inteligencia conocen los límites de las células terroristas; saben, ambos, que cada día algún musulmán, de los millones que habitan la Tierra, se despertará lo bastante desesperado, o enfurecido, para considerar que vale la pena aterrorizar al país donde vive, para equilibrar un poco la balanza en esta guerra donde, a pesar de lo que piensan los neoconservadores en los países desarrollados, quienes han tenido todas las de perder, y han experimentado hasta el límite el sufrimiento, son los civiles de las naciones maldecidas por una religión como el Islam.

sábado, 1 de enero de 2011

La noche del Cóndor, completado


Sí, he terminado de escribir mi novela La noche del Cóndor, la primera en que introduje al agente secreto Leonardo Katz. Una mañana, de principios de abril de 2006 en un pasaje subterráneo del Trasmilenio, en Bogotá, tuve una visión; esa tarde compré una Rémington portátil en el mercado de antigüedades, y en la noche comencé la redacción del primer borrador. Ahora, en espera de la imprenta...