lunes, 17 de enero de 2011

¿Cómo nos ven desde fuera?


La historia empieza bien; quiero decir, ves las imágenes y aceptas los personajes, y sus diálogos, así, minuto a minuto, acabas por estar allí junto a ellos, y por preocuparte por lo que les ocurra. Entonces, como en todas las relaciones basadas en mentiras, llega el instante durante el cual la máscara se desprende, y enfrentamos la decepción. Aquello es lo que suele ocurrir con las películas flojas; esta, en particular, logra sostenerse, y, tras revelar su condición de mediocre producción del montón, no para de darnos bofetadas; hablo de Salt, filme del año 2010, dirigido por Philip Noyce, sobre un guión de Kurt Wimmer ―relacionado este último con piezas intragables como Equilibrium, Law Abiding Citizen y Ultraviolet―. No soy un comentarista, y mucho menos un crítico cinematográfico, apenas un comentarista de temas literarios; lo que me ha llevado ahora a componer un texto, y mencionar este desastre fílmico es algo que me inquieta un poco: ¿cómo ve la cultura popular al mundo del espionaje?

Primera aclaración, empleé el verbo ver en tiempo presente; la perspectiva de las artes y el entretenimiento masivo sobre los asuntos de inteligencia sería material para otro ensayo; me concentraré en el presente.

Sigo con Salt:

La historia empieza con la bella Evelyn Salt siendo liberada de Corea del Norte, tras ser capturada, suponemos, bajo la acusación de espionaje. La han golpeado; se ve, en verdad, muy mal. De vuelta a Washington, su vida como agente de campo ha sido trocada por un puesto de oficina; nada muy terrible. Un día se presenta un asunto engorroso: un desertor ruso (sí, como en los viejos, viejos tiempos) debe ser interrogado. Dejaré que el lector interesado en darle una oportunidad a la película siga los detalles de la trama, que yo resumiré así: el ruso señala a Salt de ser un agente del extinto KGB; ella es detenida, aunque, claro, nadie le cree al ruso; el tipejo escapa, ¡Salt escapa! Y comienza la persecución: Evelyn debe demostrar que es inocente, y todas las agencias del gobierno americano procurarán detenerla.

Es aceptable, hasta cierto punto, seguir los tiroteos, las peleas, las persecuciones y los misterios que se desvelan, uno tras otro, en un esfuerzo, en mi opinión vano, de sorprender al espectador. Sería aceptable, si esta trama la hubiéramos visto quince años atrás, y no hoy, cuando el mundo con acceso a internet sabe mejor que antes cómo actúan y funcionan las agencias de inteligencia, así como las operaciones de espionaje. Al lector de superventas de aeropuerto, o al espectador de thrillers de la gran pantalla, ya no le bastan los bandos de buenos y malos, planes de destrucción mundial, la KGB y, peor aún, súper agentes capaces de todo.

Porque ahí, para mí, se fragmenta y parte la pompa jabonosa que es toda historia de ficción. Angelina Jolie como una agente madura de la CIA, cabello rubio claro y traje gris, es tan aceptable como cualquier otro actor. Pero en el momento en que se transforma en la versión femenina de Jason Bourne, queda claro que esta no será una buena historia. La agente Salt, por supuesto, sabe manejar un arma, y dar patadas, y, de hecho, puede enfrentarse contra media veintena de hombres, y liquidarlos a todos; puede planear en un par de horas lo que a todo el equipo de producción le tomó semanas de encierro en un estudio, alimentándose de alitas de pollo, y, claro, en el fondo tiene buenos sentimientos y jamás va a herir a un inocente.

En primer lugar, ¿por qué crear una copia tan burda del personaje de Bourne?: el hombre ―mujer, en este caso― inocente, quien no sabe por qué lo persiguen, y se ve obligado a ejecutar toda una serie de maniobras en orden de revelar la verdad. ¿Por qué no tomaron ese dinero y financiaron otra película de James Bond? En fin. Pese a que no es de mi gusto, la crítica la aceptó, con lo que quiero decir que no le prendieron fuego y bailaron sobre sus cenizas; sobre material desechable como Wanted, Salt resulta incluso recomendable.

Pensará el lector que ya ha ido demasiado lejos la reseña, pues bien, un poco de paciencia:

Tiempo después vi, gracias a esos valientes y honorables hombres y mujeres que se dedican a subir al internet películas casi nuevas, un extraordinario filme francés llamado L’Affaire Farewell. Y aunque el título pueda recordar algún drama contemporáneo japonés, es una película de espías del año 2009 dirigida por Christian Caron, y protagonizada por Guillaume Canet, Emir Kusturica y Willem Dafoe. El argumento

“basado en una historia real” ―como todas―, cuenta la operación de inteligencia que involucra a un ingeniero francés, un analista del Comité (KGB) y los grises burócratas de la CIA. “Farewell”, nombre clave asignado al analista rebelde, resulta ser una de esas vetas de oro que solo surgen cada dos administraciones; revela la lista de agentes del Primer Directorio en Francia y los Estados Unidos, lo cual, no lo salvará cuando sea descubierto… Pero confío en que el lector dedique un tiempo a buscar esta joya del buen cine.

¿Por qué es tan buena esta película? En primer lugar, actores de primera línea, convincentes, interpretan personajes creíbles, en una atmósfera verosímil producto de una sobria reconstrucción de la Rusia soviética. La trama no gira en torno a un complot de proporciones mundiales, sino a los continuos juegos de robo y compra de información entre el Oso ruso y el Águila americana, con los dramas, la tragedia y las tensiones que siempre involucran estos asuntos.

Dos películas, y un mismo tema. A lo largo de la historia del cine las salas se han visto de cuando en cuando visitadas por filmes buenos y malos: basura del tipo Miniespías, clásicos como North by Northwest; derroches sin objeto de efectos especiales, como Mission Impossible 2, aplastados más tarde por un Spy Game o un The Good Shepherd.

Hace, cosa de unos meses, descubrí la existencia de una serie de libros bajo el título general de Gallagher Girls. ¿El tema? Bueno: chicas adolescentes en una escuela privada de espionaje. El


argumento, imagino, ya que no he leído los libros, mezclará los lugares comunes de la chik-lit y algo del imaginario popular sobre operaciones encubiertas: artículos sofisticados para abrir puertas, dardos tranquilizantes y esas cosas. Ahora, lo que encuentro

preocupante es lo distanciado que se encuentra esta inofensiva ficción de la triste realidad: las agencias de inteligencia trabajan sobre material sensible y sus agentes corren grandes riesgos, y más aún los verdaderos espías, las fuentes, que por dinero, patriotismo, miedo, odio, o la misteriosa adicción al peligro viven con dos caras.

Las apuestas en el peligroso Gran Juego van más allá de romances adolescentes, o de “salvar el mundo”, pero, como tendrá que recordarlo toda una generación con el 11 de Septiembre, la falta de la información adecuada y a tiempo conduce a devastadores escenarios.

Los agentes de inteligencia no son tampoco expertos en artes marciales; lo más duro que tienen es el trasero tras cientos de horas de leer informes de fuente abierta o reportes de origen clasificado. Si bien muchos son adiestrados en el manejo de armas, les es más útil comprender de filología árabe o de geografía latinoamericana. Y no equivocarse; decir la verdad y reportar lo visto, aunque tengas que ver en silencio como tus superiores distorsionan la información, y el jefe de jefes le dice a la ONU una pila de mentiras. No, no hay agentes Salt, ni Bourne, ni Ethan Hunt dotados de todas las habilidades para desfacer entuertos, pero sí jefes de estación con permiso para secuestrar árabes, egipcios, sirios, tunecinos, afganos, iraníes o cualquier otro que le parezca feo, llevarlo a una prisión secreta y darle la paliza de su vida para que revele dónde están Osama bin Laden y Ayman al-Zawahiri.

Si la diplomacia es, como siempre he pensado, la guerra seguida por otros medios, el espionaje es el doble fondo venenoso de la diplomacia; la red de mentiras que sostiene el mundo de los apretones de manos entre jefes de estado. Un mal necesario, que observa la intimidad de los súbditos de un país bajo el principio de la protección de los mismos, así como observa a sus vecinos, o a los civiles de países distantes en procura de evitar el siempre inminente Fin del Mundo. Los recientes destapes por parte de Wikileaks están del todo justificados mientras los gobiernos tengan por política oficial engañar al pueblo que gobiernan, y cometer crímenes en el suelo soberano de otras naciones.

Por todo esto, me parece importante que la gente conozca un poco mejor el no tan glamoroso mundo del espionaje, y piense un poco que, entre tanta ficción, algo de realidad subsiste.

Y ese algo ya es demasiado.

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