sábado, 29 de enero de 2011

Hombre, este es tu miedo


Cierta vez, un conocido, con quien, más un grupo de amigos, publicábamos una revista con inclinaciones literarias, aseguró estar dispuesto a publicar un, potencialmente controvertido, artículo de opinión. Muy bien, le dijimos, mándanos el texto. Se mostraba inseguro: era, explicó, una argumentación bastante fuerte contra el estado; temía repercusiones. Tendré que publicarlo con seudónimo, dijo más tarde. Muy bien, le dijimos, mándanos el texto. Su temor proseguía. Quizá en su mente se proyectaba, una y otra vez, mientras componía el escrito, la siguiente secuencia: él paseando por la calle, un coche negro se detiene, tras un brusco frenazo, a su lado, dos hombres de traje y lentes oscuros lo empujan dentro; el coche, uno de esos vehículos americanos lustrosos y desproporcionados, arranca con un rugido y se pierde en mitad de la ciudad, y él, pobre hombre, nunca más se vuelve a ver.

Nunca leí aquel escrito; otros, quienes sí lo leyeron, con no poca desilusión dieron como veredicto que, la incendiaria opinión, era tan peligrosa como negarse a quitarse el sombrero frente a la estatua de un ex presidente fallecido. Mi diagnóstico sobre el tema: aquellos temores estaban más inspirados en la fe de haber escrito algo grande, algo valioso, unos cuantos párrafos de telúrico poder filosófico, en vez de, oh negra realidad, unas burdas líneas donde se arrojaban dardos a las gastadas dianas de siempre: el Estado corrupto, la Iglesia, la natural hipocresía humana, la ignorancia del votante promedio, y así y así.

Lugares comunes no tumban regímenes; tampoco hacen historia. Y la vanidad, por encima de todo, es un pecado mortal en un escritor ―o aspirante a escritor―. No te vanagloriarás de tu texto; he ahí un mandamiento a seguir. Y sobre el tema podría explayarme otro par de párrafos, mas el tema que me interesa es otro, ahora.

Si bien ese joven no deberá temer más en su vida que una oclusión cardiaca ―u otra de las cientos de posibles muertes relacionadas con el sedentarismo―, en la historia, y hoy día, no faltan los casos de presos, exiliados, asesinados y desaparecidos por causa de sus opiniones políticas y sociales. El fenómeno es global; lo que cambia en cada caso son las consecuencias. En Colombia, las críticas contra los órganos estatales son parte del acervo cultural; aunque es menos, hoy, que antes: de niño, recuerdo, hablar mal del presidente, sus pretorianos y leales camaradas era algo propio de cada mesa de cafetería, plaza pública o mesa familiar, a la hora del desayuno. Tras los ocho tristes y grises años de la uribecracia, esta crítica constante desapareció de buena parte del país, menos por la acción de una posible Gestapo criolla, que por el embrutecimiento general de la nación: mi teoría es que una mezcla de alimentos excesivamente almidonados, aguardiente y música tropical secaron áreas determinantes en las masas encefálicas de las clases medias y populares. Las clases altas, beneficiarias directas de los planes gubernamentales, guardaron silencio, como los suizos hicieron con el oro de los nazis. Pero a eso tampoco va este breve artículo.

El temor de aquel joven, y de otros, con ideas similares, así como el freno que se aplican a sí mismo muchos quienes tienen por oficio, pasión, o pasatiempo la escritura, es la censura. “Si escribo que x es y + 4 no me publican mi escrito”, piensan. “¡Un libro así” dice otro “no lo dejan vender en este país ni en mil años!”. La verdad es que no hay comités de censura en Colombia; la Iglesia, ese horrible invento, suele lanzar imprecaciones y críticas cuando algún producto, sea video musical de rock pesado, o libro contra el clero; practica esta, lo he notado, cada vez más a la baja, ya que, astutos como son, los piadosos notaron que toda crítica contra algo puede ser empleada por este como publicidad.

Así, la censura es débil acá. Los grandes medios de comunicación, eso sí, están al servicio de los grandes grupos económicos, y estos, en un quid pro quo, procuran el sostenimiento de buenas relaciones con el Gobierno. Por ello, no es de extrañar, las críticas y denuncias a las instituciones no son tan fuertes como deberían; aunque me veo obligado a resaltar que este proceder, de los periodistas y analistas, señalando los defectos de las instituciones gobernantes, continúa, y debe ser valorado, como gozne necesario de toda democracia sana.

Hace un par de meses, como mucho, vi una entrevista a Santiago Roncagliolo; el autor de Abril rojo investigó, redactó y publicó un libro ―¿novela?― titulado Memorias de una dama. En dicha entrevista, Roncagliolo hablaba, como lo suelen hacer los autores, sobre los temas, los personajes, el argumento y algunos, muy pocos, detalles de su nuevo libro; se le veía radiante; así son los papás con sus hijos. Bien, pasó el tiempo; Alfaguara, en una compleja operación, levantó de los anaqueles todas las copias de Memorias…; y, en nueva entrevista, para la misma página web ―Canal L―, el peruano, entre, lo que digo yo, era una mezcla de temor y frustración, capoteaba las preguntas del periodista con un repetitivo “lo siento, no puedo hablar de eso”, o bien “no te puedo decir nada”. ¿Qué decía Memorias de una dama, que ofendió, o aterrorizó tanto a cierta prestigiosa familia, quien con su poder consiguió que Alfaguara eliminara todas las copias? ¿No son fascinantes los misterios? En mi vida, al menos como adulto, jamás vi acciones tales. Los novelistas o periodistas, pueden, y son en algunos casos, ser víctimas de persecuciones, de amenazas, de demandas o de afiladas y pesadas críticas cuando el contenido de sus obras ofende o incrimina. Una acción de destrucción y sepultura total de un libro era algo que, hasta entonces, no creía posible.

Con todo, ni esto, ni la posibilidad de esto, debería ser una atadura para un autor. Aunque su vida esté en riesgo, el escritor no debe dejar de escribir por miedo a las repercusiones; ni siquiera, me atrevo a decir, al, mucho más común, desprecio de la crítica. Si escribes es porque tú crees que eso puede o debe ser leído, pero aquí, y a eso va toda esta breve reflexión, es donde el escritor sí debe aplicar el control de calidad sobre su texto: no deberás ―otro mandamiento― temer a la crítica, ni a la censura, sino a tu pobreza o escases de vocabulario.

Todos los días salen al mercado libros cuyo destino no será otro que un millar de copias vendidas, tal vez menos, un puesto en el estante de la librería, y luego la eternidad del olvido. Vaya a la mesa de saldos, o a la librería de viejo, y déjese sorprender por la cantidad de autores de los que nunca oyó hablar, y los títulos que jamás conformarán un canon. Una ojeada al argumento arrojará dos posibles juicios: uno, sí, aceptémoslo, qué historia más mala… O dos, vaya, a lo mejor no es ni un mal libro. ¿Por qué entonces fracasan buenas historias, o al menos, buenas intenciones? Falta de vocabulario. Eso en primera medida. Me resultaría ahora mucho más complejo entrar a analizar el tema de la lógica argumentativa; las sutilezas del estilo, y los estratos superiores del arte narrativo. Por hoy, me centraré en las palabras.

¿Cómo armamos nuestro vocabulario? Leyendo, y oyendo, y viendo. Crecemos con un idioma, y, la mayoría de estos, suelen poseer una gran riqueza: hay palabras para todo, incluso para la que no tiene nombre. Aprenderse los artículos, preposiciones y conectores es fácil; pero toma años ―una vida, sí― hacer parte de nuestros cerebros los miles de verbos, más sus conjugaciones, y otra vida entera necesitaríamos para aprender todos los sustantivos. Pero es deber del escritor conocer su lengua a fondo; y si lo digo es porque yo no la conozco, sino que nado indeciso en las partes menos profundas de esta increíblemente rica Lengua Castellana. Pero me preocupa el tema, y nos debería preocupar a todos. Sí, les hablo también a ustedes, no-escritores.

La literatura no irá muy lejos de la realidad; correrá y correrá, como Aquiles tras la tortuga. Nunca, sabemos, la alcanzará. Pero la realidad es plana, es superficial, es seca; sus tonalidades palidecen frente al tecnicolor de la ficción. Nuestro mundo carece de música de fondo, tampoco se parece a un paisaje impresionista; por eso hacemos arte: necesitamos esa belleza. Por tanto, enriquecemos la realidad reproducida en el texto con más palabras de las necesarias, y damos a las oraciones una calidad rítmica. Eso da sentido al arte; justifica nuestra sed de libros, música, pinturas o cine.

Culmino mi reflexión con la siguiente nota: alguna vez, no recuerdo a quién, se le preguntó en qué se basaba el talento de Steven Speilberg: “su conocimiento de la ciencia cinematográfica”. Debí oír esto hace miles de años, porque estoy seguro era más larga la respuesta, otras las palabras, mas no muy distinto el sentido: Spielberg conoce cada cámara, cada micrófono, cada herramienta de producción, desde la confección de un guión hasta la edición final; habrá poco que se le escape. Así debe ser un escritor que se respete de así ser llamado: su idioma, aunque vasto, no le debe ser una zona desconocida, sino acaso ―como me ocurre a mí― un gran océano que se explora día a día.

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