viernes, 14 de enero de 2011

Los elementos de un complot


Con más de cuatro años de retraso leí El afgano, penúltima novela del inglés Frederick Forsyth, y dos distintas sensaciones corrían por las venas de mi cerebro mientras pasaba las páginas y consumía, hora tras hora, descripciones y diálogos. Primero, es triste, un poco, crecer y darte cuenta que cierto tipo de historias ya no consiguen emocionarte de la forma en que lo hacían antes; en el pasado, gasté buena parte de mi dinero ―que no era entonces, ni es mucho ahora― en adquirir cuantas novelas de espías hallé en tiendas de saldos; ahora, tras cientos de libros “serios” en mi estante, y los cableados de mi memoria, mi percepción de lo que es “buena literatura” ha cambiado, y en gran medida. Y lo segundo es que, tras darse a conocer las cientos de oscuras maquinaciones tras la llamada “guerra contra el terrorismo”, toda la ficción relacionada al tema termina opacada por la cruda y detestable realidad. No hay héroes, ni chicos buenos y chicos malos: hay tanta culpa entre las cabezas de las potencias occidentales por la tragedia de Afganistán e Irak, como en las manos de los radicales musulmanes, y sus amos, los terratenientes, vendedores de armas y comercializadores de heroína del mundo.

Pero me enfocaré, ya que a ello vino el lector, en la materia bidimensional del thriller: el veterano de The Fist of God, Mike Martin, operador del SAS británico, regresa, ya más viejo y con pocos planes al futuro; el gobierno de Su Majestad, y el Tío Sam lo requieren para una misión tan peligrosa como necesaria: infiltrarse en al-Queda, y descubrir el trasfondo de un gran complot terrorista, apenas vislumbrado ―como en todas las novelas de Forsyth― gracias a un afortunado y coincidencial descubrimiento. Martin habla perfectamente el árabe de Irak, conoce ligeramente el pastún y posee las dotes necesarias para librarse de los peligros y completar su misión, que, sí, no se muestra fácil: la red terrorista descrita por Forsyth es una vasta telaraña de contactos dispersados por el mundo entero, con inacabables recursos económicos, y capaz de planificar y poner en marcha estrategias globales para sacudir a los infieles.

Forsyth conoce su oficio: conoce los hombres, las instituciones y la tecnología, y consigue entretener al lector con descripciones detalladas. Pero, su mayor maestría, reside en develar paso a paso, manteniendo el suspenso, el verdadero trasfondo del complot; avanzamos página a página esperando que el héroe gane, y que los terroristas sean atrapados antes de que consigan su cometido, pero, oh suerte oscura, a cada paso de las agencias de inteligencia, el enemigo, endiabladamente astuto, se adelanta a sus perseguidores, los engaña, y la persecución mundial se extiende. No hay un minuto de descanso: mientras los jefes del espionaje americano y británico esperan nuevas pistas de su agente, este yace incomunicado, e, imparables, los terroristas avanzan cada vez más rápido en su misión, sin que podamos los lectores hacer otra cosa que mirar.

Algunos críticos señalarán que este tipo de novelas, concebidas, ¿quién lo niega? para entretener ―título honroso que no conseguirán nunca esos ladrillos pseudosicológicos, moralistas o “basados en hechos reales” (crónicas de secuestrados regadas de lágrimas y basura de ese calibre) que atestan las librerías― como artículos desechables basados en métodos simples, revelados a potenciales autores mediocres en talleres de escritura creativa, en las universidades americanas. Y es cierto… en cierta medida; el primer párrafo de The Afghan es el característico “gancho” de los trillers de aventura y suspenso:

De haber sabido el joven guardaespaldas talibán que aquella llamada desde el teléfono móvil iba a acabar con su vida, no la habría hecho. Pero llamó, y ocurrió lo que tenía que ocurrir.

A partir de esas líneas, el lector sabe que algo grande va a suceder, y querrá enterarse hasta el último detalle del asunto. Una amenaza se cierne sobre el mundo occidental, y es tan, pero tan secreta que solo habrá una forma de descubrir qué es. Concéntrese el lector en la situación que el autor dispone a sus personajes y lectores: es un acertijo, y en sí mismo se hallan las claves para resolverlo; un solo camino, uno solo hombre; múltiples vías para develar el misterio entretendrían al lector y lo alejarían de la trama. Él debe sentir que el héroe avanza por un delgado alambre tendido sobre el abismo: el menor error, la mínima oscilación, y todo se irá al demonio; no importa que, como todo lector de trillers de espionaje sabe, los buenos siempre ganen. Quien lee una novela de suspenso ha aceptado las reglas de ese mundo construido por el autor, y una de ellas, la principal, es preocuparse.

Por supuesto, el asunto irá más allá de resolver el acertijo principal. Descubrir la conspiración es solo la puerta principal al gran laberinto del argumento. En otra novela de Forsyth The Day of the Jackal (1971), conocemos el objetivo de los conspiradores, y seguimos, minuto a minuto, a su principal elemento, el asesino contratado para asesinar a De Gaulle. ¿Qué nos mantiene pendientes de la trama entonces? Los eventos inesperados y los trucos sacados del sombrero. No quiero decir con ello que, como en algunas novelas baratas, los puntos de giro salten cuan liebres de mago a sueldo en fiesta infantil; un buen autor ―y el buen Forsyth lo es― consigue que el caudal se rompa, y las goteras se formen, en las propias debilidades de la situación: en El afgano, un peligroso jefe terrorista es mantenido en una cárcel secreta en los bosques septentrionales de Estados Unidos, ocurre un accidente y el talibán consigue escapar, a través del bosque, consiguiendo, a cada paso, ventajas sobre sus perseguidores. Nada es fácil en el mundo de los agentes secretos de la ficción: las largas y rutinarias investigaciones de años, los archivos apilados, los seguimientos interminables y los casos cerrados, cada que una administración de gobierno termina, no tienen cabida aquí, en estos universos portátiles donde los espías están dispuestos a sacrificarlo todo por el deber.

¿Qué tan real resulta esta novela? Alejada, digo yo. La verdad, como lo han demostrado investigaciones hechas públicas en los últimos años, al-Queda es más una construcción de los Estados Unidos que una verdadera organización terrorista, empezando porque, el concepto de “organización”, es mucho más occidental que de medio oriente; salvo grupos ya muy antiguos, como el Hamas y la OLP, con su estructura de partido político, y división armada paralela, el terrorismo internacional ejecutado, desde el 11 de septiembre, está compuesto por células de fanáticos, y su único vínculo entre sí, es el odio hacia los Estados Unidos, los países europeos involucrados en las invasiones de Irak y Afganistán, o el mundo laico en sí. Mas la cabeza suprema de la gran serpiente del terrorismo no pasa de ser una ficción concebida por los analistas neoconservadores: ni Osama bin Laden, ni ningún otro, encabezan una red mundial de guerra contra Occidente. Toda esta gran trama del terror, inspirada, me temo, en las aventuras de G.I Joe (con bin Laden en el papel de Cobra), tiene la cualidad de ser masticable por el ciudadano promedio de las grandes capitales. Pensar, por ejemplo, que tu país, con sus millones en tecnología de destrucción masiva, lance toda una armada para acabar con un par de viejos extremistas, sus dos docenas de seguidores, y las cabras alrededor de una tierra yerma, en un país despedazado por décadas de guerras tribales, de las que nadie, en tu país sabe mayor cosa, porque no es una amenaza para el césped de tu jardín, hará que el ciudadano promedio no esté seguro de apoyar tal causa. Distinto es si te dicen que cada día, cada hora, un sobre con ántrax puede llegar a tu buzón; un coche bomba hará picadillo a tus hijos una vez el autobús de la escuela se detenga en una intersección, o que mientras viajas, por negocios o placer, al otro lado del país, de repente, un barbudo se parará en el corredor a gritar “¡Alá es grande!”, mientras sostiene los detonadores del explosivo que cubre su cuerpo.

Los organismos de seguridad saben que la amenaza no es tan próxima, y las agencias de inteligencia conocen los límites de las células terroristas; saben, ambos, que cada día algún musulmán, de los millones que habitan la Tierra, se despertará lo bastante desesperado, o enfurecido, para considerar que vale la pena aterrorizar al país donde vive, para equilibrar un poco la balanza en esta guerra donde, a pesar de lo que piensan los neoconservadores en los países desarrollados, quienes han tenido todas las de perder, y han experimentado hasta el límite el sufrimiento, son los civiles de las naciones maldecidas por una religión como el Islam.

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