domingo, 20 de febrero de 2011

Arquitectos

Escribir es algo sencillo, al principio. Todo lo que se tiene es la sensación de lo fácil y placentero queresulta leer a nuestros autores favoritos. Hay momentos de prosa elogiable, ante los cuales una gran interrogación se forma sobre nuestras cabezas y nos decimos “¡maldito genio!”; no obstante, todo sigue siendo una sucesión de palabras y puntuación. Así, ¿qué tan difícil puede resultar emular aquello que nuestra admiración persigue? Por eso hay tantos escritores jóvenes; los veo por decenas, llenando cuadernos, pasando el tiempo, que no emplean en Twitter o Facebook, redactando poemas o prosa poética en sus ordenadores. Bien, el ejercicio de escribir enriquece, siempre, libera, también, y permite descubrir aspectos internos de nosotros mismos.

Sin embargo, hay niveles de escritura; y cuando nos hemos propuesto alcanzar a otros con nuestras palabras, es decir, deseamos ser leídos, debemos empezar a tener en cuenta a ese lector, que puede ser cualquier persona que comparta nuestro idioma. En otras palabras, es un juego, donde las reglas deben ser aceptadas por ambas partes. Y añado que, cuando el asunto acarrea, más allá de enumerar los sucesos de nuestros días, la percepción subjetiva del Universo, la escritura exige formar estructuras de pensamiento más complejas que sujeto + predicado. La composición de historias exige la composición de pequeños mundos, algunos no mayores que una celda, otros tan grandes como un planeta, el sistema que recorre y la galaxia donde se ubica.

Aquí es donde nos topamos con lo que es, ya, un lugar común: el escritor como creador, como Dios. Puede ser cierto, si encontramos personajes tan verosímiles que podamos imaginar en situaciones externas a la obra donde originalmente habitan. Poquísimos casos como tal hay, y ha de ser una meta de todo escritor serio. “Quiero decir mi verdad”, dirán algunos aprendices de autor, mas, amigo, no hay otra verdad que la que es palpable por todos, y por tanto, hacer evidente una situación requiere los niveles de composición que solo pueden ser alcanzados por la prosa de ficción.

Es entonces donde podemos entrar a hablar de “arquitectura” en el texto. “Arquitectura textual” podría ser un buen nombre para esto ―nota: el término es de un amigo―.

Alguna vez escuché a Sting, a través de la televisión, decir que, cuando oía a Bach, pensaba en arquitectura. Por supuesto, al menos los que hemos tenido alguna formación clásica, no podemos dejar de asociar al gran Johann Sebastian con las monumentales catedrales góticas, donde cetáceos órganos replicaban sus brillantes composiciones. No comprendo la música aunque la disfruto; corre por mi cerebro como una pastilla de chocolate blanco al deshacerse entre mi boca. Cito aquí indirectamente a Sting porque, al escuchar su opinión sobre Bach, me dediqué a meditar sobre los aspectos arquitectónicos de la escritura.

Algo más surgió en el camino de mis meditaciones: cierta escena del filme Matrix Reloaded, y cierto personaje muy interesante: el Arquitecto.

Dentro de la Matrix, el arquitecto es el encargado de escribir el programa principal del sistema ―una “harmonía de precisión matemática”―. Poniendo a parte los aspectos metafísicos y lógicos que entraña esta maravillosa escena, considero que los escritores deben, un poco, imitar a este arquitecto.

Me explicaré: el Arquitecto aparece como el supremo regidor de la Matrix; gris y carente de emociones aparentes, dotado de un habla perfecta donde toda proposición está expresado con el número correcto de palabras. Su mente matemática, es cierto, no puede ver más allá de las ecuaciones que componen la Matrix.

Como escritores debemos establecer cierta distancia de lo que escribimos, si es que queremos hacerlo bien. Muy cierto es que hay grandes obras basadas en experiencias vividas por sus propios autores, mas siendo yo un escritor de ficción me limitaré a este campo: todo lo que construimos en nuestras novelas son hechos que tienen como base lógica la realidad, y quienes interactúan en este mundo son seres humanos, no robots ni gnomos del bosque cuyas acciones y diálogos sean propios de las caricaturas o las malas telenovelas. Y aquí una de las reglas de oro a la hora de componer una historia breve o larga: todo relato, sin importar su extensión, posee su física y su química; sus reglas fijas e inamovibles que permiten su propia existencia. Esto no es una sugerencia, es una necesidad: si el detective de tu novela, en algún capítulo avanzado, se revela capaz de leer la mente, o de ver el futuro, ¿por qué no resolvió el caso en las primeras páginas? Establecer reglas, límites y debilidades a la historia y conservarlas a lo largo de la historia evitará, además, que el lector pierda el interés. Si Superman es el protagonista, ¿por qué diablos habrá de preocuparse el lector por la trama si sabe que el enemigo, en este caso, será una banda de vulgares ladrones? Superman los encontrará y les pateará el trasero; a menos, eso sí, que la historia empiece afirmando “Aquello tenía que ocurrir justo el terrible otoño en que Superman perdió sus poderes…”; no es el mejor de los comienzos, pero le dará a usted, seguidor de mi blog, una idea concreta sobre lo que afirmo.

Al igual que el Arquitecto de The Matrix, el escritor debe estar sentado en un cuarto aislado y rodeado de todos los puntos de vista posibles sobre la historia: debe conocer a sus personajes, no como conoce a sus familiares, o cree conocer a su amante, sino como el científico conoce las particularidades físicas de una gota de agua. El resto es poner los elementos en juego, y la historia por sí brindará sus frutos.

Una pequeña nota añadida acerca de mí mismo: yo no empecé a escribir con pequeños apuntes cotidianos del tipo “Querido diario, hoy X me sonrió cuando le presté mi crayón rojo…” en mi infancia, sino redactando líneas de código durante la parte alta de mi adolescencia, cuando mi sueño era ser diseñador de videojuegos. Cuando escribes software, sintaxis y estructura no son meras palabrejas citadas por profesores de lengua castellana, sino bases inamovibles; una computadora no podrá echar a correr un programa donde una coma haya sido reemplazada por un punto y coma, o donde se fije una matriz aleatoria antes que la variable de la matriz misma.

En el post anterior mencioné el tema de la perfección, y llegué a la conclusión de que tal cosa no existe, pero que debe buscarse, siempre.

La relación entre arquitectura y texto no es una simple metáfora: hay en nuestros escritos niveles y subniveles de comprensión, dimensiones, diámetros, espacios, pilares que sostienen diversos aspectos temáticos, campos lógicos o escenarios virtuales donde nuestros personajes actuarán. No soy muy inclinado a la planificación, al menos en una primera etapa de la escritura, que para mí se reduce a un largo proceso ―hablo de años― de incubación entre las profundidades de mi mente: a cada minuto ―esto lo entenderás bien, lector, si en ti, en verdad, hay un escritor― nos vemos bombardeados por semillas de buenas historias, las cuales, al poco rato, o tras algunos días, se desvanecen, así como otras queda, y a estas podemos ir enriqueciendo hasta que se convierten en cuentos o novelas. Lista ya la historia, es tiempo de establecer ciertas cosas: cantidad de personajes, extensión, aspectos fundamentales, y así y así.

No porque los personajes de la ficción sean menos reales que quienes habitamos este mundo ―y tal juicio puede ser cuestionado―, es aceptable limitar nuestra tarea de creación a dar nombres e indicar ubicaciones, como quien da las indicaciones a un turista: la plaza, el mercado, el hotel, el teatro; hay que construir esos lugares, y trasmitírselos al lector.

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