jueves, 24 de marzo de 2011

El fantasma empantanado


La novela empieza bien; tiene, de hecho, uno de los mejores comienzos que haya yo leído en prosa: “Soy rubia, rubísima”. He ahí, señores y señoras, un personaje dibujado, con la calidad de un fotograma de alta definición, y la sencillez de una línea recta. Tres palabras que ponen ante mí la alta y espectacular silueta de una clásica blonda de perfectas proporciones: una Lauren Bacall o una Blake Lively. Y cuando una mujer así, “rubísima”, tiene como narradora el peso de toda una narración, sabemos que nos hallamos ante una historia en la que no queremos perder el rastro de la bella. ¿Quién es esta mujer? ¿Qué hace? ¿Qué habrá de ocurrirle? Hay todo tipo de mujeres, pero cuando nos encontramos con una “rubia, rubísima” caemos derrotados ante una presencia aplastante, ante una de esas musas que apagan todas las conversaciones de un bar al entrar en él.

Compré ¡Qué viva la música! Del difunto Andrés Caicedo, editado por Verticales de Bolsillo,

atraído, en partes iguales, por la fama del caleño y la atrapante portada. Empecé a leer con interés; como ya he señalado, las primeras tres palabras me fascinaron; prometían todo un viaje de la mano de un personaje interesante, de los que se encuentran muy pocos en la literatura latinoamericana, tan inclinada a lo social y lo político. Mi decepción llegó al medio segundo de iniciada la lectura, cuando, tras las tres primeras palabras, me encuentro con esto:

Soy tan rubia que me dicen: “Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa”.

¿Quién puede decir semejante estupidez a una rubia despampanante? Algún existencialista, un mal lector de Cioran, de Shakespeare o Stephenie Meyer, con todo, aquello no dice nada de nadie. Allí no hay nada. Me ganaré una buena tunda por lo que voy a comentar, pero ha de tener presente el lector que esta es solo mi opinión: ¡Qué viva la música! como novela es floja, flojísima, tanto, que contrario a como es mi costumbre, no terminé el libro ―llegué con esfuerzo a la mitad― y se lo regalé a una conocida, prefiriendo como prefiero, revender el libro, y recuperar aun cuando sea una décima parte de lo gastado. Incluso las densas columnas de presos y nieve de Archipielago gulag me resultaron menos tediosas que el trip de rumba, trago y drogas de hace cuarenta años.

No hay protagonista, no hay otros personajes, no hay diálogos ni argumento ni sentido ni razón. Quizá por eso es tan admirada. Pero yo soy malo con los sancochos; prefiero la injusticia al desorden ―en lo literario, no en lo social―. Me gustan los conciertos, la suave rigidez del director guiando una sinfonía de Mozart donde cada nota no puede ser seguida sino por aquella que el genio ha dispuesto ahí. Caicedo, por supuesto, representó un giro radical en la literatura colombiana; el arco de su influencia cubre a más autores latinoamericanos que muchos otros contemporáneos de Caicedo quienes, siguiendo la escuela del Boom, quedaron relegados a burdas imitaciones de los Cuatro Magníficos.

A este punto más de un lector habrá abandonado la lectura de este post, fanático como será del escritor suicida. Así que me arriesgaré con los que queden para soltar una última estocada contra el fantasma de gafas gruesas: creo que, buena parte de la fama de ¡Qué viva la música!, y de su autor, se deben menos a la calidad de su trabajo que al hecho de que él fue quien fue, e hizo lo que hizo.

Entro ahora a explicar mi alegato.

Primero, es muy difícil tener una obra realmente profunda a los veinticinco años. Algunos destellos de genialidad pueden brotar en la densa oscuridad de una prosa recargada de influencias, experimentación y errores. No me atrevo a decir que toda la obra de Caicedo sea aquel campo de materia oscura; solo digo que la historia ha demostrado que la experiencia siempre vence a la audacia precoz. Segundo, y mucho más importante que lo primero, su suicidio.

Imaginemos por un momento que, contrario a sus ideas juveniles, hubiera tolerado la vida. Hacia finales de septiembre del presente año estaría cumpliendo sesenta. Sus gafas, quizá un traje gris, y de seguro una barba poblada, harían de él otro de esos rebeldes domesticados que hoy día viven de recibir honores por parte de los ministros de cultura. Los jóvenes, que hoy día se pasan de mano en mano sus cuentos y novelas, no tendrían ni idea de quién es él, y, de enterarse, les llamaría menos la atención que cualquier otro escritor maduro, hoy día encargado de dar cátedra en la Universidad Nacional, o en Los Andes. Durante los ochenta, casi estoy seguro, habría participado del breve apogeo del mediocre cine colombiano, donde los directores y productores formados en la escuela de la vida vendían a las salas comedias ligeras y dramas barriales. FOCINE le dio a este país una veintena de flojas producciones que, fuera de nuestras fronteras, nadie conoce; allí habría estado el buen Andrés, fabricando películas de bandidos. Posteriormente, enterrada la Compañía de Fomento Cinematográfico, don Andrés habríase dedicado a la televisión, en espera de un regreso mesiánico de los buenos tiempos del cine colombiano, que, advierto al lector, nunca existieron. Con la rúbrica del señor Caicedo, novelas, seriados y comedias de domingo habrían encontrado televidentes fieles en la pantalla chica, hasta que, con la aparición de los canales privados, el autor de Noche sin fortuna, habría pasado a la jubilación forzada, junto a otros grandes libretistas de los años noventa. Hacia el año 2008, más conocido como hombre de la televisión que escritor serio, habría recibido, de manos del presidente Uribe, una medallita por sus labores para con la sociedad. Y hoy día, en uno de esos barrios cachaquísimos ―perdonará el lector extranjero esos adjetivos tan coloquiales, pero me son indispensables (i. e: muy bogotano)―, tendría una casa llena de helechos y libros, daría una que otra entrevista a los últimos medios de difusión cultural, y su novela ¡Qué viva la música! si bien valorada por algunos críticos amigos del hombre ―y, tal vez, un par de mente desocupadas en Yale y Cambridge―, no sería pasto de los jóvenes, como lo es hoy.

Es cierto, todo lo anterior no es más que una simple suposición sin más fundamento fruto de mi desbordada capacidad para imaginar el peor de todos los universos. Mas mi interés es dejar claro que, tras ¡Qué viva la música! hay menos de valor nutricional literario que un trabajo experimental agrandado por las lamentables circunstancias que rodearon al fin de su autor.

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