jueves, 28 de julio de 2011

"Los chicos crecen"


Conseguí ver Hanna, el filme de Joe Wright (Atonement, Pride & Prejudice) acerca de la lucha de un ex espía y su hija contra su pasado. Una buena historia de espionaje, aunque no demasiado alejada de algunas convenciones ya gastadas del género. Para quienes no han tenido la oportunidad de verla, la historia va un tanto así: Hanna (Saoirse Ronan) y Erik, su padre (Eric Bana), viven en la quietud del bosque ártico sin, al parecer, hacer otra cosa que estudiar, cazar y, por supuesto, entrenar: Erik es un ex agente secreto, de esos a la antigua, dotado de físico y cerebro para resolver cualquier situación; por ello es normal que esté preparando a su hija Hanna en algunos recursos de las artes negras: combate cuerpo a cuerpo, armas, estrategia, idiomas. La chica, ya una adolescente, desea ver otra cosa que la blanca quietud que la ha rodeado durante toda su vida; sin embargo, para que puedan regresar “al mundo”, padre e hija deberán enfrentar a la malvada Marissa (Cate Blanchett), ex jefa de Erik, quien desea muerto a este agente y, al enterarse que este tiene una hija, querrá atraparla.

Como toda película de espías que se respete, la historia básica guarda en su interior un secreto que se irá revelando gradualmente a medida en que la amenaza sobre los héroes cierre el cerco sobre estos, aunque en este caso, por suerte, el asunto no trata de la destrucción del mundo, el renacimiento de Hitler, o experimentos con extraterrestres. En términos corrientes, una historia sencilla; tan irreal como la mayoría de filmes de acción, pero sostenida, principalmente, en una buena selección de actores, pocos diálogos y escenarios realistas. Empezamos en el extremo norte lapón de Finlandia, para emerger en el desierto de Marruecos, donde Hanna empieza su fuga-marcha para una cita acordada con su padre en Berlín, cosa que consigue al ganarse la confianza de una chica, Sophie (Jessica Barden) y los padres de esta, quienes viajan de vacaciones en una estrecha van.

En el aspecto técnico es de agradecer la falta de efectos especiales y fondos hechos a computador, trucos que ahora empañan la mayoría de películas. En Hanna no hay ridículos arneses para permitir que las peleas contengan patadas voladoras, ni secuencias en cámara lenta, o, ni siquiera, grandes explosiones de las que los protagonistas se salven por milésimas de segundo. Bana, Ronan y Blanchett, actores formados en películas de corte más dramático, dan un toque de seriedad al asunto; nada de chicas curvilíneas ni fisiculturistas disparando subametralladoras uzi en cada mano.


Puesta en relación al tiempo que dura la película, las escenas de acción son pocas y bastante sencillas, con lo cual se prueba que una cinta de acción puede contener más que explosiones, tiroteos y persecuciones con helicópteros incluidos. Aunque nada es perfecto, y Hanna adolece de ciertas debilidades: aunque Ronan interpreta a un chica de belleza regular y bastante aceptable como producto de la Europa del Norte, su shock al encontrarse con la vida moderna, tan distinta a todo lo que conocía, resulta poco creíble y bastante sacada del manual Y Tarzán conoció Londres. Y mientras el recorrido de Hanna para encontrarse con su padre arrastra el hilo narrativo principal, Erik tiene las cosas bastante fáciles, y de por sí es un personaje que termina alejándose bastante del núcleo de la historia. Marissa, la malvada, está más cerca de Irina Spalko (la villana en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal) que de otros personajes mejor trabajados de Blanchett: desalmada, fría, inerme a la violencia que la rodea, y decidida a actuar fuera de la ley por un simple interés personal, repitiendo el estereotipo del oficial de caso corrupto yanqui. Más fresca y genuina es Olivia Williams en su papel de Rachel, la madre de Sophie; una mujer moderna con gusto por la vida del campo; y aunque su personaje, y su familia, son elementos tangenciales en la historia, añaden esa gota de realismo que nos hace aceptable el cuadro.

Al terminar de verla no pude dejar de asociarla de lo que parece ser un esquema que empieza a repetirse con nauseabundo exceso: el caso Jason Bourne; ya saben, un hombre o mujer, al parecer inocentes y sencillos, sufre, de la noche a la mañana, la persecución por parte de los organismos cuasi todopoderosos de una agencia secreta del gobierno estadounidense. El héroe, o heroína, entonces, tendrán que usar todos sus recursos mentales y físicos para descubrir la causa de esta persecución y ponerle fin. Bien, tras The Bourne Identity (2002) y sus secuelas, hemos visto agentes huir de sus jefes en Red (2010), Mission Impossible III (2006), Salt (2010), Knight and Day (2010), Eagle Eye (2008) y es el tema central en las próximas películas Haywire, Mission Impossible: Ghost Protocol y Abduction. Dirá el lector que no es un tema nuevo, y ya, de hecho, el epítome del agente secreto, James Bond, en más de una ocasión ha librado batallas contradiciendo a su amo, o hemos visto el fenómeno cuando la realidad toca al cine: en Fair Game, la agente de campo Valerie Plame (Naomi Watts) pierde su puesto en la CIA cuando su esposo expone las mentiras del gobierno Bush con respecto a las armas de destrucción masivas iraquíes.

Pero no deja de ser un fenómeno interesante, y el mensaje parece ser claro: ya el enemigo es menos una potencia extranjera, un grupo terrorista, o un siniestro y poderoso hombre oculto en una isla secreta; las verdaderas amenazas están en casa, en la gente en la cual confiamos y cuyos sueldos se pagan con nuestros impuestos. El agente renegado debe desconfiar de todos, retar a la autoridad, descubrir los juegos sucios del poder, y ver como su imagen es destrozada, sus familiares perseguidos y sus colegas ya no confían en él. ¿Qué ocurre? Pareciera que la cultura popular ya no confía en los poderes establecidos, en este mundo donde la valentía de los hackers de Wikileaks despierta simpatías entre los liberales. O bien estamos viendo la caída del héroe neoclásico, aquel que se haría matar por su bandera y valores tradicionales. Aunque bien podemos considerar que la ficción contemporánea está valorando más al individuo y los intereses personales, por encima de la manada y el bien ulterior.

Cuando la villana Marissa le pregunta al héroe Erik por qué ha decidido salir con su hija del encierro en el bosque finlandés, este solo responde “los chicos crecen”. Bueno, al parecer también el público y sus preferencias.

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