jueves, 21 de julio de 2011

Sobre el arte de entrenar papagayos


La sociedad, cada cierto tiempo, pero no en la frecuencia adecuada, se pregunta sobre la educación. Es normal, hablamos de un hecho cuyo efecto en la población atañe a la totalidad de los individuos: si tienes acceso, bien; de lo contrario, mal por ti. Ser en una sociedad significa seguir las reglas de esta ―tener un nombre, unos padres, etc.―, y para aprenderlas debes recibir educación; primero, padres, luego, escuela, y, a todo lo largo de tu existencia, experiencias. Nos convertimos en alguien a través de la educación ―tú ingeniero, tú abogada, tú dictador incompetente y senil, tú estrella de rock―, y la educación nos da, también, límites ―la velocidad, la corriente y la comida podrida matan; es mejor ser rico que pobre; si no vale la pena, no te esfuerces, y otros―. En resumen, entramos en el sistema educativo queramos o no, y, por lo mismo, las sociedades deben preguntarse cada día si sus sistemas son eficientes, están bien engrasados, y sus resultados son buenos ciudadanos o completos cavernícolas.

Hace un par de horas estuve en una charla sobre la educación artística; llevaba por título “Maestro ignorante, ¿enseñar arte?” con el profesor José Hernán Aguilar, y un sujeto cuyo nombre no anoté. El tema inicial, la enseñanza del arte y la posibilidad, o imposibilidad, de enseñar el oficio. La charla, he de ser honesto, era un bote de un solo remo, giraba sobre sí sin avanzar hacia ningún lado. Pero mientras el profesor se ocupaba de comentar algunas desconectadas experiencias personales, decidí pensar en la relación entre artes y educación; he aquí algunas conclusiones:

1. Toda las técnicas pueden ser enseñadas, no importa; su aplicación siempre variará. (“Nada recto se ha hecho con la torcida madera humana” Kant)

2. La mejor escuela es la del ejemplo: la humanidad recuerda a Homero, Dante, Shakespeare, y a Da Vinci, Velásquez y Picasso. Que los alumnos los recuerden también.

3. El ego nunca ha hecho buenos profesores: si quieres que oír tus propias palabras en la boca de tus alumnos, mejor entrena papagayos.

4. No hay que reinventar la rueda; pero no perdemos nada con tratar de perfeccionarla.

5. Los clásicos son sencillos; construir un castillo de abstractos conceptos extraídos de la filosofía contemporánea francesa solo te llevarán al salón de los patéticos con ínfulas.

(Da Vinci nunca tuvo que explicar su Gioconda a nadie ―aunque ¿quién sabe?―).

6. La moda puede ser un arte pero el arte no sigue tendencias de moda; un tiburón en formaldehido no compite con La creación de Adán.

7. La universidad puede darte un certificado, pero la iluminación solo la recibirás tras pasar trescientas horas frente a un lienzo inhalando oleo. (Bueno, entre trescientas y quinientas)

8. La obra expresa múltiples sentidos, no máximas absolutas. (Antes de hacer política o negocios piensa en estudiar Comunicación Social o Publicidad)

9. El arte es síntoma, no condición. (Los espectadores pueden ver dónde está la sociedad en una obra, pero no es deber del artista cambiar nada [no veas política en el arte, punto]).

10. Si tu obra es real, hablará por sí misma; no la defenderás ni ―¡por favor!― mandes a tus amigos a escribir cartas contraatacando las críticas negativas.

11. Cronos es el juez supremo de las acciones humanas; lo bueno, lo grande, lo que tiene visos de originalidad, en otras palabras, los clásicos, sobrevivirán siglos después que los últimos vestigios de carbono de tus células se hayan disipado por el cosmos.

12. Enseña a tus alumnos a tener metas, o estos un día perderán la pasión y trocarán sus pinceles por una silla ergonómica, y la espátula por un “Bienvenido a nuestro banco, ¿en qué le puedo colaborar?”.

1 comentario:

Jo dijo...

A veces en la educación formal lo que más buscan es enseñar a hablar el idioma del estado, es bueno que tengas estas conclusiones, ayudan bastante con el pensamiento personal.
Saludos!