jueves, 22 de septiembre de 2011

L'auteur a décédé


Para algunos críticos y estudiosos, el autor ha muerto: lo importante, lo que le sobrevive, es su obra. Ahora, no obstante, una muerte real se cierne sobre los creadores: a lo largo del mundo, ciertos grupos pugnan por el derecho de los consumidores a acceder a las creaciones artísticas de una manera gratuita. Y esto, damas y caballeros del jurado, tiene su lado espinoso.

Es aceptable que entre los derechos inalienables de los seres humanos esté el de ser parte de una cultura, y poder gozar de los privilegios de esta; la construcción de la identidad no parte solo de recibir un certificado como nacional de un país, cantar un himno y saludar una bandera, ser súbdito de sus leyes y respetar a sus autoridades. Las creaciones artísticas nacen a partir de diversas corrientes culturales, y van dirigidas a quienes están inmersos en estas, y, en menor medida, al resto de la especie humana. Por ende, si la producción de arte y su consumo están mediadas por un factor económico, cabe suponer que habrá una barrera siempre entre creadores y espectadores: uno puede afirmar que Gabriel García Márquez es un valor artístico y cultural de la nación, pero de esto no puede dar fe el campesino o esclavo minero analfabeta que jamás ha leído uno de sus libros, debido a su incapacidad para leer y su falta de recursos para adquirir un libro de Gabo.

Para ello existen las bibliotecas, dirá usted, pero, como demostró el famoso caso de la biblioteca ambulante transportada en un burro, tales recintos no existen en la totalidad de la nación. ¿Además, disfruta usted de los libros solo en la biblioteca? O compra, cuando la situación lo permite y el título lo convence, un ejemplar en la librería.

Los gobiernos, cuando son buenos, trabajan en la propagación de las artes entre sus ciudadanos; es una forma de educar y enriquecer la vida de los habitantes de una nación; no todo puede ser azadón, tres comidas al día y una botella de cerveza los fines de semana. Así que crean políticas encaminadas al aumento del consumo artístico per cápita: más librerías, conciertos a bajo costo, o sin costo; museos, y cine para todos. El principio de esta propagación de las artes debería ―y repito debería― tener como propósito, no la que población se acostumbrara al acceso gratuito a las artes, y que se amotinen cuando alguien pretende aplicar una cuota al evento, sino a formar consumidores de arte: gente que pueda comprar, de cuando en cuando, un cuadro, muchos libros al mes, películas cada fin de semana, y conciertos de su género musical favorito.

Sin embargo el tiempo transcurre y con él el molde de los tiempos se erosiona y se transforma. El internet permitió muy pronto un acceso gratuito a la música de forma gratuita, más tarde al cine, luego incluso a los seriados, y ahora, también, a la literatura. Al menos en el campo de la música, el fenómeno de distribución gratuita fue combatido con grandes abogados y litigios de millones de dólares. Mas la industria, y en especial los artistas, se percataron que el mercado y las vías del arte se metamorfoseaban: hubo un tiempo en que si querías escuchar a Mozart tenías tres opciones: ir a Viena a escucharlo, dirigiendo con grandes giros de sus brazos la orquesta real, o bien asistir a un recital privado donde alguien con buen oído y mucho talento como intérprete replicara las copias de las partituras enviadas por barco desde Europa, o, con estas mismas, reproducir tú mismo las notas en la soledad de tu casa, sobre el piano familiar. Ahora no te tomará más de un minuto entrar a YouTube, escribir “Mozart” en la barra de búsqueda ―incluso escribir “mosar”, y el sistema inteligente te corregirá― y los resultados de búsqueda te brindarán la mayor parte de sus creaciones.

Hay, entonces, grupos hoy en día dedicados a propagar una política de libertad absoluta de las obras; ¿a qué puede llevar esto, que los consumidores de arte no paguen ya un peso por las obras, sean literarias, musicales, cinematográficas y demás? A una catástrofe.

Sí, señoras y señores de extrema izquierda con el seño fruncido bajo sus máscaras de Guy Fawkes, en un mundo donde el trabajo del artista no sea reconocido económicamente solo se puede esperar un mundo sin arte, ya que este, si no se renueva, pierde su valor y termina por evaporarse. Crear es algo que el artista ―uno de verdad, no uno de esos soretes vendedores de tarjetas de crédito para supermercados― hará siempre, le paguen o no; con un brazo astillado, sin piernas o medio cerebro frito por una desfibrilización mal aplicada. Lo cual no significa que no sea un trabajo, que exija recursos, para su composición y distribución, y que esto deba remunerarse.

No obstante a mis anteriores palabras, definir cuál será el curso de los acontecimientos si este patrón se sigue presentando sería algo inoficioso. Pensemos, por ejemplo, lo siguiente: los libros electrónicos se difunden a todo el mundo y cobrar por ellos en internet no resulta ya negocio; ganancia de los autores, cero; ganancia de los editores, cero, además de pérdida de tiempo valioso. Los editores se retiran, ¿quién hará los libros? Nadie, salvo sí, como parte de la escritura, los autores añaden su trabajo auto editándose. Pasa el tiempo, y todo el mundo publica si tiene el tiempo y la paciencia de autopublicarse, resultado: millones de escritores, como bloguers ahora, unos buenos, otros malos, muchos en la categoría de muy malos. ¿Quién podrá distinguir entre unos y otros? No me resulta increíble que las editoriales y los agentes literarios descarten toneladas de manuscritos al año; muchos son auténtica basura ―e infiero esto a partir la cantidad increíble de novelas mediocres e incorrectas en su redacción que encuentro en las librerías―, pero sus autores están convencidos de su genialidad. Algo similar, supongo, ocurre en las demás industrias artísticas. Basta ver las filas que se generan ante el casting para un reality show que busque nuevos cantantes o actores: miles de pequeñoburgueses o proletarios, hartos de sus malos empleos o las goteras en sus casas, de la rutina vendiendo pollo frito o la mirada reprobadora de sus madres tras cualquier acción. Salen a hacer el ridículo solo porque un conocido, entre la atmósfera etílica de la última fiesta, tras oírlo destrozar una balada popular, le ha dicho lo talentosa o talentoso que es para el canto. El jurado los destroza, los seguidores del reality show se doblan de risa, y todos los accionistas del negocio ganan.

No, amigas y amigos, el mundo no está a reventar de Dickens, Mozarts o Picassos; la genialidad es rara. Se necesita de un filtro que separe a los pretendientes ―a esos infortunados que solo ansían el brillo de la fama― de los auténticamente capacitados ―que en últimas tienen por único anhelo tener un pequeño espacio en el mundo para hacer lo suyo, y, sí obtener algo de reconocimiento―. Y esto, camaradas, exige la existencia de una mecánica comercial cuyo rodamiento necesita dinero.

El mundo tiene que aprender a pagar por las obras de los otros, o el arte pasará a pronto a ser algo que los gobiernos deban conservar tras las rejas y muros de los museos.

martes, 13 de septiembre de 2011

Cállate, memoria


¿Qué es la vida? Memoria. El cerebro nunca atrapa el presente, siempre está un momento después. Por eso, parece ser, la mayoría de las novelas y cuentos se escriben en tiempo pasado; algo ocurrió y alguien, ahora, lo cuenta. Pero qué nos cuenta; ¿qué hay en ese pasado digno, no solo de ser recordado, sino citado, descrito hasta detalles mínimos, reproducido en miles de copias y distribuido a todos? La existencia del grueso de la humanidad suele permanecer entre las brumas grises del término medio: naces, creces, un día te reproduces y no llegas a enterarte de tu propia muerte; triste, pero, en uno de los miles de casos, tal vez de los millones de casos alguien, en un punto de su tránsito por el mundo, vive algo que la mayoría no llegará a vivir jamás. Ahí surge la literatura.

Pero esto no es del todo correcto, apreciado lector; cada día, bajo el rótulo de “literatura” salen al mercado toda serie de cuentos y novelas donde no pasa nada, sus protagonistas son tan corrientes como el vendedor de cigarrillos que vez cada día de camino al trabajo, y al final del relato, no hay una gran sorpresa, sino que, parece ser, el narrador, con los dedos adoloridos, deja ya de contarte los eventos prosaicos de la vida del protagonista.

¿Por qué, me preguntaba yo hace un rato, leyendo las primeras páginas de una nueva novela de un celebrado escritor, algunas personas creen que su existencia y miserias son material literario? Con algo de paciencia, llego a comprender que todos somos los protagonistas de nuestra vida; salvo, sí, esos fanáticos de las celebridades, que no dejan de curiosear sobre las vidas de estos; o los amantes obsesivos, que siguen los movimientos del vestido de su pareja, desde el otro lado de la calle, ayudados por prismáticos. Yo, yo, yo y luego yo, dice el solipsista. “Nadie ha amado como yo, nadie ha perdido como yo, y nadie sufre, cada día, como yo; si me muero se acaba el mundo, si para mí brilla el sol es que dios sonríe”. Acuso a la lectura compulsiva de libros de autoayuda esta perspectiva pseudofilosófica. No le importas a nadie, ni tu mujer no es la más bella, ni tu hijo el más brillante, todos hemos perdido a alguien, o lo perderemos, sabemos lo que es llorar, y sonreír cual idiotas en pleno trance amoroso. ¿Vas a enseñarnos a vivir?

En algunas ocasiones, sin embargo, las dramáticas situaciones en las que caen algunos seres humanos, al ser vistas por la literatura, componen una imagen donde se recrea el mundo, y todos quedamos reflejados.

Debí añadir que esto ocurre en raras ocasiones.

Muchas novelas aparecidas en Colombia durante los últimos cincuenta años tienen la triste deficiencia de no ser más que el grito de un autor tratando de encontrar brazos y curvadas expresiones faciales que se apiadan de él. O ella. Enmascaran pudorosamente sus vidas aplicándole seudónimos a sus familiares y aclarando en las primeras páginas que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, frase que hoy día, por principio, debería estar solo permitida a los programas humorísticos.

No censuro la actividad de la escritura como un ejercicio personal, cuyo objetivo pueda ser el exorcismo, o el registro de una memoria personal, familiar, o local. Más personas deberían escribir a diario, y muchas menos deberían publicar. ¿Qué pasará, oh musas, cuando cualquier hijo de vecino escriba una novela sobre su vida privada, la muerte de sus hijos, la traición de su esposa, el cáncer de su marido, la deuda con el tendero de la esquina, ese empleo que no tuvo, esa mujer que vio atropellada en la calle, el perro caliente medio podrido que se comió a la salida del estadio? Con lo del libro electrónico, y el auge de páginas personales, como esta que usted, lector, tiene ante los ojos, será posible.

Lo peor, me temo, de estos autores, es que ni siquiera tratan de darle algún eje a su historia. Arrójenme piedras, si gustan, pero yo soy de la vieja escuela donde se nos enseñaba a darle un conflicto a las historias. Si, por suerte ―porque eres parte de una minoría―, has tenido siempre empleo, nunca tuviste que arrastrarte en una trinchera, te enamoraste y te casaste con tu primera novia y aún es tu esposa, si tuviste una infancia dorada y el presente es, comparado a millones de desdichados de este planeta, una existencia feliz, ¡pues ve a buscar historias que contar a algún lado! Pero no nos cuentes de tus paseos a caballo, tu apartamento en Manhattan, tus fines de semana en esa isla idílica con casitas pintadas de azul, o tus noches de copas, vestido de blanco, en las que flirteaste con alguien de la nobleza, menos aún si no te llevaste a esa princesa a la cama. Y, si te atreves a poner en la librería doscientas páginas de tu vida de infancia, me harías el pequeñísimo favor de enriquecer tu vocabulario, esforzarte en los ornamentos de la prosa, darle algo de profundidad meditativa ―filosófica si quieres―, a esos pasajes de tu vida pasada, a fin de, por lo menos, hacer más tragable esas doscientas páginas por las que pagaremos tanto, y recibiremos, al final, tan poco.

Añado a esta entrada la exquisita escena de Adaptation donde el guionista Charlie Kaufman recibe una violenta reprimenda por parte de Robert McKee, al plantear una película sin conflicto, donde no pase nada, “más cercana al mundo real”.


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